El día que fuimos al cementerio para conmemorar otro aniversario de la muerte del abuelo pasaron varias cosas extrañas. Digo extrañas porque no fueron usuales, ni se habían dado antes ni se dieron después, entonces con toda seguridad fueron extrañas, además de únicas.

Empezaré por el principio, en realidad por la noche anterior, porque soñé con él. Pero es que yo no le conocí, y soñar con alguien que no hubiera conocido, me parece extraño. Los sueños son, o como recuerdos o como deseos de que suceda algo, luego, no puedo entender cómo puede uno soñar con alguien que uno no conoció. Digamos que sí es verdad que había oído mucho de él de varias personas en la familia, y sobre todo de mi madre que es hija suya, y de mi padre, que le conoció bien, y he visto muchas fotos desde diferentes ángulos, momentos y sitios donde estuvieron mis tíos con sus padres, en la casa de ellos de pequeños, y de cómo fueron creciendo, y los abuelos, naturalmente, envejeciendo. Pero no es una idea detallada del abuelo; es en cambio, una idea indefinida, de un ser distante en el tiempo aunque no distante en sus hechos, porque sus resultados saltan a la vista todo el tiempo, empezando por mi madre, o sea, que en la consecuencia natural de las cosas, o de la vida, mejor dicho, si él no hubiera existido, mi madre tampoco habría existido, y en consecuencia, yo tampoco.

Pero no tengo ni nunca tuve una idea de él como alguien que existiera porque no puedo ubicarlo en un espacio, aunque sí en el tiempo, y pasado, para mí, muy pasado, por supuesto.

Para mí es alguien tan distante como un personaje de la Historia y aunque en particular de mi historia, es distante. Es raro, porque es alguien que aunque fue, y dejó de ser, sigue estando entre nosotros en una presencia que a pesar de ser irreal es presente.

No me lo puedo imaginar parado en un sitio porque él nunca estuvo cerca de mí, ni en la casa donde vivo, ni se me acercó ni estuvo a ninguna distancia. No me lo puedo imaginar hablando, porque nunca oí su voz, no me la imagino, no existe ese algo que sentimos cuando nos acordamos del timbre de la voz de alguien. Nos acordamos de sonidos que hacían, con la garganta, cuando tosían, estornudaban, o hasta roncaban. Tengo los recuerdos de la voz de esas personas que reconozco en el teléfono antes de que me digan quién es: de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos y de gente que conozco en el colegio o en la calle. No reconozco su presencia física ni me lo puedo recordar como alguien que estuvo cerca de mí, como vemos a alguien que se parece a otra persona, sobre todo a los familiares, que uno los reconoce hasta sin haberlos visto. Los hermanos se parecen. Los primos se parecen. Los sobrinos se parecen a los tíos y los hijos a los padres. Hay rasgos, hay movimientos de las manos, hay formas de pararse, de moverse, se sienten al caminar, en el tono de sus voces, en su manera de proceder y responder a situaciones, o sea, hasta de pensar. Pero es que yo nunca vi al abuelo y por lo tanto no tengo ningún recuerdo físico de él. Para mí, de él todo es teoría. Sólo está en la mente.

Me lo había intentado fabricar en la mente así como cuando uno lee un libro y se inventa un personaje que no describen, o describen a medias, y uno lo termina de armar. O los oye en la radio y se forma una idea de su físico, porque es más fácil imaginarse a alguien con una forma que sin ella.

Tal vez yo tenía algo así de él. Tal vez no lo veía como él era en realidad sino como yo quería que él fuera para mí. Me imaginaba sus reacciones y sus impulsos porque bastante me lo habían referido y descrito, y sabía que yo tenía que tener algo de él, aunque no sabía qué era o cómo era. Me había fabricado un abuelo, y por eso en el sueño cuando ví al personaje, no lo pude definir porque no lo tenía en mi mente, y sólo ví a alguien que yo quería que fuera mi abuelo. Tal vez por eso, no le veía la cara aunque sabía que era él. Ni tampoco sabía cómo iba a actuar. Sólo sabía que era él sin tener una imagen de él. Pero aunque no le viera la cara, estaba allí, y sentía que era él, aunque no me lo dijo, sino que con su presencia me bastó para saber que era él. Se me acercó, me tomó de la mano y caminamos juntos. Sin saber dónde estábamos, íbamos hacia alguna parte que tampoco sabía cuál era, pero no me importaba porque no temía; todo lo contrario, me sentía seguro que andaba con él. Fue así como un paseo donde estuvimos en varios sitios, rodeados de gente que no conocía pero que no eran distantes, de niños y de adultos, sin tiempo ni distancia, pero con un final que vino cuando me tomó en sus brazos y me apretó. Sentí que había llegado a un final, me puso en el suelo y se alejó. De pronto se volvió y alzó una mano para despedirse, y retomó un camino del que no volvió.

Ese otro día, no le dije nada a nadie, ni siquiera a mi madre. Para ella era un día de tristeza aunque ya no llorara, pero sabía que lo recordaba con tristeza. Pasé por su habitación y desde lejos pude ver que estaba sentada sobre la cama mirando fotografías, viejas porque muchas estaban un tanto amarillentas. Me acerqué y pude ver que eran de la familia y ya las había visto antes. Allí estaban hermanos, tíos, amigos, de cumpleaños y de matrimonios; de viajes y, por supuesto, de otras casas donde nunca estuve porque ni siquiera había nacido.

Las tenía sostenidas como barajas y de pronto tomó una y me la enseñó: ése era tu abuelo, se parece a ti, me dijo. Me asombró, porque nunca me lo había dicho tan seriamente, y por eso esa vez sí le creí, aunque no sabía en qué. Tomé la foto y le miré la cara pero no pude ver a la cara del sueño, aunque sí quise pensar que había sido él, y esta vez lo vi como más real, más relacionado físicamente conmigo. Sentí entonces que era mi abuelo porque teníamos algo en común más que un montón de relatos desconectados de mis familiares. Mi madre me vio y se sonrió a pesar de que sabía que en su corazón había un vacío muy grande.

Ese día caminé por la casa donde él nunca estuvo deseando ver que él hubiera estado allí, cerca de nosotros, cerca de mí, y me paré frente al gran armario que estaba en el recibo y que había sido de él, hoy ya no lleno de ropa sino de platos y tazas como una vitrina de exhibición y le pasé la mano para  sentirlo a él, al abuelo, y me imaginé cuántas veces se habría parado frente a él buscando la ropa que se iba a poner. Cerré los ojos y sentí que yo hacía lo mismo y que algún día, yo tampoco estaría allí y que tal vez ese alguien que sería un descendiente mío, podría acordarse de mí, aún sin haberme visto.

Así que cuando llegué al cementerio y sentí que por primera vez estaba cerca de él, no sentí sino una sensación de haberse llenado un espacio en mi alma. Sentí como si se hubiera llegado a conocer a alguien que me lo habían anunciado desde hacía mucho tiempo. Vi su tumba, una gran lápida de mármol con su nombre y el de la abuela, rodeada de una cadena plateada y cuatro vasos en las esquinas llenos de flores recién puestas. Era un poco difícil imaginarse que él estaba allí, o sus restos, mejor dicho. Realmente estaba cerca de lo que era su parte física, aunque sentir su presencia era, lo más distante de lo físico que algo pudiera estar, pero sabía que él estaba allí, frente a mí, aunque enterrado a varios metros de profundidad, pero que existía una distancia indefinible entre nosotros dos que ni el tiempo la había borrado. Pensé en la eternidad de estar allí enterrado hasta que más nadie volviera a visitar a los abuelos, entonces, se borrarían para siempre de la mente y de la existencia.

Parado frente a su tumba me logré retraer en una ausencia en la que fui oyendo cada vez más lejano el murmullo del rosario que rezaban, que se mezclaba con los sonidos que hacían las hojas un tanto secas en los árboles del camposanto. El viento de la tarde estaba cálido y sol cegaba, y tal vez todo eso ayudaba a que uno cerrara los ojos y tratara de pensar más que de ver, y en ese silencio inducido y en esa oscuridad obligada de la resolana que hacía brillar al mármol de su lápida, me pareció que nos acercamos una vez más, aunque esta vez era algo más real que en el sueño, sin verlo, y sin sentirlo, sino presintiendo que su presencia estaba allí, entre nosotros, no porque hubiera venido del más allá, o de quién sabe dónde, sino porque el colectivo de nuestros recuerdos lo había hecho hacerse presente, de tenerlo entre nosotros, sólo que esta vez, estaba conmigo, por eso dije nosotros, porque esta vez yo estaba con ellos y con él.

No pasamos mucho tiempo porque la inclemencia del sol apuró el servicio. La familia y los amigos que se habían congregado empezaron a dispersarse, regresando a sus autos apresuradamente como si se fueran a escapar del calor solar. Por un momento me quedé más tiempo que los demás hasta que oí el grito de alguien que me amenazaban con dejarme solo en el cementerio, lugar no apto para los vivos. Entonces empecé a caminar lentamente hacia el auto pero sintiendo que él se quedaba atrás. Hubo un instante que cuando estaba a varios metros de distancia volteé para ver si lo veía en la distancia, y por supuesto que no estaba allí. Y seguí hasta el carro.

Esa noche, después que le hicieron otro rezo al cual no asistí sino que oí desde mi cuarto, traté de recordar al sueño y pensar si volvería a soñar con el abuelo, o si no soñaría con él. Ya ni me acordaba mucho del sueño pues los pocos detalles se me habían hecho más confusos que el sueño mismo, y por eso decidí no contárselo a nadie, sino que me fui a ver una de sus fotos donde él estaba con mi madre, quién sabe dónde, pero le tenía el brazo pasado por detrás y la miraba con un gesto de cariño. Entonces me di cuenta que él estaba en mí, así como yo había estado en ella, y ella todavía estaba en mí. excepto que yo no sabía que lo había tenido a él en mí, y fue entonces cuando pensé que los muertos siguen en nuestra imaginación mientras tanto nosotros queramos que sigan con nosotros, y miré más fijamente la foto para ver su rostro, y pensé que algo tenía que tener de él, tan vez su sonrisa, algún gesto, cómo se mueve una mano, como se descansa el cuerpo recostado en una silla, no sé, pero quería que él estuviera en mí, y esa noche me fui a la cama pensando que tal vez volvería a venir a mis sueños esa noche, pero no fue así. No soñé más con él.

Pero ese otro día, al levantarme busqué una foto grande de mi abuelo y la puse en mi habitación, la miré fijamente y pensé que así como yo venía de él, que él estaría conmigo siempre en mi mente, entonces, siempre existiendo para mí.

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.