Juan Andrés era gran deportista del surf oceánico, y como tal, empezaba el día muy temprano esperando capturar las grandes olas que venían a la playa para cabalgarlas en su tabla. Para esa mañana, había quedado con sus amigos en encontrarse a la salida del sol a más tardar para poder pasar suficiente tiempo en el mar antes de regresar a la universidad para el examen de matemáticas, a las once. Juan Andrés estaba convencido que un buen ejercicio en el mar le ayudaría a despejar la mente para los exámenes, especialmente los de matemáticas, y esa mañana sería el final del semestre, y aunque sabía que había estudiado lo suficiente hasta la madrugada, nada lo pondría en mejor forma como un refrescante baño de mar en las templadas aguas de la costa californiana.
Llegó todavía oscuro, pues el sol no había salido, pero la cita era para que todos estuvieran allí precisamente para cuando los primeros rayos tocaran al azul del océano Pacífico. Ya venía en traje de baño y se terminó de poner el traje de buceo afuera del diminuto Volkswagen que tenía por años. La tabla la sacó por el lado opuesto del conductor. La clavó en la arena y se sentó a ver la multitud de colores que se empezaban a formar a sus espaldas y que destellaban en el mar.
En la medida que crecían las luces del cielo y los colores del mar, también crecía su impaciencia porque sus amigos no llegaban. Se había pronosticado buen tiempo, sin lluvia, cielo despejado, nubes altas y temperaturas frescas, todas influenciadas por ese clima maravilloso del Pacífico californiano. Juan Andrés se empezó a impacientar. Miró su reloj y veía que cada vez tendría menos tiempo. En la distancia, las olas empezaron a crecer, y los latidos de su corazón también. El sol empezó a ascender con rapidez y también la temperatura y decidió no esperar más.
Caminó hasta la orilla y metió los pies en el agua que todavía estaba fría. No le importó porque estaba acostumbrado. Siguió caminando sin apurarse como para darle tiempo a sus esperanzas que sus amigos aparecieran, pero no aparecían. Volteó un par de veces y cuando el agua casi llegaba a sus hombros, se subió a su tabla y empezó a remar con las manos hacia las olas grandes que sentía que lo llamaban hacia el eterno desafío de briosas cabriolas acuáticas que se enfrentan a sus domadores. Remó por un rato y volteó. Estaba solo todavía. Entonces decidió buscar las olas grandes, más allá en la distancia.
Su vista había capturado una ola grande cuando vio una sombra a su alrededor lo suficientemente grande como para calcularla en unos diez metros de radio, a su buen ojo de estudiante de ingeniería. La sombra en segundos se duplicó de tamaño, y la reacción obvia de Juan Andrés fue de buscar la razón de esta sombra que obviamente estaba sobre él. Y la encontró: un enorme disco plateado que estaba posado en completo silencio sobre él a varios metros de altura.
En seguida se puso de pie y al mismo tiempo sintió que una fuerza muy grande lo envolvió y en un par de segundos vio todo negro a su alrededor. No oyó más nada. Sintió que no podía moverse a su voluntad sino que algo lo movía aunque no pudo determinar en cuál dirección, si hacia arriba o hacia abajo. Sintió opresión en su pecho. Quiso gritar y no pudo. Quiso mover las piernas y tampoco pudo. Quiso estirar los brazos, y los tenía pegados al cuerpo. Se acordó de seguir los consejos para los que se están ahogando: calma y cordura, que la desesperación mata, y se calmó, aunque no sabía qué más hacer. Flotaba. Se desplazaba. Empezó a sentir que la cabeza le daba vueltas y luego, todo se le puso negro hasta que se despertó de un gran sobresalto buscando oxígeno, y luego que se llenó los pulmones, se dejó caer totalmente porque sintió que algo suave lo sostenía debajo de él.
Cuando empezó a recuperar el conocimiento se dio cuenta que estaba atado como un prisionero, sujetado de sus brazos y sus piernas, abiertos y estirados para inyectarle algo que fluía desde tubos hasta sus miembros, los cuales no podía sentir. Estaba aturdido y cuando quiso hablar no pudo porque no le salía la voz o no le oían, si era que había alguien allí. Solo pensó que no sabía qué era todo eso, ni dónde estaba y menos aún si estaba vivo o muerto. Sobre él, una luz cegadora, y a sus lados, sombras de seres que se movían pero que no oía lo que decían.
Apenas los divisaba. Eran como sombras, unos seres totalmente blancos, por lo que podía ver, desde la cabeza hasta las manos que le tocaban de vez en cuando. Tenían la cabeza tapada con una cobertura blanca y sus ojos eran desmesuradamente grandes y profundamente negros. No tenían orejas, ni pelo. No tenían boca ni hablaban. Solo se movían y se hacían señas. Eran unos seis u ocho, de diferentes tamaños, a su alrededor. Unos llegaban y otros se iban. Sintió que su corazón se aceleró y luego que estaba tan cansado que se quedó tranquilo, muy tranquilo hasta que todo a su alrededor desapareció al igual como había desaparecido aquella pesadilla de su último recuerdo cuando había sido arrancado del océano. Todo se acabó en la profundidad del sueño.
Cuando se volvió a despertar, emitió un grito. No se le ocurrió hablar sino gritar, solo que esta vez se oyó el grito, y le pareció algo muy bello. Sintió a su cuerpo y a sus extremidades. Sintió a su cabeza sobre algo suave. No tenía nada atándole a nada. Estaba libremente acostado en una cama blanca, mirando a un techo blanco donde no había nada. Continuó paseando la vista a su alrededor y vio solamente paredes blancas, una puerta y una ventana, por la que por supuesto, se asomó.
Estaba en un segundo piso, y desde allí vio a un gran jardín frente al edificio donde estaba. Abajo había gente así como él, hablando, caminando, paseándose en sillas de rueda, otros caminando con bastones, y sintió que entraba una brisa fresca. No se sintió solo a pesar de no saber dónde estaba, pero no tenía a quién preguntarle nada, hasta que detrás de él le hablaron.
¿Cómo se siente?
Un hombre vestido con una bata blanca y unos papeles en la mano se quedó esperando la respuesta con cara de incredulidad.
Juan Andrés lo miró de arriba abajo con más incredulidad que el intruso que le miraba y no le quedó más que preguntarle, ¿y usted quién es?
Yo soy el doctor Miller y venía a ver cómo había amanecido.
¿El doctor Miller, y qué es esto?, dijo mirando a su alrededor.
Pues un hospital, contestó el hombre vestido de blanco.
Y… ¿es que estoy en la Tierra?…
Pues sí, y más exactamente en el Hospital Presbiteriano de Loma Linda, en California, y déjeme decirle que usted volvió a nacer en este hospital…
¿Cómo es la cosa? Si yo estaba nadando y me llevó un platillo volador y me pusieron en un sitio para estudiarme… y me ataron y… no sé, ahora estoy aquí, y usted me dice que de recién nacido en este hospital. Creo que entonces me estoy poniendo loco…
El galeno se había ido acercando paulatinamente a Juan Andrés que había empezado a retroceder hasta que quedó contra la pared, una actitud defensiva de alguien que no entendía la situación en que estaba, pensó el médico, y entonces le explicó: usted tuvo un fuerte traumatismo cuando estaba en el océano Pacífico. Un barco se lo llevó por delante y por suerte lo vieron y lo rescataron en estado inconsciente. Nadie sabía cómo era que estaba allí tan lejos de la costa. Entonces llamaron al guardacostas que lo trajo para acá en helicóptero. Llegó inconsciente y lo pasamos al pabellón de cirugía. Lo revivimos varias veces en el pabellón, hasta que por fin recobró la vida, pero creo que la cabeza todavía no si sigue creyendo que los marcianos se lo llevaron en un platillo volador. Por eso le dije que había vuelto a nacer aquí, y créame que es verdad.
Juan Andrés solo puedo preguntarle la fecha, y cuando el médico se la dijo, le respondió: creo que perdí el examen de matemáticas, y era el final.
El médico sonriéndose le dijo: cada vez que uno nace, tiene una nueva vida por delante. Ya tendrá otras oportunidades para muchos más exámenes. ¡Aprovéchela!
FIN

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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