El sargento Rosales abrió la puerta de un empujón y casi le gritó al teniente Carlos Montero que estaba sentado en su escritorio inmerso en una lectura para decirle que el cadáver de un hombre que respondía a la descripción del más buscado carterista de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, estaba en la morgue.

La reacción del Teniente fue inmediata: ¿de cuál carterista Rosales, si es que puede hablar en vez de gritar y tocar la puerta en vez de aventarla como si hubiera un incendio en el edificio?

Todo eso se lo había dicho mientras ponía ambas manos sobre lo que estaba leyendo y miraba a la cara a Rosales quien se había acercado tanto que le podía ver el cuello de la camisa que obviamente tenía varios días que no se la cambiaba, a decir por el color del cuello y el montón de arrugas que tenía el resto del uniforme. Luego, con parsimonia, y sin levantar las manos de lo que estaba leyendo, se incorporó y de un grito le dijo, ¡salga y vuelva a entrar, como una persona! Rosales se detuvo sobre sus tacones, los sonó, lo saludó y le dijo, sí señor, se dio media vuelta y salió. Un par de segundos después tocó la puerta, y cuando oyó el “pase”, entró con velocidad normal, se puso la mano derecha en la frente y le dijo, mi teniente, el carterista ese que siempre andábamos buscando está en la morgue. Rosales notó que lo que su teniente estaba leyendo, ya no estaba bajo sus manos, pero, ojos de policía, él sabía qué era.

El teniente Montero lo miró sin hacer notar sorpresa y le contestó lacónicamente, eso ya lo sabía.

¿Y cómo?, le preguntó Rosales. Si yo cabo de venir de allá y aquí nadie lo sabe.

Porque ya usted me lo había dicho, le respondió. Ahora explíqueme, ¿cuál carterista?, porque aquí en esta ciudad, si no hay cien mil, no hay menos.

El más buscado, el más solicitado de todos. El que nunca habíamos podido agarrar, el Zurdo.

¿El Zurdo? Preguntó el Teniente, esta vez abriendo más los ojos. ¿Quién lo identificó?

Yo, mi teniente. Bueno,  es que se parece al de la foto aunque no es totalmente la identificación porque la foto tiene más de quince años, y aquí está con barba, sucio y amoratado, como si le hubieran dado una paliza, además de la puñalada que lo liquidó de una sola así, dijo Rosales, mientras se llevaba su mano derecha a su propio corazón. Luego concluyó onomatopéyicamente ¡Zas! Porque el doctor dijo que con esa sola puñalada le había bastado, o sea, que no se molestaron en darle la segunda. Tal vez el asesino era un experto.

¡Será!, dijo el Teniente sin moverse clavado en su silla giratoria desde donde estaba mirando a Rosales, y continuó: consígame el expediente para darle un vistazo.

Cuando Rosales salió de la oficina las dos secretarias del despacho y otro grupo de policías lo esperaban todos con la misma pregunta: ¿qué dijo?

¡Nada!, como si no fuera nada que hubiéramos andado tras ese hombre desde hacía yo no sé cuántos años. Cuando yo entré aquí, ya lo estaban buscando, y nunca se supo nada concreto sobre él porque todo eran conjeturas, chismes, cuentos que nos traían los soplones, pero nada concreto. Estaba en todas partes, decía Rosales mientras lanzaba la vista sobre los hombros y las cabezas de sus interlocutores como buscando al evasivo pillo, para luego ponerse las manos en la cara como para sostenerla y decirles, nada, siempre llegábamos tarde. No dejaba nunca ningún rastro, ninguna señal, ni el polvo, dijo Rosales haciendo una expresión sacudiéndose las manos para vérselas vacías. Era como los espantos, que ni se oía, ni se olía, ni se veía, ni se sentía.

¿Y qué vamos a hacer ahora?, le preguntó uno de los del grupo que lo confrontaba.

No sé, cuando el teniente acabe de leer a su Rico Tipo, nos dirá.

¿Todavía no lo ha terminado de leer?, dijo uno. Lo compró el lunes, dijo otro.

Ahí lo tenía escondido bajo las manos cuando yo entré, y luego lo escondió. Quiso disimular que estaba trabajando, pero yo lo conozco mucho para saber que estaba leyendo a su revista preferida. Y todavía le falta leer el periódico, y luego vendrán los regaños, cuando lea las noticias diciendo que la policía nunca resuelve nada, aunque la del Zurdo, todavía no ha salido, ni creo que salga hasta que no sepamos quién es.

¿Y si no sabemos quién era ni cómo era, cómo sabemos que es el Zurdo?

Porque se parece a la foto del expediente, ¡idiota!, respondió Rosales.

¡Eso no es prueba!, le contestó otro del grupo. Eso no es una identificación positiva. ¿Qué papelón vamos a hacer cuando aparezca en otro lado el Zurdo si éste no es él? ¡Contestáme esa, boludo!

Bueno, inteligente, tampoco podrán decir que no es.

¡No entiendo!

Vos nunca entendés nada; por eso es que sos policía, le dijo el sargento riéndose de su chiste que no le hizo gracia a más nadie.

Bonito, le increpó otro agente. Ahora tenemos un muerto que no sabemos quién es pero que vos decís que el Zurdo, sin saber quién es el Zurdo. ¿Vos sabés cuántos zurdos habrá en esta ciudad?

Calláte! dijo otro del grupo. ¿Y cómo vas a decir que el Zurdo es carterista, porque tenía una cartera en la mano? Esta policía está cada vez peor. A lo mejor ya no saben ni qué día de la semana es hoy.

No seás pesimista. Ahora solo tenemos que encontrar una pista, dijo Rosales para salir del atolladero en que estamos.

¡Estás vos, que lo identificaste!

 Creo que debemos esperar órdenes, dijo Rosales para romper el cerco.

¡Espero que no sean de vos!, dijo alguien que no se supo quién fue porque el grupo se dispersó. Rosales se quedó callado.

“Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver…” sonaba en la radio la voz del zorzal criollo que ni una docena de años de sepultura habían logrado enterrarlo con su canción preferida; todo lo contrario, cuando la oía, el teniente Carlos Montero sentía que iba a llorar porque le parecía que el zorzal se estaba despidiendo de su ciudad como si fuera una premonición que sabía que no iba a volver. ¿Quién lo mandaría a viajar? Se preguntaba sin que nadie le diera la respuesta que tanto había ido a buscar con su amigo Roberto al cementerio, hasta la propia tumba del zorzal, donde se quedaba mirándola con la vana esperanza de que resucitara. Porque, además, él tenía esa conexión sentimental con Carlitos, pues ambos tenían el mismo nombre. Por algo sería. Iba al cementerio, y le hablaba, le rezaba, le daba las gracias, porque para él era un santo. Un día de estos, dijo una vieja al terminar su rosario en el cementerio, lo van a canonizar. Nadie había hecho tanto por la argentinidad como él, dijo un señor que le tiró una docena de margaritas sobre la tumba. Había un grupito que le cantaba un par de metros más allá. Otros se retrataban frente al mausoleo. Suerte que tenía Carlos, quien tenía retratado en todas las poses posibles a Gardel en su habitación, no se perdía cada programa que tocara sus canciones, ni los programas de los concursos de aficionados para averiguar si alguien lo podía imitar tan igualito como había sido el mismo pibe, arrabalero, de milongas, de baile pegado, de bufanda, de sombrero, de macho, pues la ciudad y el país entero se había quedado esperándolo que volviera, pero no volvió, todo eso era imposible para resucitarle a Carlos Gardel. Su suerte era que vivía a escasos metros del cementerio donde el magnífico dormía por el resto de la eternidad y así podía ir a visitarlo cada vez que le diera la gana. Y lo hacía, con Roberto y hasta le llevaba flores y le dejaba una lágrima cuando no había gente presente, que era una rara ocasión.

Allá en la Chacarita, Carlos Montero había nacido y crecido. Allá había empezado a ir a la escuela primaria, la Rubén Darío, en la calle Otero, con otras tantas docenas de párvulos que debían vivir cerca. Allá comenzó el primer grado cuando el mismo Perón también se iniciaba en la presidencia, y allá hizo sus primeros amigos, especialmente al flaco Roberto Argenti, otro pibe como él que vivía cerca también.

Carlos era más pequeño que grande, lo opuesto de Roberto, que era más alto que el resto del grupo, al punto que el primer día de clases la señorita Silvia, una mujer muy blanca, con el pelo tan rubio como el trigo maduro y los ojos marrón claro, le preguntó cuál era su edad o que si debía estar en un grado superior porque Roberto sobrepasaba a todos de tamaño en la fila, parecés un niño del cuarto grado, le dijo ella, y por eso lo mandó a que se sentara de último en el salón, para que no obstruyera la vista al pizarrón. Parecía el obelisco de la 5 de Mayo. Cuando la señorita Silvia le dijo que era porque era flaco y largurucho, aunque sin malicia, bastó y sobró para que le quedara el sobrenombre de “flaco”, que pronto se regó por todo el plantel.

Lo de flaco servía para unas cosas, pero para otras no. Por ejemplo, podía alcanzar muchas cosas que estaban escondidas sobre los escaparates de la escuela, y algunas frutas de los árboles del vecindario, hacer señas y lanzar piedras o papeles, según los requerimientos, porque los brazos parecían que le llegaban hasta la rodilla, y muchos hasta apostaban que el ombligo lo tenía en la mitad del pecho. Las rodillas parecían unas calaveras y lo que más impresionó a Carlos era que Roberto era zurdo, y él nunca había visto a alguien que escribiera y lanzara piedras con la mano izquierda. ¡Sos un fenómeno!, le dijo como alabanza. También le servían para alcanzar al cantinero sobre las cabezas de los otros muchachos sin tener que esperar su turno, pero eso le valió un día un reglazo de la señorita Silvia para que aprendiera a no valerse de los más pequeños.

Carlos y Roberto entablaron una amistad muy especial porque a la salida del colegio caminaban en la misma dirección, sobre todo cuando se escapaban para llegarse hasta el cementerio de la Chacarita, que estaba a escasa distancia de la escuela, y que presentaba un sitio ideal para asustar a las mujeres, robarse las flores, o simplemente caminar para ver los monumentos. Allí pasaron muchas tardes, sobre todo cuando era el día de los difuntos o conmemoraban la muerte de Gardel, que llegaban autobuses cargados de gente de todas partes del país, además de la propia ciudad, incluyendo insignes personalidades de la vida nacional, y que era cuando Roberto se aparecía con una cantidad de empanadas en un cesto, envueltas en papel para vender al público asistente. Roberto le decía a Carlos que con eso él reunía para hacerle regalos a su mamá y pagarle la hechura de las empanadas a una señora pobre que las hacía para vender porque tenía varios niños y no tenía marido. En esos días cuando casi todo Buenos Aires se reunía en la Chacarita, Roberto hacía más dinero en un par de días que todo lo que había visto Carlos en toda su vida.

Durante las competencias de la escuela contra otra escuela, Roberto también se aparecía con las deliciosas empanadas más dulces caseros, a sabiendas de que los niños que estarían allí no resistirían la tentación. También lograba hacer un dineral, pues vendía todo lo que llevaba y salía con los bolsillos llenos, todo para hacer obras de caridad con las señoras pobres que cocinaban empanadas y dulces caseros para sobrevivir, según él.

Luego de concluir el año escolar y cuando llegaban las vacaciones, Roberto se desaparecía del mapa aludiendo que se iba con su familia a la ciudad de Rosario, donde su padre trabajaba en una plantación de uvas que tenía allí. Pero al final de las vacaciones, nuevamente se aparecía con su cara sonriente y tal vez más alto, de tanto correr y montar a caballo, le decía él a Carlos, quien estaba todavía del mismo tamaño, o al menos, más bajito que Roberto. Así, ambos amigos solidificaban cada día más la amistad que los unía desde el primer momento en que se conocieron.

Pero Roberto era desaplicado escolarmente, todo lo contrario de Carlos, quien sin ser el primero de la clase, sacaba relativamente buenas calificaciones. Carlos ayudaba a Roberto en la escuela, y a veces se iban al salir de clases, a la casa de Carlos, donde éste solícitamente le ayudaba a hacer la tarea y a estudiar, a repasar las tablas matemáticas y las repúblicas del continente con sus capitales, a hacer los dibujos, y en ocasiones cuando por extremas circunstancias Roberto no podía hacer la tarea, Carlos se la prestaba para que se la copiara íntegramente y pudiera evitar un redondo cero y un castigo que imponía el director, el señor Eduardo, el esposo de Silvia, que era fiel creyente de que las letras entran con reglazos y horas extras de trabajo académico, es decir, más tareas. Pero jamás Roberto invitó a Carlos a su casa. Sin embargo, cosa de niños, Carlos nunca cuestionó esa situación.

Toda esta vida junta, o al menos lo que a los dos mozalbetes les parecía porque en realidad eran todos los años de la vida de ellos, les duró hasta que llegaron al final de la primaria. Ninguno de los dos lo habían realizado hasta que enfrentaron la dura realidad que les esperaba, o mejor dicho, cuando Roberto le desveló el secreto a Carlos que estaba guardando desde hacía meses: él se iría de Buenos Aires para Rosario porque su padre así lo había decidido. La sentencia no tenía apelación, a pesar de que Carlos le dijo a su padre, y ellos aceptaron, que Roberto se quedara a vivir con ellos en Buenos Aires mientras seguían los estudios, con tal de que no se rompiera la amistad. Pero todo fue en vano. Después de terminar el último curso, ambos se dieron un abrazo y no se volvieron a ver.

Carlos continuó en la escuela de educación media 7 en la calle Junín, bastante lejos de su casa y del cementerio, pero ya él lo podía andar solo y además, no quería volver solo al cementerio. Todos los lugares cercanos le traían tantos recuerdos que prefería estar lo más alejado posible de la escuela primaria y del camposanto. Su dolor era tan grande, que prefirió no visitar más a Gardel.

Le escribió a Roberto tan pronto pudo, pero la carta se la devolvieron un par de semanas más tarde con un gran sello rojo que decía “dirección equivocada”. Carlos revisó el papel escrito de puño y letra de Roberto, pero era la misma. Sería un error de Roberto, y entonces esperaría que él le escribiera. Pero ninguna carta llegó. Así pasó un año, sin saber nada de su amigo hasta que un día se le ocurrió volver a la escuela para buscar la dirección de su amigo.

El señor Eduardo le dio la dirección de Buenos Aires, a pesar de que ya no estuviera allí, porque tal vez alguien le podría dar alguna información al respecto. No pudo darle más información porque estaba prohibido, le dijo el director, y con eso terminó el capítulo de la amistad que todos conocían.

En la dirección que le dio el director, no encontró nada, porque le dijeron que esa familia no vivía allí, ni nunca había vivido. Nadie sabía nada de Roberto, a pesar de que él se caminó todos los locales comerciales de esa vecindad donde Roberto hubiera podido ir. Lo describió y hasta enseñó una foto de la escuela donde estaban ambos. Era como si nunca hubiera existido. Pero Carlos sabía que eso no podía ser. Tenía que haber una explicación y él se prometió encontrarla.

Los años pasaron, Roberto nunca apareció más, ni se supo de él porque si existía alguna información ésta estaba sellada en la escuela y no se podía obtener. La señorita Silvia que le había prometido a Carlos su colaboración para convencer al director que entregara la información, fue totalmente infructuosa. A Roberto, se lo había tragado la tierra.

Cuando terminó la secundaria, Carlos tuvo que sentarse a pensar cuidadosamente sobre lo que iba a hacer con respecto a su futuro, en parte porque no había sido un alumno muy dedicado, y en parte porque la familia, es decir, su padre y su madre, no tenían los suficientes recursos para costearle una carrera universitaria, por lo que tuvo que decidirse por irse a la academia de policía, donde haría unos estudios relativamente cortos, no muy difíciles, y había plazas de sobra en la Policía Metropolitana, donde saldría con el rango de teniente. Todo esto quería decir un empleo seguro y una remuneración, no la mejor del mundo, pero segura.

La escuela de policía era muy variada pues les enseñaban una serie de materias, lo que implicaba que no hubiera mucha profundidad, pues les decían que por el momento solo importaban los conocimientos esenciales, porque la realidad estaba en la calle y allí estaba la verdadera escuela de los policías.

Sus primeras asignaciones fueron con la policía uniformada en la calle, un sitio nada envidiable, porque implicaba la inclemencia del ambiente: frío, calor, lluvia, peligros en todas partes, borrachos, peleas callejeras, tránsito, y tantas otras cosas que los policías tienen que resolver, además de partos prematuros, niños perdidos, perros rabiosos, maridos celosos y abusivos, esposas celosas y rabiosas, carros robados e incendios de origen sospechoso. Ese era el precio del noviciado. Pero Carlos continuó estudiando y lo pasaron al departamento de detectives contra robos, o sea, que si bien salió del uniforme, no salió de la calle, porque ahora los casos empezaban con los carteristas y asaltantes que desplumaban a sus víctimas por la ligereza de sus manos o los descuidos de las prendas y las carteras.

Los sitios preferidos eran en los sitios muy concurridos, donde la gente está apretada, empujándose, así como en los colectivos, el metro y los trenes urbanos. En las calles muy concurridas y donde la gente se para a mirar las vidrieras. En las misas, las procesiones, y las entradas de los cines y el teatro. En la entrada y salida del estadio, en las cantinas, en los bares, en los puestos de comida pública donde la gente hace un alto en la jornada para comerse algo. Durante la película cuando la vista se fija en la pantalla y los ruidos se concentran en la mente. En los mercados, cuando los marchantes fijan su atención en el peso del producto pero descuidan la cartera. Cuando la gente se sienta en un banco de la plaza a leer el periódico. Cuando la gente sale del banco. Cuando la gente va a la compañía de luz o de teléfonos y hace la cola para pagar el recibo. Cuando los empleados salen de la fábrica el viernes por la tarde con toda la semana de pagos en un solo sobre que se depositan en un bolsillo lateral. Cuando la gente se agarra con una mano del colectivo o en el subte para no caerse en los frenazos. Cuando la gente se para a decirle la hora a alguien que se la pregunta y por detrás viene alguien que lo tropieza. Cuando alguien le ofrece a la señora ayudarla a subirse al colectivo, o a pasar la acera, o a llevarle la bolsa del mercado, especialmente si es entrada en años. O a las que exhiben un prendedor o un collar vistoso. O a los que llevan un pisacorbatas con una perla, o una estilográfica de oro en el bolsillo del frente. O hasta un niño que lleva un par de monedas para comprarse un helado. Todos son un blanco fácil, solo que unos son más fáciles que otros.

Los pueden divisar en una multitud porque llevan la mente en algo más, o se sientan a leer un libro o el periódico, o se tocan el bolsillo donde llevan la cartera para saber si todavía está allí porque llevan algo grande. No importa la edad, el sexo, la situación económica, todos son víctimas potenciales y lo único que hay que esperar es la ocasión. En ese segundo, o tal vez menos, como el prestidigitador que puede meter la baraja del montón antes de que su mesmerizado cliente se dé cuenta que esa era la misma carta que el prestidigitador parecía que le había metido un par de segundos antes en el bolsillo. O que hizo un pase con un pañuelo para que su víctima se distrajera viendo el pañuelo para que él pudiera quitarle el reloj sin que sintiera. O que le llamó la atención a una señora diciéndole que llevaba la cartera abierta y que era mejor que la cerrara porque en esa zona había muchos ladrones, pero la realidad era que ya él la había desplumado y le había dejado abierta la cartera. O la chica linda que le habla al hombre para que no sienta la mano que le penetra hasta la intimidad de su saco y le vuela los billetes sin sacarle la cartera. Hasta el que le saca una cartera y le pone otra vacía.

Todo eso y más lo vio Carlos en películas que les pasaron para que vieran los distintos tipos de zarpazos, sablazos, machetazos, y sobre todo la rapidez y la sangre fría, por no decirle profesionalidad con que lo hacían. Y como si no fuera suficiente, hasta les llevaron carteristas reales a la policía pero no les previnieron, sino que los vistieron de agentes para que los robaran y se dieran cuenta ellos mismos cómo nadie se daba cuenta que les habían volado la cartera o el reloj, o la cadenita de la virgen.

Podían abrir los maletines y sacar las cosas de valor y volverlos a cerrar. Podían quitarles la pluma fuente y hasta ponerles otra, barata por supuesto, para que sintieran el peso en el bolsillo y no se dieran cuenta. Les sacaban la cartera, les sacaban los billetes a la cartera y se la volvían a meter. Y el acto final fue, después que les hicieron saber que estaban rodeados de varios carteristas, masculinos y femeninos, que uno de ellos haría el acto final: subió un agente a la tarima  que iba vestido de camisa blanca, corbata y saco azul. Le tomó la camisa por el cuello y se la haló, y le salió toda de un solo jalón, por la parte de arriba. Los agentes ni siquiera aplaudieron por un rato sino hasta que se recuperaron de lo que acababan de ver, algo imposible de creer, y entonces le hicieron una ovación de cinco minutos, de pie, a los pillos amigos de lo ajeno y de la policía.

A la salida del curso, lo natural fueron los comentarios y las preguntas a los pillos que se prestaron para dar toda clase de respuestas, pero lo que más le impresionó a Carlos fue cuando les preguntó que cómo se habían iniciado en esa carrera del mal, y casi todos los preguntados dieron la misma respuesta: desde niños, porque les atraía la magia, es decir, la prestidigitación. Todos ellos eran, o habían sido en algún momento, grandes prestidigitadores. Muchos habían pasado por el circo o por un teatro, pero en vista de las malas curvas que les había dado la vida, habían tomado la senda del sablazo. Pero hubo una respuesta en particular que le llamó la atención y fue la de uno de los prestidigitadores vueltos pillos que les dijo, que era como estar en la corte de los milagros.

¿Cómo que en la corte de los milagros?, le preguntó Carlos porque no había entendido la respuesta.

El casi mago le contestó con otra pregunta: ¿no vio usted la película “El Jorobado de Nuestra Señora de París? ¿No se acuerda de la escena de la corte de los milagros?

Ante la cara impávida de Carlos que evidenciaba una negativa total de la escena a pesar de haber visto la película, el hombre le explicó la escena cuando el novio de Esmeralda, la gitana perseguida por el libidinoso abate prior de la catedral, llega a la cueva de los ladrones y ve donde viven los mendigos de la ciudad de París, y donde aprenden a sobrevivir robando a los ciudadanos que solo les dan míseras limosnas. Allí estaban los ciegos que podían ver, los tullidos que no necesitan muletas para caminar, los huérfanos que tenían familia, los hambrientos que comían, y el riguroso entrenamiento a que eran cometidos los niños para robar a los transeúntes, poniéndoles campanas a la ropa para que fueran capaces de sacarles el dinero de las victimas sin hacer ruido, entonces el muchacho se da cuenta que él está en lo que el jefe de los pordioseros llama, la corte de milagros, donde los ciegos ven y los tullidos caminan. Eso se aprende, y se aprende desde niño, le dijo.

Carlos se acordó que a todos los niños les gustan los magos: los sombreros de donde salen conejos, la varita mágica que produce docenas de pañuelos de colores, la jaula que tiene conejos que se vuelven palomas y se van volando, la mujer que se mete en un armario y desaparece, o la que serruchan en dos mitades y luego la vuelven a pegar. Carlos se acordó de aquel cumpleaños, que debió ser el octavo o el noveno, que Roberto le dijo que le tenía un regalo muy especial, y fue cierto: le hizo un acto de prestidigitación para él solo en su casa. Le cambió pañuelos de colores. Le sacó una paloma azul de un envoltorio donde había metido un vaso que luego dejó caer y se quebró, y Roberto lo recogió, lo metió en una bolsa de papel, la sacudió hasta que dejó de sonar, y lo sacó tan entero como si nunca se hubiera roto. Y todo eso a escasos tres metros, en la sala de recibo de la casa de Carlos, con un auditorio lleno de otros ocho niños y sus padres. Finalmente, Roberto le sacó una moneda detrás de la oreja y se la regaló. No valía casi nada, pero Carlos la hizo montar en una montura amarrada a una cadena que siempre usaba de llavero. Carlos se metió la mano en el bolsillo y sintió la cadena, y se acordó de Roberto. Se acordó que nunca se había olvidado de él.

Carlos se graduó del curso de detectivismo especializado en robos, es decir, en la subespecialidad de carteristas y asaltantes, y fue destacado a contestar esas denuncias que eran, precisamente, de las más abundantes porque las víctimas no tenían ni la apariencia, ni idea de quién era el ladrón, ni dónde había sido, solo que al llegar a su destino, no tenían la cartera; iban a firmar, y no tenían la pluma; iban a ver la hora, y no tenían el reloj. Y lo único que podían hacer en la comisaría era, solicitarles una descripción del objeto y su valor, cosa que si bien se acordaban del objeto, al ladrón ni lo vieron, y solo tenían que llenar una planilla muy larga para que la gente prefiriera no llenarla antes que introducir la denuncia. Lo de la planilla muy larga, con letra pequeña y demasiadas preguntas complicadas, además de dejar una copia de la cédula y la dirección de dos testigos, fue invención de Carlos, lo que les valió que las denuncias se redujeran notablemente por lo que lo pasaron a comandar un grupo de ocho agentes que colocaron en la estación Dorrego, en la línea B del subte, allá en su propio terreno, la Chacarita, un barrio que él conocía mejor que la palma de su mano, incluyendo el cementerio, uno de los lugares más peligrosos de la ciudad.

Carlos se destacó, por supuesto, porque él conocía a la gente, a los negocios, a los marchantes, a los que eran de allí y a los que no. Hasta conocía a los ladrones de autos, de casas, de perros, de plantas, y cuando se los conseguía, les hacía una advertencia con el seño para que entendieran que estaban avisados y debían irse. Por eso todos lo apreciaban, hasta los ladrones, y algunos hasta se comprometían a no dejar entrar otros ladrones al barrio, cosa que Carlos racionalizaba que de los dos males, el menor, porque los que trasgredían, iban presos. Porque los éxitos de la policía se basan en las informaciones de los ladrones que son sus amigos. Y eso era lo que él consideraba como un éxito propio, aunque, por supuesto, en la jefatura no lo sabían, o se hacían los que no lo sabían.

Aprovechándose de su nueva posición, le hizo una visita a la escuela de su primeria, la Rubén Darío, y aprovechando que el director, el señor Eduardo se había ido a descansar permanentemente en el cementerio, le solicitó al nuevo director que le buscara la dirección de su amigo Roberto, pero en el libro estaba una dirección inventada, al igual que la de Rosario, y solo aparecía firmando la madre porque aparentemente, no tenía marido. Y de profesión, de oficios del hogar, muy posiblemente no en el de ella, precisamente. Fueron muchas explicaciones para Carlos en menos de cinco minutos, pero fueron suficientes para entender casi siete años de buenos recuerdos y sincera amistad.

El día que entró el agente sargento Rosales a decirle que había un muerto que posiblemente era el Zurdo, ese escurridizo amigo de lo ajeno que tenía en su haber el haberse disfrazado de sacerdote para acercársele al Cardenal Primado de la Argentina en plena procesión de Nuestra Señora de Luján y volarle el crucifijo de oro 18 incrustado en una hilera horizontal de granates y una vertical de rubíes, que según el purpurado significaban la sangre que había chorreado el Cristo en la cruz, coronado en un diamante que sería la corona de espinas, y que le dejó caer el cáliz con el vino sobre la sotana para que instintivamente el prelado se inclinara a recogerlo y se levantara sin su cristo, delante de cientos de miles de personas que miraban pero no veían, rodeado de más de cien curas, doscientos monaguillos y trescientas monjas que lo único que hicieron fue ponerse la mano en la boca, de soldados que hacían la escolta pero con la mirada al frente, de policías que mantenían a raya a las beatas que estiraban la manos para recoger estampitas bendecidas por el Papa que los curas lanzaban como confites carnavalescos, pero que le daban la espalda al Primado, sin sospechar que el Zurdo se había llevado su propio coro de monaguillos que en el momento preciso que él les hizo la señal tocándose la nariz, cuando el purpurado levantó el cáliz y el falso sacerdote dejó caer un vaso que nadie supo de dónde salió, que se quebró y que hizo mover instintivamente la cabeza a todo el mundo hacia el suelo, incluyendo al cardenal oficiante, y habiéndole inducido a que se agachara por un movimiento reflejo, los monaguillos cómplices del zarpazo tendieron una cortina de humo azul con olor a incienso que desplegaron efectivamente desde sus incenciarios alrededor del altar, y que nubló la escena por exactamente tres minutos, ni más ni menos, que fueron los que el Zurdo necesitó para volarle el crucifijo con cadena y todo, y que luego se supo que había vendido en más de cinco millones de pesos en Chile.

El otro golpe se lo hizo al propio Presidente de la República Juan Domingo Perón, cuando aprovecho la visita del embajador del Sha de Irán, el día que éste tenía que ir a presentarle credenciales en el palacio presidencial. Ese martes, a las diez de la mañana, el embajador de la corte imperial tenía que ser recibido por un edecán en la puerta del palacio. Ahí fue donde entró en acción el Zurdo porque, como se supo después, él tenía relaciones con una mucama del palacio que le facilitó la entrada a éste, y como ella sabía el complicado ajetreo protocolar, se lo explicó en detalles al Zurdo para que pudiera suplantar al edecán que llegó a una habitación a atender compromiso previo que le había hecho la mucama presidencial antes de tender la cama de doña Evita, quien se encontraba providencialmente fuera de la ciudad. No bien se presentó el edecán, un coronel de la Guardia Presidencial, cayó presa de las artes de la mucama en vestir y desvestir camas, y de una copa de vino emponzoñado que lo durmió por varias horas hasta mucho después del acto que lo encontraron semidesnudo y atontado en dicha habitación de la Primera Dama.

El Zurdo, concluyó la policía, el Ejército y la Guardia Presidencial, se puso el uniforme del Coronel y se colocó en primera línea al principio de la escalera, el puesto donde tenía que hacer la entrada el embajador persa, y haciéndole una reverencia le indicó que subiera hasta el Presidente que estaba arriba mirándolo, y caminó con él hasta pararse al lado izquierdo del Presidente. Fue en el preciso instante, cuando el Presidente y el Embajador se dieron un abrazo muy cordial, que no le tomó ni más de cinco ni menos de un segundo, que el Zurdo pudo meter la mano entre ambos y sustraer una medalla que el embajador traía prendida de su saco, que era de esmeraldas y diamantes con el escudo imperial y que se la había entregado personalmente el Sha para el presidente Perón, y que se supo que el Zurdo más adelante vendió en Uruguay por tres millones de dólares a la embajada de Irán que se negó a hacer un comentario sobre el asunto.

Por supuesto que tampoco se comentaba sobre la irreverente astucia de ir a dar pésames a viudas que no conocía, para volarles un collar de perlas. O ir a besar un santo, para evaporarle las piernas de oro que le guindaban sus agradecidos fieles. O robarle la limosna a los ciegos cuando le extendían el sombrero.

Pero nadie había visto jamás al Zurdo. Sus compinches, que obviamente tenía que tenerlos, tampoco se sabían quiénes eran. Sin lugar a dudas, tenía un círculo muy cerrado y ninguno estaba dispuesto a delatarlo. Con los golpes millonarios que había dado, además de los menores como a la joyería Stern, en Río de Janeiro, a Tiffany, en Nueva York, o a otras del mismo calibre, en otras ciudades como Bogotá y Caracas, donde se especializaba en entrar a buscar una joya y salir con diez mejores que la que había llevado, más otros golpetazos en hoteles de Monte Carlos, Londres y Ciudad de México, nunca nadie podía describirlo porque se contradecían en sus descripciones, inclusive que si era muy alto, pues en los países nórdicos por donde también pasó haciendo estragos, dijeron que no, que era un tipo de estatura normal.

Pero Carlos sabía que tenía que ir a la morgue, algo que a él no le gustaba porque a nadie le gusta ir a la morgue. Él podía ir a los cementerios, pero a la morgue, no. Pero tenía que ir. Y le dijo al agente Rosales que preparara el auto porque iba a ir con él a identificar el cadáver del supuesto Zurdo.

En efecto, se dirigieron a la morgue de la policía. Bajaron al sótano, donde están guardados en neveras individuales los cadáveres que nadie ha recogido por un período relativamente corto, hasta que los mandan a las fosas del gobierno. El olor era característicamente insoportable, tal vez más por efectos sicológicos que reales porque la verdad sea dicha, solo olía a cloroformo flotando en el aire. O fue su imaginación, con aquello del sueño eterno. Preguntaron por el médico encargado y salió un señor con una bata blanca que como sabía que los agentes vendrían, solo les dijo que lo siguieran. Luego de consultar una lista, los llevó directamente hacia una gaveta que haló. En ella estaba un cadáver de un hombre blanco y sin afeitarse cubierto con una sábana que el médico haló de un golpe exponiéndolo de pies a cabeza con sus atributos masculinos.

Carlos lo miró mientras el médico le dijo lo que leía de su libreta: un hombre blanco, de origen europeo, de 1,92 metros, entre 40 y 50 años, maltratado por la vida, arrabalero, mal alimentado, asesinado de una puñalada mortal directa al corazón que se la asestaron de abajo hacia arriba con la mano derecha, obviamente por un hombre más pequeño que él. No sabemos quién es porque no tenía identificación alguna. El agente dice que lo pueden identificar por una foto que ustedes tienen en el archivo policial. Si ustedes lo identifican, yo anotaré ese nombre y lo pasarán a una fosa individual, y si no, se quedará sin identificación en la fosa común. Punto. Ustedes hablen y decidan que yo regresaré con los papeles que tienen que firmar y les entregaré la ropa que traía puesta.

La discusión entre Carlos y el agente Rosales se centró entre si la foto se parecía al occiso, y nada pudo hacerlos ponerse de acuerdo. Carlos no estaba convencido, y Rosales, sí. Como una última prueba de identificación a Carlos se le ocurrió pedirle al médico que les enseñara las pertenencias del muerto, y el médico les entregó la bolsa.

Rosales empezó a sacar una por una las cosas que estaban adentro y se las fue detallando a su superior: una camisa de cuadros, sucia, un pantalón azul, sucio, un reloj barato, ropa interior, sucia, medias muy sucias y un par de zapatos rojos, sucios.

¿Rojos?, dijo Carlos, levantando la mirada y la voz en un gesto de admiración.

¡Sí!, dijo Rosales, sosteniendo los zapatos en su mano derecha para exhibirlos con asco. ¿Qué clase de hombre usa zapatos rojos…? Ni en los bares del puerto donde he visto de todo, he visto un hombre con zapatos rojos. ¿Y usted?

Yo sí, le dijo Carlos, acercándose a los zapatos. Ese hombre no es el Zurdo. No puede ser el Zurdo. Yo sé que no es el Zurdo. Vámonos, y mándenlo a sepultar individualmente con las iniciales R. A. nada más.

¿Pero quién es, por qué R.A., pues si sabe el nombre, por qué no ponérselo completo?, le preguntó Rosales.

No importa. No es el Zurdo, y eso es lo que interesa. ¡Punto!

Cuando iban de regreso en el auto a la Comisaría, Carlos se acordó de su amigo Roberto y del día domingo de su cumpleaños que se apareció con zapatos rojos y le preguntó por qué usaba zapatos de ese color, y Roberto le dijo, porque más nadie los usa. Ese soy yo. Distinto. Y eso no se le olvidó a Carlos más nunca. Solo Roberto podía usar un par de zapatos así.

 FIN

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.