La prensa no se olvidó que el jueves 30 de noviembre de 1961 Andrés Pineda saldría de la Cárcel Modelo tras haber cumplido la pena de veinticinco años por homicidio agravado en primer grado en la persona de Norma Acacio, y por eso, desde las 10 de la mañana y bajo un sol ardiente, una media docena de reporteros y alguno que otro curioso, se habían apostado en la puerta principal del penal. Era un edificio de color gris plomo, más lúgubre que un cementerio porque daba miedo hasta de día, que ocupaba toda una manzana y que no tenía ventanas de ninguna especie hacia la calle, excepto por una gran puerta metálica, que a su vez tenía una más pequeña como la única entrada y salida de las personas que tenían que ir a ese infierno en la tierra que nadie sabía lo que ocultaba, a excepción de los presos, los guardias y los familiares de los internados, donde solo podían pasar los días de visita hasta un salón con cabida para menos de cien personas donde podían ver a sus familiares a través de una serie de ventanas protegidas con unas mallas de alambre por las que no cabía ni un lápiz. Todas las otras diligencias se resolvían en una antesala donde apenas cabían como cinco visitantes a los que solo se les concedían escasos minutos para exponer lo que querían, y por eso fue que los reporteros no pudieron pasar en tropel hacia el penal y tuvieron que esperar a pleno sol, afuera en la calle, con sus cámaras, sus libretas y sus grabadoras portátiles, según su especialidad, para recordarle al país que Andrés Pineda, el asesino de Norma Acacio, o la “Bella Norma”, como la apodó la prensa hacía casi tres décadas a la infortunada que apareció asesinada con múltiples heridas por un arma punzo-penetrante, estaba de nuevo en la calle.
Norma Acacio fue la víctima de un asesinato que había ocurrido hacía 26 años en Caracas, y aquella vez, como ahora, nadie la conocía. En aquella ocasión la prensa no tardó en fabricarle al asesinato una historia fascinante para poder llenar sus aburridas páginas de reseñas políticas, económicas y sociales que no decían nada, no solo porque la dictadura no dejaba decir nada, sino porque no había muchos lectores, pues poca gente sabía leer y menos aún, discernir. Y ese día cuando los periodistas fueron al penal a esperar a Andrés Pineda, estaban buscando la oportunidad de retomar la historia de un caso que estaba olvidado. Tal vez ellos pensaron que podían continuar con el sensacionalismo que había tenido una vez, y esperaron hasta que Andrés Pineda saliera a la calle.
La noticia del asesinato de Norma Acacio había pasado a ser un caso sensacional cuando el editor de El Heraldo, el periódico de mayor circulación y seriedad en el país, pasó la reseña del caso del segundo cuerpo donde estaban las páginas de “Sucesos”, al primero, lo puso en primera plana y lo tituló “El Asesinato de la Bella Norma”. Fue un golpe magistral de publicidad porque despertó a la ciudad de los techos rojos, aburrida, pequeña y callada, robándole la delantera a los otros periódicos al publicar en una serie de reportajes con abundantes fotos que fueron, desde el lugar del crimen hasta el encarcelamiento de Andrés Pineda cuando atravesaba la puerta del penal, dejando atrás su libertad por 25 años de su vida, sin contar todos los días que estuvo el sospechoso frente al juez en el Juzgado Segundo en lo Penal que terminó condenándolo a pesar de que el presunto asesino siempre mantuvo que él era inocente, y el Fiscal, sin aportar una prueba contundente. En pocas palabras, el caso nunca quedó claro.
La prensa de la capital al final de la década del treinta estaba compuesta por tres periódicos que no tendrían una circulación entre los tres, de más de veinte mil ejemplares para una ciudad de casi ciento cincuenta mil personas, por lo que los diarios tenían que buscar cualquier cosa para despertar la curiosidad y mantener sus ventas. El Heraldo, no necesariamente el de mayor circulación, pero el más serio, publicaba en la primera página del primer cuerpo, las noticias internacionales, casi todas de Europa y los Estados Unidos, y las nacionales, mayormente de eventos sin trascendencia para el país. El resto del espacio lo rellenaban con los anuncios que les ponía el Gobierno a través de sus distintos órganos, publicando “avisos oficiales” y las informaciones que los empleados públicos importantes daban sobre situaciones que concernían a la ciudadanía, como las obras públicas y los proyectos hacia un futuro desconocido.
Seguían en las siguientes páginas, las notas sociales de las fiestas y reuniones de las familias ricas y los eventos que las rodeaban, como matrimonios, bautizos y cumpleaños, viajes y notas luctuosas. El resto del espacio estaba intercalado de anuncios comerciales que hacían casi exclusivamente los bancos y las grandes casas de comercio, las ventas de autos y agencias de viaje, así como las aseguradoras y algunos productos de consumo masivo como refrescos, golosinas y remedios, la mayoría de ellos importados, y al final, las secciones de avisos clasificados que apenas llenaban una página, sobre la compra y venta de alguna propiedad, autos y solicitudes de servicios domésticos y secretariales. El segundo cuerpo se disponía para las noticias alarmistas de género policial: los accidentes y sucesos en general, en la capital y el interior, desde choques hasta incendios, que los diarios explotaban a veces hasta la saciedad con morbosidad añadida. La última parte la dedicaban a los deportes, que no eran muchos, ocurriendo casi todos o en otros países o en clubes privados de la capital por lo que al público en general no le interesaban. En total, unas treinta páginas.
El asesinato de Norma Acacio no hubiera pasado de ser una noticia llamativa en el segundo cuerpo, capaz de atraer la atención momentánea, una semana tal vez y una página completa incluyendo fotos, en una ciudad donde no ocurría algo así más de dos o tres veces al año, por lo que el editor aprovechó la oportunidad para alargarla ya que la víctima era, a decir verdad, fuera de serie. Ella era extranjera, joven y bonita, y no había razón aparente para que la hubieran matado de esa forma, ya que era obvio que el motivo no era un asalto ni económico ni sexual, y por el contrario, su padre, un conocido comerciante extranjero, que aunque tenía poco tiempo en el país, había hecho muy buenas relaciones públicas en la capital.
Los periódicos empezaron sembrando la duda y el temor sobre si se trataba de una equivocación de parte del asesino, porque una colegiala que regresaba a su casa de una fiesta no parecía como la víctima que atrajera a un asesino en el parque a la medianoche. Además, ella había ido acompañada a la fiesta, y cualquier lógica indicaría que su acompañante la habría llevado de regreso a su casa, y si no lo hizo, ¿por qué no? Nunca hubiera regresado sola en la madrugada, o sea, que o tomó un taxi, si es que consiguió uno a esa hora, cosa totalmente improbable, o alguien más la llevó, por lo que continuaría la siguiente interrogante, ¿a pie, sola y por un camino tan tortuoso como un bosque en la madrugada?
Otros periódicos de menor talante que El Heraldo trataron la noticia con especulaciones morbosas como si hubiera sido obra de un asesino como Jack el Destripador en el Londres decimonónico que ahora rondaba las calles apacibles de Caracas, por lo que la Policía tuvo que dar una declaración oficial que no había razón para creer que un asesino de ese calibre estuviera aterrorizando a la ciudad.
Nada cuadraba, por lo que el caso se convirtió en un acertijo para toda la población. No solo lo comentaban los diarios sino las radios, al punto que la gente dejó de escuchar las novelas que transmitían entre las 7 y 8 de la noche para oír las preguntas y respuestas que hacían los comentaristas a los “invitados especiales expertos en crímenes” que apuntaban en distintas direcciones con especulaciones, una más grande y aterrante que la otra.
La comidilla popular invadió los sitios públicos como los autobuses, las plazas, los mercados y los lugares de trabajo, y mientras más tardaba la Policía en dar noticias, más se elevaban las especulaciones, chismes, apuestas y hasta chistes entre el público, no solamente en Caracas sino que llegaron a todo el país que se conmocionó al punto que de allí en adelante las mujeres dejaron de llevar vestidos negros a muchas fiestas por considerarlos de mal agüero o mal presagio, poniéndose de moda la venta de telas de otros colores para los vestidos de fiesta.
No todo fue negativo, sin embargo, pues las personas amigas de permanecer en fiestas hasta la madrugada, se empezaron a ir antes de la medianoche, y preferiblemente acompañadas, formando grupos y sin desviarse de las calles principales. Por supuesto que no fue una regla general ni los centros nocturnos se sumaron al clamor general que cerraran más temprano, por lo cual no hubo un descenso en la venta de alcohol, sino un aumento en la venta de armas de fuego. Las patrullas policiales también aumentaron la vigilancia, aunque no por mucho tiempo, pero sí lo suficiente para permitirle a la Policía hacer alarde de su celo por la ciudadanía.
El cuestionamiento en los diarios comenzó cuando la Policía no pudo identificar inmediatamente al cadáver de una mujer joven, que tal vez no llegaba a los veinte años porque no portaba identificación. La policía la describió repitiendo el reporte del forense: una mujer joven y bonita, bien vestida y aún con las joyas que llevaba puestas: un anillo y un reloj de oro, un collar de perlas no muy grandes, tal vez falsas o no, y algo de dinero en su bolso de raso de seda y poca pedrería, de la que no se había desprendido, que le hacía juego con el vestido negro, descotado y pegado al cuerpo, abierto por la parte derecha desde la rodilla hasta abajo que delataba las blancas piernas de una figura esbelta de muy buena estatura, de 1,78 metros de altura, o sea, alta para el promedio de las mujeres locales, y un chal que parecía una mantilla española, pero sin llegar a serlo que no lo tenía puesto sino que estaba a unos metros de ella enredado en unas ramas donde debió dejarlo caer mientras corría para salvarse. Zapatos negros de tacones altos, que tal vez le dificultaron la huida porque uno de ellos estaba desprendido, perfume francés, peinada a la moda y con la cara pintada. La occisa no había sido despojada de nada, excepto de su vida, por lo que el motivo no había sido el robo. Había ocurrido en la noche o en la madrugada del mismo día que apareció en el Parque Los Caobos, el 17 de septiembre, detrás de unos matorrales, cuando fue descubierta por un transeúnte de los que se levantan a caminar por el parque paseando los perros, a un lado de la calzada, tirada en un riachuelo, boca abajo y brazos extendidos en cruz, hasta donde fue arrastrada un par de metros luego de asestarle ocho puñaladas en distintas partes vitales del cuerpo. Su muerte fue instantánea.
Con esas especulaciones que obviamente habían encendido a la imaginación de la población y nadie daba una respuesta satisfactoria, algunos reporteros empezaron a buscar la verdadera historia hasta debajo de las piedras porque desde el principio la policía no demostraba que hubiera indagando a fondo, pues las pruebas que presentaron contra Andrés Pineda y que la Policía catalogó de contundentes desde el principio de la investigación, no aportaron la claridad que la opinión pública requería para tranquilizarse. Los reporteros tampoco aportaron nada nuevo.
Había sido un crimen pasional, declaró el Comandante de la Policía en su primera declaración oficial, pues todo lo indicaba así porque no la habían robado. Además, recalcó el jefe de los gendarmes, que era muy bonita, como si esa razón se contradijera con la de los asesinatos similares que más a menudo ocurrían en los barrios pobres de las laderas donde abundaban los cuchitriles que albergaban las mujeres que se vendían por casi nada, y que en muchos casos las mataban de igual forma. Después de varios días, el Comandante declaró que tenían a un sospechoso, un amigo de ella, quien estuvo en la fiesta donde ella estuvo esa noche, y él no pudo presentar ninguna coartada acerca de dónde había estado después esa madrugada pues alegó que había estado durmiendo solo en su habitación del hotel. La prueba, si se le podía llamar así, consistió en que lo habían identificado que había estado en la fiesta, había ido a preguntar por ella en la morgue, y en las paredes de su habitación tenía pegadas muchas fotos de Norma que salieron en el periódico, además de un vaso con el mismo color de pintura labial que ella usaba, demostrando que el sospechoso la conocía y la seguía, pues tal vez sufría de una debilidad mental por la muchacha, y que posiblemente al no poderla conseguir como amante, la mató. Caso concluido.
El Comandante había descrito al sospechoso sin nombrarlo y concluido que por esas razones era el asesino. No explicó los detalles, ni de lo que había conseguido concretamente ni de lo que no había conseguido, como era el cómo y el por qué Norma estaba en el bosque y las pruebas que obviamente había allí, y si éstas se relacionaban con el sospechoso que estaba detenido. Con la misma premura y diligencia las evidencias pasaron a los pocos días a la fiscalía que repitió los alegatos de la Policía, y Andrés Pineda se salvó de la sentencia máxima porque alegó que ella había venido varias veces voluntariamente a su habitación y eso sí se podía probar, aunque en el fondo no se sabía si ese hecho había funcionado en contra o a su favor.
Al cadáver lo dejaron en la morgue varios días hasta que se presentaron los padres de ella, posiblemente porque su padre recién había regresado al país y la identificó diciendo que era una joven decente y tenía pocos amigos, casi ni salía a fiestas y estudiaba en un colegio de monjas cerca de su casa. Ella había ido a una fiesta en la embajada de México pero nunca se aclaró con quién fue a la fiesta ni con quién regresaba, porque era obvio que una muchacha a esa hora hubiera regresado con alguien, y difícilmente a pie porque la caminata era larga, el camino que tomó no era el más corto ni conveniente, y la noche muy fría. La enterraron al siguiente día por la mañana y casi nadie asistió al entierro, excepto por algunas compañeras y monjas del colegio. No hubo ninguna nota luctuosa en la prensa ni declaraciones del padre a quien nadie interrogó. Tampoco se interrogó a sus amigas del colegio, ni se encontró al acompañante con quien había estado en la fiesta. Luego de eso, los padres desaparecieron.
A los días salió la noticia que todos esperaban: Andrés Pineda era el indiciado. Un joven criollo, soltero, sin medios económicos, sin domicilio fijo, sin empleo y sin pasado policial. Fue acusado desde ese momento como el autor material, y como ni siquiera tuvo medios para conseguirse un abogado decente que le tomara el caso, tuvo que aceptar ser defendido por el Defensor Público, un viejo alcoholizado que no se molestaba en defender a nadie, y tal vez por eso, lo condenaron a un término de 25 años. Pero la prensa tampoco lo defendió porque ni siquiera asomó ni contradijo una duda razonable sobre las pruebas que presentó el Fiscal, cosa que no fue una excepción sino la rutinaria respuesta de la prensa de no enfrentarse contra ningún poder público.
La prensa se convirtió en un eco de lo que decía, primero la Policía, y luego el Fiscal, y del juicio no se supieron los detalles sino las generalidades resumidas del Ministerio Público. Y una vez que Andrés Pineda cruzó la puerta del penal, más nadie volvió a hablar de él.
Lo más extraordinario del caso fue que la prensa nunca tuvo acceso a una entrevista directa a Andrés Pineda, ni antes, ni después del juicio, ni en la cárcel, pues hubieran podido ir a la cárcel, aunque fuera una vez a lo largo de 25 años, por eso nunca más se supo de él hasta ese día de 1961 cuando Andrés Pineda saldría en libertad, cuando nadie se acordaba, ni le interesaba nada de ese suceso, ni por qué Andrés Pineda la había asesinado, si es que lo había hecho. Por eso los periodistas fueron a darle la oportunidad de que dijera su versión ya que nunca se supo realmente si él había admitido haberla asesinado. Andrés Pineda ya había pagado su pena y así aceptara ahora que la había asesinado, no lo podían volver a encarcela por ese delito. Por eso los periodistas lo esperaron en la puerta del penal.
II
La década del treinta había comenzado con los sobresaltos de las finanzas mundiales debido a la gran depresión que desbancó grandes capitales llevando a la ruina a muchos bancos, compañías y fortunas personales tanto de los grandes países industriales como los pequeños países que dependían de aquéllos. En Nueva York, mucha gente se suicidó lanzándose de los grandes rascacielos donde alquilaban el cuarto de un hotel para lanzarse desde lo más alto posible. En otros sitios utilizaron otros medios, desde revólveres hasta veneno, porque hubo una ola frenética de afectados que no pudieron rehuir el efecto de haber perdido su fortuna en cuestión de días. El comercio internacional se hizo trizas y los países latinoamericanos tuvieron que recogerse como un paraguas y dejar que la lluvia les cayera encima porque no tenían otro remedio, salvo recurrir a sus propias economías que de hecho ya eran exiguas y atrasadas.
En Europa el desplome de las economías produjo huelgas y demandas populares que abrieron las puertas a las dictaduras de los partidos de extrema derecha liderados por Alemania e Italia y otros tantos que se vieron acosados por demandas laborales en vista de que los salarios se esfumaron con la inflación, y para enfrentarse a los desórdenes y las huelgas los gobiernos y los industriales tildaron de comunistas a los obreros por lo que surgieron grandes dictadores que propulsaron una carrera armamentista a nivel mundial. Alemania empezó por rearmarse e instituir las llamadas leyes arias para perseguir a sus enemigos políticos, y luego a anexarse territorios vecinos, y la Italia fascista se fue a la conquista de África, mientras en el Lejano Oriente Japón se lanzó a la conquista de Manchuria y China. El mundo cambió drásticamente su escenario nacional e internacional en un par de años y los tambores de la guerra empezaron a tronar una vez más.
Así como no se sabía qué podía suceder en los grandes centros de poder tradicionales, es decir los grandes países industrializados, menos aún se podía saber qué sucedería en los pequeños países, excepto que las tradicionales dictaduras latinoamericanas hicieron lo que mejor sabían hacer: se encerraron más en sí mismas y se volvieron más represivas, si eso fuera posible, para controlar cualquier intento de imitación a los cambios que surgieron en Europa y que, por supuesto, nadie quería imitar. Por eso, las dictaduras latinoamericanas ofrecían, sin quererlo, un falso refugio de estabilidad, siempre y cuando el gobierno no se sintiera afectado por los inmigrantes que empezaron a llegar de Europa. Así, muchos perseguidos y muchos capitales se movieron callada y lentamente hacia los países caribeños y andinos, buscando ganar tiempo y seguridad esperando para ver simplemente qué sucedía.
Con ese movimiento humano y de capitales también comenzó un movimiento de espionaje e información clandestina que si bien se originó en Europa donde los bandos ya se divisaban cuáles serían, buscando posicionarse para lo que podría ser un conflicto militar, esa incertidumbre pronto se trasladó también, guardando las distancias, a las calles de las principales capitales latinoamericanas donde los espías se movían con tanta facilidad y rapidez como en Europa, África o Asia. Pero la gente local poco se enteraba, pues no tenían interés en un asunto que lo consideraba muy lejano. Hasta en los Estados Unidos surgió un gran movimiento pacifista que se oponían a participar en los conflictos que se venían venir en Europa.
Fue para finales de 1934, cuando ya estaba pasando la recesión económica en el Hemisferio Norte pero que apenas comenzaba a pasar en la América Hispana, cuando llegó un personaje a La Guaira que identificó su oficio como agente de compras de una casa suiza especializada en importaciones de ciertos productos tropicales de alto valor, como cacao, azúcar y café, y cualquier otra cosa exótica, que seguían siendo los más preciados en el mercado mundial, pues si bien se importaban también de África y Asia, las plantaciones americanas eran más competentes para suplir esos productos.
Se llamaba John Acacio, con pasaporte inglés y un español tan fluido como cualquier ibérico, pues decía que lo había aprendido estudiando de pequeño en las Filipinas en una escuela católica. Acacio, un hombre alto, de apariencia sajona y de buenos modales, explicó que venía de las colonias inglesas de África donde había vivido por varios años ejerciendo la profesión de agente exportador de productos exóticos hacia Europa, de allí que se especializaba en pocos productos, pero de primera calidad. El inglés llegó con su esposa y una hija hecha casi una señorita. Se alquilaron una casa en la urbanización Los Chaguaramos, de las mejores de la ciudad, y al mismo tiempo abrió su oficina legalizada en el centro de la ciudad para exportar y trabajar con casas europeas.
Como se identificó como un agente experimentado en esos menesteres internacionales, empezó a frecuentar los círculos económicos y sociales de los comerciantes extranjeros y criollos, los refugiados, los diplomáticos, y con seguridad hasta los espías de los países europeos que estaban en la capital, por lo que pronto se convirtió en un personaje conocido por todos. Se hizo un habitué por las tardes del Club Internacional, un bar frecuentado por los europeos que no estaba muy lejos de su oficina y a escasos pasos de la Plaza Bolívar y otros edificios gubernamentales como la Gobernación, la Casa Amarilla, el Congreso, el Concejo Municipal y la Policía del Distrito Federal, donde después de la cinco de la tarde, cuando todo se cerraba, él se encerraba en el club a tomar ginebra con agua de coco en un vaso alto adornado con muchas hojas de menta y un palillo largo coronado con un diminuto paraguas de papel, fumando habanos y entablando conversación, saltando de un idioma a otro según se le acercara algún personaje extranjero. También comenzó a frecuentar otros bares penetrando a otros círculos de comerciantes criollos y extranjeros, de modo que al poco tiempo llegó a las columnas sociales donde salió retratado con comerciantes, banqueros y políticos.
Con frecuencia, el domingo por la mañana iba a la iglesia con su familia, pero por la tarde con seguridad iba al hipódromo de El Paraíso, cerca de su casa, vestido de lino blanco, con sombrero de panamá y zapatos también blancos, y llevaba guindando unos binoculares con los que seguía a los caballos y a las damas que acompañaban a algunos señores. Del hipódromo, se iba con sus nuevas amistades a un club privado hasta que cerraba, y a veces continuaba con sus amigos hasta algún otro sitio donde terminaba la jornada del fin de semana en la madrugada del lunes. El mundo de la esposa y de la hija era el opuesto, pues ellas no compartían nada de ese mundo. La esposa se quedaba en la casa todo el tiempo, y la hija iba al colegio de las hermanas del San José de Tarbes, el mejor de la ciudad, a estudiar la secundaria a pocas cuadras de la casa.
Un día, en sus innumerables correrías de trabajo haciendo cola en los pasillos de las oficinas aduanales y fiscales llevando carpetas de papeles para ser sellados y revisados por las autoridades, Acacio entabló conversación con un joven empleado al que le solicitó que le ayudara a resolver los problemas que presentaban los interminables requisitos aduanales. Como Acacio y el joven se entendieron inmediatamente en las comunes conveniencias de la no tan velada propuesta que le hizo el inglés al criollo, esa misma tarde Acacio se lo llevó a conversar a un pequeño restaurante que no distaba de donde trabajaba, y al final, Andrés Pineda, el joven criollo, y John Acacio, el astuto inglés, se dieron la mano para sellar el pacto del mutuo acuerdo, quedando el joven en visitarlo el sábado en su casa, para no levantar sospechas visitándole en la oficina de Acacio ni encontrándose en el bar que éste frecuentaba en el centro de la ciudad.
La sorpresa de Andrés Pineda fue muy poco disimulada cuando la hija de Acacio le abrió la puerta de su casa y lo mandó a pasar al recibo. Era tan alto como ella, con el pelo negro y ligeramente ondulado, y los ojos muy negros y brillantes como dos tizones. El color no tan claro de su piel no dejaba ver si era exceso de sol o indecisión de su herencia, pero todo eso fue suficiente para que la mirada de ambos se cruzara en un mensaje mental que ambos guardaron en secreto para otra oportunidad.
Cuando Acacio llegó al recibo, ya Andrés Pineda estaba solo y lo esperaba de pie dando vueltas en el salón como un león enjaulado mirando los detalles de los muebles, los adornos traídos de otros países, unos obviamente de África, como los colmillos de elefante y las lanzas tribales, y los otros de Europa, de cuadros de raras figuras geométricas y colores estridentes. Se sentaron a conversar y Acacio le delineó ampliamente los detalles de lo que debían acordar y cómo debían hacer. Miraron muchos papeles y no tardaron en aclarar las cláusulas del arreglo que tendría buenas remuneraciones para ambos, pues los negocios que le pintó Acacio al muchacho fueron como una película sonora donde los billetes en dólares, libras y francos correrían sonando como una ría llevando piedras hacia el mar. Una vez que estuvieron satisfechos, se volvieron a dar la mano para sellar el pacto que quedó in pectore para ambos. Así, la reunión terminó en poco tiempo prometiéndose jugosos resultados y encontrándose en la taquilla de la aduana.
En los meses posteriores Acacio se hizo más popular en el mundo de la farándula periodística, en parte porque su personalidad extrovertida lo proyectaba como el personaje del momento pues no había otro comerciante con su especialidad. Como en un círculo vicioso, mientras más conocido se hacía, más lo invitaban, impulsado por la popularidad que todo el mundo en el estrecho mundo de las importaciones conocía por el creciente número de negocios que hacía: compraba y exportaba hacia Europa, donde la principal clientela estaba alojada en las importadoras de Alemania, Francia, Italia e Inglaterra, los países que estaban dando la pauta por su desarrollo industrial y la demanda de materias primas. La gente podía apostar con seguridad que al menos una vez a la semana la foto de Acacio estaba en El Heraldo en medio de una reseña social.
Con frecuencia Acacio era invitado por las embajadas y los bancos donde conocía a más comerciantes europeos que deseaban importar sus productos, pero la secreta realidad era que Acacio había llegado al tope de su capacidad para operar porque el mismo mercado nacional no daba para más, además de que otros exportadores también compraban para exportar, por lo que los precios subían cada vez más desatando una espiral en subida de precios y de monedas extranjeras en los bancos locales que hasta los ellos se asustaban cuando veían las cantidades. Pero Acacio era el hombre del momento y como nadie sabía de los arreglos que él tenía con la aduana para lograr que sus productos salieran más rápido y con menos contratiempos que los demás, todo eso le había permitido mayor acceso de Andrés Pineda a su casa, donde llegaba sin avisarse con el pretexto de llevarle papeles para revisar, pero con la secreta intención de ver a Norma, a quien también la esperaba varias tardes de la semana a la salida del colegio para llevarla caminando lentamente hasta escasos metros de su casa.
Fue un día de la mitad de una semana cuando Acacio decidió ir a buscar a su hija al colegio con el carro que recién se había comprado. Pensaba impresionarla y se llegó hasta donde estaba el grupo de alumnas que caminaba por la acera. Acacio se acercó lo más que pudo, pero como ella no lo conoció, no le prestó atención, ni tampoco lo hizo Andrés Pineda, quien la llevaba agarrada de la mano, así que el impresionado fue él. Aunque Acacio continuó sin disminuir la velocidad, no pudo evitar acelerar su corazón ante la intolerancia de ver al muchacho con su hija.
Entre la distracción causada por el inesperado cuadro y la ceguera de la rabia que no pudo evitar le produjeron un pequeño choque contra un vendedor de helados apostado casi frente al colegio. El tráfico se detuvo y para evitar ser descubierto, Acacio no tuvo más remedio que entregarle casi todo el dinero que llevaba en el bolsillo al heladero, que debió ser mucho más de lo valía el choque, pues el heladero desapareció de la escena antes que Acacio, quien también desapareció en veloz carrera y dirección opuesta.
Pero su rabia no terminó allí, sino que empezó a maquinar un plan para deshacerse del muchacho de una sola vez, sin meditar mucho en el efecto económico que esa medida le causaría a su negocio. Ese problema lo resolvería más adelante.
Al principio pensó en simplemente despedirlo, pues sobraría conseguir a quien lo suplantara, aunque no se imaginaba cómo. Pero la ceguera de su rabia lo llevó a pensar en un castigo ejemplar, mejor que una simple venganza, lo que requeriría maquinar un plan detallado: lo apartaría del camino suyo y de su hija, rápida y efectivamente, y lo suplantaría con alguien de mayor jerarquía, con un militar de los que manejaban la aduana, y eso lo reduciría al estado de pobreza del que lo había sacado con sus pagos.
Así, Acacio puso en marcha su plan y a los pocos días logró identificar a un capitán que era el jefe de un recién creado organismo de supervisión en las sección de exportaciones de la aduana marítima, y como era el que ponía su firma y fijaba el impuesto de exportación a lo que debía salir, le dio la oportunidad perfecta para matar dos pájaros de un tiro. Se le acercó y le explicó que Andrés Pineda, un interventor de segunda clase, le creaba problemas de tramitación para las operaciones causándole gastos y pérdida de tiempo innecesarios, por lo que él le solicitaba al recién encargado del departamento, que iniciara una averiguación y le consiguiera alguien que se encargara exclusivamente de sus exportaciones.
El nuevo jefe entendió rápidamente el mensaje de Acacio y quedó entusiasmado porque le ofrecieran la oportunidad de probar su nueva capacidad administrativa, tanto a sus superiores como a Acacio. Así, examinó exhaustivamente a los trámites de Andrés Pineda con relación a las exportaciones de Acacio, encontrando, por supuesto, irregularidades que el Capitán las tildó de desconocimiento de los procedimientos aduanales retrasando innecesariamente los despachos hacia Europa. No hubo mención de soborno sino de incompetencia.
Para resolver el asunto sin presunción de delito, el Capitán le propuso a Andrés Pineda que se retirara en silencio antes de hacer un acusación formal a las autoridades superiores, cosa que éste aceptó sin chistar porque sabía que no podía alegar nada, aunque sin dejar de sospechar que era muy raro que el nuevo capitán lo hubiera auditado exclusivamente a él y lo hubiera castigado por algo que todo el mundo en la oficina aduanal hacía rutinariamente, por lo que Andrés Pineda, no tuvo otra opción que perder el trabajo sin saber exactamente por qué o enfrentar la cárcel.
Acto seguido, el Capitán y Acacio salieron a almorzar donde llegaron a un acuerdo similar al que tenía Acacio con Andrés Pineda, excepto que ahora estaba mejor respaldado que con el muchacho, pues la firma y los sellos eran absolutamente auténticos. Por otro lado, poco tardó Andrés Pineda en comprobar que todo aquello debía tener una relación con lo de Norma, dado que ella le dijo que la habían amenazado con mandarla a un internado en Barbados si no cesaba sus relaciones con él, por lo que no tuvo más remedio que pararse en la distancia a verla pasar acompañada con una mujer de servicio que la llevaría del colegio a su casa.
La vida de Andrés Pineda y Norma cambió radicalmente. No se pudieron ver más pues ella pasó a ser vigilada constantemente, y él tuvo que reducir su vida personal económicamente.
Andrés Pineda vivía solo, y la vida en Caracas, era para él un mundo nuevo, ancho y ajeno que si bien le proporcionaba todo lo que él no tenía en el caserío de donde él venía, aquí la vida era cara y demandante. Pero eso para él no era problema porque él sabía que la vida en la capital era así, y esa constante agitación le llenaba a su impulso de superación, aunque solo trabajara para vivir.
Allá vivía en una casa de bahareque con techos de zinc y piso de tierra con su madre, una mujer sola y cuatro hermanos pequeños que corrían casi desnudos entre pozos de agua sucia, al igual que lo había hecho él, hasta que empezó a ir a la escuela rural y luego a ayudar al párroco en los quehaceres de la iglesia, lo que le permitió terminar la escuela primaria, casi a los 18 años, y aunque no pudo pasar de allí inmediatamente, sí tuvo cabeza para darse cuenta que tenía que buscar su futuro en otra parte, y el mejor sitio era la capital. Ambicioso y extrovertido, bien parecido y de buen hablar, al llegar a la gran ciudad, pronto encontró trabajo de mesero en un restaurante en el centro donde recibía un sueldo demasiado básico que se completaba con propinas. Los domingos lavaba carros en la calle y hasta buscó hacerse policía, pero no tuvo éxito. De allí, en un golpe de suerte pues podía caer en gracia con facilidad, pasó a otro restaurante de mejor categoría, donde sus ingresos aumentaron notablemente para mudarse de pensión a una mejor, hasta que logró el cargo de mensajero en una oficina de un abogado, y de allí se conectó con una agencia aduanal que le ayudó a conseguir el puesto en la propia aduana, con el expreso y secreto propósito que le aligerara los trámites, logrando así un aumento sustancial en sus ingresos y un estatus como el que nunca había tenido antes. Su suerte cambió radicalmente, y la prueba era que Norma le había prestado atención. Norma era su novia.
Al poco tiempo, Andrés Pineda consiguió otros clientes aduanales, como lo hacían todos los empleados de la aduana en la sección de revisión de planillas de pagos de impuestos, y se destacó porque era bueno con los números, por eso, cuando Acacio le tocó el tema de aligerar los trámites, como ambos sabían de qué se trataba, pronto llegaron a un acuerdo y ambos se favorecieron mutuamente, es decir, hasta el día del incidente que lo llevó a perder el trabajo y a la novia. Para Andrés Pineda eso había sido todo un cataclismo, económico y sentimental, no solo porque había vuelto en un instante al nivel más bajo de su carrera, sino porque no había forma de comunicarse con Norma, por lo que su primera preocupación fue conseguir otro trabajo, trabajando de mesero en un restaurante de segunda categoría. No pudo ver más a Norma.
Pasaron unos seis meses y Norma cumplió 18 años por lo que sus padres se los celebraron con una fiesta en el Club Hípico, uno de los mejores de la ciudad, donde Acacio invitó a todos sus amigos de las embajadas, casas de comercio, banqueros y los compañeros socios y dueños de aras del hipódromo, del cual era el nuevo miembro, ya que él se había comprado un par de caballos en el hipódromo. En un derroche de música, comida y bebidas el cumpleaños trascendió hasta la madrugada del domingo. El periódico lo reseñó como una de las mejores fiestas del año y publicó muchas fotos de Norma rodeada de la nueva farándula que la tomó para sí, como la nueva vedette de la sociedad, a quien el periódico la bautizó como la “Bella Norma”. El premio de consolación para Andrés Pineda fueron las fotos del periódico que las utilizó para pegarlas en las paredes del cuchitril donde vivía convirtiéndolo en una especie de santuario de su agonía sentimental. Allí se sentaba todas las noches y encendía una vela para ver a su Norma en la titilante luz que le acompañaba los latidos del corazón hasta que se dormía de cansancio con la imagen de Norma en sus sueños.
Un par de semanas después de la fiesta, a finales de junio, Acacio tuvo que ausentarse para Europa y desembarcó en Lisboa en julio. De allí fue en tren a Barcelona, y se preparaba a salir para Francia cuando estalló la guerra civil en esa ciudad. Todo fue tan repentino que se quedó varado en la capital catalana porque los bancos y los medios de comunicación se paralizaron totalmente. Mientras tanto, su familia en Caracas perdió todo contacto con él sin poder manejar el negocio ni las cuentas bancarias por lo que la situación económica pronto les dio un viraje hacia lo peor. En cuestión de semanas, los cobradores asediaron a las mujeres en la casa y les demandaron pagos de sumas que ellas ni se imaginaban de dónde iban a sacar. Norma tuvo una sola idea: conseguir a Andrés Pineda con quien no había vuelto a hablar desde hacía meses.
Tardó varios días recorriendo oficinas y preguntándole a supuestos amigos de Andrés Pineda donde trabajaba él, hasta que le indicaron dónde podía estar. En efecto, a mitad de mes lo consiguió. Estaba de oficinista en una compañía de importaciones y exportaciones aduanales escondido detrás de los barrotes y las carpetas de una taquilla, con una gorra negra hundida hasta las orejas, contando billetes y monedas y revisando papeles. Cuando Norma logró llegar hasta la taquilla, Andrés Pineda quedó paralizado. Le brillaron los ojos, tal vez de lágrimas de alegría, y aceptó gustoso la invitación que ella le hizo para que se encontraran a la salida.
Se fueron a un cafetín llamado El Congreso a la vuelta de la esquina, lleno de hombres bebiendo cerveza y comiendo tapas que detuvieron por un momento sus consumos para dirigirles la vista a los jóvenes que entraron agarrados de la mano. Se sentaron en un rincón dentro de aquel murmullo que parecía un mar embravecido que no se detenía, acompañados por choques de tarros de vidrio, botellas verdes, música y gritos que clamaban por más cerveza. Allí se vieron sin hablar por un momento, agarrándose las manos sin importarle los curiosos, sordos a la algarabía, lejanos en los sueños, pensando en qué decirse porque no sabían por dónde empezar hasta que ella le relató lo que le estaba pasando. Él, por caballero, calló su secreto pues ya sabía que de nada valdría volverse contra su padre y acusarlo de distanciarlos, y menos aún, sin pruebas de una conspiración en las oficinas de la aduana. No podía desperdiciar el momento que como un milagro divino, podría no volverse a repetir.
Se bebieron un jarro de cerveza y mordieron varias tapas hasta que él prometió ayudarla sin saber ni cómo ni cuándo, sólo porque su boca había probado sus besos y ella se los había correspondido. El corazón no mentía, y aunque todo pareciera mentira, que hubiera pasado tanto tiempo como si fuera un millón de años, ella estaba allí con él y ese momento era real. Un buen rato después, cuando la tarde había oscurecido, salieron del local y empezaron a caminar por el centro hasta que ella le preguntó que dónde estaba viviendo, y él le dijo que en un hotel de dudosa reputación no muy lejos de allí para que le alcanzara el sueldo, y entonces ella le dijo que fueran hasta allá.
La sorpresa de Andrés Aguilar fue mayor que la anterior de esa tarde porque no se podía imaginar para qué: “para hablar con más comodidad”, le dijo ella, bajando la cabeza y acercando su cuerpo al de él para darle un fugaz beso en la cara.
Al entrar, ella se sorprendió de ver docenas de fotos de ella en las paredes, como si fuera papel tapiz, dijo, abrazando a Andrés Pineda, al ver la mejor prueba de un amor que había perdurado a pesar del tiempo, los altibajos y la distancia, y fue cuando ella le confesó, completamente, que ella sabía de la conspiración de su padre para separarlos, pero ella había esperado este momento para buscarlo de nuevo y enfrentarse a cualquier vicisitud. Andrés Pineda prefirió callar quedando rendido abrazándola y arrimándola hacia la cama, el único sitio que tenían para sentarse.
Allí empezaron a hablar de tantas cosas que habían sucedido y Norma le explicó en detalle de la situación económica que ella y su madre estaban pasando por la prolongada ausencia y silencio de su padre. Andrés Pineda le explicó que él la podía ayudar si pudiera ver los libros de su padre que estaban en la oficina, porque en ellos encontraría una luz acerca de lo que estaba pasando y si tal vez allí pudieran encontrar algo de dinero. Tal vez allí indique dónde tiene el dinero para que paguen a los acreedores, le dijo Andrés Pineda. Ella aceptó y le dijo que al siguiente día ella le traería varias carpetas que estaban en su casa para revisarla detalladamente, y él aceptó.
Luego, Andrés Pineda apagó la luz y encendió una vela, dándole el toque de romance que ambos necesitaron para encontrarse en un silencio y en una ausencia en el que se amaron todo lo que nunca se habían podido amar hasta que se quedaron rendidos hasta la mañana, cuando se despertaron por los ruidos del tráfico en la calle y se miraron como dos niños, que riéndose después de una travesura tuvieran que correr en opuestas direcciones. Estaban muertos de hambre y hartos de amor, se vistieron y se fueron hasta una cafetería donde comieron panes con café con leche y se prometieron encontrarse esa tarde en el hotel cuando ella saliera del colegio y él de la oficina. Se despidieron con un beso furtivo en la calle delante de varios transeúntes espantados por los acontecimientos. Ella se fue en autobús, y él caminando.
Esa tarde, otra vez en la habitación de Andrés Pineda, él le dio un vistazo rápido a los papeles de Acacio pero concluyó que no había encontrado nada, por lo que ella accedió a traerle más documentos de su oficina. Norma y Andrés Pineda se continuaron viendo por las tardes mientras él examinaba los papeles interrumpiéndose para amarse como si fueran explosiones de pasión en medio de un temporal en una isla lejana de todo el universo.
Después de varias revisiones, lo que pudo concluir Andrés Pineda fue que había una doble contabilidad: una, de los productos venezolanos, claramente expresados en la columna de compras, y otra de pagos, donde estaban otros rubros que él denominaba “varios”, pero sin detallar de qué, los costos del manifiesto de embarque y lo que pagaba en el costo de la mercancía, los impuestos de salida, y el seguro, pero sin mayores explicaciones. Obviamente Andrés Pineda reconoció inmediatamente el tipo de contabilidad doble que se utilizaba para ocultar algo, por lo que sabía que se trataba de la operación de contrabando de extracción, como las que él sabía que hacían todos los exportadores, sin exceptuar a Acacio, y que él había visto miles de veces a diario en la aduana.
También se dio cuenta Andrés Pineda que la fecha en que Acacio lo había sustituido por el capitán coincidía con lo que le había dicho Norma, y a éste que lo tenía en nómina bajo el engañoso rubro de “pagos extras”, sin nombrarlo dentro de los “gastos”, y pudo ver que lo que le pagaba al capitán no era nada más de lo que le había venido pagando a él, entonces comprobó la prueba de su despido: fue por Norma, para sacarlo de la vida de ella, destruyéndolos a los dos. No sabía cómo se había enterado pero tuvo que ser que alguien conocido de ella lo sabía y los acusó, pensó Andrés Pineda, pero no quiso preguntarle a Norma. No era el momento oportuno.
Andrés Pineda no pudo evitar un ataque de rabia porque recordó la miseria de soborno que Acacio le daba por conseguirle los permisos de exportación que le valían a Acacio por los miles que él se ganaba, y lo que le había costado al perder esa entrada porque, más que el dinero, él se había enamorado de su hija y se la había arrebatado. Pero ahora él podía voltear el juego a su favor y tenía que pensar con mucha calma cómo aprovecharse de la situación, ya que tenía que moverse con mucho cuidado porque ese negocio y esa situación eran de altísimo riesgo. Entonces se sentó a pensar con detenimiento y logró hacer las siguientes conclusiones:
Primero, lo de la doble contabilidad no se lo diría a Norma, pues no sabía cómo reaccionaría ella. Ella ya sabía que su padre lo había despedido porque se había enamorado de ella, pero nada más. Hablarle del contrabando estaba fuera de cualquier consideración porque la pondría a la defensiva de su padre, y segundo, obviamente, por lo que él veía que le pagaba al capitán, éste tampoco sabía nada. Lo tenía engañado así como lo tuvo a él, dándole miserias por un soborno. La gran pregunta era, si le decía algo al capitán o lo acusaba. Pero eso tampoco lo llevaría por buen camino porque tampoco sabía cómo reaccionaría el capitán, y dos enemigos contra él, era mucho. Era mejor callar.
Esa noche, antes de regresarse Norma a su casa un tanto más temprano de lo que ambos deseaban, él le sugirió que mejor fueran al siguiente día a la oficina de su padre para revisarla más y poder ver con más detenimiento cualquier otro documento que pudiera serles útil para sacarle provecho económico inmediato. Ella consintió en que irían al siguiente día temprano en la tarde. Esa noche Andrés Pineda soñó, por la ansiedad que sentía, viéndose en el medio de un ciclón, él y Norma agarrados de la mano, desplazados por el viento mientras veía a miles de sacos de café dando vueltas que se venían a estrellar contra ellos. Se despertó sudando pero ansioso de que solo faltaban horas para encontrarse con Norma en la oficina. Él estaba seguro que allí habría una pista clara de lo que Acacio hacía, y aunque él no sabía qué sería, solamente que él la sabría al verla y para algo le serviría. Andrés Pineda saboreó la venganza al alcance de sus manos.
Norma llegó puntualmente, le dio un beso y la llave. Entraron. Siguieron otros besos. Andrés Pineda no sabía por dónde comenzar a buscar, pero sí sabía qué podía estar en las listas de embarque que revisó con las fechas de compra, los nombres de los barcos, las fechas de embarque y el detalle de lo embarcado, peso, etc. y sobre todo, quién había firmado la salida del embarque. El Capitán había firmado todos los embarques. Todo estaba muy claro, pero de poco le servía. Sin embargo, no había llegado al meollo del asunto y tenía que seguir buscando.
Como buen comerciante, Acacio tenía afuera de las gavetas los nombres del contenido de sus carpetas por lo que pudo rápidamente reconocer las listas de compra de café, azúcar y cacao, y allí corroboró que el precio del los productos estaba excesivamente aumentado, algo que Andrés Pineda sabía cuánto costaban, pero eso no era lógico, se dijo, puesto que todo el mundo sabía cuánto costaba esa mercancía, aunque pensó que podía ser que las cantidades estaban muy aumentadas porque la mercancía había que asegurarla por mucho más, por si se la robaban o se perdía en el trayecto. Pensó entonces, si era que esa mercancía llevaba algo más que estaba oculto y por eso la subía tanto de precio, ¿pero qué podía ser? Y la respuesta la encontró por pura casualidad revisando la gaveta principal del escritorio de Acacio que abrió con una llave pequeña distinta a todas las otras, donde encontró en el doble fondo escondido, una pequeña bolsa negra con una media docena de diamantes de buen tamaño y un puñado de oro bruto, tal vez unos 200 gramos. Se asustó inicialmente, pero no se lo dijo a Norma sino que la puso en su bolsillo. Pensaría más adelante, no en ese momento, y luego se lo diría. Tenía que inventar algo, pero no le diría nada por ahora, se dijo.
Obviamente se le había olvidado ponerla en la caja de caudales, pensó, y tal vez esa era la respuesta. Andrés Pineda empezó a darle vueltas inmediatamente a su cabeza: lo que había en otras gavetas consistía en las listas de exportación y sus permisos después que las sellaban para salir del país. Las listas originales aparecían con productos y materiales aparentemente sin importancia porque eran mayormente de otros productos como barriles de ron y bultos de cueros de animales exóticos como tigres y caimanes y hasta plumas de garza, pero en cantidades mínimas. Pero lo que en realidad se ocultaba, concluyó, era que además de los productos llevados en los sacos, Acacio sacaba del país oro y diamantes, de los cuales no se necesitaban mayores cantidades para lograr precios altísimos, y la conclusión era que alguien lo financiaba para que él los comprara y se ganara la comisión al venderlos en Europa. La gran pregunta era ahora, quién lo estaba financiando porque obviamente él no tenía tanto dinero, pues si lo hubiera tenido, no lo andarían buscando los cobradores en su propia casa. O hasta podía ser otro negocio enviándolo a contrabandistas europeos, que le pagaban de quién sabe cuál forma. En síntesis, no lo sabía; tal vez no importaba. Pero lo que sí era verdad era que Acacio era un gran contrabandista de oro y diamantes bajo las apariencias de tantas otras cosas que enviaba, aunque todas muy vendibles en el mercado europeo. Tal vez se había venido de África huyendo de la policía, pero esa no era su preocupación. Allí tendría que haber una pista de quién le mandaba el dinero del exterior, y como la respuesta no debía estar fuera de la oficina, había que seguir buscando.
Andrés Pineda y Norma regresaron al siguiente día y él empezó a revisar otro grupo de carpetas hasta que encontró varias cartas bancarias en alemán con el sello del gobierno alemán, con el águila y la cruz gamada, fechadas en Berlín, obviamente para ordenar pagos en marcos alemanes a bancos venezolanos a una cuenta bancaria a nombre de John Acacio. Allí pudo ver las cifras y los números de las cuentas, y concluyó que las cantidades no eran nada pequeñas. Andrés Pineda no tenía que saber alemán para saber de qué se trataba porque él había visto cartas similares continuamente cuando trabajaba en la aduana, y concluyó que las órdenes de pago estaban hechas por el gobierno al Deutsche Bank, el banco alemán que utilizaba el gobierno para transferir fondos al exterior. El círculo se había completado: el financista era el gobierno Alemán para que Acacio le enviara diamantes y oro en sacos de café, azúcar y cacao, por medio de una compañía operada por Acacio en Caracas, y por eso era que los envíos tenían seguros mucho más altos que lo que en realidad valían. Conclusión: Acacio era más que un simple contrabandista: era un agente al servicio de Alemania, a pesar de ser inglés. Todo eso era cierto, pero también era cierto que no había delito hasta que lo pudiera probar, y él no se imaginaba cómo, aunque también todo le indicaba que su único delito sería sacar los diamantes y el oro sin declararlos como exportación, y en todo caso, un delito menor, pero delito al fin contra la Hacienda Nacional. Por supuesto que Andrés Pineda tampoco le dijo nada a Norma, y solo le concluyó que no había encontrado nada para ayudarla.
Andrés Pineda y Norma salieron de la oficina y se despidieron con unos besos furtivos en la puerta. Ella se fue en el autobús y él caminando, y aunque sentía el peso de la bolsa contra su pierna en su pantalón, de vez en cuando se metía la mano en el bolsillo y tocaba el contenido con sus dedos porque no lo podía creer y pensaba en la cara que pondría Acacio cuando no encontrara la bolsa en la gaveta, y se reía solo mientras caminaba hacia su cuchitril. Tal vez con esa bolsa en su poder era suficiente para su venganza, entonces concluyó que allí estaba su solución, aunque no fuera la respuesta que buscaba, pero sí una salida de su pobreza, y quién sabe, si hasta le alcanzaba para decirle a Norma que se fuera con él de una vez por todas y harían una vida lejos de allí. Sí, se dijo con regocijo, esa sí sería la mejor venganza, y continuó caminando y riéndose solo.
Cuando pudo pensar con la cabeza fría esa noche en su cuchitril, solo, en realidad Andrés Pineda no había encontrado ninguna evidencia de contrabando que él pudiera utilizar, ni tampoco que hubiera estado recibiendo dinero para comprar contrabando porque no tenía más pruebas que las cartas, y no podía ir a los bancos a preguntar, ni sabía cómo acusarlo sin involucrar al capitán, por lo que las evidencias serían circunstanciales que no le servirían de nada para acusarlo de lo que fuera. Andrés Pineda sintió entonces que había estado perdiendo el tiempo y tenía que actuar con rapidez, pues si no lo hacía, muy posiblemente iba a perder a Norma también tan pronto regresara su padre, que ya no le faltaría mucho pues había salido hacía casi dos meses.
En su habitación, sacó el contenido de la bolsa y lo tiró sobre la cama. No lo podía creer ni se imaginaba cuánto costaría todo eso, pero sí sabía que era mucho dinero, tanto que no lo podía creer que lo tuviera en sus manos. Tampoco podía imaginarse cuánto le afectaría a John Acacio haber perdido esa fortuna, pues la tendría que reponer más temprano que tarde, a quien fuera y de la forma que fuera. Tal vez, en cierta forma ya había conseguido su venganza, pero él quería ver hasta dónde esa venganza iba a atrapar a John Acacio, aunque tal vez podía llevarse a Norma con él, y esa parte sí le afectó, pero rápidamente concluyó que por eso tendría que actuar con rapidez. Siguió mirando a los diamantes que destellaban acompasadamente con la vela como si fueran estrellas en un firmamento oscuro que se le abría como la gran oportunidad de su vida. Volvió a meter el contenido en la bolsa y la escondió en un hueco en el colchón pues no pudo encontrar otro sitio mejor que ese, y se fue a dormir. El día había sido muy largo. Tal vez demasiado largo, pero demasiado bueno.
III
Después que regresó Acacio a principios de septiembre, Andrés Pineda no tuvo más remedio que retirarse a su cuartel de invierno, como le decía él en clave a su ratonera para citarse con Norma, pero donde ya ella no lo podría visitar. En una fugaz entrevista en la calle, ella le dijo que su padre estaba de muy mal humor a raíz de un robo en la oficina, y ella se imaginó que se trataba del desorden que había encontrado en la oficina. Obviamente ella no sabía de qué se trataba, intuyó Andrés Pineda, pues ella no se refirió a nada específicamente, por lo que él continuó guardando el secreto de la bolsa.
Unos días más tarde cuando como pago a su insistencia de montarle guardia a Norma a varias cuadras de su casa por fin logró hablarle con calma. Ella le dijo que ellos se podrían ver con calma en una fiesta en la embajada de México en la que se celebraría su independencia, el 16 de septiembre, donde con seguridad su padre no iría porque detestaba a los mexicanos. Le indicó la hora para encontrarse en la puerta y le dijo que le conseguiría una entrada porque quería que él bailara con ella toda la noche. Andrés Pineda le juró por todos los santos que iría y bailaría con ella, y pensó que por fin los astros se le habían alineado.
Para Andrés Pineda no fue difícil encontrar los fondos para costearse un smoking negro, desde la corbata hasta los zapatos de charol, pues todo salió de la venta de un par de gramos de oro del que había en la bolsa negra que le había robado a Acacio. Se fue a la fiesta y esperó en la puerta del local la llegada de Norma quien llegó mucho más tarde de lo esperado pero de la mano de un acompañante desconocido para él. Norma lo vio pero no pudo acercársele para darle la entrada, por lo que Andrés Pineda tuvo que sobornar al guardia de la puerta.
En la fiesta, Andrés Pineda se mezcló entre mucha gente tratando de pasar desapercibido, bebiendo, hablando, bailando, y vio a Norma en la distancia rodeada de gente, más bella que nunca, con un vestido de lamé negro pegado al cuerpo y asomando media pierna por el lado derecho del vestido. Tenía una bolsa pequeña, también negra de la que sobresalían piedras brillantes, y se había pintado los labios de un encendido carmesí y delineado los ojos en negro. Nunca la había visto así, tan bella. Se le acercó, pero no pudo pasar de allí porque su acompañante no la soltó en toda la noche y ella nunca le advirtió que iría con otra persona. Al final, aceptando su derrota, no insistió más para evitar sospechas y se fue.
Al día siguiente, cuando fue a desayunar en el café de la esquina, Andrés Pineda escuchó la noticia en la radio de una muchacha que había sido asesinada en la madrugada, pero no le dio importancia. Más tarde, la radio aumentó los detalles del asesinato, pero no dieron ningún nombre porque la policía no la había identificado. En la edición de la tarde, un periódico amarillista relató más detalles pero ninguna identificación de la occisa. Solo fue al siguiente día en El Heraldo cuando relataron los detalles macabros de la escena. En ese instante Andrés Pineda tuvo un mal presentimiento que le heló la sangre, pero que se negó a creer a pesar de que la descripción coincidía con la forma como Norma estaba vestida, pero él no podía ir a su casa a verificarla y para consolarse se acordó que muchísimas mujeres habían ido vestidas de negro, con bolsas negras. Trató de olvidar el incidente, sin embargo, cuando lo vencieron los nervios, salió corriendo hacia el hospital donde estaba el cadáver de la desconocida y donde, por supuesto, no le dieron información de nada por no ser familiar. Sólo un enfermero en la puerta le dijo que la muchacha había sido asesinada a esa madrugada cuando venía de una fiesta en la embajada de México.
Andrés Pineda sintió que le faltó el aire y un leve mareo que tuvo que agarrarse de una silla para no caerse. Respiró profundamente hasta que le volvió el alma al cuerpo y hasta le ofreció dinero al enfermero para que lo llevara hasta la morgue, pero el empleado se negó. Todavía albergó la última esperanza que pudiera haber sido otra de las asistentes, pero el corazón le decía que no. Tampoco podía quedarse.
No tuvo que esperar mucho porque cuando iba a salir vio al padre y la madre de Norma que llegaron al hospital. Se escondió detrás de una puerta y pasaron sin verlo; venían agarrados de la mano. Una media hora después regresaron, no tuvieron que decir nada, pues ambos salieron llorando del hospital. Andrés Pineda lo supo entonces y se sentó en la acera a llorar porque su corazón le confirmó que era Norma.
Cuando hubo pasado el entierro, la policía se dedicó a seguir las pistas que tenían y que no eran muchas, sin embargo, la incriminación de Andrés Pineda pronto vino por parte de quien menos se lo esperaba: primero, del enfermero que lo identificó como el que estaba muy interesado en ver el cadáver de la muchacha, y luego por el portero de la embajada, quien dijo que lo había sobornado para que lo dejara pasar a la fiesta.
La policía lo arrestó y lo incomunicó, no sin antes declarar a la prensa que tenían preso a un sospechoso y la evidencia para acusarlo formalmente. A los pocos días, después de varios de interrogatorios, el fiscal dijo que ya tenían reunidas todas las evidencias circunstanciales necesarias de que el sospechoso había sido el culpable, de acuerdo a la Policía, por lo que había sido indiciado y sería juzgado.
Como golpe magistral, el Fiscal adelantó en una rueda de prensa desde su oficina lo que expondría como su acusación perfecta: la incriminación estaba basada en las declaraciones de los que vieron a Andrés Pineda en el club esa noche. Aunque nadie los había visto juntos, ni nadie los vio ni llegar ni salir juntos, sin embargo, a la policía sólo le interesó la primera parte: ellos se conocían y eran novios, como declararon unas compañeras del colegio que habían sido confidentes de Norma, y la conclusión del fiscal era que la conocía y la siguió a todas esa noche al parque, hasta que la mató.
Todo esto se complementaba con una serie de declaraciones juradas del propio Andrés Pineda quien nunca ocultó que había estado en la fiesta aunque ni siquiera le había hablado, y había sobornado al portero, que se había vestido con ropa alquilada, y bebido bastante esa noche, testimonio que corroboró el barman. Pero más que todas esas situaciones, la verdadera evidencia del motivo, según la policía, estaba a la vista, en su habitación, y allí la vio la prensa y la fotografió hasta la saciedad, pues Andrés Pineda tenía todas sus paredes empapeladas con todas las fotos que los periódicos habían publicado de Norma en el día de su cumpleaños, y la conclusión de la policía y del juez y de la opinión pública azuzada por los medios, fue que él tenía una obsesión con ella y eso le produjo una manía persecutoria que la llevó a asesinarla por celos cuando se enteró que andaba con otro esa noche en la fiesta. No había salida.
No le valió a Andrés Pineda que callara sobre los detalles de la relación que tuvo con John Acacio a través de las exportaciones, ni con su hija, de la que solo mencionó para decir que sí la veía en la calle a la salida del colegio pero que no había pasado más nada, ni mucho menos que había estado con ella en la oficina, que la había registrado y le había sustraído una bolsa con oro y diamantes, porque eso hubiera abierto una caja de Pandora en contra suya si la policía utilizaba todos esos argumentos para armar toda una historia que él se había vengado de John Acacio por haberlo alejado de su hija.
Tampoco dio los detalles de cómo él le arreglaba los papeles en la aduana, de por qué Acacio lo sustituyó con el capitán, y cómo había venido Norma a buscarlo para que la ayudara a resolver problemas económicos, porque no solamente no se lo creería nadie sino porque para Andrés Pineda era como involucrarla en algo tan sórdido como que ella había traicionado a su padre, y como después de muerta que ella no podía hablar, nada de eso lo iba a ayudar en nada, sino todo lo contrario, lo hundiría más aún, y por eso prefirió callar sobre el cómo, por qué y dónde había conseguido la bolsa que la policía también calló advirtiéndole que si la nombraba lo molerían a palos hasta que dijera lo contrario.
Sobre los detalles del juicio que transcurrió en solo una semana, aunque no trascendían al público directamente del juzgado, llegaban de alguna manera, y la prensa se ocupaba de multiplicarlos. Cuando se supo que Andrés Pineda había trabajado en la Aduana Nacional, la prensa inmediatamente lo relacionó con mafias de contrabandistas que trabajaban en las oficinas de la aduana en Caracas, sin nombrar para nada si desde allí había una conexión con el padre de Norma, que tenía una agencia de exportaciones, pero, por supuesto, el capitán para limpiar el nombre de la Aduana Nacional, y para aclarar, se ocupó de inculpar únicamente a Andrés Pineda, quien había sido despedido por actividades irregulares en la aduana, y aunque eso no tenía relación con el crimen, esa declaración sirvió como un clavo más para el ataúd de Andrés Pineda quien ahora aparecía como un empleado corrupto y un asesino.
Cuando citaron a los padres de Norma al juicio para que dijeran quién era ese acompañante misterioso de quién no se supo nada, estos ya se habían ido de Caracas. En su oficina no quedó nada ni en la casa tampoco, ni los adornos, ni los muebles, ni el polvo, de modo que la historia que salió a relucir fue la oficial de la policía, que ansiosa de encontrar a un culpable, lo zambulló en un mar de contradicciones hasta que el juez lo condenó por asesinato intencional premeditado con ventaja y tenencia de propiedad robada a 25 años de prisión.
La prensa solamente indicó hechos de lo que cualquiera declaraba, testigo o no, pero sin averiguaciones ni confirmaciones sobre lo que la Policía había descubierto, ni sobre lo que Andrés Pineda había declarado, ni de su defensa. Nunca se supo realmente cuándo salió Andrés Pineda de la fiesta, ni Norma tampoco. Ni cómo llegó Norma al parque, ni si tenía un acompañante, ni si las evidencias del parque coincidían con las huellas de Andrés Pineda ya que ese era el único punto que había esgrimido la defensa de que él no había estado allí. La policía había concluido que había sido un crimen pasional sin presentar más pruebas que conjeturas de las fotos en la habitación y el hecho de pagar para entrar en la fiesta, corroborado por testigos que se confundieron al tratar de recordar a la gente que lo vieron en la fiesta donde había más de 500 personas, y los testimonios del portero y del empleado del hospital, que si bien eran hechos reales, en sí no eran pruebas sino conjeturas pues lo que ellos habían dado era su opinión sobre la razón de su presencia. No había ni una sola evidencia firme, pero Andrés Pineda aceptó la condena porque sabía que de no hacerlo, lo hubieran torturado hasta que la aceptara, y prefirió irse al calabozo sin la tortura.
IV
Años después de la guerra, un militar francés que escribió un libro sobre su participación en el contraespionaje francés en el Caribe, sacó a relucir su estadía en Caracas, donde se desempeñaba como agregado militar por casi dos años, pero que en realidad era el jefe de un trabajo encubierto que consistía en estudiar la situación venezolana con respecto a las relaciones con Alemania, de quien el dictador de turno era gran admirador, para analizar las consecuencias que ellas tenían en sus relaciones con Francia. Si bien en ese momento la guerra estaba aún lejos en el horizonte, la llegada de Hitler al poder ya era un hecho analizado por Francia como un posible problema por haber generado una carrera armamentista en Europa. Sin embargo, entre los puntos que trató en el libro, el coronel sacó a relucir como un ejemplo de interesante coincidencia, el episodio de la muerte de Norma Acacio, iluminando por primera vez el trasfondo de un asesinato que aún permanecía oscuro y olvidado al hacer una conexión entre Norma y su asesino desde un punto de vista hasta entonces desconocido por todo el mundo.
Explicó el coronel retirado, que en la embajada de Francia en Caracas, a la cual él estaba adscrito para su trabajo encubierto, habían tenido bajo vigilancia de rutina a John Acacio, desde que llegó con un pasaporte inglés desde África para exportar productos exóticos a Suiza, y aun cuando nunca hizo nada que valiera la pena reportar al espionaje francés, para él había sido un individuo inolvidable por su hija, Norma, quien fue asesinada luego de salir de la fiesta de la embajada del 16 de septiembre, el día de la independencia de México. Él la conocía por las reseñas de la prensa y sabía que su padre era John Acacio, y al verla bailando allí esa noche, la reconoció. Los detalles del asesinato los leyó en la prensa, pero cuando se dio cuenta que no eran como la prensa decía por lo que conversó más tarde con los ingleses, que eran sus buenos aliados.
El coronel detalló: unos días antes de la muerte de Norma, Andrés Pineda consiguió lo que él creyó que era evidencia de un contrabando pagado por el gobierno alemán a Acacio, y se lo presentó en la embajada francesa porque Andrés Pineda supuso que a los franceses le interesaría tener como prueba del contrabando la bolsa con los diamantes y el oro que él mandaba hacia Alemania, pero cuando les contó la historia detallada de cómo la había encontrado y la relación entre Norma y él, ni levantaron una ceja porque era evidente que era un simple robo y el verdadero fin era vengarse de Acacio, además que los franceses sabían de las andanzas de Acacio desde hacía mucho tiempo, y ellos nunca le habían dado ninguna importancia sobre las supuestas operaciones extrayendo oro y diamantes hacia Alemania, ni le aclararon a Andrés Pineda que ellos sabían de esa situación pues los franceses ya habían seguido, por pura investigación de rutina, todo el trayecto de la mercancía hasta llegar a Basilea, ciudad que estaba en el crucero equidistante de Francia, Suiza y Alemania, y no había tal contrabando, pues la exportación era legítima ya que Acacio no exportaba ni oro ni diamantes sino que trabajaba para una casa suiza ubicada en Basilea desde antes de llegar a Venezuela, tal como él lo había dicho públicamente.
Luego, cuando Andrés Pineda no tuvo la deseada respuesta de los franceses, se lo contó a los ingleses, por razones obvias, y le dijeron algo similar, como que eso no era problema de ellos sino del gobierno venezolano y por lo tanto no podían interferir. Que ellos no se sentían afectados por ese contrabando ya que estaba totalmente fuera de su jurisdicción, pues aunque Acacio fuera un ciudadano inglés, el contrabando no iba a Inglaterra. Eso quería decir, aclaró el coronel, que los ingleses también sabían la verdadera historia de Acacio: él no era un contrabandista; lo que él sí era, era un gran jugador profesional, y ese dinero no tenía nada que ver con el negocio sino, con seguridad, con su vida personal y las deudas que había contraído, que por lo visto, eran muy altas.
Luego, el coronel aclaró lo que ellos en la embajada supieron del asesinato de Norma Acacio a través de la prensa, a quien describió como una mujer inolvidable, aunque la había visto por única vez esa noche en la fiesta del 16 de septiembre de 1936 en la embajada. Pero en ciertos círculos se dijo, continuó el coronel, que muy posiblemente había sido un pase de factura al padre de ella porque él era un jugador profesional que debía mucho dinero y que se había endeudado mucho más allá de lo que podía, al punto de que sus acreedores le habían dado un ultimátum para que pagara. A raíz del ultimátum y en vista de que no podía reunir la cantidad, viajó a Europa para ver si podía lograr un adelanto de dinero para cancelar sus deudas, pero le fue negado. El viaje se le atrasó por las complicaciones de la guerra en España y la escasez de barcos de Europa a Venezuela, y cuando regresó a Caracas, su situación se tornó peor que antes, porque posiblemente lo que tenía para pagar estaba en la bolsa que se llevó Andrés Pineda, así que no pagó a los extorsionadores, por lo que ellos cumplieron su promesa de matarle a su hija. En cierta forma, concluyó el coronel, Andrés Pineda mató a Norma porque robó la bolsa a su padre, que terminó en manos de la policía y por supuesto, más nunca se supo de ella.
Ese 30 de noviembre de 1961 cuando Andrés Pineda salió de la cárcel, la mañana estaba radiante, con mucho sol. Apenas se asomó a la puerta lateral, los periodistas corrieron hacia él y lo rodearon como si se tratara de un político que iba a dar declaraciones. Andrés Pineda estaba demacrado, viejo, su ropa raída y traía un bolso bajo el brazo. Nadie lo reconoció sino que asumieron que era él. No se detuvo sino que caminó con lentitud, como si estuviera cansado y los periodistas le abrieron paso, y el grupo continuó a paso lento, sin detenerse, alejándose del penal. Cuando los periodistas le preguntaron si él había matado a Norma Acacio, él se detuvo, aspiró profundamente, se tapó los ojos con la mano para hacerse sombra y poderlos mirar a todos, y solamente les respondió, no, y siguió caminando.
Foto por Matthias Ripp – PxHere

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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