Alonsa vivía de la repostería casera, es decir, de hacer y vender tortas desde su casa. Casi cuarenta años de haber aprendido el oficio en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad, y casi cuarenta años de haber estado haciendo tortas para vivir de ellos, era una venerable carrera que ella tenía en su haber y que le aseguraban una buena parte del mercado de la ciudad, por su fama bien ganada entre la gente de buen gusto y buen dinero, como le decía ella a sus clientes, que le encargaban desde una simple torta para comer de postre, hasta tortas de cumpleaños, primeras comuniones y, por supuesto, de matrimonio, de hasta cinco pisos, coronadas con los novios hechos de pastillaje, él de smoking negro, y ella de regio vestido largo blanco, bajo un portal de flores de azahar y azucenas, también de pastillaje, todo pintado a mano.
Como lo que había comenzado como un pasatiempo ayudando a una tía que hacía tortas, se le había convertido en una operación de hacer varios tortas al día, Alonsa había logrado convertir una operación muy simple en una muy compleja donde era capaz de hacer seis tortas al día para lo que utilizaba tres hornos y toda una batería de instrumentos especializados en la cocina que le había añadido a su casa para su empresa que parecía un taller de reparación de autos, de tantos aparatos, implementos y utensilios que llenaban tres mesas donde la ayudaban seis mujeres a operar la complicada tarea de convertir la harina, los huevos y el azúcar en manjares tanto para la vista como para el paladar, y dejar una impresión inolvidable en sus clientes, y ensamblar todo eso en un maravilloso pastel que no solo servía para ser el adorno principal de la fiesta, o para que todo el mundo se relamiera los cubiertos y pidiera más, hasta en una magnífica propaganda tan conocida como la Coca Cola, que hasta al revés que la pusieran, la gente la podía leer al derecho.
La venta era tanta que tenía que rechazar pedidos, ya que ella prefería no aumentar la producción antes que disminuir la calidad por hacer más tortas. Ni tampoco subía los precios, cosa que hubiera podido hacer debido a la creciente demanda, pero prefería que la clientela hiciera cola y se anotara con suficiente anticipación a bajar la calidad haciendo muchas tortas para satisfacer a todo el mundo. Eso lo sabía todo el mundo y por eso era catalogada como la mejor repostera de la ciudad.
Un día, la ayudante encargada de anotar los pedidos le presentó a Alonsa el siguiente problema: había venido el propio gobernador del estado para mandarle a hacer un torta de cumpleaños a su esposa, doña Catalina, quien cumpliría 60 años dentro de dos semanas, cuando todo el cupo ya estaba lleno, por lo que Alonsa se vio ante el dilema, porque ella era inflexible en eso de cumplir con sus clientes para que se respetaran mutuamente los pedidos y los pagos, que no sabía qué hacer, por lo que tuvo que llamar a consultar a su mejor amigo, el contabilista que ella tenía desde que había comenzado su negocio.
¡Por supuesto que tiene que complacer al Gobernador!, le dijo el contabilista, puesto que es una cuestión de pura política, y de paso, se la debe regalar, ya que usted no sabe qué favor necesita pedirle a él más adelante. Uno nunca sabe… le dijo el mago de las cifras que le ayudaba a disfrazar sus declaraciones diciéndoles que era un trabajo similar al que ella hacía con el pastillaje, para decorar sus tortas, por lo difícil y perfecto, por supuesto.
¿Quiere usted decir a estas alturas de la vida, don Atilio, que mis tortas son tan malas que tengo que engañar con la vista a mis clientes?, le saltó al paso Alonsa.
No, doña Alonsa, no, es que las cosas entran por los ojos, y lo que está debajo muchas veces poco importa si lo primero que impresiona es bello, usted sabe, como sus tortas.
Satisfecha con la explicación aunque no del todo, Alonsa prefirió aceptar la propuesta y hacer la torta. Lo de la decoración lo pensaría más adelante. Todo lo que se requeriría sería un reajuste al horario y ese día tendría que encajar la torta junto a la línea de ensamblaje, un término que ella había aprendido de leerlo en la prensa en referencia a las grandes fábricas de automóviles donde los autos, como los tortas, se iban haciendo y armando por partes hasta que al final, se veía el resultado.
Y el día del cumpleaños solo tuvo que levantarse más temprano que de costumbre para hacer un torta más, pero de último, le dijo a sus empleadas, porque esa lo voy a hacer yo misma. Y así fue.
De las seis tortas que tenía anotadas para ese día, añadió la del Gobernador. Mientras tanto, las otras tortas continuaban en ordenado desfiles el ensamblaje de la decoración: cuatro para cumpleaños y dos de bautizo. Cuando ya estaban casi terminadas las otras, salió la torta del gobernador del horno: grande, bella, olorosa y amarilla. La tomó en sus manos y una vez que se enfrió, ella misma la empezó a decorar.
Le puso un baño de fondant azul pálido con bordes de rosas amarillas pequeñas y muy pálidas. Para el tope tomó una muñeca que le había sobrado de un torta de matrimonio y pensó en colocarla en el medio del torta, de pie, y sentaría a al novio a su lado. Por supuesto que tendría que cambiarle la ropa a ambos, también de pastillaje, para hacerle una más casual y para ello le encomendó la tarea a una ayudante especializada en las decoraciones.
La torta quedó muy bonita, sobria y con la elegancia por lo simple. Todo estaba listo para las cinco de la tarde cuando la tenían que venir a buscar, pero lo inesperado ocurrió solo treinta minutos antes: a una de las ayudantes que transportaba la torta a la sala de espera, se le cayó de las manos, rodó por el piso y aterrizó contra la pata de una mesa. En pocas palabras, quedó vuelto pedazos.
La reacción de Alonsa fue inmediata: se desmayó.
Cuando volvió en sí luego de un haber recibido un par de vasos de agua fría en la cara y darse cuenta de lo que había sucedido, se levantó y dio tantos gritos que casi se quedó ronca. Luego de un té de jazmín reforzado con una dosis de ron para que le volviera el alma al cuerpo, se animó en ir a ver la torta, o lo que quedaba de ella que estaba puesto en una mesa de trabajo.
Cuando examinó la torta solo le quedó llorar porque pensó que de todas las tortas, por qué le había tenido que suceder precisamente a esa, además que era la primera vez que el gobernador le había encargado una, y precisamente, para su mujer. No pudo pensar más y como sentía que el corazón le iba a estallar, tuvo que irse a acostar.
Incumplido, como todos los políticos, el propio gobernador se presentó casi a las seis de la tarde, lo que le había dado tiempo a la mejor de sus ayudantes a organizar un nuevo torta para el cumpleaños que el gobernador quedó estupefacta cuando la vio.
Era media torta que habían armado de la mitad que sufrió menos en el accidente. La habían vuelto a decorar de la misma forma que la anterior, y habían puesto a los mismos muñecos, que no habían sufrido sino daños muy menores que pudieron ser remendados con nuevos emplastes de pastillaje tapados con pintura, pero esta vez el gobernador de pie y su esposa sentada, mirándolo, en una posición que podía interpretarse de muchas maneras, y el resto del tope se había llenado con treinta velas que invadían casi toda la superficie de la media torta.
El gobernador fue acercando con sigilo como si sus ojos no dieran crédito a la media torta hasta que pudo balbucear algo que comenzó con un ruido bajo: ¿qué es esto, qué locura es esta, es un mamarracho o una tomadura de pelo, o qué? Y el tono iba subiendo con los segundos hasta que preguntó con un grito, ¿y es que Alonsa se puso loca? ¿Quién ha visto media torta de cumpleaños?
La ayudante se le acercó al gobernador y le dijo en la forma más directa posible, gobernador, es que usted no entiende el significado del torta. Lo que se le quiere decir a su esposa es que ella en este momento está cumpliendo solamente treinta años. Eso es lo que está de moda.
El gobernador volteó a verla y con ojos risueños le dijo, ¿de moda? es verdad, ¿cómo no va ella querer cumplir treinta?
El Gobernador no pagó la torta porque le dijeron que era un regalo y así salió doblemente contento para la fiesta de medio cumpleaños de su esposa.
Cuando supo lo ocurrido, Alonsa se volvió a desmayar.

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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