Ubaldo contestó el teléfono antes del tercer repique, lo escuchó por un momento y sin decir palabra, lo colgó tan cuidadosamente que el clic apenas se oyó. Pero el secreto no pasó desapercibido para Adriana quien le preguntó quién había llamado, y él solamente le explicó que era un número equivocado. La equivocación pasó hasta la tercera vez que se repitió todo el episodio de cuatro actos: levantar el auricular, oír, callar y ponerlo en el aparato, entonces Adriana no aguantó más la curiosidad y se vino a interrogarlo más formalmente, y cuadrándosele al frente como si fuera un agente de policía le miró a los ojos y le repitió la pregunta clara y decisivamente: ¿quién era, Ubaldo?

Otra vez, Adriana le había acorralado en la propia sala, y Ubaldo sintió que más que contra la pared de la estrecha habitación, estaba contra la pared de su secreto y no tuvo más que explotar en llanto y clavarle la cabeza en el pecho y declararle que no reconocía a la persona que le habló ni sabía de qué le estaban hablando, en otras palabras, que no tenía recolección de lo que le habían preguntado, y que fue cuando ella le habló que empezó a acordarse apenas de que él se llamaba Ubaldo, y estaban en su casa, pero de ahí, más nada. En pocas palabras, le confesó que parecía que todo se le había olvidado.

¿Pero es que perdiste la memoria, cómo, que no te acuerdas?, gritó Adriana mientras lo retiraba de su regazo tomándole por los hombros para mirarlo a mejor distancia. ¿Cómo es eso de que perdiste la memoria, Ubaldo, o sea que ni sabes quién eres tú ni sabes quién soy yo?

La habitación era pequeña, tanto como para no tener dónde refugiarse y con una sola puerta. No había escapatoria, ni del interrogatorio ni de la realidad que ella quería hacerle ver a Ubaldo.

No, no es así, le dijo Ubaldo secándose las lágrimas como un niño que se siente regañado por su madre. Es que cuando preguntaron por Ubaldo se me hizo un blanco en la mente y no supe quién era Ubaldo hasta después que colgué que hasta me pareció que estaba hablando con una persona que conocía pero no me acordaba quién era, y fue cuando tú me llamaste y me preguntaste que quién había llamado, entonces caí en cuenta de que yo era ese Ubaldo.

La sinceridad de Ubaldo le ayudó a que ella entrara en otro modo de ver las cosas, aunque no menos optimista que antes pues le saltó con otra serie de preguntas, más sobre ella que sobre él, como para asegurarse que la relación matrimonial aún seguía tan presente en la memoria de Ubaldo como en la de ella, pero no lo salvó de que continuara el interrogatorio.

Le pidió que empezara por el principio, o sea desde cuándo se acordaba que no se acordaba de nada, le dijo, porque tenía que acordarse de algo o de qué había dejado de acordarse, o empezado a olvidarse, o que le explicara de qué era lo que se había olvidado, o si tenía algo más olvidado que otra cosa, o medio olvidado, pues en ese caso solamente tendría que acordarse de lo que le quedaba en la memoria y no de toda la memoria, si era que algo le quedaba no la fuera a haber vaciado como si fuera un saco roto, tal vez sin darse cuenta que tiene un hueco, que aunque minúsculo, deja escapar un hilo, sin prisa pero sin pausa, que va mermando hasta que ya no queda nada.

¡Cuéntame todo, Ubaldo!, le ordenó otra vez, mientras lo terminó de empujar para asegurarlo en la poltrona donde ella lo acorraló entre su pecho y el espaldar de terciopelo gris de la silla que solamente se reservaba para las visitas que casi nunca venían, o al menos desde hacía mucho tiempo, sin dejarle espacio para que su memoria siguiera divagando involuntariamente de lo que ella suponía que le quedaba. Y en seguida, continuó, aunque siendo esta vez más precisa: cuéntame entonces de lo último que te acuerdas puesto que de algo te tendrás que acordar.

No puedo, porque ya se me olvidó, le dijo Ubaldo entre sollozos.

¿Cómo se te puede olvidar algo que hiciste hace dos minutos?, le increpó la investigadora.

¿Se me olvidó qué?, le preguntó él.

¡Que hablaste por teléfono!, le dijo casi gritando aunque de inmediato bajó la voz a casi un decibel y preguntarle que si aún sabía quién era ella.

Sí, le aseguró, eso no se me ha olvidado, le aseguró Ubaldo. Por supuesto que tú no te me has olvidado, tú eres Adriana, mi Adriana.

Menos mal, gracias a Dios, le respondió ella dejándose caer en el espaldar de su silla donde aspiró profundamente, pero no por mucho tiempo, porque antes de terminar de inflarse Ubaldo dijo, en voz tan baja como la que ella había usado para dejar escapar solamente,…aunque…

Y en eso, como si se hubiera ahogado con un vaso de agua, Adriana interrumpió su inhalación con un chillido que Ubaldo sintió que lo volvía a pegar como una estampilla contra el espaldar de terciopelo de la poltrona gris que se reservaba para las visitas que casi nunca venían, para gritar de nuevo, ¿qué?, ¿aunque, qué? ¡Explícate!

Aunque…, dijo Ubaldo con vez tan trémula como entrecortada por el jadeo de su llanto, que sí la reconocía aunque había olvidado muchas cosas, y por eso ahora sí sabía exactamente que estaba confundido, o mejor dicho, que muchas cosas se le habían olvidado.

¿Confundido de qué?, volvió a gritar Adriana. ¿De mí?, dijo al juntarse las puntas de sus dedos en el medio de su pecho. ¿Qué tantas cosas se te pueden haber olvidado? ¿Es por eso que olvidas todo, o casi todo?

Pues será, dijo ella contestándose a sí misma con la certidumbre que seguramente sentía que estaba siendo relegada por una realidad que no había sentido desde que había empezado la conversación. Y continuó: porque es que siento que hay cosas que no están claras. Me estoy sintiendo que estoy sola porque todo está distante, porque has estado distante y ahora te acercas, y eso me confunde. Me da miedo. Y diciendo esto volteó a ver la ventana que daba al jardín.

Ubaldo continuó sin inmutarse ni cambiar el tono de voz para preguntarle que de qué tenía miedo.

Por ti, Ubaldo, es que tengo miedo. No es por mí, le dijo, porque eres tú quien está perdiendo la memoria, y si ya has perdido algo de ella, quiere decir que la seguirás perdiendo hasta que quedes como un papel en blanco, sin ni siquiera saber quién eres, ni dónde estás, ni de dónde vienes ni para dónde vas, ¿entiendes?, y por supuesto, entonces tampoco sabrás quién soy yo, ni quiénes son tus hijos, ni nadie, le dijo en un repentino cambio de actitud hacia uno de aparente comprensión y no de confrontación.

Por eso será que de pronto siento, le explicó Adriana en tono amigable, que sé que estoy en mi casa, y de pronto no, porque no estás aquí. Que llego y me voy hacia otro sitio que no sé dónde está, ni qué hago allí, y que estoy sola allá, completamente sola, pero eso también tiene sus ventajas, le explicó mirándole los ojos, porque uno no tiene qué disimular, ni pretender, porque uno no conoce a nadie, entonces a una no le importa lo que la gente diga, ni qué piensen los demás, ni ellos le preguntan a una por explicaciones, o por aclaratorias, ni nada, entonces uno es libre, y camina, sin rumbo porque no se acuerda, o no sabe, para dónde va, y por lo tanto de dónde viene, y por eso, que nadie lo está esperando, entonces nadie le va recriminar nada. Uno es libre, le dijo subiendo el tono de la voz y abanicando los brazos, para enseguida bajarla y decir, aunque tampoco disfrute plenamente porque una anda sola, completamente sola.

Así me siento yo también cuando pierdo la memoria, dijo Ubaldo.

¿Y eres feliz así?, le preguntó ella con más miedo que curiosidad.

No sé, y si lo supe, no me acuerdo. Sólo que es distinto a esto, le dijo sin explicarle qué quería decir con “esto”.

Entonces sí tiene su lado bueno eso de que no te acuerdes si eso allá, dijo ella apuntando con la vista hacia algún punto lejano, es bueno. ¿Será mejor que aquí? ¿Qué crees tú, Ubaldo?

¿Por qué?, le preguntó él con candidez, tomándola por los hombros y recostándola a la silla de madera donde ella estaba sentada. Yo me siento bien aquí, contigo, le dijo.

Bueno…, dijo ella tratando de buscar en la mente lo que quería responder, porque cuando me dices eso me haces sentir mejor, que esto no es tan malo como para que te vayas hacia ese mundo desconocido donde te has estado refugiando… de la realidad, quiero decir, porque cuando regresas, me gusta que estés aquí conmigo. Esa es mi realidad, aunque no entienda la tuya.

¿Realidad?, preguntó decisivamente Ubaldo, ¿esa realidad de un mundo que no existe sino en la mente y entonces tal vez uno lo hace tan real para uno que lo suplanta por éste, entonces aquél se le vuelve real y éste irreal? ¿Es eso lo que quieres decir?

Sí, sí, contestó ávidamente ella, porque sabía que Ubaldo siempre tenía una gran facilidad para expresarse y lo que a ella le daba temor, por no decir lástima consigo misma, era darse cuenta que a ella se le hacía más difícil hacerlo, y por eso, en cierta forma, sentía que ella no estaba a la par de él, y por eso había sentido que Ubaldo se había venido alejando de ella, pero ella no lo quería admitir a pesar de que había visto venir a la situación, poco a poco, un tanto inevitable y lentamente, como quien supone que hay lluvia en el horizonte porque ve nubarrones y no tiene más remedio que esperar que llegue.

En ese instante de silencio, Ubaldo retomó la palabra para decirle que él siempre la había querido, a pesar de que él hubiera tenido lapsos mentales donde se alejaba, y ella le confesó que aunque ella no los había notado en un principio, ahora que se habían hecho más pronunciados y no los podía ocultar, que ella  tenía que hacer lo posible por acercarse a él y llevarlo a la realidad de la vida de ambos, empezando por ubicarse en el mundo donde ellos vivían, pero los dos juntos, y recordar el pasado para armar el futuro.

Ubaldo le tomó las manos y las envolvió en las suyas, como un amante que busca un beso, y la miró en los ojos que ella había bajado para no mostrar su rubor, algo que ella no podía evitar al final de sus conversaciones, con una sonrisa infantil, de la esposa que siempre está tan presente como siempre estuvo, con una aspiración que la llenaba de descanso, del regocijo de haberse encontrado después de haberse separado, de volver a tener después que se ha perdido, y cuando la besó en la frente ella le miró a los ojos y le dijo Ubaldo, estás aquí, yo lo sé porque te siento aquí, y se puso la mano derecha en el centro de su pecho mientras con la izquierda le apretaba la de él. Entonces él le dijo, sí, yo siempre he estado aquí contigo, así como tú siempre has estado conmigo, y ella dejó caer los hombros y empezó a respirar sin apuro y cerró los ojos. Después de un rato, Ubaldo se levantó de la silla y la dejó a ella sentada en la suya, durmiendo. Caminó hacia la puerta y salió, cerrándola detrás de sí.

¿Cómo ve hoy a su mamá, señor Reinaldo?, le preguntó el médico que estaba afuera.

Está mejor, gracias. Siempre creyendo que es mi papá quien la visita, pero ahora está tranquila. Y Reinaldo se alejó caminando por el largo corredor. 

Foro por Berthold Werner,  Own work, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.