A mi amigo el Magistrado Jorge Rosell

Cuando llegué de la calle, lo primero que me dijeron en mi casa fue que la carta había llegado. La habíamos estado esperando desde hacía tanto tiempo que se me había olvidado que venía. Pero ya estaba aquí. Era un sobre muy impresionante, pues de un lado traía el escudo de la república en un repuje dorado en bajo relieve que sobresaltaba desde lo lejos pues parecía de oro puro. Del otro lado traía toda suerte de matasellos por dondequiera que había pasado y hasta la hora. Tenía tantos, que casi habían cubierto la dirección, y allí fue cuando me asaltaron las primeras sospechas del atraso: si el cartero no podía leer la dirección cabalmente, entonces, ¿cómo la iban a entregar?

La miramos por todos lados tratando de encontrar una forma, un punto, donde penetrarla sin hacerle daño al bellísimo sobre, hasta que finalmente, y luego de oír varias opiniones llegamos a la conclusión por dónde había que hacerlo y con qué. De la cocina me trajeron un filoso cuchillo y con la precisión de un cirujano vascular le hice una incisión a lo largo por la parte de arriba, para extraer el contenido, el cual tenía que ser de suma importancia, pues si concluíamos con la misma lógica de que por la maleta se conoce al pasajero, la carta que venía en un sobre de ese calibre, tenía que ser muy importante. Así, una vez extraída, se requirió que todo el mundo se sentara para oír la lectura del contenido.

Nos fuimos al comedor y como reunión empresarial, me senté en la cabecera, tomé la carta, me puse los bifocales y frente a mi audiencia impaciente comencé la lectura. La atención era absoluta y el suspenso como de película, y una vez que se leyó la carta, la cual era muy corta pero consistente, no tuvimos más que exhalar aquel momento de suspenso en el que la misiva nos había sumergido.

Era tan sencilla como bonita. Simple pero avasallante. Ligera pero contentiva del mensaje. Era como para mandarla a enmarcar y colgarla en la sala del recibidor para que la leyeran las visitas mientras las hacíamos esperar para darle tiempo a que la leyeran, como quien no lo hacía a propósito. Pero sabíamos que vendrían muchas personas a verla porque el cartero se había encargado de regar como pólvora la noticia y le había enseñado el sobre a todo el que se había encontrado a su paso.

Todos teníamos lágrimas en los ojos, especialmente yo, pues parecía más que una carta de referencia, una oración fúnebre, una elegía, como aquella de Pericles expresando su dolor ante los soldados que habían muerto en la guerra del Peloponeso. O como la de Marco Antonio, ante la muerte de Julio César, o la despedida de Sócrates ante los atenienses, una oración fúnebre como esas que le rezan a los muertos pero que éstos no pueden oír porque ya tienen la tierra encima y no le llegan las palabras de despedida. Así me sentía yo, como mirando a mis amigos allá arriba, a todos aquellos que habían venido a tirarme la última palada de tierra pero sin poderme decir que sentían mi partida. Era tan bella la carta, que al sentirnos llorar a todos, la perra de la casa se unió a nosotros aullando como una misma cristiana que también sentía igual. Me sentí importante, único, lejano pero querido.

Leímos y releímos la carta hasta aprendérnosla de memoria para recitársela a aquellos amigos que no podrían venir a la casa a leerla, y solo después de leída un centenar de veces fue cuando alguien se percató de un error que hubiera pasado como insignificante a no ser por donde se había cometido: habían cambiado el primer nombre, pero por lo demás, estaba perfecta. Pero eso no importaba: el magistrado me había retratado, por lo tanto, era para mí. Era un detalle sin importancia.

Pero allí comenzó el dilema: ¿qué se iba a hacer con ese detallito?, y empezó el contrapunteo de sugerencias: que era una equivocación, o un error de la secretaria; que se lo tachara, o que se lo borrara; que no se tocara sino que se lo escribiera encima, en fin, hubo no menos de una docena de opciones que se pusieron sobre el tapete hasta que entonces alguien se le ocurrió una proposición muy interesante: ¿qué pasaría si el magistrado no se hubiera equivocado sino que lo hizo a propósito y me había cambiado el nombre? ¿Pero, por qué?

No puedo negar que la pregunta me intrigó de sobremanera pues ése podría ser el meollo del asunto. La verdad era que esa posibilidad no se me había ocurrido y considerando la situación, lo más importante de ella era, no tanto que él me hubiera cambiado el nombre sino que como él era un Magistrado del Tribunal Supremo, después de él no había más apelaciones. En otras palabras, él decía la última palabra, y ¡ya! No había a quién apelar. Algo así como dijo Jesús en la cruz, consumatum est!

Y allí empecé yo a transitar por un camino enteramente diferente: ¿cómo iba a hacer yo para empezar una vida nueva con un nombre nuevo, sobre todo a estas alturas cuando el sol pegaba más por la espalda que por el frente?

En quien primero pensé fue en mi mamá. Tan vieja que estaba la pobre, cómo iba a afectarle que yo me presentara ahora con otro nombre. Para comenzar, cuando la llamara por teléfono para decírselo, porque no tendría valor de hacerlo personalmente, no iba a saber quién la estaba llamando, y entonces se lo achacaría a su senilidad o a que me había puesto loco. Entonces, no se lo podía decir por teléfono. Tendría que ir personalmente, pues esa era una de esas cosas que no se  pueden mandar a decir, como si fuera un recado. ¿Y cómo lo iba a tomar ella? Eso no lo podía adivinar, pero sí sabía que no iba a ser bien, porque si bien en la casa todos entendían la situación, para ella sería lo más cercano a abjurar al nombre de mi padre que él mismo me había puesto y que ya tenía más de treinta años de muerto, el mismo nombre de mi abuelo y el mismo que yo le había pasado a mi hijo. Pero la situación lo demandaba, pues “dura lex, sed lex”, dicen los magistrados, y el magistrado hablaba el lenguaje de la ley. Tenía que hacerlo, y cuanto más antes, mejor.

Y en el trabajo, me pregunté, en la calle, con todos mis conocidos, cómo iba a hacer para decirles que ahora me tendrían que llamar por otro nombre. Eso era así como una novela de espionaje donde el espía se cambiaba el nombre, excepto que aquí era peor porque me iba a tener que cambiar el nombre pero seguir tratando al mismo círculo de amistades, de compañeros de trabajo, de conocidos. Era algo así como decirles a todos, ¿se acuerdan de mi nombre?, pues olvídense de ése porque ahora tengo otro. Un genuino problema, por no decir lo que todo el mundo diría a mis espaldas: un genuino disparate.

De pronto, algo más me heló la sangre: ¡la cédula de identidad! Porque tener que sacar otra cédula era lo más cercano a pagar una penitencia sin fin. Ya no bastaría el aventón de costumbre o el esperado soborno al empleadillo de la puerta para saltar la cola que comenzaba a armarse desde bien temprano en la madrugada, sino que habría que apelar a una tarjeta de alguien muy importante, como la de un miembro del Congreso Nacional, o de un militar con varias estrellas, porque la situación requería medidas extremas.

Me sentía perdido, abrumado, desconsolado, confundido, atormentado, y sobre todo, asustado ante tantas cosas que tenía que hacer, desde los cambios legales hasta los cambios mentales. ¿Y cómo me iba a acostumbrar yo a contestar el teléfono con otro nombre, y qué le iba a decir la gente, que no se habían equivocado sino que ahora tenía otro nombre? Cosas de loco, me dije.

Yo sabía que tomaría tiempo, pues uno se acostumbra a todo. Se acostumbran los presos a estar en una celda. Se acostumbran las mujeres a caminar en zapatos de tacón alto. Se acostumbran los animales a hacer caso, a estar encerrados en una jaula. ¿Por qué iba yo a ser diferente? Aunque cuando me llamaran y no contestara, a que la gente creyera que me estaba poniendo sordo, o que me las daba de pretencioso o distraído, o por viejo, para que después creyeran que el asunto era de locura o senilidad. ¿Y qué salida tenía? Al final, ellos también tendrían que acostumbrarse.

Y seguía pensando en el problema, que cada vez se agrandaba más. El correo, los bancos, los créditos, el pasaporte, todos los documentos, los diplomas, y tantas cosas más, y hasta los sueños. En todo eso pensaba yo. Pensaba que si en los sueños también me seguirían llamando por el mismo nombre o me conocerían por el mismo. No sabía qué pensar. Porque entonces esos sueños se podrían convertir en pesadillas. Tendría que esperar hasta esta misma noche para averiguarlo.

Y finalmente, el golpe de gracia me saltó a la cabeza: para rezar. ¿Cómo iba a pedirle a Dios y los santos, con otro nombre, o les explicaría que me lo habían cambiado, tendría que decirles, “…este siervo tuyo, tú sabes, el que antes se llamaba así y ahora no…”, y se acordarían de todas las plegarias que tenía en reserva, de mis súplicas no contestadas todavía, de mis limosnas entregadas a cuenta de favores recibidos y por recibir, de sacrificios, de misas encargadas, agradecimientos y de las confesiones? No sabía. Mejor dicho, nadie sabía. Hasta las ánimas benditas entraban en ese paquete, por no mencionar al ánima de mi padre, a quien Dios tenga en gloria y me reconozca cuando le diga todo este embrollo, porque no me extrañaría que pensara que no me conoce, o sabiendo lo educado que era, que no se acuerde de mí, porque conociéndolo bien, va a preferir pasar por desmemoriado que ponerme de loco a mí, o decirme que me había equivocado de papá.

Bueno, la verdad es que todos estábamos contra la pared, porque cada quien enfrentaba su problema por su lado, y por decir lo menos, estábamos sin respuestas. Los hijos pensaban cómo iban a diseminar la noticia de que su papá ahora no se llama así sino de otra forma. Pensaban que en la escuela  serían el hazmerreír de todo el mundo, que tendrían que convencer al padre director que cambiara a todos los documentos, y que no había sido por causa de un delito que me había cambiado el nombre, porque los curas bien podrían retirar a los muchachos. ¿Y si tenía que volverme a bautizar, y hasta casarme?, cambiar los documentos de propiedad de la casa, y cada vez la cabeza me daba más vueltas hasta que se me ocurrió que lo único bueno que resultaría de todo eso era que los acreedores también pasarían un rato muy malo cuando me presentaran las cuentas por pagar y yo les dijera, ¡yo no soy ese señor! Bueno, me dije, todo no podía ser malo. Y todo porque se me había ocurrido pedirle una carta de referencia a un magistrado que apenas conocía.

No hubo cena esa noche. Ni mi esposa quiso cocinar ni nadie quiso comer. Ni la perra. Nadie encendió la televisión a pesar de que todos teníamos pendiente el capítulo de la novela de esa noche. Todo parecía un sepulcro hasta que el silencio fue interrumpido por un timbrazo del teléfono. Luego otro. Otro, y otro. Nadie lo contestaba, hasta que se paró. Al poco rato comenzó a repicar de nuevo. Repicó por un rato y nadie lo agarró hasta que se calló. Una tercera vez se repitió la llamada, repicando sin parar hasta que alguien fue a contestarlo.

De pronto se escuchó un grito que venía desde la sala donde estaba el teléfono y todo el mundo corrió hacia allá, y allí estaba mi hija con el auricular en la mano, riéndose, no sé si de alegría o de estupor, con los ojos llenos de lágrimas de tanto reírse, y con voz entrecortada nos dijo, que todo era una equivocación.

Nos dijo que había llamado el propio magistrado para decir que se excusaba por el error de la carta que había enviado, pues la carta era para otra persona que se llamaba casi igual que yo, y que por ser de referencia como la mía, la habían puesto en el sobre con la dirección equivocada.

Foto por Corrreo de Venezuela, Public domain, via Wikimedia Commons
Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.