La cara de Ernesto palideció cuando vio la carta que le envió un abogado solicitándole que se presentara en su bufete lo más pronto posible para tratar un asunto de suma importancia. Inmediatamente Ernesto empezó a rebuscarse en la cabeza qué o quién podía tener algo contra él, si no debía nada de importancia, ni se había metido en algún problema, pero, como decía el dicho que suegra, abogado y doctor, mientras más lejos mejor, él no podía sentir ningún regocijo con esa invitación a que fuera a hablar con un abogado que ni siquiera conocía. Para nada bueno debe ser, se dijo, porque esas sabandijas solamente viven del mal ajeno, y empezó a preparar un discurso para lo que él ni siquiera sabía que le podía estar esperando. Que era padre de familia, que era pobre pero honrado, que ya estaba viejo y que no le quedaban muchos años de vida, que su esposa también estaba vieja y sufría de un mal incurable, que el sueldo apenas le alcanzaba para vivir, y quién sabe qué más se le podía ocurrir en el camino. Y lo peor era que tenía que presentarse en tres días a partir de la fecha de recepción de la carta, y lo peor era no podía alegar que no había llegado por culpa de la porquería del correo porque la había traído un mensajero que le hizo firmar a su mujer un recibo de que la había aceptado. No le valieron entonces los reclamos que le hizo a la esposa: que para qué había dicho que él vivía ahí, que hubiera podido decir que era viuda, o que estaba de viaje y ni sabía dónde estaba ni cuándo regresaba, que estaba inválido tirado en una cama, o qué sé yo, si excusas sobraban, es más, las inventaron para que la gente saliera de aprietos, le dijo a su mujer que lo único que hizo fue encogerse de hombros y darle la espalda y decirle que algo habría hecho para que lo estuviera buscando un abogado.
Fueron tres días que ni comió, ni pudo regresar al trabajo, ni salió del cuarto sentado en la cama, envuelto en las sábanas, pensando, dando vueltas como un trompo, cavilando respuestas, inventando preguntas para buscarle respuestas, pensando si debía irse de la ciudad, esconderse, mudarse, teñirse el pelo de otro color, rasparse el bigote, caminar cojeando con un bastón para que nadie lo reconociera en la calle, para terminar llegando a la conclusión que nada de eso serviría porque allí en ese barrio lo conocía todo el mundo, y es especial la soplona de su vecina, doña Mercedes, a quien él le había dicho que tenía la lengua tan larga que se la pisaba al caminar y de seguro que había sido ella la que había informado que él vivía allí y que el nombre completo de él era como decía el sobre Luis Ernesto Vargas Ormachea, y en la carta era peor porque especificaba hasta su cédula de identidad con todos los números correctamente, y la misma dirección, así que no había equivocación posible, ni que en toda Lima hubiera otro ser que se llamara igual que él y con la misma cédula, eso hubiera salido una respuesta fenomenal: licenciado, usted se equivocó pero ése no soy yo, debe ser otro, porque, qué podían querer con él. Ni el Santísimo Sacramento lo podía sacar del aprieto a estas alturas, y buscarse un abogado defensor, era con toda seguridad peor el remedio que la enfermedad y que entonces no solo tendría que quitarse a uno de encima sino a dos toneladas de preocupaciones. Y así, al tercer día, casi desfallecido en la cama todavía, sin afeitarse y muerto de hambre se miró en el espejo y solo puedo decir, resignación, ¿qué más le puedo pedir a Dios sino fuerzas para enfrentarme a esa situación? ¿Qué más me puede suceder?, y con la misma tomó el diario para leer el horóscopo y buscar a su signo, Aries, que decía que algo diferente le esperaba, y con esa resignación que tiene un condenado a muerte de haber llegado al final de su destino se bañó, se afeitó, se desayunó, se vistió y salió a la calle para tomar el autobús que lo llevaría hasta la oficina del abogado. Su cita era a las 11 de la mañana y a esa hora muy puntualmente llegó hasta el tercer piso y tocó la puerta del bufete Carrillo y Asociados. Entró y se sentó a esperar su sentencia hasta que le salió un señor mayor que le preguntó que si era el señor Vargas y cuando le dijo que sí, le estiró la mano y con una sonrisa le dijo, bienvenido, que hoy es su día de suerte.
Los pensamientos de Ernesto rápidamente se cruzaron en conflictos de si aquello era una trampa o una equivocación, pero no tuvo más remedio que dejar hablar al abogado que le dijo que él era el licenciado Carrillo, director de ese bufete, y que le agradecía por haber respondido a su invitación porque ése era su día de suerte.
¿Suerte?, le respondió Ernesto al viejo con más suspicacia que ánimo. ¿De qué me está hablando, licenciado?, le preguntó.
De que yo soy el albacea de la herencia que usted va a recibir, si quiere, por supuesto, le dijo el licenciado como tirándole el anzuelo para que lo agarrara.
¿Cuál herencia, licenciado?, porque que yo sepa, a mí nadie me ha dejado nada en la vida, y mi mamá cuando se murió, no me dejó nada, y mi papá, que lo único que me dejó fue una foto que me mandó desde Guayaquil con una mujer que nunca supe quién era, no sé de más nadie que me hubiera podido dejar nada, ni siquiera deudas, dijo Ernesto con una sonrisa forzada porque la sospecha no lo abandonaba.
Mire, le dijo el licenciado, abriendo una carpeta que tenía en su escritorio como para que se terminara de convencer, que aquí está el documento que lo identifica a usted como el recipiente de una herencia resultante de un seguro de vida que tenía doña Candelaria a nombre suyo.
Cuando Ernesto oyó el nombre saltó como un resorte de la silla y se acercó lo más que pudo al escritorio para cerciorarse que había escuchado bien el nombre de esa benefactora y poniéndose el índice en el medio de su pecho le preguntó: ¿doña Candelaria, mi suegra, que me dejó un seguro de vida a mí?
Así es, le dijo el letrado, pero eso es si usted la quiere recibir, porque no está obligado, por supuesto, porque las herencias se pueden rechazar, insistió el abogado dejándose recostar en su silla como para darle espacio para que pensara en la propuesta.
Bueno, dijo Ernesto incorporándose con una sensación entre dubitación y recelo, es que no comprendo por qué ella me iba a poner en su testamento. Yo ni siquiera sabía que tuviera un seguro de vida, pues de haberlo sabido hasta yo mismo la hubiera ahorcado para que no hubiera durado tanto, dijo con una sonrisa de satisfacción o de venganza tardía.
No le hubiera servido de mucho, le aclaró el abogado sin inmutarse y desplegándole los dientes con una sonrisa, porque entonces el seguro no le hubiera pagado a usted nada y tal vez hubiera parado en la cárcel.
Sí, dijo Ernesto, es verdad, aunque no entiendo por qué me lo dejó a mí y no a más nadie, digamos a mi esposa, su propia hija.
Eso no lo sé, y no crea que yo no me lo haya preguntado también, aclaró el abogado, pero la ahora finada me contactó en vida, por supuesto, a través de otro abogado y nunca hablé con ella directamente.
Ernesto se sentó desplomándose en la silla como si hubiera quedado extenuado después de haber recibido la noticia que lo había dejado chocado y empezó a hablar con calma y tal vez sinceridad: Tal vez por remordimiento de habernos molestado tanto, porque ella fue una suegra insoportable, metiche, necia, chismosa, enredadora, abusadora, nefasta, y tomando un poco de aire continuó, sí eso era, un ser nefasto que me hizo la vida insoportable por muchos años, y cada vez peor y peor, hasta los últimos momentos de su vida cuando la última recomendación que le hizo a su hija fue que no me quitara la vista de encima ni un segundo porque con seguridad algo malo andaba haciendo yo a sus espaldas, usted sabe.
Bueno, interrumpió el abogado, veo que sí había un antagonismo entre ustedes y eso me deja a mí también tan perplejo como a usted.
Para demostrárselo, dijo Ernesto acercándose como quien desea contar un secreto, ella me decía que le pedía al diablo que me llevara, y yo le respondía que entonces me tendría que ir con ella. Ella me hizo la vida insoportable, y bajando la voz pero con una sonrisa de satisfacción le explicó, y yo a ella.
No se preocupe entonces, le dijo el jurista, que ella ya se murió y usted está todavía aquí, y con dinero, porque le dejó cierta cantidad, no demasiado pero sí algo como para que remedie muchos males.
¿Males?, dijo subiendo el tono Ernesto, empezando por las cuentas que me dejó de la farmacia y los doctores que ya me tienen azotado. ¿Y hablando de mejores cosas, cuándo me va a dar el dinero, licenciado?, le preguntó con una gran sonrisa.
Cuando usted quiera. Sólo tiene que firmar un documento y listo, dijo el licenciado dando una palmada como para explicar que el hecho ya estaba concluido.
Entonces, ¡acepto!, dijo Ernesto estirando la mano para que le entregara el documento que el licenciado tenía en la mano y que él presumía que era lo que tenía que firmar.
Está bien, le dijo el abogado levantando el índice para apuntar hacia el techo, pero antes tengo que leerle las condiciones que ella le puso para que usted recibiera el dinero: primera, que se compre un auto muy lujoso, preferiblemente un Cadillac o algo así, algo con lo que la gente le tenga envidia, y que se compre toda la ropa nueva, trajes, camisas y corbatas, zapatos, un reloj y un anillo de oro, y solamente fume cigarrillos de la mejor calidad, frecuente los clubes nocturnos y se divierta. Y segunda, que no le diga nada a nadie, ni a su esposa. Solamente le puede decir que ese dinero es producto de la lotería, nunca que ella se lo dejó.
¡Aceptado!, volvió a decir Ernesto, esta vez dándole una gran palmada a la mesa que hizo estallar al licenciado en una gran carcajada mientras le ofrecía el documento con una mano y una estilográfica con otra.
Pero cuando Ernesto estiró ambas manos para recibir el papel y la pluma, el licenciado hizo un alto y le dijo, bueno, hay una tercera y última condición, y es que vaya a Puno, a oír una misa en la catedral, antes de cien días luego de cobrar el dinero, y no se puede pasar, o se lo va a venir a cobrar ella misma.
¿A Puno?, ¿a una misa?, saltó Ernesto, interrogando al abogado, luego dijo con aire de resignación. Y si no lo cumplo, ¿qué me puede hacer esa vieja que ya está muerta? ¿Qué me va a llevar ella? Será el diablo que me va a llevar porque ella era el mismo diablo personificado, dijo Ernesto riéndose.
No sé, respondió el abogado, porque yo no resuelvo casos del otro mundo sino de este, dijo apuntando al suelo.
Bueno, no importa, ya veremos, Puno queda lejos pero valdrá la pena ir hasta allá para recibir ese dinero. Total, nunca había tenido ni la intención ni la necesidad de ir hasta allá. Ni sé dónde queda Puno, si me preguntan. En fin, se explicó a él mismo, me servirá de paseo.
Concluido el acto, Ernesto salió sonriente, y con el cheque en el bolsillo se fue directamente al Banco Nacional a depositarlo mientras pensaba por dónde iba a empezar a gastar el dinero porque estaba convencido que como había dicho el abogado, ése era su día de suerte.
Varios días después Ernesto le dijo a su mujer que se preparara para una sorpresa porque se había sacado un premio en la Lotería Nacional y que él iba a recibir cierta cantidad de dinero. Inmediatamente su mujer le hizo una serie de recomendaciones en qué de debía invertir el dinero entre las que incluía comprar muebles, ropa y carro. Todo nuevo, le dijo, porque es hora que disfrutemos algo de la vida.
Con la anuencia y apoyo de su mujer, Ernesto se fue a la agencia de carros y se compró un Cadillac de segunda mano que parecía totalmente nuevo. Además de que el carro era el modelo más lujoso, para Ernesto, que nunca había tenido un automóvil propio, le parecía que iba a rodar por las nubes. La única condición que le puso al vendedor fue que le pagaran la escuela de manejo, y en menos de una semana ya estaba listo para sacar su auto de la agencia adonde se fue con su mujer quien no podía creer lo que veía. El único comentario que le hizo su mujer fue que qué irían a decir los vecinos, a lo que Ernesto le contestó de la forma más normal, dile que ahora tenemos dinero, o mejor dicho, no hay que decirles nada porque nos vamos a mudar a un barrio mejor.
En el carro se fueron desde muy temprano a recorrer el centro de la ciudad y la zona de las mejores tiendas. En una por una se fueron armando de ropa hasta que apenas les cupo en la inmensa maletera del auto, y en la noche se fueron a un restaurante, y de allí a un club nocturno hasta que regresaron a su casa en la madrugada, inundados de comida, alcohol y humo de cigarrillo. Cayeron extenuados en la cama y durmieron hasta ese otro día bien entrada la mañana, sin preocuparse por lo que vendría porque según Ernesto, las preocupaciones se le habían acabado. Y allí pensó en su próximo paso: mudarse de vecindario a uno que correspondiera a su nueva posición económica. Hasta nos haremos socios de un club, le dijo a su mujer, quien aún no terminaba de despertarse a la nueva vida que había comenzado a vivir, como decía ella, gracias a la Lotería Nacional.
Los días y las semanas transcurrieron no solo con rapidez sino con explosiones de sorpresas producidas por nuevas compras para la nueva casa, más recorridos por restaurantes y clubes nocturnos, paseos, invitaciones y ofertas para inversiones en negocios, y en la medida que se acercaba la Navidad, empezaron a pensar en que harían una fiesta para invitar a sus nuevas amistades. Hablaron de viajes, tal vez hacia el exterior, y la idea del viaje a Puno se le atravesó en la mente a Ernesto, molestándolo, no solamente porque para él esa solicitud era un capricho sin razón sino un entorpecimiento en sus planes navideños, y por eso pensó en que sería mejor, o salir de él inmediatamente o posponerlo hasta después de la Navidad y el Año Nuevo. Optó por lo primero. Después de todo, sentía cierto miedo incumplir con lo que le habría prometido a la vieja.
Le inventó a su mujer el cuento que le habían ofrecido hacer un negocio por un telar en Puno, por lo que tendría que ir en un viaje relámpago, como lo categorizó él, haciendo un ademán de desprecio con la cara para indicarle que no se trataba de placer sino de negocios y que por lo tanto era de algo básicamente desagradable. En otras palabras, que ella no iba.
¿Puno?, preguntó la mujer como si hubiera dicho algo malo. ¿Y para qué quieres hacer un negocio en Puno, acaso te piensas mudar para allá?, le inquirió preocupada la mujer de perder su nueva posición social en la capital.
¡No creo!, le respondió para aplacar la ansiedad que podía convertirse en un martirio de preguntas innecesarias porque él sabía que todo era un invento ya que el propósito real del viaje no podía revelarlo, y le insistió en que sería de ida por vuelta. Iré por tierra, porque sabes que le tengo miedo a los aviones, le aclaró para asegurarle que volvería, y así preparó su itinerario.
Solo la idea del viaje a Puno, a más de mil kilómetros de Lima, desalentaba a Ernesto. La opción del avión estaba descartada por adelantado. Ni que me regalen el pasaje, la había sentenciado, así que solo le quedaba la opción terrestre, autobús, tren o carro, y en ese orden, pues no pensaba ir en su Cadillac por esas carreteras llenas de huecos. Pero el autobús era para la gente del pueblo, se contestó, el tren no era nada atractivo, y el carro era un riesgo. Las respuestas no le habían dado sino más preguntas y la que le salía menos peor era la de ir en su carro, pero la sugerencia de su mujer que lo acompañaría para que no se aburriera, lo detuvo inmediatamente y no tuvo más remedio que resignarse a ir en tren, por lo que se fue a una agencia de viajes.
Lo primero que preguntó fue qué había que hacer en Puno, y el empleado le contestó que dependía de lo que él llevara en mente, porque si va de fiesta, le explicó, acaban de pasar las de noviembre, que son las mejores de todo el año, y si va para la Navidad, también son bonitas pero no como aquéllas, luego el año que viene hay más fiestas, le explicó, pero Ernesto que dijo que su viaje era relámpago y no de fiesta. Voy por un día, le aclaró, y no pienso quedarme más a más nada, y si no hay tren de regreso, me regreso caminando, dijo Ernesto para que entendiera el interés de su viaje. ¡Allá no me va a detener nadie, ni el diablo que se me aparezca! El dependiente le dijo que había autobús, tren y avión, si quería. ¡Tren!, le aclaró Ernesto. Iré para enero, pero no sé cuándo, y prefiero volver cuando tenga la fecha. Y dando media vuelta, abandonó la oficina. Al llegar a su casa le dijo a su mujer que el señor del negocio no iba a estar en Puno sino hasta enero, y por lo tanto el viaje también.
La Navidad pasó y vino el Año Nuevo con más fiestas, y la resaca de las fiestas dejó a Ernesto muy mal del estómago y la cabeza pues nunca había ni bebido ni comido tanto en su vida. Entre la mezcolanza de licores dulces y secos, champaña y güisqui, más las cantidades y las variedades de comidas y dulces, las deshoras de los trasnochos y los enormes habanos que ahora habían reemplazado al cigarrillo ocasional, Ernesto no sabía a qué echarle la culpa de un malestar que se le había vuelto crónico y que el médico le diagnosticó como indigestión resultante del abuso navideño por lo que tuvo que recetarle una buena purga y restricciones en el tabaco, la bebida y la comida. Descorazonado Ernesto, no tuvo más remedio que seguir la prescripción y empezar a rechazar invitaciones hasta que lograra recuperarse.
A mitad de enero pensó que ya había guardado suficiente penitencia y empezó con pecados veniales a recuperar el tiempo y las oportunidades perdidas. Primero sólo salía por las tardes con su mujer a pasear en carro y de allí iban a un restaurante a cenar. Por la noche se iban al cine y de allí a la cama. Pero de allí fue escalando de nuevo y volvió a aceptar invitaciones y a salir de noche, esta vez de farra con sus amigos, noches que invariablemente terminaban en borracheras y comilonas con los consecuente malestares al siguiente día, además de los reclamos de su mujer.
Hacia finales de mes volvió a pensar en el viaje y volvió a sacar la cuenta de los días que le faltaban para cumplirse el plazo, y calculó que sólo quedaban cinco días que se cumplirían el tres de febrero. Después de un desayuno con bicarbonato para espantar las agriuras estomacales, Ernesto volvió a la agencia de viajes a comprar el boleto del tren: un largo viaje de unas doce horas para las que escogió un vagón coche-cama con restaurante, para pasarla lo mejor posible.
Se fue en taxi a la estación con una hora de adelanto que se convirtió en dos más de espera, saliendo una vez que la noche había llegado sobre la ciudad de Lima. Después de una buena cena se sentó con unos compañeros de viaje que lo invitaron a pasar las horas del aburrimiento jugando cartas y deslizándose unos cuantos piscos. Las partidas aumentaron de costo, tiempo y tragos, hasta que se retiró a sus compartimiento bien entrada la madrugada, tanto que apenas sintió que se había dormido se apareció el camarero a decirle que se preparara que estaban por llegar a Puno. Bien pronto sintió la sensación de los casi cuatro mil metros de altura y el frío de la mañana que apenas lo aguantaba con la ropa ligera que llevaba desde la zona tropical.
Cuando llegó pudo ver la inmensidad de gente que venía en el tren y la que estaba en la estación, pero su falta de curiosidad no le llevó a preguntar nada hasta que salió a la calle y se dio cuenta que todas las calles estaban llenas de banderas y decoraciones y que una muchedumbre venía cantando en una procesión con velas en las manos y le preguntó a un curioso que de qué fiesta se trataba, a lo que el lugareño, trastocado por la pregunta le aclaró que se trataba de la entrada de los cirios que iban a las bendiciones que habría después en la Misa de las Vísperas.
¿Cuáles Vísperas?, indagó puerilmente Ernesto al extraño.
Pues las de esta fecha, hoy es primero de febrero, ¿no?, le respondió el interrogado tal vez más despistado que el inquisidor.
El frío acompañado de una lluvia gélida no ayudaba a mejorar la situación y Ernesto ya estaba llegando al colmo de su cansancio y su paciencia. Estuvo parado en la calle por un momento y decidió que lo que tenía que hacer cuanto antes era comprarse una ruana para calentarse el cuerpo, luego desayunar, y más luego pensar en lo de la misa, lo cual estaba por el momento en su último interés y prioridad. Y en ese orden empezó a resolver su situación.
De la estación le indicaron dónde estaban las tiendas y hasta allá se fue a buscar la ruana y un sombrero. Llegó a las tiendas y todo estaba cerrado. Tal vez era la hora, pero tampoco había mucho tráfico en la calle. El sol empezaba a salir pero no calentaba, y la lluvia no disminuía ni el frío tampoco. Preguntó entonces que cuándo abrirían las tiendas. Hoy no, le contestaron. Preguntó por el mercado, y le indicaron con el dedo. Caminó más y no encontró nada. Volvió a preguntar y le volvieron a señalar con el dedo. Siguió caminando y tampoco encontró nada. En una esquina vio a un policía y le preguntó por un hotel, y le contestó con otra señal para que siguiera caminando, y caminó hasta que llegó a uno, y sin mucho pensarlo solicitó una habitación, entró en ella y se tiró en la cama y se durmió.
Se despertó pasado el mediodía, muerto de hambre y titiritando. Entonces no supo qué hacer, si quedarse en la cama o salir a comer. El hambre lo venció y bajó a la recepción donde le indicaron que ellos no tenían comida, pero le indicaron un restaurante cercano. Caminó bajo la garúa que no cesaba y entró al restaurante donde pidió sopa muy caliente y cualquier comida que estuviera caliente, y lo complacieron en seguida. Luego pidió que le indicaran dónde estaba una tienda para comprar una ruana y le dijeron que todo el comercio estaba cerrado porque todo el pueblo se preparaba para la gran fiesta de la patrona del Altiplano Collavino, ante lo cual Ernesto sólo pudo concluir que no había escogido peor día para venir ése. Entonces, sin remedio tuvo que regresarse a su hotel.
Al regresar, no tuvo más remedio que tirarse en la cama porque empezó a sentir grandes escalofríos hasta que se durmió tan profundamente que no despertó sino hasta la mañana siguiente, pero prendido en fiebre y casi sin voz. Sacando fuerzas de donde no tenía bajó hasta la recepción y solicitó que alguien le llamara a un médico, porque apenas se podía tener en pie. Un par de horas después se apareció un doctor que le diagnosticó una pulmonía causada por haberse mojado en la lluvia, no haberse abrigado y debilidad por no haber comido. Ernesto le dijo que qué podía hacer, a lo que el galeno le contestó que reposara porque no había remedio para ese mal sino reposarlo. Puede tomar aspirinas, pero más de eso, sólo si empeora, no hay más nada, concluyó, le cobró y salió. Ernesto sólo pudo pensar que para qué habría venido a pagar una promesa que ni siquiera valía la pena cumplir porque nadie sabría si la habría cumplido o no. Pero no le quedó más que recluirse y arreglar con la recepción para que le compraran la comida y se la llevaran a la habitación.
Dos días después se sintió con ánimos de salir, amparado también por una ruana que le había encargado a una señora que trabajaba en el hotel. Con su traje planchado y envuelto en la ruana, salió de su encierro y solicitó en la recepción una llamada a su casa en Lima para explicarle a su mujer las vicisitudes de su viaje, pero no la consiguió. Llamó varias veces, pero el teléfono solo repicaba hasta el cansancio. Decidió enviarle un telegrama, pensando que sería más seguro, y así se sintió más tranquilizado. Cuando salió, ya el sol se había apagado y las luces de la ciudad se habían encendido. La ciudad seguía adornada con muchos banderines y muñecos amarrados de los postes, se oía música a lo lejos y los cohetes explotaban en el firmamento llenándolo de colores. Ernesto comenzó a seguir la música y a la gente que caminaba hacia una misma dirección. Pronto llegó hasta una plaza donde había mucha música y lo primero que vio fue una gran rueda formada por mujeres bailando, vestidas de blanco con chales y sombreros dorados; hombres y mujeres indígenas en sus mejores galas, ellos con enormes penachos emplumados que los hacían aparecer como si tuvieran más de dos metros de altura, y ellas ataviadas de multicolores adornos que llevaban desde sus sombreros altos hasta los pies, unos tocando sus tambores y sus zampoñas, otros las quenas, otros los charangos y más allá las arpas; comparsas de hermosas muchachas ataviadas de topes y delantales dorados sobre fondos blancos adornados con caras extrañas que enseñaban hileras de dientes y grandes ojos que parecían que miraban a quienes las miraban; de muchachas con vestidos y faldas azules unas, rojas otras, tan cortas que mostraban todas sus piernas; otras vestidas de trajes multicolores y sombreros emplumados, botas de tacones altos, doradas, hasta las rodillas; unos hombres vestidos de rojo con adornos blancos que tenían ribetes de lentejuelas doradas, con sombreros flamencos rojos con plumas doradas, y las mejillas pintadas de rojo; otros de trajes similares pero en color marrón, con campanas amarradas en sus piernas y que las hacían sonar al compás de sus pasos, y otros con máscaras plateadas que tenían grandes narices y grandes cachos, que simbolizaban a los diablos que habían venido al pueblo desde hacía ya varios siglos, envueltos en unas capas brillantes que llegaban hasta el suelo y les envolvían al atavío de luces con que estaban vestidos y que resplandecían cuando se meneaban al compás de las bandas de músicos que estaban dispersas por todas partes hasta llegar al lago desde donde se dejaba colar una corriente de aire helado que entraba con furor hacia la muchedumbre que gritaba, cantaba y, por supuesto, bebía para calmar el frío que cada vez se acentuaba más.
Atraído por la música, las comparsas de mujeres que bailaban casi desnudas sin importarles el frío altiplánico, el resplandor de los cohetes que al explotar sobre la multitud encendían aún más las lentejuelas de los trajes de los diablos y de las diablas, aturdido por el incesante tintineo de las campanillas y los punzantes pitos de las flautas, Ernesto empezó a buscar qué beber para apagar el frío y encontró vendedores clandestinos de pisco que le ofrecieron un par de botellas que se llevó en las manos.
Pronto el pisco le hizo sentir el ritmo de la música que le movía su sangre a compartir los movimientos de los infinitos instrumentos que inundaban, junto con el frío lacustre que penetraba sin misericordia al ambiente. Pronto encontró amigos con quienes compartir las botellas y al acabarse una fue a comprar otra, y luego otra, hasta que se le quitó el frío y encontró que la música lo había cautivado y empezó a unirse a las comparsas, a las mujeres que también quisieron compartir de sus botellas, buscó cigarrillos y le dieron cigarrillos, buscó aguardiente y le dieron aguardiente, buscó amistad y le dieron amistad, hasta que no supo más de él, inundado de música, de baile, de aguardiente, de amistades, sin sentirse como nunca se había sentido, hasta que no sintió nada, más nada, absolutamente más nada sino a la música que se perdía dentro de su cabeza hasta que no la oyó más.
Varios días después se apareció la esposa de Ernesto en Puno y rastreando al telegrama se llegó hasta el hotel donde había estado y preguntó por él. Le dijeron que no había vuelto desde el seis de febrero y le sugirieron que preguntara en la Policía. Se fue hasta la Policía. Preguntó en la recepción de la Comandancia y buscaron en un gran libro que el sargento de guardia sacó de un estante en el que anotaba el parte diario y mandó a un agente de menor rango a que buscara desde el día cuatro de febrero en adelante, a ver qué conseguía hasta que dijo aquí está, enseñando una página abierta con el dedo apuntando una línea. El sargento lo tomó y lo leyó y le dijo a la mujer, en voz baja pero segura, señora, su marido está en la morgue.
El reporte decía que había sido encontrado flotando en el lago Titicaca en la mañana, boca abajo, que había muerto de un síncope tal vez por alta concentración etílica en la sangre y la exposición a la intemperie y al agua casi congelada de la madrugada, le explicó el sargento como para darle una cierta consolación a la viuda que no salía de su asombro. Pero su reacción no se hizo esperar y le preguntó al sargento, ¿borracho?, ¿eso quiere decir que estaba borracho y por eso se cayó al agua y se ahogó?
No señorita, trató de aclarar el sargento, que no se ahogó porque él se murió en lo seco, usted entiende, y luego se cayó al agua, dijo el forense. Fue que lo encontraron sin identificación ni nada, y más adelante, averiguando supimos que había estado registrado en el hotel y que usted estaba en Lima y por eso le avisamos a su casa, pero no sabemos más nada.
¿Y a qué horas sucedió eso si se puede saber?, insistió la viuda.
No sabemos señorita, dijo el sargento tratando de ser amable. Eso tuvo que pasar durante el baile.
¿El baile?, ¿cuál baile?, se levantó la viuda de la silla enfrentando al sargento.
El de la celebración de la Virgen María, usted sabe, la que hace todos los años aquí en Puno, y la gente celebra por varios días, vienen de todas partes, hasta de Lima, hay muchos devotos, usted sabe.
No, no sé, dijo la viuda, y si hubiera sabido que él venía a hacer un negocio en ese momento yo también habría venido, le dijo como dando una excusa al sargento.
¿Negocio? Pero es que durante esta semana todo está cerrado aquí. Aquí todo el mundo está bailando y festejando: hay desfiles, hay procesiones, hay distintas fiestas, usted sabe, le volvió a recalcar el sargento, a lo que la viuda le contestó que no, que ella no sabía.
La gente dijo que él estuvo bailando mucho, añadió el sargento como para aclarar, aunque no sabía si la aclaratoria había aclarado u obscurecido el panorama.
¿Bailando, esa noche en la plaza, cómo que bailando?, preguntó alterada la viuda.
Sí señorita, dijeron que lo vieron bailando y bebiendo, asintió el sargento.
¿Y con quién pudo haber estado bailando?, preguntó ella procurando no oír la respuesta pero el sargento se la dio de todos modos: con alguna persona, algún diablo.
¿Cómo que con un diablo?, preguntó atónita la viuda.
Sí señorita, bueno, quiero decir, con una de las diablas de la Candelaria, le explicó el sargento con mucha naturalidad. Aquí bailan todos en la calle, y sobre todo los diablos y las diablas también, usted sabe, esas comparsas de diablos que celebran la fiesta de la Mamita Candelaria, las que son muy famosas.
¿Cuál Candelaria, cuál diabla?, insistió la viuda implorando una explicación
Pues de los diablos que salen en la fiesta de la Virgen de la Candelaria. ¿O es que usted no sabe que estábamos celebrando a la Virgen María de la Candelaria?

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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