A mi cuñada distante

Oleg, ¿no tienes frío? Le preguntó Lidia Nesterovskaia a su marido cuando le trajo una humeante taza de té. La ventana estaba algo abierta, el frío no se terminaba de ir y ya estaban a principios de mayo. Afuera el cielo estaba azul, sin interrupciones de nubes; sólo de pájaros. Los árboles se empezaban a llenar de hojas. De vez en cuando se escurrían unas ligeras ráfagas de lluvia muy fría y abajo en la calle la gente caminaba envuelta en sus abrigos.

Asómate, le dijo Oleg desde su sillón donde estaba encajado desde hacía años, cubriéndose con una manta bordada hacía tanto tiempo que había perdido los colores, sobre todo el rojo, su color preferido, que ahora parecía rosado, desteñido, viejo, pero que ella sabía que ese era el que a él le levantaba el espíritu.

Lidia se asomó para complacerlo y hasta miró hacia abajo desde el cuarto piso donde estaban en el edificio 232 de la avenida Smolensk, el que él mismo había hecho que le pusieran un gran letrero en la puerta que decía Leningrado, no solo por ser su ciudad natal sino por ser ella donde él se había hecho hombre, según él mismo no se cansaba de repetir, al resistir el asedio alemán-finlandés de casi 900 días en la Guerra Patriótica.

Solo hay viento frío. No está lloviendo, si eso es lo que quieres saber, fue la respuesta de Lidia para complacerlo. Es muy raro que haya nieve en mayo. 

El apartamento era pequeño como un pañuelo: una habitación, un recibo, un baño y una cocina, pero tenía una situación envidiable porque miraba a la calle. En el recibo estaba una mesa de comedor para cuatro personas, es decir, que siempre sobraban dos puestos pues nunca venía nadie. Había dos sillones, una mesita de centro y un televisor de quién sabe qué año. Ese era el eterno acompañante de los dos, el que conversaba con ellos y los hacía reír, les hablaba del mundo y nunca se echaba a perder. Para Oleg era su único amigo, y para Lidia, a ella poco le interesaba, prefería leer y contestarle con sonidos a Oleg los comentarios que hacía de la televisión.

Oleg había reunido por años rumas de periódicos amarrados en paquetes, amarillentos, crujientes, secos, dispuestos en tantos lugares que Lidia ya estaba cansada de apartarlos para barrer, y por lo tanto los había dejado en su mismo sitio. Para ella, era un cementerio de papeles, pero para él era su conexión con el pasado el cual se empeñaba en no abandonar. En todas esas lápidas decía “Pravda”, pero esa era su verdad, su país, su religión, la historia de su vida y la de sus amigos, aunque ya estuvieran todos muertos. Los coleccionaba desde quién sabe cuántos años. Lo que él nunca se dio cuenta es que Lidia, siguiendo las indicaciones de su vecina, los había ido tirando por el hueco del tubo que iba a parar directamente al basurero del edificio, y así había resuelto su problema de espacio.

Mejor dame la taza y enciende la televisión, antes de que comience el desfile, le dijo Oleg con lo que le quedaba de voz y de impaciencia. No la había mirado, ni a ella ni a la ventana, pero él sabía que no hacía frío como para un verdadero invierno ruso. ¡Esto parece primavera!, alcanzó a decir mientras estiraba la mano buscando la taza en el aire.

Es mayo Oleg, estamos en primavera.

Sus huesos eran el mejor barómetro, decía él. No lo habían engañado nunca. Todo lo contrario: le advertían lo que venía como un radar, decía él, haciendo vanidad de sus años.

Lidia le entregó la taza y él la tomó con ambas manos. Ni miró a Lidia ni a la taza. Tenía los ojos fijados en el televisor. Olió el té para aspirarlo todo él solo. El humo de la taza se disipó en su cara y lo envolvió como dos manos cariñosas. Se la acercó a la boca y no la sopló sino que la aspiró con toda su fuerza, luego puso los labios en el borde para dejar que el té llegara a él. Apenas inclinó la taza y tomó un sorbo.

¿Cuánto hace afuera?, preguntó Oleg sin quitar la vista del televisor que todavía estaba apagado.

Lidia se inclinó y miró al termómetro que estaba clavado en un costado del lado de afuera de la ventana para atrapar al frío, como decía Oleg.

Creo que unos dos o tres grados, dijo ella levantándose los espejuelos para ver mejor los números marcados en rojo que estaban del lado izquierdo de la columna de mercurio.

Crees. Crees. No haces más que creer. Un día de estos vas a creer que estás muerta y aunque no estés muerta, va a ser como si lo estuvieras y te van a enterrar, le dijo Oleg.

Sí, replicó ella riéndose, así como tú, que crees que estás vivo, y resulta que estás muerto desde hace varios años y no te has dado cuenta.

Ella sabía que él se reía de sus propios argumentos, aunque ya no se le oyera ni siquiera el aliento.

Como pudo, Oleg le contestó: para vivir estos cambios que van al desastre, es mejor no vivir. Tienes razón, a lo mejor estoy muerto desde hace tiempo y no lo sé.

Yo sí lo sé, dijo Lidia  mirando hacia la calle, abajo donde había algunos muchachos jugando entre los autos. Abajo hay vida; aquí no.

El edificio no estaba mal situado porque el sector, al menos hacía unos cuantos años cuando el Gobierno les cedió el apartamento, pequeño, pero para ellos dos era todo un lujo. Estaba cerca de la avenida Arbat y del río Moscú, y no muy lejos del centro, es decir, del Kremlin. En esos tiempos, cuando todavía podían salir a caminar, se llegaban hasta el río, o tomaban el metro en la estación Smolensk, y sencillamente se dejaban rodar paseando por las estaciones que veían desde sus asientos de “primera clase”, como decía Oleg con el constante sarcasmo de la ancianidad. Pero ahora, los años le impedían salir a los dos juntos, y Lidia tenía que salir obligatoriamente, no solo para ir al mercado, o escaparse a la iglesia los domingos, sin decírselo a Oleg, sino a visitar algunos amigos que estaban en la corta lista de los que todavía no se habían muerto, o estaban como muertos en vida, abstraídos en la demencia donde habían quedado desde hacía años.

Oleg nunca aceptó irse a un sanatorio. Decía que moriría en su trinchera, o que prefería suicidarse que morir en una cama de inválidos. Lidia lo comprendía.

En esa zona habían vivido muchos veteranos, que como Oleg, habían recibido el agradecimiento de la Patria por haber ofrecido su vida para defenderla. Muchos no habían vuelto del frente, pero otros tantos sí, y entre ellos Oleg y Lidia, él del frente de Leningrado y ella del de Sebastopol, desde más allá de la muerte, como decía ella, porque ella había perdido a toda su familia durante esa guerra, luego encontró a Oleg, y al fin, no tuvieron hijos, y por eso estaban solos, como si la guerra se acabara de terminar para ellos, excepto que muriéndose en vida, de soledad y de hastío.

¿Vas a encender el televisor?, volvió a preguntar Oleg a Lidia que seguía embelesada mirando la calle como si nunca la hubiera visto antes porque la veía con la misma curiosidad infantil de cuando llegó, y eso que tenía casi 60 años, pero nunca había estado viviendo en un edificio así de alto. Siempre había estado pisando la tierra, arándola primero, peleando después, y trabajando, siempre trabajando hasta que Oleg y ella se retiraron, él de la fábrica de motores, y ella de una fábrica de ropa en Novosibirsk y se vinieron a vivir a Moscú, para poder ver personalmente el desfile del 9 de mayo y el de la Revolución.

¿A dónde se habrá ido la Revolución?, interrumpió Oleg el silencio.

Volvió a la Madre Rusia, dijo Lidia, pero él no la quiso oír.

Él había vivido en Moscú por un tiempo, de joven, porque cuando entró al ejército a prestar servicio, lo mandaron a la guarnición de Moscú, pero no pasó mucho tiempo porque apenas empezó la Gran Guerra Patriótica lo mandaron a Leningrado, donde estuvo atrapado hasta que lograron liberar a la ciudad tras 900 días de asedio.

Allá había tenido que pelear por cada día por cada metro de terreno, como decía Oleg cada vez que se acordaba, contra los alemanes, los finlandeses y contra el frío, porque allá es más frío que Moscú. Leningrado está rodeado de agua por todos lados, es casi una isla, solo que es la isla más bella del mundo, decía mirando al techo como si estuviera mirando al cielo azul de su ciudad.

Pero su Leningrado era otro aunque lo hubiera dejado atrás en la distancia y el tiempo. De aquél, tenía fotos en las paredes del pequeño recibo, ni de él ni de Lidia, sino de las que había conseguido en revistas, en diarios, del asedio, de los muertos, de los bombardeos, de los sobrevivientes. Tenía fotos de las calles llenas de cadáveres congelados, de escombros, de parapetos de madera y alambre de púas que esperaban a los tanques invasores, de cañones antiaéreos, de cráteres, de gente deambulando buscando qué comer, como locos, porque ya no tenían ni alma en el cuerpo. Una foto con la catedral de San Isaac al fondo; otra del Hermitage. De la Carretera de la Vida, primero, y de la Carretera de la Muerte, después. Allí había estado él en una batería antiaérea. Tenía muchas fotos, como si fuera una galería, y él, cuando todavía caminaba, se detenía a verlas en su museo privado, una por una, y se sumergía en ellas por horas, hipnotizado, hasta que lloraba, y se tapaba la cara para que Lidia  no lo viera llorando. Pero ella lo sabía y también lloraba sin que él la viera.

Oleg tenía a Leningrado en su corazón y Lidia lo sabía. Él era la Revolución. Ella era Rusia. Ellos dos, el pasado.

¿Qué hora es?, le volvió a preguntar a Lidia que estaba mentalmente fuera del apartamento, creyendo que miraba hacia el río que estaba detrás de los edificios que se lo tapaban, pero su imaginación volaba sobre ellos. Ella se acordaba del Neva.

Dijo algo pero él no lo escuchó.

Oleg tomaba sorbos del té de Lidia. Sostenía la taza con ambas manos. Con sorbos lentos para que no se le acabara. Ya no humeaba tanto como antes. Lídushka, le dijo, pero ella no volteó. Ella sintió el frío en la cara y se acercó un poco más la ventana, y como una niña sacó el brazo y empezó a atrapar al viento con la mano. Luego se la pasó por la cara, y entonces volteó y le dijo, tienes razón, no hace mucho frío.

¡Pon la televisión, que ya van a ser las diez!, insistió Oleg otra vez.

¿Quieres más té?

No sería malo, si me enciendes la televisión antes de ir a la cocina.

Abre la ventana, toda. Quiero ver el desfile y sentir como si estuviera allí parado como en 1940. ¿Sabes que allí estaba Stalin y yo lo vi pasando cerca de mí? Yo estaba haciendo guardia y él paso caminando, como a cinco metros. Yo lo vi en carne y hueso.

Lidia había oído esa historia un millón de veces. Le quitó la taza de la mano, encendió la televisión y continuó hacia la cocina. Cuando volvió la banda estaba tocando el himno nacional, y Oleg estaba con la vista fija en el televisor. Ella le ofreció la taza pero él no la miró. No se la recibió. Ni la escuchó. No le respondió. Tenía una sonrisa en la cara y el cuarto estaba frío, muy frío, así como a él le gustaba. Parecía un mausoleo. Él no la vio más. Oleg se había ido a Leningrado solo. Oleg se había unido a sus amigos combatientes en 1941 en su trinchera. Lidia entonces se dio cuenta que era ella la que estaba sola y se sentó a llorar mientras veía el desfile en el televisor.

FIN

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.