El General-Presidente le preguntó a su edecán, mientras se miraba fijamente en el espejo de cuerpo completo, si ese uniforme era el correcto para que no fuera a ocurrir un error parecido al del día que recibió al embajador británico en el Salón de los Espejos, con un uniforme de rango inferior al que traía el emisario de su Imperial Majestad, pero el subordinado de alta confianza se excusó diciéndole la máxima cristiana de que ni que él hubiera sido Dios para saber cómo iba a venir vestido el extranjero visitante: de paltó azul marino con una cola doble hasta las corvas, pantalones tan apretados como los del Libertador, una banda de seda azul claro que le cruzaba el pecho en la cual tenía prendida una condecoración en forma de un gran sol dorado, y un sombrero de almirante adornado con un plumaje blanco apretado bajo su brazo. ¡Eso no lo hubiera adivinado nadie que él iba a venir disfrazado de Almirante, mi presidente!, remató el edecán.

El General-Presidente, sin dedicarle una mirada, emitió un sonido gutural de aprobación que pocos conocían qué significaba porque a pocos se lo daba.

¿Y cómo vendrá vestido este de hoy?, inquirió el General-Presidente al edecán que corría de un lado a otro entre el presidente y el espejo mientras el General, como si estuviera bailando solo, continuaba dando vueltas como un trompo girando sobre sus lustrosas botas de equitación que le llegaban justo hasta la rodilla, sosteniéndose la espada con la mano izquierda, en un ademán de que la iba a sacar, pero en realidad era para que no le rozara al piso, mirándose como si nunca se hubiera visto en ese uniforme, a pesar de que él mismo lo había concebido para que ninguno de sus subordinados tuviera uno ni más bonito ni más deslumbrante que el suyo.

¡Tampoco sé!, le contestó el edecán, con la boca apretada tal vez porque la tenía llena de alfileres y una aguja de la cual pendía un largo hilo negro.

¡Es que deberías saber! Carraspeó el General.

¿No quiere, mejor, un té de valeriana?, respondió el edecán.

El General-Presidente no admitía competencia en ningún campo, y como un rayo proteico, podía retirar de su entorno con más rapidez que ascender a cualquiera de sus allegados, y usualmente lo hacía, aunque, como para cada retiro se necesitaba un ascenso, y con seguridad, uno seguía al otro. Él bien sabía que conseguir personal de confianza era lo más cercano a imposible, peor aun cuando no le quedaba otro remedio sino apelar a los miembros de su misma familia, que cada vez le aumentaba en la medida que le aparecían parientes lejanos y cercanos que ni sabía que existían, además de las sorpresas que le daban sus amigas, regadas en varios pueblos cercanos, y que habían contribuido a aumentar su prole en la medida que al General-Presidente le pasaban los años. Pero el General, a pesar de que como los diablos, sabía cada vez más por su edad que por su oficio, sufría con las soluciones que tenía que hacer para rodearse de los que lo querían acompañar en la casa presidencial, y solamente le podía explicar las razones de sus decisiones en esos momentos privados a su edecán, a las que añadía aquel proverbio de la Biblia, que muchos eran los llamados, pero pocos los escogidos.

El edecán también le contestaba con un gemido gutural de aceptación que solo el Presidente-General le aceptaba.

De pronto, el General-Presidente, aprovechando un momento cuando el edecán fue a buscar algo, y luego de unos pasos como de tango, dos hacia delante, tres hacia atrás, y una media vuelta, se detuvo como si hubiera visto algo en su imagen y se la quedó viendo, absorto, perdido en los recuerdos de algo que le llegó de repente a su mente, y se vio joven, risueño, sin tiempo, sin lugar, vestido de militar por primera vez, aquél día cuando se puso el uniforme, el primero de su vida, todo de verde con solamente la correa de adorno, como nunca se había vestido ni usado una correa de cuero, ni zapatos amarrados que le apretaban sus pies indómitos que no le temían ni a las piedras ni a los cardos, entonces dio media vuelta, lentamente sin apartar los ojos del espejo, y cuando terminó de girar, oyó la voz de su General que le dijo que, algún día llegarás a General y hasta Presidente, así como yo seré General y Presidente, y entonces se empezó a reír porque su General también se empezó a reír de semejante locura, porque a nadie se le podía ocurrir que eso no fuera sino una locura, la locura de la imaginación, de un sueño, de un deseo, y se vio cómo le cambiaba el uniforme y cómo iba creciendo de estatura y de su correa cómo sentía el peso de la espada, y la sintió cuando su mano izquierda la encontró, claramente, como si la estuviera agarrando de verdad, y entonces se vio vestido de General-Presidente, y se llevó ambas manos hasta el pecho y se las escurrió hacia abajo para sentir la guerrera tallada, llena de botones dorados y condecoraciones resultantes de campañas militares que condujo desde su oficina en el Palacio Presidencial, o desde una hamaca en el patio de los árboles de mango, allá en una de sus haciendas, “La Milagrosa”, llamada así porque fue allá donde una tarde lo trataron de envenenar, y se escapó de milagro, porque solo se tomó un sorbo de ron, porque cuando se movió en la hamaca, se lo echó encima, por lo que se volteó a agarrar la botella que estaba en el piso, pero por accidente, giró hasta dar una vuelta hasta caerse y romper la botella que sostenía en la mano, sin saber que estaba envenenada. Pero todo eso lo supo solamente después que un “médico” lo curó luego de pasar tres días retorciéndose de vómitos y diarreas y tener que beber quién sabe cuántas pociones, porque el chamarrero se lo comprobó cuando hicieron que un perro de la hacienda se tomara un poco del mismo ron y sufriera los mismos síntomas hasta morirse, por lo que luego mandó a torturar a todos los sirvientes de la casa, hasta que descubrió la conspiración de la que resultaron unas dos docenas de implicados que terminaron muertos todos, entre ahorcados, fusilados, desaparecidos y asesinados, desde generales y políticos, hasta concubinas, familiares y sirvientes, y eso para él no solo había sido sino un milagro, sino un signo de lo que sería su destino, y de allí le surgió el nombre de la hacienda con la capilla a la virgen del mismo nombre. Y se sonrió, y siguió sonriéndose, hasta que sintió a su espalda la orden de ¡voltéese!, de su edecán, que estaba precisamente detrás de él con la aguja, ahora ensartada de hilo blanco.

Para él, todo lo concebía en círculos porque todo a él le sucedía en círculos o en vueltas, decía. Así le explicaba él a su edecán: cómo había llegado al Ejército, por una pura vuelta del destino porque según él, ingresó como a los cinco años de edad, cuando su madre, fue reclutada por un teniente como lavandera para que lo acompañaba a todas partes, porque iba con él hasta el frente militar, inclusive a sus montoneras revolucionarias que no pasaban de una semana, porque le gustaba ponerse todos los días ropa recién lavada y planchada, de modo que el trío de lavandera, niño y teniente, se hizo inseparable. Así fue creciendo, por los ocho años que su madre pasó corriendo detrás del teniente con la batea, el jabón y la plancha de carbón, hasta que el teniente, ahora Coronel, un día vio que el muchacho empezaba a ser adulto y concluyó que ya estaba en época de meterlo al ejército, de ayudante de soldado, por supuesto, y así lo hizo. Al hijo de María Castillo, Juan, le dieron un uniforme de color verde, sin galones pero con pantalones cortos y alpargatas, porque no le calzó ningún zapato.

Ayudante de soldado era menos que sirviente, casi a rango de esclavo, pero astutamente entre la madre y él, se habían venido encargando de hacer rodar el rumor de que el muchacho era el hijo secreto del teniente, y que nunca quiso separarse de su lavandera porque no había nadie como ella.

Y el rumor finalmente pagó, porque muchos lo creyeron. No solamente pagó sino que cuando un par de años más tarde el Coronel pasó a General, éste pasó al muchacho rápidamente de ayudante a soldado, y de otro salto a teniente, entonces todo el mundo, incluyendo a Juan, se convenció que no era rumor sino verdad el parentesco entre los dos.

En realidad el ascenso se debió a una razón que nadie terminó sabiendo y fue que, durante una de las pocas noches cuando el general dormía en su casa, y que por casualidad Juan había venido a acompañar a su mamá, llegaron unos hombres a matar al general, y Juan les disparó, hiriendo a uno que quedó, no por mucho tiempo, para echar el cuento completo de la conspiración que había fraguado el propio General en Jefe del Ejército porque consideraba a este general un verdadero rival. Lo que siguió fue un enfrentamiento entre ambos generales en el que el General en Jefe misteriosamente perdió la vida y su rival, no solamente tomó las riendas del Ejército sino la presidencia de la república en una de esas revoluciones de escasos días, tiros y muertos.

De allí en adelante Juan pasó a la guardia personal como edecán del presidente, quien poco tiempo más tarde lo encargó de su propia seguridad, lo que quería decir que desde ese día hasta el día que murió el presidente, no se separó de su lado y estuvo con él hasta en los momentos más íntimos y difíciles, tanto personales como profesionales, por lo tanto, cuando el General y Presidente de la República sintió que ya no tenía más ganas de seguir ni mandando ni viviendo, llamó a Juan y le preguntó que si quería ser el Presidente, y Juan le dijo que sí.

Lo que siguió en la vida de Juan fue lo más cercano a una vida monástica. Se quedó recluido en el Palacio Presidencial rodeado de su madre que dejó de lavar hasta que se murió de vieja, de unos primos que se aparecieron tan de repente que ni él mismo sabía que existían y que para ayudarlos, los colocó en los muchos cargos administrativos y en diferentes despachos que se crearon para modernizar la administración pública. Aunque él, sin poderse casar porque nunca tuvo tiempo para enamorarse de nadie porque desconfiaba de todas las pretendientes que pasaron por su habitación, solo pudo conseguirse al muchacho hijo de una amiga que hizo su edecán para que fuera su mano derecha.

Treinta años más tarde y treinta kilos de más, con la cabeza más blanca que negra y el peso de la espada inclinándolo del lado izquierdo, con las botas apretadas, el cinturón cortándole la respiración, el almidón de la camisa raspándole el cuello, y un protocolo que le obligaba a mantener poses que iban más allá de su comodidad, Juan Castillo, General-Presidente, que había cargado con esa cruz de la administración pública que no lo había dejado ni casarse, ni dormir más de tres días en la misma cama, ni pasar más de dos noches con la misma mujer, ni saber cuántos parientes e hijos tenía, ni a cuántos quería, así como tampoco sabía a cuántos odiaba, o había mandado a la cárcel o al destierro, retirado o ascendido o enterrado, o en cuántas asonadas militares había estado, sólo que él estaba allí, tan real como el sol que alumbraba ese día cuando se miraba en el espejo de su habitación mientras se preparaba para ir a un acto oficial, al igual que los otros miles de días que se había tenido que pararse frente al espejo para verse que la vida le había pasado como un suspiro y estaba tan solo como todos los días anteriores de su vida, allí parado, viéndose para ajustarse el uniforme pero en realidad lo que quería era oír de su edecán afeminado, si no podía ir de una forma menos protocolar a recibir al embajador británico, o a quien fuera, para acortar el acto, y devolverse a su hamaca, donde ya no oyera más nadie, para pasar el resto de la tarde escuchando música en la radio, ese invento que no dejaba de maravillarlo, mirando al cielo a través de su ventana, como lo hizo ese día cuando se murió su mamá, y que fue el único día cuando se tomó una tarde de vacaciones desde los cinco años de edad cuando a su mamá y a él se los llevó el teniente aquel que llegó a la choza donde vivían ellos dos, y la tomó por la cintura, y ella lo esquivó, pero todo de mentira porque la risa la delató, y la alzó en su brazos dando vueltas, y se la llevó a la parte de adentro mientras le advirtió a Juan que se quedara afuera viendo a ver quién se acercaba, para que lo cuidara y lo defendiera, y eso nunca se le olvidó a él, así como lo que le dijo ella ese día, que ése, apuntando al teniente cuando se fue a caballo, era su papá. 

Retrato del general de la Armada (1733-1817)</a>, CC0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.