El pueblo donde vivían Arcila y Rosendo era muy viejo. Su casa también era muy vieja, así como todo lo que estaba en ella. En realidad todo en el pueblo era muy viejo, y ellos también ya estaban viejos, pero a ellos no les importaba porque ellos ya no se fijaban en esas cosas. Tenían un gato viejo que ya no maullaba, y un perro viejo que ya no ladraba. En el patio tenían gallinas, que casi no ponían huevos porque la mayoría eran viejas, unas cabras y una vaca que algo de leche les daban. La casa crujía de día y crujía más de noche, pero a ellos tampoco les importaba eso porque estaban acostumbrados a esa infinidad de ruidos, o porque tal vez, ya no oían mucho. De noche no solamente se oían más los ruidos de la casa sino que se oían también  los ruidos que venían del patio de atrás de la casa, producidos por esa inmensidad de animales que ya se habían hecho parte habitual del concierto nocturno: los grillos, los sapos, las lechuzas y los ladridos de unos perros de otras casas en la lejanía.

Arcila tenía la capacidad de oír todos los ruidos nocturnos, no tanto porque tuviera un don especial sino porque sufría de poco sueño, es decir, se acostaba temprano y le costaba mucho dormirse. En su soledad, empezaba a revolver los baúles de sus recuerdos: de su casa cuando era niña; de cuando iba a la escuela; de cuando hizo la primera comunión; de cuando conoció a Rosendo; de cuando se casaron y se vinieron a esta casa donde Rosendo tenía una bodega, y allí hicieron su familia compuesta de varios muchachos que eventualmente se fueron yendo de la casa: uno se fue al Ejército, y nunca más volvió ni supo más de él. Otro se fue a una ciudad a trabajar, y tampoco volvió. Y el tercero se quedó en el pueblo, se había casado y se había mudado con su esposa, y allá en su casa tenía varios hijos que muy esporádicamente venían a visitar a Arcila y a Rosendo, excepto cuando tenían un problema, según decía Rosendo.

Para consolarse en la soledad de la noche, Arcila decía que los ruidos eran sus amigos porque la acompañaban, y ella misma ya no sabía si hasta le hacían falta para dormirse, porque eso la distraía en medio de su aburrimiento nocturno. Pero en el fondo ella sabía que esa no era sino una excusa, y Rosendo también.

Conocía a todos los ruidos y los podía aislar, uno por uno. Oía a las lechuzas, y les temía porque decía que anunciaban la muerte de alguien. Oía a los perros ladrando a lo lejos, y les temía porque decía que era porque algún alma en pena les pasaba cerca. Oía a los ratones que corrían por dentro de la habitación, y les temía porque creía que se le iban a subir a la cama. Oía a las cucarachas que raspaban las cajas de galletas que había dejado en la mesa de noche, y les temía porque creía que le iban a morder la boca cuando se durmiera porque había estado comiendo galletas en la cama. Luego veía las sombras de las ramas de los árboles que la luz de la luna le dibujaba contra las paredes de su cuarto y le parecía que eran manos que la buscaban moviéndose como si  quisieran llegar hasta su cama, y les temía porque sentía que la trataban de agarrar. Y en las noches sin luna, porque el cuarto se quedaba tan oscuro que le parecía que estaba dentro de una tumba. En fin, cuando no era una razón, era otra, pero al final, casi no dormía. Se la pasaba la noche en vela pues despertaba tanto, que según ella, en realidad era como si pasara toda la noche pendiente de todo lo que pasaba en la casa y fuera de ella.

Para pasar el rato tenía varios pasatiempos. Primero rezaba una novena seguida por un rosario completo, y luego, creía que hacía una meditación divina, algo que había oído decirle al cura en la misa que la gente debía hacer para lograr poner en paz a su conciencia. Ella se decía que no sabía con quién tenía que ponerse en paz porque no tenía enemigos, pero sin embargo, la hacía de igual manera. Luego, empezaba a sacar cuentas de lo que habían vendido durante el día en la bodega, a quién le habían fiado y cómo estaba cada cuenta, el estado del inventario, y finalmente, lo que debían y cuándo tenían que pagarlo. Con esta última parte, si una cuenta no le cuadraba, terminaba levantándose para ir a saciarse su propia curiosidad yéndose hasta la bodega misma y mirando al cuaderno donde llevaba la contabilidad de los préstamos y abonos.

Pero todas esas artimañas se las conocía porque era ella misma quien se las hacía para poderse consolar por su falta de sueño. Por esa razón, Rosendo, su marido, no le ponía cuidado a eso de los ruidos nocturnos, pues desde que se casó con ella, hacía más de 40 años, después que parió a su primer hijo, se le fue el sueño.

Pero esa noche, cuando oyó ese ruido, ella supo que era diferente, y no era su imaginación, sobre todo porque le sonó como de cubiertos y platos que venía del área del comedor o de la cocina. Primero trató de ubicarlo desde la cama, sin levantarse ni encender la luz, pero no pudo. Entonces encendió la luz de su lámpara de noche y se sentó en la cama, y oyó mejor al ruido: definitivamente venía de la casa, y despertó a Rosendo para que fuera a investigar, cosa que Rosendo rehusó alegando que él no los oía, y luego de una discusión sobre si los ruidos venían de afuera o de adentro de su imaginación, Arcila llegó a la triste conclusión que era ella quien tenía que ir a investigar porque Rosendo siguió durmiendo.

Se levantó, encendió la luz de su cuarto y desde la puerta del cuarto estiró la mano para encender la luz de corredor. Empezó a caminar con mucho sigilo haciendo ruidos con la garganta, mientras se decía que no podía ser un ladrón porque allí no había nada que robar y que eso todo el mundo lo sabía, hasta que llegó al comedor, encendió la luz y no vio a nadie y exhaló con alivio.

Pero al instante oyó de nuevo a los ruidos y los ubicó en la cocina, bajos, como si alguien estuviera moviendo los platos y los cubiertos, pero con mucho cuidado para hacer el menor ruido posible. Caminó hacia la cocina pero se detuvo en la puerta mientras se preguntaba, ¿será uno de los nietos que vino a visitarnos y está buscando algo en la cocina, pero a esta hora, y por qué no dijo nada, y por qué no encendió la luz, cómo entró, y…? hasta que en un arrebato de fuerza estiró la mano y encendió la luz de la cocina mirando fijamente hacia ella.

Las cucarachas se paralizaron por un instante y luego corrieron a esconderse. ¡No son las cucarachas!, sentenció, y todo quedó silente. ¡Los ratones!, dijo enseguida Ercilia, tienen que ser los ratones, ¿quién más puede ser sino los ratones?, pero  ¿dónde están?, se preguntó Ercilia mirando hacia todos los rincones. Buscó la trampita con la vista y la vio vacía, con el mismo pedacito de queso que los roedores no habían tocado. Recorrió visualmente los platos que estaban en la alacena, arriba de la nevera; hurgó la caja del pan; arrimó con el pie una caja de refrescos que estaba en el piso, pero no había nada sospechoso. ¿Sería lo mismo de todas las noches, es decir, nada?

Tal vez, eso era, nada, pero ella presentía que sí había algo, o tal vez, alguien, allí, ¿pero dónde, quién? Miraba y todo estaba en su sitio, pero sí había algo más que no estaba antes, pero no encontró nada. No tuvo más remedio que irse hasta el comedor, sentarse en su silla, cerrar los ojos empezar a rezar. ¿Qué más iba a rezar? No importa, lo que fuera, porque lo que fuera era bueno, cavilaba Ercilia hundiendo su cabeza entre sus manos como para contener sus pensamientos, hasta que tal vez se durmió.

En la mañana, Rosendo la encontró sentada en el comedor y la despertó cuando le tocó el hombro. ¿Qué te pasó mujer, qué estás haciendo aquí?, le preguntó el marido.

Entre susto y desconcierto Alcira se sintió acorralada porque no sabía qué estaba haciendo allí, pero pronto sintió la satisfacción de estar en su comedor, y que la noche había concluido.

Bueno, nada, estaba esperando que te levantaras, le dijo Alcira, sabiendo que era mitad mentira, y por lo tanto, mitad verdad.

¿Y el ladrón?, le increpó Rosendo sentándose cerca de ella en a la mesa y mirándola con la cara llena de curiosidad.

¿El ladrón?, saltó Ercilia, ah, sí, bueno, se iría, porque no estaba aquí, le contestó Alcira sin poder disimular su desubicación en el tema.

Insatisfecho Rosendo continuó el interrogatorio ya que era obvio que Alcira no había echado el cuento completo. ¿Se robó algo?, le preguntó.

Alcira le dijo que no había visto nada, que no había oído nada, que había buscado por toda la casa y por el negocio y que nada faltaba. Sólo había cucarachas y ratones en los rincones, y por eso se había vuelto a acostar, y se había levantado antes que él, como siempre lo había hecho.

¿Y por qué tantas luces encendidas?, le preguntó Rosendo apuntando hacia el techo de la casa en un afán de llegar hasta donde Alcira lo detenía.

En realidad Arcila lo que sentía era una gran satisfacción de que había dormido varias horas seguidas, que había dormido tan profundamente, algo que hacía tanto tiempo que no sucedía que ella no podía recordarse cuándo fue la última vez. Lo que sentía era una combinación de satisfacción mezclada con curiosidad de sentirse de una forma que se le había olvidado que existía, una consolación interior, la alegría de ver la luz del día y sentir los ruidos de la naturaleza, de la calle, la voz de su marido, en fin, de estar otra vez allí, entre los vivos, porque ella siempre decía que dormirse era acercarse a la muerte, y que cuando una persona se dormía no sabía si se iba a despertar, al menos en este mundo.

Rosendo no tuvo más remedio que cambiar el tema porque se había dado cuenta que el relato había llegado a su fin, entonces le preguntó si había hecho café.

Inicialmente Arcila le dijo que no porque había estado ocupada, pero enseguida se corrigió para decirle que había estado haciendo otras cosas.

¿Sabes, Arcila, qué soñé anoche? Que tú viniste a recibir una visita aquí en el recibo, y que te pusiste a conversar mucho rato, y yo te oía desde el cuarto, hasta que me dormí.

¿Visita, yo? ¿Y quién podía venir en el medio de la madrugada a visitarnos?

No sé quién era, pero sí cómo era. Era un ángel, con alas de plumas y todo, vestido de blanco, alto, y parecía amigable. Que se sentaron en el recibo y hablaron por mucho rato, hasta que él se fue desapareciendo poco a poco y desapareció del todo. Luego, tú te viniste hasta el comedor, te sentaste y te quedaste esperando a que yo me despertara. ¿Vino un ángel?

La pregunta no sabía cómo descifrarla Arcila, si pueril, estúpida o simplemente loca, porque no podía creer que alguien en sus propias cabales le pudiera hacer semejante pregunta. ¿A quién se le podía ocurrir que un ángel iba a venir de visita y en plena madrugada?

Fue un sueño, Rosendo, fue un sueño tuyo, prefirió decir Arcila, en un tono compasivo para no entrar en discusiones. ¡Un ángel!, dijo con suspicacia, pero muy bajito para que él no la oyera.

Mira, le dijo Rosendo, apuntando hacia el pequeño recibo que se veía perfectamente desde el comedor. Alguien estuvo sentado ahí en el recibo. Mira cómo están los cojines, y alguien bebió agua y se comió algo, un dulce, tal vez. ¿Qué pasó Arcila, quién estuvo aquí entonces?

Arcila miró intrigada hacia el recibo por el descubrimiento el cual pudo comprobar que era cierto. Alguien había estado allí en la noche, y se había servido algo en un plato y un vaso de agua. ¿Pero, quién, y cómo?

Trató de pensar mil situaciones y respuestas, y terminó culpando a los olvidos de la vejez. Pensó sobre todo, que alguien había venido en la tarde a visitarla y se le había olvidado recoger el plato y el vaso, pero no había sido así. Nadie había venido desde hacía días. No habían recibido una sola visita en muchas semanas, excepto esa. ¿Esa? ¿Cuál? La cosa era peor de lo que Arcila pensaba, porque antes oía las cosas, ahora se materializaban. Esta vez sí creía que había sido un muerto de verdad, pero para qué querría visitarla a ella, porque la visita había sido para ella, no para su marido, si hubiera sido para él, entonces hubiera sido él el que se hubiera levantado. Así es como funcionan esas cosas, pues los aparecidos no se equivocan y espantan a quien ellos quieren espantar y no a otro. ¿Pero qué debía ella, una misa, una novena, una limosna, una penitencia, una visita al cementerio, o que no se había confesado desde hacía varias semanas? A ella no se le olvidaba nada ni nadie, sentía que tenía todas las cuentas pagadas, es más, tenía almacenadas a cientos de plegarias, no sólo para los muertos que ella había conocido sino para las que ella fuera a necesitar cuando dejara el mundo camino al cielo. Todo eso le pasó por la mente en un segundo preparando una respuesta para su marido que la miraba con impaciencia, pero no pudo dársela. Rosendo se quedó esperando.

Ese problema la tuvo cavilando todo el día, y cuando llegó la noche entonces lo acarició más porque tuvo toda la noche para pensar en él. En cierta forma se alegró porque tenía un tema nuevo y que no se le había ocurrido antes para pasar su insomnio. Empezó a recorrer fechas, caras, nombres, familiares, amigos, conocidos y hasta enemigos, los que le debían algo y a los que le debía algo, pero la búsqueda fue infructuosa, lo que la obligó a empezar toda una nueva tanda de novenas, rosarios y plegarias por todos los que se le habían olvidado, sentada en la cama mientras Rosendo le hacía compañía con los ronquidos y otros ruidos a los que ella ya no le ponía cuidado. Pero en la mañana se repitió el episodio de la noche anterior, excepto que esta vez había más platos y más vasos en el recibo, y cuando Rosendo la encontró sentada en el comedor mirando a la pared, ella no pudo darle ninguna explicación.

Sería una fiesta, dijo Rosendo abriendo los brazos en señal de conformación, más preocupado que intranquilo porque debieron venir varios ángeles. Mira, le decía enseñando las pruebas de que varios visitantes habían arrasado con su dulce de guayaba. Tal vez eso era lo que más le dolía, que el secreto, que ya no lo era más, de la visita.

Volvió Alcira a sentirse bien por haber dormido, pero mal por los reclamos, sobre todo, porque no podía responder nada que no fuera una mentira. Peor aún, no había tenido ni cabeza ni tiempo para inventar una. ¿Cómo podía esconder o evadir la evidencia que estaba desparramada en todo el recibo? Y tal vez lo que más la mortificaba era el silencio que Rosendo guardó sobre el tema. No dijo una palabra más.

Todo el día se atormentó con buscar una respuesta, no tanto para Rosendo sino para ella misma, porque aunque Rosendo le dijo que había soñado que habían venido más ángeles, ella sabía que eso no podía ser. ¿Tendría que aceptar las locuras de Rosendo entre otras razones, o peor aún, que la loca era ella? Pero en cualquiera de las situaciones, lo que Arcila llegó a concluir fue que si ya había ocurrido por varias noches, qué impedía que esa noche se fuera a repetir, entonces, obviamente se tenía que preparar para ese evento, pues obviamente ella quería participar en él. En síntesis, tenía que estar lista para la visita. La respuesta la encontró rápidamente: tendría que hacer un pastel, porque el dulce de guayaba se había acabado casi todo. Esa era la única salida, pero eso también era aceptar la locura esa de que los ángeles habían venido a visitarla, como si fueran personas, y sobre todo, amigas. Sea quien sea, ángeles o no, si esta noche vienen, los veo, sentenció Arcila dispuesta a acabar con el misterio.

Esa tercera noche, no sólo Arcila decidió que no iba a pegar un ojo sino que Rosendo también decidió lo mismo. Pero Rosendo le sugirió que se prepararan, porque una visita celestial no era cosa de todos los días, o mejor dicho, de todas las noches, y debían recibirlos dignamente, es decir, con un gran pastel, por si venían más, pues según él, lo que había pasado era que la voz se había corrido, por allá arriba, que Arcila hacía unos dulces muy buenos, y los viajantes celestiales querían venir a probar una delicia terrenal.

Arcila dudó por un momento, pero no encontró un solo argumento para desbaratar la proposición de Rosendo, pues, ¿y si era verdad? En todo caso, era mejor recibirlos bien, si era que venían, y si no venía, los nietos agradecerían mucho el pastel.

Arcila, durante el día, se dedicó a limpiar la casa, sobre todo el recibo. Despejó las telarañas con el escobillón para limpiar el techo, sacudió los cojines, y luego barrió después que movió todas las sillas, sobre todo, recogiendo los platitos y los vasos que habían dejado la noche anterior.

Luego, cuando llegó la noche, hizo bastante café, como para aguantar bien despiertos. Esta vez, sacaron los mejores platos que tenían y los pusieron en el recibo, y el pastel, calcularon que estuviera listo como para eso de las diez de la noche.

Cuando Alcira lo sacó del horno, el olor inundó toda la casa. El olor del café también competía con el olor del pastel. La tentación de probarlo invadió a Rosendo, pero Alcira lo previno contra la mala educación de presentarse con un pastel comenzado, y no tuvo más remedio que tener paciencia para esperar a los visitantes alados. Mientras tanto, ellos se sentaron en el comedor a esperar a la comitiva celestial.

En la mañana, Rosendo y Alcira amanecieron sentados en el comedor, y al pastel se lo habían comido casi todo. Los platos daban prueba de que varios comensales habían comido, aunque no habían tomado café. Se despertaron cuando alguien tocaba muy fuertemente en la puerta de la casa preguntando si era que no pensaban abrir la bodega porque eran más de las siete de la mañana.

Alcira, dijo Rosendo, son más de las siete. Nos quedamos dormidos y ellos vinieron y se comieron todo y no nos despertaron. Son unos ingratos, porque no nos invitaron, repetía Rosendo mientras se quejaba de su suerte porque ni los había visto y se había quedado sin pastel. Esta noche, no les hagas nada, porque no se lo merecen, le ordenó a su mujer.

Por supuesto, dijo Alcira, quien se quedó convencida que su trabajo se había esfumado. Igualmente, pasó el día cavilando, aunque no se atrevió a relatarle sus repetidos episodios a nadie, mucho menos al cura. No solamente eso, sino que le advirtió a Rosendo que él tampoco lo hiciera, porque los iban a encerrar en un manicomio, y por separado. Pero una vez más llegó la noche, y Arcila tuvo que enfrentar a su dilema, que ahora era, si esperaba a la visita o no.

Yo opino que no, dijo Rosendo, porque ahora no vamos a tener una visita aquí todas las noches, haciéndoles dulces y pasteles para que termine bajando toda la corte celestial a comer. Será para que nos arruinemos.

Ante lo contundente del argumento Arcila no pudo más que ponerse de acuerdo con su marido y sentenció, que ella tampoco se iba a prestar para estar alimentando a ángeles sin modales que eran incapaces de levantarlos para comer con ellos. Por mí, dijo Arcila, que se busquen a otra tonta que les cocine. Prefiero pasar la noche en la cama, pero sin hacer oficios, dijo Arcila, y con la misma clavó la cabeza en la almohada y prefirió arrullarse con los ruidos de su marido, el ladrido de los perros, el cantar de las lechuzas, el correr de los ratones, el raspar de las cucarachas, y las caricias que le hacían las sombras de las ramas sobre su colcha.

Esa otra mañana, Arcila se despertó en su cama y se dio cuenta que había dormido toda la noche, y cuando se levantó y fue al recibo, todo estaba ordenado como lo había dejado antes de acostarse.

Foto por masatoshi_ de Kyoto, Japon – ホットチョコレート, CC BY 2.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.