En la memoria de los europeos y especialmente de la Santa Sede estaba todavía muy clara la pérdida de Constantinopla a manos de Mehmed II, el sultán que le había arrebatado apenas siglo y medio antes, la perla del oriente bizantino y cristiano, arrasando no solo con los tesoros materiales sino los espirituales del cristianismo y toda la herencia helénica y romana, por lo que no fue difícil convencer al monarca español que colaborara en la mayor empresa militar que se fraguara en Europa desde las Cruzadas. Su Santidad Pío V le había solicitado al rey de España Felipe II, que nombrara a su hermanastro, don Juan de Austria, comandante de la flota de la Santa Alianza que se armaría contra los turcos que estaban presionando directamente a la península italiana desde la isla de Chipre, que era parte de la república de Venecia. Para el Rey este pedimento era tanto una cuestión de honor personal como político el que el propio Papa le solicitara que un español se colocara al mando de la flota y las tropas que se responsabilizarían por la defensa de la religión y la integridad política de Europa, aunque éstas se debatieran entre católicos y protestantes, y le aseguró que España dispondría de tantos soldados y galeras como fuera posible, pues en ese momento, Venecia, que rivalizaba en poderío naval con los españoles, no se podía enfrentar sola contra ellos, menos aún después de haber sufrido dos derrotas consecutivas a manos de la flota turca ese menos de un siglo.
Pío V sabía que más que un esfuerzo económico y otro militar se necesitaría un gran esfuerzo político para congregar la voluntad necesaria para enfrentarse a los mahometanos, que por varias generaciones venía alcanzando grandes victorias en Europa desde la época de Carlos Martel, hacía casi un milenio, cuando habían sido detenidos en los Pirineos y se habían quedado en España. Pero ahora, a casi un siglo que los hubieran sacado de España, la situación podría ser distinta, argumentaron los estrategas europeos y la solución estaría en la destrucción de la flota turca en una gran batalla que decidiera la suerte de Europa. El Papa comenzó apelando a la seguridad de Europa, lo cual era evidente, y al enfrentamiento contra los mahometanos con el mismo sentido de las Cruzadas, para lo que organizó su propia flota de barcos y soldados mercenarios, pero sobre todo, en lo que el Pontífice más confiaba, era, naturalmente, en que se necesitaría un milagro religioso que él confiaría al poder de la oración, para lo cual había organizado grupos que se reunían diariamente a rezar el rosario en las iglesias de Roma.
Las otras repúblicas aliadas a Roma dispusieron también de flotas y soldados para emprender lo que sería un eventual enfrentamiento a la flota turca, el arma más eficaz con que contaba el imperio otomano que cada vez lograba más victorias navales e incursionaba más en territorio europeo Y así, don Juan, con solo 25 años de edad, se preparó para comandar la flota de la Alianza y enfrentarse a la flota turca que estaba anclada al sur de Grecia en su base de Lepanto. Luego de la designación de don Juan, el Pontífice se comunicó en él directamente haciéndole llegar a través del cardenal Granvalla un pliego con la imagen de la Guadalupe, que a su vez él entregó a Giovanni Andrea Doria antes de la batalla como un símbolo de aprecio y confianza personales.
Entre junio y agosto de 1571 la Alianza reunió en Sicilia algo más de 200 galeras y seis galeazas, con casi 13.000 marinos y más de 28.000 soldados entre veteranos Tercios españoles, alemanes y venecianos y mercenarios italianos. Don Juan llegó el 23 de agosto a Mesina, y desde allí preparó la disposición de la Flota: Al frente y al centro estaría don Juan, flanqueado por dos escuadras, la de Agostino Barbarigo a la izquierda y la de Doria a la derecha. En la retaguardia estarían los españoles Juan de Bazán y Joan de Cardona. En la galeaza Marquesa, perdido entre la multitud de soldados, estaba otro español totalmente desconocido, Miguel de Cervantes Saavedra, quien con seguridad estaría rezando para no caer otra vez en manos de los mahometanos.
La flota de la Alianza se dirigió al Golfo de Patras sabiendo que las naves otomanas estaban cerca de Corfú en el Golfo de Corinto, en una estrecha zona rodeada de altas tierras circunvecinas desde donde los vigías de ambos ejércitos vigilaban las posiciones de las naves enemigas. En esa estrecha zona, y cada quien sabiendo donde estaba su enemigo, los comandantes iniciaron el movimiento de alineación. Entrada la mañana, con el sol de frente y en vista de que el viento estaba en contra de la flota de la Alianza desde la mañana, don Juan pidió que todos se juntaran para rezarle a la Virgen. Momentos después el viento cambió a su favor, interpretando esto como una señal divina de que la victoria sería de ellos.
Pronto, la galera Sultana de Alí Pachá, el comandante turco, se adelantó e izó su enorme pendón verde con la luna blanca y lanzó el cañonazo del desafío que le fue contestado inmediatamente por un doble cañonazo desde la Real, en señal de aceptación, que había izado el pendón blanco con rojo de los españoles. En el calor del mediodía las galeazas tomaron la delantera de la escuadra. Ellas tenían como objetivo rodear a las galeras turcas y hostigarlas hasta destruirlas, algo que para ese momento consistía en una novísima maniobra para la cual los mahometanos no estaban preparados.
En el primer encuentro las ligeras galeazas hundieron varias galeras turcas y penetraron las filas enemigas causando graves destrozos lo que causó una conmoción entre la formación central enemiga donde se encontraba el grueso de los batallones de Jenízaros que cuidaban a Alí Pachá. La capacidad destructiva de las galeazas residía en que poseían una velocidad y poder de fuego sorprendentes ante las cuales las grandes galeras poco podían evitar. La batalla había comenzado.
Al poco tiempo, varias galeras turcas pudieron penetrar el flanco de Barbarigo quien murió de un flechazo produciendo el natural desconcierto entre su grupo, mientras que el flanco de Doria también fue casi destrozado por los turcos sufriendo éste una gran pérdida de su flota. Cuentan que en medio de la batalla Doria corrió hacia su camarote y arrodillado frente a la imagen de la Guadalupe que le había regalado don Juan, la misma que le había enviado el Papa, le pidió que los salvara de una derrota inminente.
La escuadra del centro comandada por Juan de Austria también empezó a ser dañada por el decidido ataque frontal de Alí Pachá hasta que en una rápida maniobra de reacción de Álvaro de Bazán y Joan de Cardona desde la retaguardia, surtió efecto proporcionándole el refuerzo necesario para resistir al punto que la galera de Alí Pachá fue abordada y éste hecho prisionero y decapitado inmediatamente. Por orden de don Juan, la cabeza de Alí Pachá fue puesta en una pica y enseñada a los turcos desde la Real, quienes tomaron la acción como una señal del fin de la batalla. A las cuatro de la tarde los turcos se batieron en retirada dejando una estela de muertos flotando en el mar en medio de casi todas sus galeras destruidas. El resultado fue la batalla naval más grande de los europeos desde Actium, porque el imperio otomano había perdido por primera vez toda su flota, algo de lo que nunca se recuperó.
Ese mismo día y a esa misma hora en Roma, según consta en los archivos del Vaticano, el Papa que había congregado a toda la Curia a rezar el rosario en la basílica de Santa María La Mayor por la salvación de Europa, se detuvo, corrió hacia una ventana y luego de mirar al sol le dijo a todos los presentes que había recibido la señal de la victoria. La noticia llegó a Roma varios días después confirmando la derrota otomana y el Papa se lo atribuyó al poder de la oración.
Europa había obtenido una victoria decisiva contra el imperio otomano a través de la batalla naval más grande del mundo en un milenio. En realidad, más que un milagro, había sido una serie de milagros que habían salvado a los europeos, católicos y protestantes, de la creencia de la supremacía militar de los turcos. Austria y Doria fueron aclamados como héroes, y Cervantes solo quedó manco de su mano izquierda. Europa se había salvado.
Poco podrían imaginarse varios de esos hombres ese día que luego pasarían juntos a la Historia por la puerta grande, y menos aun los que supieron que fueron varios los milagros que ocurrieron en Lepanto.
Pintor Desconocido – National Maritime Museum of London, Greenwich, photo: Χαράλαμπος Γκούβας, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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