En un sendero al pie de las montañas más altas del mundo, donde no se sabe dónde es India y dónde es Nepal porque a nadie le interesa,  un humilde labriego que bajaba desde su casa con una mula cargada de tejidos que hacía su mujer de la lana de sus ovejas, para llegarse a la población donde encontraría a un tendero a quien le vendería los tejidos, encontró  a un hombre muerto tirado en el camino. El difunto se habría desbarrancado de un camino que estaba mucho más arriba, cosa que habría sucedido hacía pocas horas posiblemente cuando aún no había salido el sol, tal vez perdido en la oscuridad de la noche y la niebla de los parajes que nunca dejaba de estar allí. La zona era escarpada, llena de piedras y pocas plantas, azotada por vientos y lluvia en verano, y la nieve y el hielo en los otros meses, y por lo tanto muy peligrosa, aún para los muy pocos residentes del área que decían conocer cada recoveco de las alturas, muchos de los cuales también se habían perdido y nunca habían regresado a sus casas. El área, sumamente agreste, era por lo tanto, no apta para viajeros o frecuentes peregrinos sin guías que subían hasta el Potala, unos solos y otros en caravanas que podían atraer a los asaltantes de caminos que tampoco eran raros, aunque infrecuentes. Lo primero que Lobsang sintió, después del sobresalto de ver al hombre tirado en el suelo boca abajo, fue miedo porque pudo haber sido víctima de los bandoleros,  pero al examinarlo más detalladamente se dio cuenta que no. Estaba intacto, salvo por la fractura del cráneo y de quién sabe qué más, pero su ropa, obviamente de otras tierras más calientes de más abajo, estaba intacta. Al verle la cara notó que era un hombre más viejo que joven y que no había sido atacado ni robado sino que parecía que simplemente había rodado cuesta abajo y se había muerto del golpe. No tenía heridas, salvo la de la cabeza, y su posición había quedado encorvada. Lo estiró y lo puso mirando hacia arriba. Lo miró con cautela hasta que se convenció que estaba muerto, y luego lo revisó con mucho cuidado pasándole la mano sobre la ropa.  Luego observó desde donde había venido rodando pues se notaba por las piedras que había arrastrado consigo en la ladera, y entonces supuso que su caravana aún estaría arriba por lo que decidió subir a verla. Con poco esfuerzo, Lobsang encontró la forma de subir la ladera y llegarse hasta el punto desde donde el desconocido había caído, conclusión que fue obvia porque se podía ver en la orilla del camino por dónde se había resbalado al pisar en falso, y dónde habían quedado sus tres mulas, testigos mudos del acontecimiento aún cargadas de quién sabe qué, pero a las que Lobsang no tardó en conducirlas hacia el sendero de abajo donde el dueño de ellas yacía muerto. Una vez que todos se reunieron, lo único que pudo pensar Lobsang fue en poner al fallecido sobre una de las mulas y devolverse a su casa arriba en la sierra desde donde él había venido. Estaba seguro que nadie le había visto, ni nadie había pasado por allí antes que él, ni nadie pasaría en mucho tiempo porque obviamente el viajero se había perdido en esa soledad de la cordillera Himalaya durante la noche anterior, y obviamente andaba solo con sus mulas. Una vez que hubo amarrado al muerto sobre una de las mulas, emprendió el regreso a su casa.

Un cierto tiempo después llegó a su casa donde su mujer, tan vieja como él, estaba haciendo sus labores habituales. La mujer se sorprendió al verle, no solo por haber regresado sino por el extraño cargamento de las tres mulas cargadas y el hombre obviamente muerto sobre una de ellas.

Luego de contarle la historia, Lobsang y su mujer concluyeron que lo más sensato era enterrarle, quedarse con las mulas y el cargamento, pues no se sabía quién era ni para dónde iba, por lo que se dispusieron en llevar a cabo la idea de ambos. El cuerpo fue dispuesto en un hueco al final de la plantación de coles al lado del corral de las ovejas, unas cabras y los patos, luego rezaron, y finalmente la pareja se dispuso a abrir el cargamento de las mulas, una por una.

Lo primero que le retiraron fue una bolsa oculta entre sus ropas donde tenía monedas de cobre, plata y oro, sobre todo las de oro, algo que ellos nunca habían tocado.

Luego pensaron en pasar la carga y ponerla en el piso de tierra de la casa, pero esta era tan pequeña que solo podían descargar una mula a la vez. La primera carga eran alfombras, no muy grandes, pero sí muy bonitas y pesadas. Ese tipo de alfombras no eran de ninguna parte que ellos pudieran identificar, así que decidieron enrollarlas de nuevo y ponerlas contra una pared no muy cerca de la cocina que nunca se apagaba porque no se podían dejar enfriar los leños que siempre calentaban agua para la cocina y el té que rigurosamente tomaban para calentarse.

La segunda mula traía ollas de cobre y aparejos para cocinar y trabajar en la casa. Por ser ollas nunca vistas por  la esposa de Lobsang, se apropió de todas y empezó a describir para qué serviría cada una, imaginándose los estofados que haría con las ovejas, las gallinas y los patos viejos. También podrían hervir leche de yak, pero solo en ocasiones especiales, por lo que explicó a su esposo que haría muchos potajes con las legumbres que ellos cultivaban. En fin, dijo ella, que con ese nuevo equipo Lobsang no tendría que comprar más utensilios para cocinar.

En el cargamento de la tercera mula encontraron mucha ropa de hombre, de mujer y para niños, así como abrigos y guantes, gorros y hasta zapatos de piel de algún animal por lo que ambos empezaron a probarse todo lo que iban sacando logrando separar todo lo que no les serviría y que Lobsang podría vender más adelante.

Fue tanta la felicidad que ese día la pasaron escogiendo de todo lo que ellos iban a necesitar que Lobsang decidió no salir al pueblo a vender los tejidos que había hecho su mujer para tal fin, y separó lo que iría a vender después al pueblo. Al final de la tarde, exhaustos como si hubieran salido de un gran bazar, cayeron rendidos hasta ese otro día.

Al otro día por la mañana, al despertarse y ver que estaban rodeados de tantas cosas nuevas, no hicieron sino reírse de su suerte y dar gracias a Buda diciendo que por un momento creían que todo lo habían soñado, pero no había sido así: todo había sido real y todo eso era de ellos. Ha sido un regalo, dijo Lobsang a su esposa mientras le servía un té humeante en una taza.

Durante el segundo día, luego de volver a repasar todos los objetos y de medirse nuevamente toda la ropa, Lobsang volvió a preparar su viaje para el pueblo esta vez con la ropa y zapatos y los tejidos de su mujer, excepto que esta vez pensó que los vendería mucho más caros porque podía subir los precios, y si no le gustaban a su cliente, seguiría a otro pueblo, hasta conseguir el precio que él quisiera. Así, despidiéndose de su mujer, arreó la mula por el mismo camino que estaba obligado a tomar.

Se había olvidado del incidente del muerto hasta que llegó al punto donde se lo había encontrado, y no pudo menos que acordarse de lo que había sucedido y se detuvo a hacer una oración por el difunto que, según él, le había regalado todo lo que llevaba para ahora la suerte fuera de él. Solo le tomó un par de un minuto y continuó su viaje, bajando la ladera con más ánimo que nunca.

Al siguiente día, Lobsang llegó al pueblo y fue directamente a la tienda de su mejor comprador, un viejo paquistaní que tenía un gran salón comercial de todo lo que uno se pudiera imaginar y algo más. Lobsang sabía que compraría su mercancía pero no sin antes hacer tres cosas: primera, hacerle oír un rezo de agradecimiento a Alá por haber traído de vuelta a Lobsang, a quien le compraría muchas cosas a precios muy bajos. La segunda, ofrecerle té caliente al estilo de Pakistán, y la tercera, insistirle que todo el mundo se debía convertir al Islam porque esa era la verdadera fe y no la que practicaban en India, y menos aún en el Tíbet. Consciente Lobsang que solo tenía que oír y no discutir, esperó que pasara el recibimiento para empezar a sacar las piezas una por una.

Lobsang sacó los tejidos de su mujer uno por uno, y mientras más piezas sacaba y ponía sobre una mesa, más abajo se iba el precio que el pakistaní ofrecía, pero Lobsang ni abría la boca esperando llegar al final de todo, y cuando lo hizo, solo puso su mano derecha sobre el montón y le dijo que todo se lo vendería por un solo precio, sin rechazarle nada, y sin regatear, cosa que, naturalmente, el paquistaní no aceptó.

Como Lobsang sabía que no le ganaría la discusión a Rashid, no habló más sino que empezó a sacar la ropa que traía del difunto y se las tiró encima del montón diciéndole al pakistaní cuál sería el nuevo precio, muchísimo más elevado que todo lo que paquistaní se hubiera podido imaginar, o que, o le compraba todo, o se iría a otra tienda.

Cuando el comprador vio la mercancía no pudo aguantar los nervios y se abalanzó sobre ella y la empezó a detallar: le miró las costuras, la volteó al revés, la olió, las estiró como si las quisiera cambiar de tamaño. Pero en ese momento, apareció su esposa quien vio unas piezas femeninas con las que ella hizo lo mismo, y a juzgar por la cara de felicidad de la mujer y lo que le dijo en su incomprensible lengua, no perdonaría a su marido si no se la compraba, por lo que el paquistaní se volteó y en un ultimátum verbal para acabar con su vendedor le increpó poniéndole el índice en el pecho diciéndole: “¿cuánto por todo, hermano y salimos de esto?”, y Lobsang, recordando todas las humillaciones pasadas en las que había tenido que entregarle casi regaladas las piezas de su mujer, le dijo la cifra más alta que se le vino a la cabeza, por lo que el paquistaní cayó demolido en el piso llorando y diciéndole que si pagaba eso le tomaría un año recuperar lo comprado.

Como una estatua de mármol, Lobsang ni pestañeó sino que le dio el tiro de gracia delante de su mujer: ¿por qué no le vas a comprar esa ropa a tu mujer, Rashid, no se la merece?

La mujer de Rashid, miró a Lobsang, y luego a su marido, se armó como una cobra y reptó hacia el gordo de su marido y quién sabe qué le dijo en su lengua que se escribe de derecha a izquierda y el dueño de la tienda “El Puño de Oro” no tuvo más remedio que claudicar en silencio y bajar la cabeza, caminar hasta su escritorio, abrir la caja de caudales y sacar monedas de plata y oro y decir, estás pagado y vete porque no eres sino un traidor que te valiste de mi mujer y eso no se hace en los negocios.

Lobsang ni se rió ni volteó al salir, porque sabía que volvería dentro de un tiempo a venderle más de lo mismo y Rashid le jugaría el mismo juego, y él también le contestaría igual. Entonces fue cuando se dio cuenta que todo eso había sido posible gracias al agradecimiento del difunto porque le habían enterrado en el patio de su casa para que descansara en paz, pues si lo hubiera dejado en el camino, se lo hubieran comido los lobos.

Foto por Sergey Pesterev, Flicker

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.