Rodrigo era un hombre común que tenía una tienda en la ciudad de Sevilla en esa época cuando todo el mundo en España estaba todavía impactado por los recientes descubrimientos del Nuevo Mundo, y cuando muchos pensaban en ir a él para mejorar la suerte encontrando cosas que no existían en la península ibérica, la cual era según todos los ibéricos, el centro del mundo, Rodrigo no tenía otro interés sino en atender a su tienda porque no tenía familia ni sabía hacer más nada que no fuera trabajar en su tienda.

Muy pocos eran los que para los primeros años del siglo habían viajado atravesando un océano que fuera totalmente desconocido, tan desconocido como las tierras que los pocos que habían regresado decían que se habían encontrado, y por lo tanto muy pocos habían tenido la oportunidad de hacer relatos tan fantásticos que pocos, si algunos, les creían. Se reunían por las noches en las tabernas a beber vino y comer la misma comida que habían comido toda su vida, pero mientras libaban y comían hablaban de encuentros excepcionales, no solamente con los nativos que andaban casi o totalmente desnudos, hasta las mujeres, sino con animales, plantas, flores, maderas, frutos y paisajes de esas tierras tan extrañas que nadie en Europa se las podía imaginar.

Las pintaban de todos los colores que no había en Europa porque la naturaleza en América era más que abundante, era exótica, lo que quería decir que había mucho de todo y de todo en abundancia, de tal forma que solo había que estirar las manos para conseguir frutos y flores que se caían de los árboles. ¿Más que en África?, preguntaba algún incrédulo que atontadamente miraba al narrador. Más, mucho más, y más de lo que te pueda caber en la cabeza, le respondía el hablador, por lo que muchos se animaban a ir a probar suerte creyendo que podían dejar las penurias que tenían en Europa para irse a buscar un nuevo lugar que les diera las oportunidades que no habían podido conseguir en su tierra. Pero el principal problema era la travesía de la mar océano, como todavía los españoles llamaban al Atlántico, era que estaba plagada de incertidumbres y cosas tan raras como animales marinos que podían mandar a las frágiles carabelas al fondo del mar de un solo golpe, y vientos que podían llevar un navío con toda su tripulación hasta el borde de la Tierra misma, y precipitarlo al infinito desconocido donde nadie sabía, ni podía imaginarse qué había allí. En pocas palabras, el miedo podía más que la necesidad, y mucho menos que la avaricia, sin embargo, algunos se retiraban a sus casas a pensar dónde conseguirían valor para alistarse en un grupo que les llevara a la tierra que ahora era de España.

Rodrigo, que había vivido toda su vida en Sevilla, de su padre había aprendido el oficio de tendero, y como buen comerciante que había resultado ser, estaba pendiente de todo lo nuevo que llegaba a España, y ahora que la Casa de Contratación estaba facultada para regular el comercio con el Nuevo Mundo precisamente desde Sevilla, todo lo que a España llegara lo iba a saber él porque tenía un amigo que trabajaba allí y se lo iba a contar todo con pelos y señales.

En esos años Sevilla se hizo famosa por la Casa de Contratación que había sido fundada por los Reyes Católicos en 1503 para regular el comercio hacia y desde las Indias. Este organismo real había ido creciendo burocráticamente hasta convertirse en una institución que albergaba muchísimas funciones que iban desde otorgar permisos para viajar, contratación de personal para los barcos, enseñar la navegación, tribunal de justicia y cárcel para los ajusticiados, hasta ser el único canal de comunicaciones entre los reyes y lo que se comerciaba y cómo se comerciaba con el Nuevo Mundo. Pero nada de esos detalles burocráticos le interesaban a Rodrigo; a él sólo le interesaba saber lo que llegaba y si él lo podía adquirir para venderlo en su tienda, y eso sólo se lo podía comunicar su amigo, el que trabajaba dentro de la Casa de Contratación como visitador de navío, de los barcos que subían hasta Sevilla por el Guadalquivir, si no eran de gran calado, o para los más grandes, que llegaban hasta Cádiz, y en ese caso, hasta allá se dirigía para supervisar el desembarco.

Pero cuando la carga y calado de los navíos se hicieron más grandes, Sevilla empezó a ceder su posición de descarga a Cádiz, por lo que esta ciudad empezó a obtener una importancia nunca vista, y en consecuencia una rivalidad con Sevilla, no sólo entre los comerciantes sino en los cargos oficiales de la Corona en Sevilla que no estaban dispuestos a estar por debajo de los gaditanos.

Sin embargo, como consecuencia de este pugilato entre ambos centros de poder resultó lo que se podía hacer con mayor facilidad y mejor beneficio para todos era el contrabando, al punto que se necesitó que la Corona creara un Juzgado de Indias, que eventualmente, como todas las dependencias reales también creció en tamaño, burocracia, corrupción e ineficiencia. Para esa época, ya corrida una buena parte del siglo, Rodrigo y su amigo Fernando, el que había comenzado a trabajar como escribano y había subido a visitador de navío, había llegado a juez, y desplegaba cierto nivel de autoridad respaldado por la fuerza de la Corona, que resultaba en una relación entre ellos donde Fernando conseguía la información y los permisos, y Rodrigo compraba y vendía la mercancía, repartiéndose la ganancia que cada año aumentaba, con una apariencia de legalidad de por medio.

El auge de Sevilla basado en el comercio indiano le pagó a la ciudad con abundantes frutos que se añadieron a los que los romanos, los godos y los musulmanes dejaron en Andalucía. Los Reyes Católicos le hicieron una magnífica catedral, una de las más grandes de todo el mundo cristiano, la Universidad de Mareantes que creció entre las mejores; se estableció la primera imprenta de la Corona, se organizaron los gremios, y la ciudad se industrializó, y como algo natural, también florecieron las artes. Sevilla se volvió la ciudad más cosmopolita de España, y llegó a ser a raíz del descubrimiento, la ciudad más importante de Europa, ya que a pesar de la expulsión de los judíos y los musulmanes, ésta no se vio afectada económicamente como otras ciudades del reino por la falta de comerciantes especializados, sobre todo del oro y la plata que llegaban en continua abundancia del nuevo continente.

Pero la edad y el capital de Rodrigo habían crecido paralelamente, al igual que el de Fernando, quien le visitaba para conversar de negocios y muchas otras cosas, aunque los tópicos siempre giraban hacia lo mismo: lo que ellos llamaban el comercio de las Indias.

Fernando era todo un experto en los impuestos reales que le imponían a la mercancía que llegaba a España, y la información que éste le pasaba, le ayudaba a Rodrigo a negociar las adquisiciones que siempre lograba hacer mejor sobre otros comerciantes resultando en una serie de productos que le envidiaban sus rivales. Y aprovechando esta situación de abundancia económica así como la facilidad para conseguir un permiso para viajar a las Indias, Rodrigo sorprendió un día a Fernando solicitándole la tramitación para viajar al nuevo continente, no se fuera a morir sin conocerlo, según le confesó, por lo que éste logró conseguirle un puesto en el galeón Sanlúcar de Barrameda, que zarparía desde Cádiz como parte de una flota de unos 40 navíos en un fresco día de septiembre con destino a Cuba, la mayor de las islas caribeñas, y desde donde podría llegarse hasta México, donde llegaban todos las mercaderías exóticas de las Filipinas. Será lo mejor que podamos hacer en toda nuestra vida, le dijo Rodrigo a Fernando, a quien le brillaron los ojos ante la oportunidad de dar un golpe maestro a la suerte.

Rodrigo pensó que para aprovechar lo que más pudiera del viaje, lo mejor sería alquilar el navío completo en el que traería todo lo que comprara en el nuevo continente, y para ello solicitó de Fernando que se asociara directamente con capital para invertir en lo que sería un negocio en el cual no se podía perder, y éste a su vez solicitó capital prestado a sus amigos por lo que Rodrigo logró reunir una gran bolsa de varios cientos de miles de maravedíes que utilizaría en la aventura que él catalogó de única en la vida porque no pensaba regresar más nunca a América.

Para asegurarse personalmente una buena travesía, Rodrigo llevó un solo baúl lleno de ropa y muchos otros llenos de provisiones para complementar la cocina del barco la cual le habían dicho que nunca era ni abundante ni variada ni generosa. Llevaba muchas frutas secas, varios tipos de pan, chorizos y otras carnes secas, quesos y varias garrafas de vino, que por supuesto, no pensaba compartir con nadie, porque después de todo, se dijo, no se sabía cuánto iba a durar la travesía ni cómo iba a ser. Con el modesto equipaje de Rodrigo y una serie de provisiones que llevaba en sus bodegas para los españoles en las Indias, el Sanlúcar zarpó lleno, desde sus bodegas hasta los topes de su cubierta y 76 tripulantes.

En pocos días y con buen tiempo llegaron a Canarias donde hicieron la última operación de pertrecho antes de iniciar el gran recorrido hacia el océano. El convoy zarpó de La Gomera en octubre aprovechando un aire fresco que impulsaba a los barcos hacia las inmensidades de azules que se veían en la distancia, apenas interrumpida por unas nubes muy altas y un sol que brillaba presagiando mucha tranquilidad en el trayecto. Sin despedirse de nadie, al igual que en España, Rodrigo se contentó con pararse en el castillo de popa a mirar la gente que se despedía de sus amigos y parientes que viajaban en las otras carabelas que en un lento desfile se hicieron a la mar océano.

Esa noche, luego de una frugal cena, se fue otra vez al castillo de popa a ver las estrellas en la oscuridad más oscura que él hubiera visto en toda su vida porque no salió la luna y las estrellas no eran lo suficientemente fuertes para alumbrar la estela que iban dejando. Solamente se veían las otras naves desparramadas en los alrededores fácilmente identificables por los grandes faroles que guindaban en sus popas para servir de guía a las que venían más atrás, y el Sanlúcar llevaba la suya apagada porque era la última nao del grupo. Así el convoy, unas carabelas adelante y otras atrás, guiadas por la nao capitana y flanqueadas por cinco naves armadas, se veía reptando sobre las aguas en ondulaciones, en medio de un gran silencio que sólo dejaba oír los ruidos que hacían al crujir la nave, interrumpidos por algunos campanazos y voces de vez en cuando para anunciar algo que él ni entendía ni le interesaba. Esa noche, cansado de tanta excitación, con el viento fresco oliendo a mar que entraba por su ventana, Rodrigo se durmió en una hamaca que se bamboleaba con la nao.

Pero no durmió mucho porque se levantó a medianoche con el estómago revuelto por el vaivén de la nave al cual su estómago no estaba acostumbrado, y empezó a vomitar sus entrañas en el pote que le habían puesto advertidamente para ello. Así pasó toda la noche hasta que despuntó el día en lo que él pensó que había sido entre la vida y la muerte, y cuando no apareció para el desayuno le vinieron a buscar, y al verle en ese estado tan deplorable le enviaron a uno que le dijeron que era el médico de a bordo y que le administró gotas de valeriana para que le asentaran el estómago.

Por la tarde se levantó y lo único que pudo pasar fueron sorbos del vino que tenía en su camarote, ayudado por el sirviente que le habían asignado, un muchacho que bien hubiera podido ser un trabajador de potrero por lo torpe y sucio que era. Rodrigo decidió que mejor dormiría en la cama, que aunque con colchón de paja y muy posiblemente con pulgas, era preferible a los movimientos ondulantes de la hamaca, la cual estaba hecha, obviamente, para los marinos profesionales. En la noche salió a comer manzanas a la cubierta y volvió a ver la negrura interrumpida por las naos compañeras que parecían libélulas en la distancia. Todo tiene que salir bien, se rezó Rodrigo para creerse lo que decía, remedando mentalmente a los gritos del vigía del palo mayor que decía que todo estaba bien, antes de irse a acostar al campanazo de la media noche.

El siguiente día fue algo menos peor que el anterior aunque todavía le costaba un poco acostumbrarse a no sentir el piso al alcance de su pie sino que se hundía y le subía en un compás que no era el suyo, precisamente. Los días eran soleados aunque silentes, algo a lo que él tampoco estaba acostumbrado pues siempre había vivido en medio del bullicio de la gente que gritaba en la calle, en las tabernas, en las ferias, en los bailes, en los mercados, en todas partes, a toda hora, hombres, mujeres y niños, al ruido de los animales, de los objetos con los objetos, al caminar, al correr, y sobre todo al bailar, el taconeo de los bailes que en nada se parecían a los ruidos que hacían los hombres al caminar o correr o gritar o trabajar en el barco, porque el único lugar silente de España era en las iglesias y él nunca iba a ninguna porque no creía en los curas, decía él, aunque en voz muy baja para que no creyeran que era o había sido un marrajo, y allí en ese silencio, no se oía sino el propio corazón palpitando en la cabeza ya que el barco era silente como una iglesia, y eso le llegaba hasta los nervios. Lo único que oía era el crujir de la nave. Más nada.

Una semana después el clima comenzó a cambiar notablemente. Ya no se sentía el fresco de otoñal de España sino un aire más cálido, dando también la impresión que el agua del mar oliera más. Es bueno, le dijo un marino a Rodrigo, porque eso quiere decir que nos acercamos al otro lado del mundo, cosa que Rodrigo no sabía si era de este mundo o del otro, y por eso no sintió la respuesta como halago sino como advertencia que le aumentó más su soledad y su impotencia. No solamente se sentía solo sino que sabía que estaba solo. El mar aquí huele y es porque suda, le dijo otro marinero, y él le preguntó por qué, y el marino le dijo que era por el calor. Porque hacía más calor., o no lo siente, ¿verdad?

Una mañana, al levantarse vio que más de la mitad de las carabelas habían desaparecido y corrió angustiado a preguntarle al primero que se le apareció qué había pasado con ellas. Se fueron a la Española, le contestó secamente, haciendo un arco con el brazo hacia el infinito azul donde estaría la isla. Tomaron rumbo al sur hacia la isla de la Española, le dijo, dio media vuelta y desapareció hacia las entrañas del navío por una compuerta en el piso de la cubierta como si fuera la trampa de un teatro, hacia abajo donde estaban la mayoría de los marinos.

El capitán le había advertido que no fuera para allá porque no eran gente de fiar, rufianes, según él reclutados, engañados, desesperados, fugitivos, que buscaban alejarse de la ley, y él había seguido su consejo. Con esta advertencia, Rodrigo se volvía a su camarote a sacar cuentas, de lo que llevaba y lo que tenía que traer de regreso para vender. Contaba, recontaba y calculaba la fortuna que llevaba escondida en las alforjas que había disfrazado en bolsas harineras como si fueran de abastecimientos para unos comercios antillanos, y  calculaba lo que se iba a ganar  mientras estaba pensando en las naves que se habían ido a otras islas que mientras menos  fueran a su destino, mejor, y deseándoles suertes adversas, pues mientras menos regresaran a España, aún mejor. Las cuentas las llevaba en la cabeza, y de noche, al mirar a las estrellas desde la cubierta, las sacaba en voz alta para hacerse la ilusión que hablaba con alguien. Cuando el capitán lo consiguió discurriendo números, le dijo que contaba las estrellas, y eso le satisfizo al capitán que se fue dejándolo contar la Vía Láctea. Y cuando se cansó de la cubierta, se fue a su recámara y siguió sacando cuentas desde su cama hasta que se durmió.

La nao Sanlúcar seguía a las otras. Las otras dejaban estelas y la Sanlúcar también dejaba la suya pero seguida por grupos de tiburones hambrientos que como los perros callejeros de Sevilla, también esperaban que les tiraran limosnas desde los barcos. El mar se hacía más azul y las nubes más grandes. No se veía nada alrededor: solo mar y cielo y una soledad que parecía infinita.

Verse en esa inmensidad en medio de nada, le hizo a Rodrigo sentirse el ser más pequeño del mundo, y en ese temor, hacia la inmensidad de agua y la inmensidad de cielo, los tiburones del mar y los marinos que también padecían de hambre continua, se devolvió a su cabina a oír crujir al andamiaje del barco para oír algo, y en ese continuo sonido que lo rodeaba, se imaginó que era el barco que se comunicaba con él y empezó a hablar con el barco hasta que se durmió.

Durante la noche empezó a llover, lo que fue rápidamente recibido como la respuesta a las oraciones de la tripulación que ya bebía del fondo de los barriles. Con el aguacero se bañaron en la cubierta, lavaron la ropa y recogieron toda el agua que pudieron, pero pasó el mediodía y el agua seguía cayendo, y lo que se inició como una bendición ahora parecía lo contrario porque el agua corría sobre la cubierta y bajaba a las entrañas del barco como una cascada, de modo que en la tarde tuvieron que iniciar una cadena humana para empezar a sacar cubos de agua desde abajo.

El viento había hecho moverse más al barco y las velas fueron arriadas porque la velocidad incrementaba el traqueteo de la nave y las mesas y las sillas empezaron a moverse de un lado a otro de las habitaciones, tirando al suelo todo lo que tenían sobre ellas. No hubo almuerzo porque no se podía cocinar, y las raciones de Rodrigo ya le sabían al moho marino que se colaba en todas las cosas que podían comerse. Entrada la tarde, escampó un momento pero no pudieron ver el sol porque el cielo se había puesto de color gris plomo. El mar permaneció agitado porque el viento no se detuvo y las olas enseñaban crestas blancas como no lo había hecho hasta ese momento. Uno de los oficiales mayores le dijo a Rodrigo que permaneciera en un sitio seguro en el castillo de proa, hasta que pasara el temporal, a lo que Rodrigo obedeció dócilmente.

En la noche, la lluvia arreció con la fuerza de los vientos. La poca cena que Rodrigo había comido la esparció por toda la habitación y los baúles se mecieron al compás de la hamaca chocando unos contra otros. Rodrigo empezó a sentir miedo y solo consiguió un aliciente temporal cuando su ayuda de cabina le dijo que los temporales no eran raros, y que pronto pasarían, pero la promesa no sirvió mucho porque el temporal se hizo aún más fuerte.

A la fuerza del viento solo se sobreponían los gritos de la tripulación que trabajaba laboriosamente en todas partes del navío, arriba, abajo, corriendo, llevando y trayendo cosas de un lado a otro. En la oscuridad de su habitación Rodrigo se sentó en la cama a oír al viento que hacía que las olas golpearan como cañonazos a la estructura hasta que de pronto se oyó un estruendo grandísimo de algo que se rompía y se estrellaba contra al barco mismo. Al principio ni siquiera supo de dónde vino el estruendo que fue seguido por un silencio humano pero no de la tormenta, hasta que la gritería inundó de nuevo a la tormenta y Rodrigo salió de su escondrijo hacia cubierta para ver algo que lo petrificó: el palo mayor se había roto como un mondadientes por toda la mitad, y había desparramado sus brazos con las velas sobre la cubierta. Al menos nadie había perecido en el incidente, pero sin saber nada sobre navegación Rodrigo pudo suponer que el presagio no era nada bueno, sobre todo si la tormenta no amainaba pronto, cosa que no hizo en la noche ni en el día que le siguió.

El nuevo día no trajo sol sino más lluvia y más viento. La visibilidad había bajado considerablemente al punto que las naves compañeras no se veían por ninguna parte. ¿Dónde están?, preguntó Rodrigo al primero que vio, y nadie le supo dar respuesta, por lo que tuvo que preguntar lo que él menos quería oír, ¿qué está pasando?

Es un temporal, le dijo un oficial, y lo remató diciendo que nadie podía hacer nada, sino rezar. Puede que siga, puede que no, o que aumente, o que no, fueron las predicciones del sazonado marino, por lo que Rodrigo quedó peor que antes.

La confirmación del temporal no se hizo esperar. Los vientos empezaron a traer más lluvia al punto que ésta pasaba casi horizontalmente frente a las caras de los hombres que estaban totalmente empapados, halando cabestros y sacando agua en cacerolas de la parte más profunda del buque en una cadena humana que no se daba fin.

A pesar de ser casi el medio día, el sol no se veía por ninguna parte, y la nao subía hasta las crestas de las olas y luego bajaba con una velocidad impresionante que lanzaba a los tripulantes hacia el piso. El bamboleo aumentaba también de los lados en vez de disminuir y pronto, otro de los palos empezó a partirse por lo que todos los marinos se tiraron al piso hasta que oyeron el gran estruendo del inmenso aparejo de roble que cayó produciendo un ruido como el de una tonelada de piedras caídas sobre la cubierta.

Cuando Rodrigo regresó a su camarote para refugiarse del miedo que ya no podía disimular vio a unos de sus baúles navegando como canoas en un lago, y a otros destrozados con todo el contenido que allí traía navegando también pues se había desparramado por todas partes. Lo único que pudo recuperar fue una pequeña botella de esencia de azahar que siempre llevaba consigo y que en momentos de tensión utilizaba para ponerse un par de gotas en el dorso de la mano y oler el perfume que le evocaba a su niñez. Pero lo que más le aterró, no fue que el contenido de los baúles se hubiera perdido en el agua salada y sucia de su camarote, ni que sus bolsas harineras llenas de maravedíes estuvieran regadas en el fondo de su cabina, ni que el agua estuviera mucho más arriba de los tobillos casi en sus rodillas, sino que cientos de ratas estaban nadando por todas partes, y fue cuando entonces se detuvo y recapacitó y vio a su futuro claramente: nos hundimos, se dijo, nos estamos hundiendo, aunque estos malditos me hayan jurado que no, que vamos a salir de la tormenta y que la lluvia va a parar cualquier momento, nos estamos hundiendo porque las ratas no mienten y por eso son las primeras en abandonar el barco.

El pánico le hizo subirse en su camastro, y mirando todo el naufragio que tenía a su alrededor, trató de obrar con calma y detenerse a pensar en qué era lo que debía hacer, pues la situación era, por decir lo menos, desesperante, pero en ese momento cuando observaba todo desde la altura de su cama, solamente tuvo tiempo para oír un ruido muy grande sobre su cabeza y sentir un golpe en ella que lo tiró de largo en la cama. Desde allí, empezó a oír las voces cada vez más distantes y el frío del agua que le rodeaba tratando de envolverlo como un sudario, mientras él trataba de quitárselo para alejarse de la muerte que éste le traía.

Rodrigo vio en la distancia a la Giralda que sobresalía sobre los techos rojos y recordó cuando corría con otros muchachos por las angostas calles de lo que había sido hasta unos años antes de su nacimiento el barrio judío de Sevilla, estrechos callejones por donde se colaban corrientes de aire que venían desde el río que pasando por los jardines que habían dejado los residentes almohades, los que habían amurallado a la ciudad y construido el Alcázar, traían los olores de los azahares que adornaban a la ciudad y que una vez habían sido suyos, según le contaba su padre cuando él estaba pequeño, y también se acordó del cuento de su padre cuando él fue a bañarse al Guadalquivir y casi se ahogó, si no fue por un hombre que lo arrastró por el pelo hasta la orilla y cuando lo sacó le dijo que como había vuelto a nacer le iba a bautizar y a poner el nombre de Rodrigo, como el del hombre que había sacado a los musulmanes de España, sin saber que con ese nombre iba a vivir por el resto de su vida, escondiendo su pasado y enseñando a su hijo a que lo escondiera también, hasta que sintió el sabor salobre en su boca y a su cuerpo que se iba poniendo frío, como en los días de invierno en Andalucía, cuando iba con su padre a rezar al campo pero nunca a la iglesia porque decía que le traía malos recuerdos, entonces sintió que flotaba y que se hundía y que luego subía, y que oía algo y luego lo dejaba de oír, hasta que se acordó de que era un hombre solo en el mundo, que nadie lo esperaría cuando regresara de su viaje, y pensó en el campo cuando iba a rezar, y volvió a aspirar profundamente para oler a los azahares que se disolvían en el mar hasta que se fue quedando dormido y no oyó más nada. Todo estaba en silencio.

Pintura por Peter Monamy – Art UK, Public, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.