El día que don Honorio cumplió los sesenta y siete años no se alegró porque pensó seriamente que había comenzado la cuenta regresiva de su vida. Mis días están contados, se dijo mirándose al espejo del baño cuando llegó, con la puntualidad de siempre, a hacerse sus labores de limpieza matutina y otras cosas más. Se miró con tanto detenimiento en el espejo, como si no se hubiera visto desde hacía mucho tiempo a pesar de que se había levantado un par de veces en la madrugada a beber agua del lavamanos, y a orinar, de paso, como se decía él mismo desde que supo que entre los males de la vejez está la repetida micción nocturna, como le había dicho el médico, producto de la diabetes, la próstata recrecida, el abuso de la sal y el corazón cansado de tanto trabajar, y que él no encontraba cómo reducir porque mientras más agua bebía, más orinaba de noche, convirtiéndose en la situación en un clásico círculo vicioso, lo cual él no entendía porque, según él, no tenía vicios desde que había dejado el cigarrillo hacía ya varios años.
Y entonces empezó a detallarse las canas, las arrugas, los lunares, las bolsas debajo de los ojos, la pronunciada subida que había hecho su frente debido al retroceso de la línea del pelo, que de paso, escaseaba, y sobre todo, entre lo que más le preocupaba, la enorme caída de la papada, arrugada en el cuello, que lo hacían parecerse a una tortuga milenaria. Y entonces corrió a buscar en una gaveta una foto de hacía unos veinte años atrás para ver cómo se había venido envejeciendo, y no tuvo más remedio que sentarse a llorar en silencio antes que doña Genoveva, su solícita esposa de casi cincuenta y cinco años, le trajera el café de la cocina, que él se tomaba mientras se afeitaba, antes de irse a desayunar para después irse al trabajo de telegrafista en la oficina del correo. No hay remedio, se dijo en voz sumamente baja, esto es peor que un naufragio.
Cuando doña Genoveva llegó con la humeante taza de café lo vio sentado en la cama y con los ojos rojos, pero no le habló sino que le entregó la taza que él recibió y la puso sobre la mesa de noche sin probarla. Dijo que se sentía muy cansado porque había dormido muy mal, con pesadillas y dolores en todo el cuerpo. Para rematarlo, su esposa inocentemente le dijo que era que ya estaba viejo, lo que le cayó como el tiro de gracia para quedar muerto allí mismo. Pero prefirió disimular, y volvió al baño a continuar con su castigo de mirarse en el espejo.
Ese día tenía especial significado para él por lo del cumpleaños. No porque él no se hubiera dado cuenta que se venía poniendo viejo, sino porque se acordó de lo que le había dicho una tiradora de cartas a la que en mala hora se le ocurrió consultarla cuando apenas era un mozalbete: que moriría a los 67 años.
Pero es que ese momento, hacía más de cuatro décadas, a él le pareció que esa fecha estaba tan lejana que ni siquiera valía la pena pensar en ella. Así como esa mañana se acordó del tango que dice que veinte años no es nada, pero tres veces veinte sí lo son, y mucho, se repitió. Pero era que el tiempo se le había pasado como si hubiera sido ayer cuando la mujer se lo dijo. Entonces se acordó: ese día, cuando iba caminando por la calle hacia el cine a ver una película de Jorge Negrete, pasó por una casa que tenía un pequeño letrero que decía “Madame Astral. Se lee el futuro”, y eso le hizo dar un frenazo en seco en toda la puerta desvencijada que estaba cubierta con una cortina sucia en el sitio donde todo el mundo ponía la mano para apartarla al entrar. Y allí comenzó su error.
De adentro salía un olor de algo penetrante y que él nunca había sentido. Aspiró y no supo si le gustó o no, pero era misterioso porque no sabía de qué era. Obviamente, de flores no, y de perfume, tampoco. Nadie se pondría eso, pensó. Pero sintió la curiosidad de la presa que le mira los ojos a las serpientes antes de ser devorada. La trampa silente de la curiosidad se apoderó de él y lo engulló de un solo golpe y cuando se dio cuenta, estaba en sus entrañas, sentado en la sala de espera de unas sillas viejas e incómodas que se mecían como si fueran mecedoras, de último en la cola de los esperanzados que estaban antes que él hubiera llegado a lo que le comenzaron a dar fe de sus razones para estar allí: que la señora era una maravilla, que hacía milagros y sobre todo, no se equivocaba, que lo que decía salía tan certeramente como el sol salía todos día por el este y se metía por el oeste. Que ella había venido con dolores de espalda, pero con bebedizos se los había curado, dijo una vieja. Que su marido descarriado había vuelto manso como un cordero y dejó a la novia que tenía en el mercado, le dijo otra que era más vieja que la mamá de Honorio. Que su esposo había dejado el alcohol, especificó otra señora, que por no aguantar la curiosidad le preguntó que a qué había venido él, pues apenas era un chico.
No sé, le dijo ingenuamente Honorio. Nunca había venido para acá porque nunca había tenido curiosidad por nada ni sufría de dolores, ni tenía problemas familiares aunque algunos en la escuela. Simplemente había entrado porque le llamó la atención el anuncio de que ella sabía el futuro.
Cuando le tocó el turno, Honorio entró con más miedo que vergüenza y se sentó petrificado frente a una mujer con la cabeza envuelta en un pañuelo de colores y las manos y el cuello llenos de anillos y collares. Bienvenido, le dijo la señora, pero Honorio estaba petrificado. No pudo decir a qué venía ni qué quería y mucho menos qué problema tenía, hasta que la señora, sin decirle nada, desparramó un chorro de cartas sobre la mesa y con su índice, con una rapidez inusitada, las volteó haciendo un arco y revelando las figuras de aquéllas.
Le dijo muchas cosas que, según ella, estaban en las cartas las cuales empezó a leer desde el extremo izquierdo al derecho. Ponía el dedo sobre cada una, le decía la figura y hacía ruidos con la garganta, abría los ojos o los achicaba según ella interpretaba lo que veía, subía y bajaba el tono de la voz, y cuando llegó a la última le dijo que viviría una vida muy larga, hasta los 67 años. Y eso fue lo único que se le quedó en la cabeza a Honorio. Después no se acordó de nada de lo que le había detallado, que si se iba a casar, si iba a tener dinero, si se iba a mudar, si se iba a enfermar, si iba a tener hijos, si iba a viajar, de nada, absolutamente de nada de acordó porque fueron tantas cosas que le dijo en tan poco tiempo que era como haber visto una película de largo metraje en cinco minutos. Pero lo de la muerte, de eso sí se acordaba, así como de lo que le pagó, que fue lo que le costaba la entrada al cine, por lo que tuvo que devolverse a su casa sin ver la película.
Por supuesto que eso del recuerdo de la fatídica cifra de los 67 años no le duró mucho a Honorio, no solamente porque al sacar la cuenta de lo que faltaba calculó que era como un millón de años porque tendría que duplicar, cuadruplicar y multiplicar la edad actual por yo se cuántas veces que le parecía que nunca llegaría, sino porque lleno de optimismo juvenil lo vio al revés: que podría hacer muchas cosas sin peligro de morirse. Finalmente, y para consolarse de lo que él consideró como una inversión perdida por no haber ido al cine sino a ver a la adivinadora, concluyó que lo más sensato era olvidarse para no sufrir por la pérdida de la oportunidad de un sábado por la tarde sentado en una plaza viendo a la gente pasar, en vez de una película.
Honorio continuó mirándose en el espejo del baño. Torturándose, esta vez, con las oportunidades perdidas de su vida que le parecía que le había pasado en minutos corriéndose como el agua entre los dedos.
A los 18 fue al Ejército y eso fue una tortura porque él no estaba hecho para el servicio militar. Fueron casi dos años de amarguras de oír regaños, insultos, vejaciones, torturas de marchar en el sol, de prepararse para una guerra que nunca llegó porque, menos mal, no tenían con qué defenderse, hasta que terminó y al salir de esa cárcel, tal vez lo único positivo de todo aquello fue sentir que esta vez disfrutaría mucho más de la libertad que antes nunca había sentido que tenía.
No tuvo cabeza ni dinero para terminar la secundaria, por lo que tuvo que ir a trabajar a la oficina de correos donde entró como aprendiz de barrendero hasta que con el tiempo empezó a subir de pisos, mas no de posición, y cuando estaba en el tercer piso sucedió un incidente en la oficina de telegrafistas con una billetera contentiva del sueldo completo de una quincena que era del jefe del departamento, y como se la devolvió, éste le consiguió en recompensa, que lo admitieran como aprendiz de telegrafista, y allí pasó el resto de su vida dando y recibiendo los golpes de las letras y los números que llegaban y salían de su índice.
Se enamoró, se casó y tuvo dos hijos que crecieron y se fueron de la casa a correr sus propios destinos y a los cuales nunca más vio porque se mudaron a otra ciudad. Así, Honorio y Genoveva se quedaron solos a rumiar sus últimos años que su esposa decía que quién saben cuántos serían, pero que Honorio se respondía en silencio, tú no, pero yo sí.
Pero había tenido sus ventajas porque en esta vida no todo es malo ni negativo. Sólo hay que ver las cosas desde una perspectiva distinta.
Cuando estuvo en el Ejército, una vez hubo un incendio en el depósito de municiones y varios se quedaron atrapados, y entre ellos Honorio. Todos lloraban, gritaban, rezaban y se encomendaban a todos los santos porque sabían que cuando eso estallara, todos iban a volar por los aires hasta el otro mundo. Todos, menos Honorio, que estaba sin inmutarse porque sabía que él, todavía no se iba a morir. Y cuando no hubo tal explosión porque la dinamita estaba vencida, Honorio quedó con la fama de tener los nervios de acero, y eso le valió que lo ascendieran a cabo, y aunque de allí, no pasó, le permitió ciertos privilegios en el pelotón.
Lo del incidente de la oficina de telégrafos fue que hubo un asalto a mano armada el día de pago, y el ladrón le quitó la cartera al jefe de la oficina. Honorio, en un arrebato de heroísmo se le abalanzó al pillo que tenía un revólver en la mano, y cuando le disparó a Honorio, se le encasquillo, y Honorio lo dominó en el suelo, convirtiéndose en el héroe del momento que salió retratado en todos los periódicos de la ciudad.
En otra oportunidad, se volteó el autobús donde viajaba hacia el Cuzco, en medio de una montaña cubierta de neblina, rodando por un abismo que no parecía tener final. Hubo muchos muertos y heridos, pero Honorio solamente salió como dijo el periódico, con aporreos leves y generalizados. Es más, fue él quien escaló por más de tres horas el precipicio hasta llegar a la carretera y pedir ayuda, y como casi más nadie pasaba, y los que pasaban no se detenían porque Honorio parecía un espanto sucio y lleno de sangre dando gritos y agitando las manos, tuvo que caminar hasta el anochecer y llegar a un puesto de la policía para pedir ayuda, y si no hubiera sido por él, los pocos sobrevivientes con seguridad se habrían muerto. Esa acción heroica le permitió que el propio Gobernador le hiciera un reconocimiento público de un diploma y una medalla que Honorio colgó en el recibo de su casa junto con los recortes de la noticia que mandó a plastificar para que el tiempo y las cucarachas no se comieran el papel. Por supuesto que Honorio no le dijo a nadie que él sabía, cuando iba rodando cuesta abajo, que él no se iba a morir, al menos en esa pasada.
Cuando lo cambiaron a una oficina nueva que abrieron en la selva amazónica, lo primero que hizo luego de tomar posesión del cargo como el nuevo telegrafista de la localidad, fue enfermarse con fiebre palúdica y quedar postrado en cama envuelto en sudoraciones que lo llevaron a delirar creyendo que estaba en el infierno. En esa lejanía de la civilización los únicos que ayudaron a Honorio fueron los indígenas de la localidad que sabían cómo tratar a las fiebres, y a fuerza de bebedizos y cataplasmas de quién sabe qué, lo curaron en menos de dos semanas. Allá en esas lejanías, donde lo único que llegaba con seguridad eran los mensajes telegráficos distanciados por los días, no había sino tres ciudadanos, contándolo a él, que no tenían ningún interés en el mundo exterior. Luego Honorio dijo que él nunca había perdido la fe en la medicina de los indios, pero muy internamente sabía que tampoco había perdido la cuenta que todavía no había llegado a los 67 años.
Y así fue Honorio saltando de incidente en incidente, escapándose, según él de encontrarse con la muerte que él sabía que no lo estaba esperando en cada oportunidad. De mucho le sirvió para no gastar dinero en seguros de vida ni en planes de hospitalización, ni en despreciar oportunidades para ir a sitios donde la sensatez debería haber prevalecido y no ir, solamente por saber que aún no había llegado hasta la distante edad de los 67 años.
Pero el día llegó cuando cumplió los 67, y ese día fue cuando él se miró en el espejo y se dio cuenta que estaba en el principio del fin, en los últimos cien metros, como decían en el hipódromo, que había llegado al final del camino, que todo había concluido. Aunque, de pronto, tuvo un rayo de iluminación en su mente que estaba aturdida, confusa y casi al borde del abismo de la pérdida de toda esperanza, así como decía Dante que estaba escrito en la puerta del infierno. Y no supo entonces si agradecerle a aquella mujer de las cartas, o maldecirla, por haberle dicho la fecha de su muerte. Y lo que pensó fue lo siguiente: que todavía tenía hasta un año, pues no tenía que morirse hoy, el día de su cumpleaños. Después de todo, el asunto era que no iba a llegar a los 68. Y entonces, lleno de optimismo e insuflado por lo que él interpretó como una nueva oportunidad que él no había visto, se sonrió frente al espejo, no se vio tan mal como se había visto hacía un par de minutos, ni se acordó más de sus mortificaciones, de sus arrugas, de sus canas, de sus lunares, de sus achaques, sino que se lavó la cara y la boca, se peinó, se afeitó y se llenó la cara de colonia, y se devolvió a la cama y se sentó a terminar su taza de café, y cuando entró Doña Genoveva, lo vio sonriente, rozagante, oloroso, con la taza vacía en la mano, y la mirada perdida en el horizonte, transportado, pensando en quién sabe qué, y ella, para satisfacer su curiosidad le preguntó como siempre lo hacía: Honorio, ¿en qué estás pensando?
Pero Honorio no le dio respuesta sino que se quedó impávido, con la mirada perdida, la sonrisa en la cara, oloroso, peinado, afeitado, pero sin respuesta porque no se la pudo dar.
Esa noche, en el velorio, doña Genoveva solamente alcanzaba a decir, entre sollozos, que el doctor le dijo que don Honorio había muerto como un pajarito, sin sentir nada, sin decir nada, sin sufrir nada, que él seguramente se había muerto del corazón porque estaba bien de salud, y que sencillamente había llegado al final de su vida, y eso era una bendición. Será, tal vez le tocaba morirse el día de su cumpleaños, concluyó inocentemente doña Genoveva, y siguió rezando el rosario.

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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