Si de alguna forma se podía definir la vida de Enrique y Lola era que había sido complementaria y rutinaria, no tanto por la forma como la repetían todos los días sino porque el destino les había hecho convivir compartiendo su pequeño espacio de la vida, al punto que el uno sin el otro no funcionaban. Parecía que se adivinaban el pensamiento y cuando uno iba a hacer algo, el otro se le adelantaba, bueno, es decir,  eso era antes porque ahora, Enrique se adelantaba casi todo el tiempo porque Lola, la pobre, era más lo que vivía en su mundo, ausente, pero esto lo entendía Enrique, sobre todo después del accidente que la había dejado postrada y que desde ese entonces fue cuando todo le cambió a ambos, porque aunque vivían juntos, como decía Enrique, ahora estaban juntos pero no revueltos. Habían sido como una máquina de dos partes, y tal vez por ser solamente de dos, la una no podía hacer nada sin la otra, o así creía Enrique. Y era una vida buena que Enrique vivía sin pensar más de la cuenta, sin hacerse complicaciones, donde la mayoría de las veces se complacía solo con verla que estaba unas veces a la distancia de sus sentimientos, o de su mano, de sus caricias, otras, distante como cualquier momento que no se detiene, como el deseo que no se materializa o como el instante que no se aprovecha, y en esa distancia, tal vez ambos encontraban la vivencia que necesitaban, ella por un lado y él, por otro. Pero es que ella entraba y salía cuando quería de la casa, a deshoras, y Enrique nada podía hacer. Lo sabía porque cuando él llegaba, casi nunca estaba allí, y él se había acostumbrado al vacío que ella le dejaba. Él, sencillamente pasaba a su habitación, y con toda la calma del mundo se preparaba un baño, a veces de ducha, otras veces en la bañera, tomándose todo el tiempo del mundo, porque sabía que nadie le estaba esperando. Sonaba el teléfono y muchas veces no lo contestaba, o tal vez sí, si estaba cerca, si le provocaba, si no estaba oyendo radio o algún disco, porque sentía que le interrumpían; o lo contestaba para decir monosílabos: sí, no, ajá, tal vez, cuando quieras, adiós, o lo levantaba y lo dejaba caer. Él pasaba todo el día en el trabajo, y ella, bueno, tal vez en la casa, tal vez paseando. Pero es que todo había cambiado con el accidente.

El accidente había sido, como todo accidente, inesperado, por supuesto, y más que accidente fue una tragedia porque les embargó a ambos por igual. Sucedió un día muy temprano por la mañana antes de irse al trabajo cuando vino corriendo un chico que vivía un par de casas más abajo y que conocía a Lola muy bien, que llegó tumbando la puerta para decirle que a Lola la había atropellado un auto y no se veía nada bien. Enrique quedó paralizado. Se le heló la sangre y casi no pudo reaccionar hasta un par de minutos después que le preguntó que dónde estaba. En la calle, le dijo haciendo una mueca con la cara lo que indicaba más o menos cómo era el panorama. Allí quedó, tirada a un lado de la acera, hay gente que la mira, pero nadie la quiere mover, y creo que tú debes ir, le insistió el chico.

No fue nada fácil para Enrique porque siempre había temido que algo así le sucediera, o peor aún, sabía que sucedería porque en el horóscopo del domingo le habían advertido sobre un evento desagradable a un ser querido. Se encontrará envuelto en tribulaciones y tendrá que enfrentar momentos desagradables como nunca antes los había resuelto, decía El País, en la sección del Suplemento Dominical en el apartado de Cáncer, su mes, en recuadro con todo y el alacrán que distinguía el mes de las estrellas de su mapa astrológico de donde él se confiaba fielmente en lo que le decía, y que según él no le fallaba, como cuando le dijo que se las vería con un abogado y él se rió pensando que no tenía nada pendiente con nadie y menos con la justicia, y le llegó aquella llamada de su primo Pascual que había venido de La Coruña  donde había estado estudiando para abogado, que no le veía desde que era niño, y que le confesó que estaba desempleado porque nunca se había graduado porque su padre no le quiso seguir pagando los estudios porque le dijo que era un atarantado, y había terminado metiéndose a cura para poder hacer algo en la vida, aunque también tuvo que abandonar el convento de los Carmelitas Descalzos porque no pasó de pasar de Hermano Lego, o sea, de cocinero, cosa que aborrecía, no tanto por el trabajo sino por la comida. O la otra vez, cuando el horóscopo le vaticinó que se encontraría con una persona que le quería mucho y que hacía tiempo que no venía y se le apareció la tía Lola, una vieja que tenía como 50 años que no veía, rogándole que le prestara dinero porque tenía que regresarse a Orense y no tenía cómo, y se lo tuvo que prestar para que no se quedara en la casa con él. Por supuesto, que no todo había sido negativo porque cuando conoció a Lola, eso también se lo advirtió el horóscopo diciéndole que alguien vendría a vivir con él a su casa y serían felices. Era infalible ese horóscopo, se decía Enrique, y no creerle, traía consecuencias abismales. Eso estaba comprobado, y esta nueva situación le había salido tal como si se la hubieran mandado a hacer a él, especialmente, quién sabe por qué, porque estaba convencido que él era una buena persona y no le había hecho mal a nadie, excepto al Gobierno, por no pagarle completo los impuestos que él mismo sabía esconder muy bien porque era contable, sin diploma, pero contable al fin, con más de treinta y ocho años en la profesión, llevándole las cuentas a muchísimas personas, pero sobre todo, a muchos negocios que dependían ciegamente de él para cuadrar su cuentas al fin del año fiscal porque los sabuesos del Gobierno se especializaban en perseguir a los negocios pequeños, porque los grandes, se las entendían directamente con los jefes grandes del Ministerio de Finanzas, si no lo sabría él que había estado trabajando allí por once años y una sola vez, cuando se le ocurrió denunciar a un gerente muy importante por intento de soborno, que le ofreció muchísimas pesetas para que le consiguiera una excepción de pago y pudiera pasar una mercancía por la aduana pagando solamente el 12 por ciento en vez del 21, como le correspondía por importar artículos de lujo porque los lentes eran de montura de oro y no de acero como quería el gerente que se lo anotaran en la declaración, sin saber que el gerente terminó arreglándose con el superintendente de la aduana directamente y costándole a él el cargo, pero era que él era una persona honrada que no podía aludir dislexia, como le había sugerido el mismo superintendente que hiciera para que si los descubrían, dijera que había escrito al revés los números y pasaran las cuarenta docenas de lentes por la aduana, y que terminaron pasando de todos modos, y él, en la calle, por honrado. Y volvió a acordarse del horóscopo que le había advertido su desgracia, pero qué podía hacer él si el mensaje no había sido claro, explícito. No era su culpa, pero ahora se sentía culpable de la pobre Lola, allí tirada en la calle, y así, rogándole a los santos por el camino, encomendándose a las benditas almas del Purgatorio, ofreciendo misas, rosarios, novenas y hasta una peregrinación a Santiago, con la cabeza revuelta de pensar en cuánto le saldría el numerito ése de Lola, siempre tan cabeza hueca, la pobre, pero hueca como un hueso seco, le costaría mucho, y en efecto, le costó todo lo que él nunca había querido gastar en médicos y en medicinas, atenido al horóscopo dominical de la página 42 que leía tan religiosamente como ir a misa cada domingo y hasta pensar, que si no lo hacía era como pecar por no ir a misa, pero peor, porque el castigo era inmediato, no como el infierno que estaba demasiado lejos y además había la oportunidad de arrepentirse con una buena confesión y unos cuantos padrenuestros que lo dejarían nuevecito. Pero saltarse el horóscopo era ya cuestión grave y lo acababa de comprobar.

La recuperación de Lola fue larga, penosa y cara. Enrique no sabía cuánto le había costado porque había preferido no sacar la cuenta, a pesar de que vivía sacando las cuentas por todo lo que consumía. Él era una caja registradora ambulante, se decía él mismo mirándose al espejo empañado del baño mientras se afeitaba, y lo único que le faltaba a su cabeza era sonar con un timbre cada vez que anotaba algo mentalmente. Todo lo procesaba en números de costos, es decir, sentía que tenía el cerebro partido en dos como un libro de contabilidad en la cabeza donde un lóbulo era el haber y el otro, el debe, y lo iba llevando todo el tiempo. Es más, podía abrir cuentas nuevas y cerrar las viejas, hacerse arqueos y auditorías a los que tenía que probarse si estaba en lo cierto porque en las noches, como no tenía nada qué hacer, iba conciliando el sueño mientras anotaba todo lo que se acordaba en su Libro de Contabilidad Universal, como él se llamaba a sí mismo, en el que anotaba todo, absolutamente todo, y no se equivocaba.

Cuando comía, empezaba por sacar la cuenta de cuánto le había costado cada cosa que se había comido, más la cocción, el transporte, el agua y la electricidad. Con cada bocado hacía una cuenta y la sumaba y restaba con una habilidad asombrosa. Era inevitable, porque desde que era un niño en la escuela lo hacía y por eso se había destacado siempre en matemáticas, su materia preferida. Estaba totalmente convencido que tenía un ancestro árabe, tal vez así como Averroes, o alguien de ese calibre, aunque preferiblemente cristiano a musulmán, de quien había adquirido esa habilidad para llevar todo a números. Era una maravilla en álgebra; se sabía las raíces cuadradas de los primeros 200 números y los logaritmos hasta cuatro decimales. Se sabía la tabla de multiplicar hasta el 25 y podía sumar y restar mentalmente columnas de seis números mirando al techo como si los estuviera viendo escritos. La única vez que se ganó algo que valiera la pena en su vida fue cuando fue al programa de la Radio Nacional de España llamado La Magia de Los Números, donde se ganó el primer premio de 2.000.000 de pesetas, pero con la mala suerte que todos sus acreedores le estaban oyendo y se le presentaron al trabajo al siguiente día a cobrarle las cuentas atrasadas, más los adulantes y los familiares que le terminaron de raspar la última perra del pote donde había escondido el efectivo del premio que solo le duró un par de meses y del que no disfrutó nada. Quedó como antes: sin nada, pero con enemigos por los que sintieron que debió haberles regalado o prestado dinero.

Y cuando andaba en la calle, era lo mismo: iba sumando los números de las casas en la medida que caminaba; miraba los restaurantes donde él no entraba y sacaba la cuenta de cuánto gastaban los demás. Les sacaba la cuenta de lo que podría haberles costado la ropa, el auto, las joyas, y terminaba diciendo que si él hubiera tenido ese dinero, lo habría gastado mejor. Cuando sacaba las cuentas de contabilidad de sus clientes era peor porque veía la intimidad de la vida económica de sus clientes, y por supuesto, no podía sino sentir lo que él hubiera podido haber hecho con ese dinero, pero no lo tenía, porque los contables estaban en el escalafón más bajo de la cadena administrativa del mundo profesional, casi como los maestros, y a pesar de todo los que les ayudaba a esconder en los libros ocultos de la doble contabilidad que le llevaba a casi todo el mundo, nadie se acercaba a darle las gracias ni mucho menos a hacerle un regalo, aunque fuera un mísero vino de mesa o un turrón en Navidad. Por eso no sacó la cuenta del accidente de Lola, ni de las medicinas que tuvo que seguir tomando por meses y meses y que él mismo tenía que administrárselas en las comidas que él tenía que dárselas en cucharadas, engañándola al pulverizarle las pastillas para que no las sintiera y se las comiera sin chistar, y llevándola cargada por toda la casa porque por muchos meses no pudo caminar, ni salir más a la calle, por supuesto, aunque esa fue la mejor parte porque así le pudo controlar mejor la vida incontrolada que ella llevaba y a la que él nunca le había puesto freno ni reparo porque sabía que si lo hacía, se iría de la casa, y prefería su compañía a la soledad, porque la soledad era un castigo, le dijo una vez su madre, o alguien, o lo leyó en alguna parte, y él sabía que era absolutamente verdad. Pero la cuenta de la enfermedad de Lola, no la sacó sino que prefirió echarla a un reglón que no usaba muy a menudo: cuentas perdidas.

Desde que ella había llegado a su casa, por casualidad tal vez, así como si anduviera buscando una dirección, fue un cambio radical en su vida. Desde que la vio se prendó de su belleza, y por eso le ofreció que se quedara y le respetó su independencia. Por primera vez, desde hacía muchísimo tiempo, desde que vivía con su madre, se sintió que lo necesitaban, y por eso le dio albergue, sin interesarle de dónde venía, es más, nunca supo de dónde venía, ni lo quiso averiguar, ni lo podía saber porque tal vez, su principal virtud era que ella lo único que le comunicaba era lo que sus ojos le decían, pues en ellos estaba toda su expresión: grandes, negros, brillantes, inquisitivos, felinos, como una gitana, decía Enrique. La distancia y el silencio eran su gozo, porque para Enrique, el mundo de los contables existe en el silencio y la distancia del resto del mundo que sienten a su alrededor, y ella se lo daba todo el tiempo, y por eso, él la aceptó como ella era: silente y distante.

Poco a poco se fue recuperando Lola y Enrique, en cierta forma, sentía que en su recuperación ella estaba recobrando su independencia, y así fue. Para él, volver a su vida anterior al accidente, fue volver a sentirse relegado, pero él sabía que así iba a ser, pues ninguno de los dos podía cambiar, y esa fue su conclusión: como dijo Fausto, somos así.

Un buen día, o tal vez no tan bueno, Lola no volvió. Enrique la esperó hasta muy tarde, y no supo nada de ella. Se acostó y la extrañó en su cama, donde ella se había acostumbrado a dormir durante la recuperación, y él a sentirla a su lado. Pasó un par de días, y muy en la tarde, apareció Lola. Estaba estirada, un poco desaliñada, distinta, pero su semblante parecía alegre. Le hizo señas a Enrique que la siguiera, y juntos se fueron al ático, un sitio donde él no había estado en años, en esa casa donde había vivido desde hacía tiempos inmemorables. Poco podía ver por lo oscuro. Ella adelante y él detrás. Se fueron haciendo paso entre las telarañas, muebles arrumados y empolvados, hasta que ella se detuvo y le enseñó la razón de su desaparición: tenía cinco gatitos tan hermosos como ella.

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.