Eso de venderle el alma al diablo lo había oído Honorio muchas veces, en expresiones, en chistes, en conversaciones, hasta en una película, y personas tanto cultas como incultas, pero no le había puesto mucha atención porque, en parte, creía que era solo una expresión, como tantas otras, y en caso de que hubiera sido verdad que el diablo se había llevado al que le vendía el alma, tampoco podía creerlo porque nunca se había comprobado. En la iglesia jamás se hablaba de eso, por lo tanto no le había puesto mucho interés a eso de saber cómo había sido la verdadera historia o sea el origen de lo que oía al respecto, hasta que un día que oyó de alguien decir que un señor que se había sacado el premio mayor de la lotería, o ese que llamaban el Gordo de Navidad, con todos los millones de pesetas que tenían tantos ceros que nadie podía saber en realidad cuántas eran, salvo que no tendría tiempo para gastarlas en esta vida, así, de un día para otro había quedado más tieso que un hueso. Entonces fue cuando empezó a pensar que tal vez era verdad lo que había oído en el autobús, que el premiado era un señor de quien decían que había hecho un pacto con Lucifer, y que le había llegado la hora de que el innombrable de los cuernos y cola lo hubiera venido a buscar porque el contrato había expirado, se le hubiera acabado o no la fortuna que le había concedido a cambio de su alma, y se tuvo que ir de este mundo de la mano del mismo Satanás. ¡Por idiota!, se dijo Honorio como una obvia conclusión, porque ¿quién lo mandó a firmar un contrato de vender el alma por dinero? Seguro que ni lo leyó. Se lo tiene merecido. Sin embargo, no pudo menos que pensar en lo que él creía que era una regla de la humanidad: ¿sería por eso que los millonarios nunca podían gastar sus fortunas? Entonces concluyó que los millonarios le vendían el alma al diablo, y tal vez esa era el origen de sus fortunas, lo que quería decir que para ser millonario había que venderle el alma al mismo Satanás, y desde ese día Honorio resolvió que investigaría sobre el tema, y para eso tendría que leer, algo que no era precisamente su fuerte, y alguien le recomendó que se fuera a una librería y hablara con el librero. Y así lo hizo.
Esa misma semana Honorio se fue a la librería “La Española”, un negocio pequeño, oscuro y lleno de polvo que inspiraba más lástima que ganas de leer pero muy bien situado a la vuelta de la Plaza del Caudillo. Había millones de libros descansando quién sabe cuántos años que nadie había tocado demostrados por el polvo acumulado que todos tenían, y cuando estaba por retirarse, sin ir buscando sino mirando, encontró al azar un libro llamado “La Trágica Historia del Doctor Fausto”.
Tenía la carátula en rojo sangre y grandes letras góticas en dorado que le atrajo de sobremanera, sin saber por qué. Grueso, con demasiadas páginas para su gusto por la lectura, lo abrió. Tenía algunas cuantas láminas que habían sido dibujadas con plumilla en negro sobre blanco, casi como siluetas, la primera de las cuales destacaba a un hombre de mediana edad en medio de un salón semioscuro, rodeado de frascos, botellas, pinzas, y tantas otras cosas que daban la apariencia de ser un científico encerrado en un salón donde trabajaba algo relacionado con la química o la medicina, como una disección, según se podía deducir de un esqueleto completo que guindaba por la cabeza desde un gancho que lo suspendía como si estuviera cansado de tanto estar allí, y muchas otras láminas a las que le hizo un pase rápido buscando más figuras, como la del mismo hombre caminando por una calle muy angosta con un gran bolso seguido por un perro negro, y de otras, donde estaba lleno de riquezas, y una casi al final del libro en la que se le había aparecido un ser de extraña figura que parecía que venía envuelto en una nube oscura mientras el doctor Fausto, si es que debía ser él, se recostaba asustado contra la pared como si quisiera huir de su destino.
Estaba ensimismado en la lectura cuando sintió que le tocaron el hombro y le habló una voz casi de ultratumba por su espalda que le preguntó si le gusta ese libro. El viejo le dijo por solo diez pesetas más le dejo éste, y al voltear vio a un viejo que se identificó como el librero, bajo, de cabeza blanca, con lentes encajados en una larga nariz aguileña que le dijo que había escogido bien, señalándole al libro que tenía en las manos al tiempo que le abrió un paño más sucio que limpio de color negro en el que reposaba un libro pequeño que decía en el lomo “Magia Negra”. Honorio, que no sabía cuál ver, si a su interlocutor o al libro, le preguntó con más miedo que vergüenza, ¿y usted cree que todo esto es verdad?, a lo que el viejo le dijo que absolutamente todo lo que allí estaba había sido verdad y seguía siendo verdad, como que usted y yo estamos parados el uno frente al otro. Es más, continuó el librero, solamente le quería recomendar un libro para que acompañara al que estaba hojeando. Honorio respiró profundamente y cuando recuperó la voz le volvió a preguntar que por qué tendría que comprarlo, a pesar de que el precio era ridículamente bajo, tanto menos que un pan salado, y el viejo le dijo que era porque los que compraban el primero, querían leer el segundo, y si no le gusta, me lo devuelve y ya.
Observa, le dijo el viejo, pasando el brazo estirado sobre los cajones de libros amontonados por doquier, unos sobre otros, llenos de polvo, sin ordenar, abiertos, cerrados, grandes, pequeños, de todos los colores, o de los que tuvieron algún color, y le dijo mirando a Honorio en los ojos directamente y tomándole la mano derecha le dijo: primero que todo, tienes que jurarme que guardarás este secreto y que no saldrá nunca de tu boca, a lo que Honorio asintió con un movimiento de su cabeza. Luego prosiguió el librero: esta es una librería distinta a todas las otras porque están todos los libros que la gente busca, solo que tienen encontrarlos ellos mismos, pero hay casos cuando es al revés, que los libros encuentran a los lectores, porque ellos saben que los están buscando. Ellos tienen vida si uno cree en ellos. Mira, le insistió el viejo, todo esto es mío porque yo hice un trato y me cambió la vida, y ahora soy feliz, porque ésta es mi felicidad. Ya viví lo que quería, ahora estoy cerrando mi capítulo y pronto me iré, aunque solo tengo que encontrar a quién dejarle esta librería. Tú sabes, porque uno no se puede llevar nada de este mundo. Honorio sentía que le corría un sudor frío por la espalda pero la curiosidad le vencía al miedo. El corazón le galopaba y las sienes se le hinchaban al compás. Se sintió envuelto en un trance hipnótico, en una atracción magnética con el viejo que se le acercó lo más que pudo a Honorio y cuando estuvo tan cerca que le olía su aliento a polvo, le dijo poniéndole el índice en el medio del pecho a Honorio: que ése era su caso, que el libro lo había encontrado a él porque sabía que lo que andaba buscando. Te lo debes llevar, cómpralo. ¡Espere!, le dijo Honorio convencido y picado por la curiosidad, déjeme llevarme los dos. Honorio le compró los dos libros y se fue a su casa.
Aunque solo era capaz de leer un par de páginas de periódico, Honorio quedó atrapado desde el principio en los detalles del libro sobre el doctor Fausto que relataba cómo había hecho un pacto con el diablo y éste le había hecho rico, y lo fue leyendo página por página y detallando las figuras por horas, entretenido como un niño. Apenas llegaba a su casa pasaba derecho a su habitación donde se instalaba a leer el libro hasta que su madre lo llamaba a comer, algo que él esperaba con la inevitabilidad y el entusiasmo de un presidario de su propio destino: solterón, pobre y trabajador, más por costumbre que por necesidad, en un almacén de abarrotes desde que tenía 16 años ya que no pudo pasar a la secundaria, pero donde había ido escalando desde mensajero hasta auxiliar de contabilidad, ya que lo poco que tenía en la cabeza para los números lo utilizaba para encasillar a los dígitos en columnas e hileras de todos los tamaños y todos los ceros que tenían las cantidades que solo aumentaban en libros pero no en la realidad de su dilapidado sueldo que apenas le alcanzaba para ellos dos y un gato, tan famélico como sus amos.
Era la España franquista, de una sociedad encerrada que solo podía mirar hacia adentro, recelosa del mundo exterior, monástica, inquisidora, con el espíritu de una vieja que solo se complacía en rezar el rosario de sus culpas, de los pecados que ni se podían cometer pero que se los preguntaban en los confesionarios para saber que no se les había olvidado ninguno. De cartujas, de guardias con tricornios negros, de penitentes, de soplones, de vestidos negros, de medias negras, de mangas largas, de velos negros, de hablar bajo, de radios y periódicos falangistas, de escasez de voluntades, de olvidar el pasado, de, literalmente, morir en silencio. Todo eso lo sentía Honorio, sin saber por qué, pero sin decírselo a su madre para que ésta no lo comentara, ni lo pensara siquiera, no fuera a creer que era culpa suya y se lo confesara al cura y éste al obispo y aquél al alcalde, y de allí a un militar, y así, no se sabía a quién más. Todo eso lo sabía, o lo creía, Honorio, y fue por eso que llegó a la conclusión que tenía que salir de ese pozo donde él estaba con el agua hasta el cuello, porque él apenas tenía edad para acordarse de lo que había sido antes de la Guerra Civil, y nada era así, y nada había quedado así, que ahora todo era distinto, pero peor. Solo sentía que el libro le había abierto la posibilidad de pactar una salida a todo aquello aunque tenía que seguir investigando, es decir, leyendo pero sin preguntar. Y lo hizo. Porque sabía, mejor dicho, tenía la intuición que podía engañar al diablo al llegar a un acuerdo si antes divisaba una salida. Tenía que haberla, sólo que había que encontrarla. Era cuestión de cómo más que de cuándo. Al menos por el momento. Era cuestión de inteligencia.
Honorio leyó sin descanso el libro hasta el final. Lo dejó pensativo, muy pensativo, si esa situación pudiera ser verdad, y si tal vez, al final del contrato, se podría zafar de éste. Se empezó a formular situaciones para cómo deshacer el contrato, quién sabe qué alegatos legales se podrían hacer, pero él no sabía nada de eso. Tal vez tendría que consultarle a un abogado, ¿pero a quién? No podía ocultar que su interés en el asunto había llegado hasta el punto máximo. Luego empezó a leer el segundo, y aunque parecía muy interesante porque era como un manual de distintas fórmulas para lograr cosas imposibles, como convertir a una cosa en otra, como el agua en vino y las piedras en pan, y muchas otras pero que requerían de saber sobre encantamientos y hechicería, algo que él sabía que estaba no solamente proscrito por el Gobierno y por la Iglesia, sino que era peligroso, pues, advertía el libro, que algunas cosas se podían revertir y causar daños no solo permanentes sino fatales, pues el libro detallaba cómo un hombre hizo una poción para quitarse la edad y terminó quitándose la vida. Hasta allí llegó Honorio, cuando se le enfrió la espalda. Sintió miedo, algo que en sí no había sentido mientras el leía el otro libro el cual lo había visto como si fuera una novela, y decidió volver a la librería para conversar más con el librero.
¿Tan pronto de vuelta?, le dijo el viejo aparentemente sorprendido porque, según él se habría leído el libro con demasiada rapidez. La verdad, le explicó Honorio, es que el primero sí lo leí todo, pero el de magia no lo terminé, ni siquiera llegué a la mitad, porque preferí preguntarle a usted, que si es verdad que es posible hacer ese arreglo, o contrato, o como se llame, dijo Honorio haciéndole una mueca con la cara y volteándole los ojos hacia donde el propio Mefistófeles se debería encontrar.
Por supuesto, le dijo el viejo, si es que me lo debí suponer, que no tendrías la paciencia para leer y seguir las instrucciones del libro de magia. Ese es un camino muy largo para conseguir las cosas. ¡Por supuesto que es más fácil hablar con él mismo!, dijo, mientras le hacía unas señas parecidas con la cara a las que Honorio le había hecho a él. Y continuó: aunque me imagino que quieres hacer un contrato muy general, como esos de que él te garantiza unos 25 años de placeres a cambio de tu alma, ¿no es verdad? aunque para eso no es preciso que él mismo venga pues yo me puedo encargar de eso.
¿De veras?, sí, algo así, le contestó Honorio con avidez en la voz, algo muy general, sin detalles, ya ambos sabemos lo que queremos, simple, así, él da y después yo le cumplo, ¿no es verdad?
Sí, exactamente así es. No hay letra chiquita, ni párrafos escondidos, ni se necesitan aclaratorias porque todo es muy claro. ¿Cuándo lo quieres firmar?
Mientras más antes mejor, dijo Honorio entusiasmado. ¿Lo podemos hacer ahora?
Está bien, dijo el viejo, si te esperas, creo que tengo un contrato en una gaveta para los que desean firmarlo aquí mismo. Hay muchos que lo solicitan, por eso hay tantos que están disfrutando la vida, mientras que hay otros que no. Y el viejo se fue y volvió en un par de minutos con un papel escrito a máquina. Estiró su dedo huesudo y le apuntó con una estilográfica que le ofreció y le dijo, firma aquí, y luego, pones una gota de tu sangre, tú sabes, es sólo para darle garantía que sí lo cumplirás. Honorio lo firmó sin leer, y luego se pinchó el dedo con un alfiler que le dio el viejo y puso una gota sobre el papel.
¡Listo!, le dijo el viejo, tomó el papel y lo dobló. Ahora te vas para tu casa y tu vida va a cambiar de inmediato. Disfruta, que el tiempo pasa volando.
Honorio regresó a su casa y esa noche utilizó los pocos ahorros que tenía en una caja de zapatos que guardaba en un hueco de la pared del fondo de su casa, y se fue a comer a una fonda hasta que regresó a altas horas de la noche con tantas copas en la cabeza que no podía encontrar la casa. Finalmente, cuando trató de abrir la puerta, se percató que no había traído la llave y tocó el portón hasta que le sangraron los nudillos, pero su madre no contestó. Le gritó y no tuvo respuesta, hasta que no le quedó más remedio que irse a dormir en un banco de la plaza hasta que el policía le despertó ese otro día diciéndole que se levantara porque había venido a arrestarle.
¿Cómo?, dijo Honorio, aturdido por la forma como le había interrumpido el profundo sueño el policía, ¿arrestarme por dormir en la plaza? No, le dijo el guardia, por asesino.
¿Asesino?, ¿de quién? Dijo Honorio desplegando todo lo que le dieron sus ojos mientras miraba hacia su alrededor a la turba que había llegado con el policía.
Pues de tu propia madre, mal nacido, dijo el policía sin que le temblara la voz.
La turba se hacía más grande con los minutos y se empezaban a oír murmullos que fueron creciendo hasta llegar a gritos de “asesino”, “que te lleven preso, asesino”, y de pronto una señora se acercó interponiéndose entre el policía y Honorio y le dio una cachetada a Honorio que lo sentó en el banco donde había dormido. ¡Maldito!, le gritó la mujer, ¡no hay nada peor que matar a su propia madre! ¡Al garrote!, se oyeron gritos de la turba. ¡Sí, al garrote!, corearon, ¡al garrote!, y la turba se abalanzó sobre Honorio y le agarró por los brazos, le dieron un empujón al policía y arrastraron a Honorio por la plaza. La turba crecía más y más gritos se oían de la enardecida multitud que lo llevaban como si fuera un saco de papas, arrastrado, tomado de los pelos, a escupitajos, improperios, hasta que llegó un pelotón de Guardias Civiles que lo rescató de la multitud para llevarle a la Jefatura Civil donde lo encerraron en una celda solo porque los otros reos ofrecieron con matarle a puntapiés.
Honorio no acababa de entender qué era lo que estaba pasando. Se había pasado de tragos, se había dormido en la plaza, lo había despertado un policía diciéndole que él había matado a su madre y ahora estaba preso acusado de homicidio. Todo eso no podía ser sino una pesadilla porque nada de eso era verdad. ¿Cómo podía él haber asesinado a su madre si ni siquiera había estado en la casa toda la noche? La había dejado con vida, pero no se le ocurría cómo probarlo. Tenía que haber una explicación lógica para todo ese enredo, pero la cabeza de daba vueltas, con hambre, aturdido, golpeado, asustado, acorralado. Todo esto no podía ser verdad.
Al siguiente día fue pasado a un juez que le indicó que debería quedarse arrestado hasta que el homicidio quedara aclarado por la policía, y eso podría tardar cierto tiempo, indefinido, por supuesto, por lo que tuvo que regresar al calabozo de confinamiento solitario. Había suficientes indicios, según dijo el juez: las manos ensangrentadas, los gritos que oyeron los vecinos esa noche, los supuestos efectos de la borrachera, el dinero que había gastado en la fonda. Para Honorio, todo aquello era incomprensible, y no tenía a nadie a quién preguntarle algo porque hasta el abogado de oficio que le acompañó ante el juez, ni le quería hablar con él por considerarlo un ser despreciable e indigno de perdón. Honorio sintió que el cadalso estaba cada vez más cerca y no pudo menos que imaginarse cómo se iba a asfixiar lentamente cuando le aplicaran el garrote.
Varios meses después, le vinieron a buscar notificándole que las investigaciones policiales habían terminado y que aunque no habían encontrado al asesino, estaba libre de culpa porque determinaron que él no estaba en su casa a la hora de la muerte de su madre. El forense dijo que ella había muerto mucho antes de él saliera de la fonda. Era libre y se podía ir a su casa. Su causa había sido atendida por un abogado que se ofreció para hacerlo y debía ir allá a hablar con él ese mismo día para que arreglaran los trámites legales de todo ese embrollo.
Acto seguido, al salir de la cárcel se dirigió a las oficinas del abogado que había concluido el caso. Éste era un hombre de mediana edad que le explicó cómo se había desarrollado la situación: le dijo que la noche del asesinato, el asesino lo vio derrochando dinero en la fonda y supuso que en la casa habría más dinero. Aprovechando la distracción de Honorio entre los tragos, la música y las mujeres, se fue hasta la casa de Honorio y al encontrarse con la madre de éste, la obligó a que le diera dinero, pero como ella no sabía nada de dinero, nada le pudo dar, y por eso la mató. Esa noche Honorio no regresó a la casa, se quedó afuera hasta que lo encontró el policía, y de allí comenzó todo ese calvario hasta este día cuando había sido liberado. Todo eso había sido el caso que el abogado presentó para liberar a Honorio.
Gracias, le dijo Honorio, pero ahora estoy peor que antes, sin madre, sin casa, sin trabajo y sin dinero. Estoy en la calle porque no tengo nada, ni siquiera con qué pagarle.
¿Pagarme? ¿Cómo, no sabe lo que su madre le dejó?
No, dijo Honorio totalmente convencido de su respuesta. ¿Y qué me puede haber dejado que ni la casa era nuestra?
¡Pues solamente diez millones de pesetas!, le dijo el abogado con una sonrisa socarrona.
Honorio no supo qué contestar. Se había quedado sin habla, hasta que balbuceó… diez millones de pesetas… como si las masticara una a una, ¿y de dónde pudo haberlas sacado?, le preguntó al letrado.
De un seguro de vida que tenía desde hacía cinco años, pagando solamente diez pesetas al mes. Así que usted ahora es millonario, señor Honorio. Ahora es libre y con mucho dinero.
¿Y cuándo me las dan?, preguntó Honorio como un niño que pregunta por un dulce.
Cuando usted las quiera, son suyas. Si usted me autoriza, yo se las reclamo y en un par de días usted las tendrá todas, una arriba de la otra en dinero contante y sonante. Sólo tiene que firmarme el poder.
Honorio firmó el poder y un par de días más tarde pasó por la oficina del abogado a recoger la orden de depósito en el banco. ¿Podemos ir ya?, le preguntó al abogado, aunque antes quisiera consultarle una situación que es muy interesante y tal vez usted me pueda ayudar a resolverla, porque no es fácil y usted parece un abogado honesto.
Por supuesto, don Honorio, gracias, le contestó el abogado que vestía rigurosamente de negro. Resolvamos una cosa primero y la otra después. Después habrá tiempo para hablar todo lo que quiera, y señalando el camino le dijo, cuando guste, y salieron hacia el banco. Al pasar frente a la librería, Honorio le pidió que entraran aunque fuera tan solo un momento pues aprovecharía para saludar al viejo y comentarle lo sucedido.
Una vez adentro, el abogado sorpresivamente tomó la palabra y le dijo que el viejo ya no estaba y ya sabía lo del dinero. Y continuó: ahora le toca a usted su turno, cumplir con su parte del contrato: usted recibió su dinero como dice la primera cláusula, ahora solo tiene que administrar la librería hasta que encuentre a otro administrador, ¿o no se acuerda de la segunda cláusula?
¿Segunda cláusula?, ¿Entonces, usted sabe lo del contrato?, le preguntó Honorio al abogado, nunca me imaginé que usted lo sabría, es más, que todo esto fuera parte del contrato. Bueno,… no, no lo leí, dijo Honorio bajando la cabeza.
Por supuesto que lo sé. Yo soy el abogado que hace los contratos. Nadie lee los contratos, si lo hicieran, el mundo sería distinto, tal vez no existirían los abogados, dijo en medio de una carcajada. ¿De dónde se cree usted que le sale la suerte a la gente para ganarse millones en la lotería o en los negocios si no hay gente dispuesta a venderle el alma al diablo?
Honorio no supo qué responder.
Usted fue un cliente fácil de complacer pues solo quería dinero sin preocupaciones; otros en cambio quieren fama, belleza, poder, reconocimiento, allí están los artistas, las mujeres, los políticos, los religiosos, las viudas, en fin, hay de todo para todos. Todos tienen un precio, y yo lo pago. Yo hago los contratos, unos los leen y otros no, y al final, todos firman. Es un trueque, si usted quiere verlo así.
Honorio se dejó caer en la silla, tomó el contrato y se puso a leerlo con detenimiento, pero cuando iba a pasar a la segunda página los ojos se le cerraron. El abogado caminó hasta la puerta y desde allá se volteó y le dijo, ya sabe, tiene que atender la librería todos los días, sin falta hasta que regrese, don Honorio. Los contratos y la chequera están en la gaveta.
Honorio estaba tan profundamente dormido soñando con lo que iba a hacer con el dinero que le iban a dar, que no notó que el abogado sencillamente se desvaneció antes de salir de la librería.

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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