Evaristo Méndez había sido uno de los periodistas estrella de El Heraldo, el periódico más importante del país. No tenía la mayor circulación porque no era un periódico sensacionalista, sino por el contrario, era, como muchos lo consideraban, muy pautado en lo que reportaba porque prefería la verdad a la especulación en la noticia.
Todo lo que el periódico publicaba podía comprobarse que tenía una fuente correcta, y si era inexacta, era porque la fuente había sido inexacta pero no porque hubieran publicado una mentira o especulación. Era, como decía su dueño y todo el mundo, un periódico serio, y la razón era porque su editor, Evaristo Méndez, así lo llevaba.
Un veterano periodista, Evaristo había comenzado en el periódico como barrendero, luego de mensajero, y luego en el taller de la tipografía, pero de eso hacía demasiados años para recordar cuándo, y de allí, subiendo escalón por escalón, como ayudante de lo que fuera, llegó a reportero asistente; luego a reportero de eventos sociales; de ahí a reportero de noticias en general, primero, y luego a reportero de noticias políticas, a jefe de reporteros, a columnista, luego a editorialista, y finalmente a Editor en Jefe de El Heraldo. Toda una vida.
Medio siglo de cagatinta, como él mismo se categorizada, desde cuando el taller de impresión estaba lleno de linotipistas que montaban las columnas poniendo cada letra a mano, una por una, untando tinta, haciendo pruebas, con las manos y la ropa manchadas, toda la noche trabajando para que en las últimas horas de la madrugada pudiera salir el periódico a la calle, tronara, lloviera o relampagueara, como decía el dueño que pasaba también la noche en vela, supervisando cada página que como una sábana iban poniendo en orden en las prensas que hacían tanto ruido como un tren que no se paraba en las estaciones sino que corría por horas y horas hasta que tiraban la última hoja para entregarla a los repartidores que salían en camiones, bicicletas y a pie a llevar las noticias a todos los rincones de la ciudad.
El Heraldo no era el periódico que más se vendía, pero se vendía todo, absolutamente todo, y hubo ocasiones cuando hasta tuvieron que hacer una segunda tirada como cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el Día del Armisticio, la explosión del Hindenburg, el bombardeo de los japoneses a Pearl Harbor y la rendición de Alemania, entre otras. La gente había llegado a decir que le creían más a El Heraldo que al Gobierno, y que leían los otros periódicos para divertirse o informarse de banalidades locales, como las muchas noticias que más sonaban a chisme que a verdaderos sucesos que tuvieran importancia para la vida del país,
El periódico publicaba también a varios articulistas que estaban entre los letrados y políticos más conocidos del país, sentando el tono de la buena cultura y el buen gusto, la gramática, la historia, y sobre todo, la ponderación de un buen argumento que valía la pena leerse aunque no se estuviera de acuerdo con él. Pero el modernismo en el negocio periodístico había empezado a forzar al dueño, un señor bastante entrado en edad a buscar nuevas formas de competir contra aquellos periódicos que se habían venido modernizando contra aquellos medios que, como El Heraldo, por no tener una gran circulación, tampoco tenía grandes ingresos, y por su mucho personal, poco podía reducir sus gastos.
Pero allí fue cuando al dueño se le ocurrió hacer una gran transformación que él, sin decirle nada a nadie ni consultarlo con la junta directiva, tomó individualmente la decisión contra viento y marea de nombrar a Evaristo como Jefe de Redacción y encargado de los editoriales que publicaban cada domingo.
El primer sorprendido fue el mismo Evaristo cuando el dueño lo llamó a su oficina y le preguntó si quería el cargo. Evaristo se sentó para contenerse del impacto, y luego de masticar calladamente la propuesta le dijo que por supuesto aceptaba lo que él llamó el mayor reto de su vida desde que le había propuesto matrimonio, un poco ya viejo, a una señora viuda con hijos que había conocido en una reunión política a la cual había ido a cubrir.
Luego, el dueño se lo presentó a la junta directiva como un hecho cumplido, y cuando la media docena de accionistas aprobaron la medida en vista de los atributos personales que todos le conocían a Evaristo, como su buena e impecable redacción, el buen gusto para atacar sin ofender, y para defender sin parcializarse, para tener esa visión hacia el futuro como los buenos jugadores de ajedrez, se había logrado el respeto de la comunidad seria del país por ser ponderado y ecuánime, los accionistas se pusieron de pie y lo aplaudieron, aunque al salir Evaristo de la sala todos ellos dijeron que no tenían otra salida pues el periódico estaba al borde de la quiebra y solamente un milagro lo recuperaría.
Evaristo comenzó su primer editorial haciendo un llamado al Presidente de la República para que tomara una serie de medidas económicas y sociales, y para sorpresa de todo el mundo en el periódico, el propio Presidente llamó a Evaristo ese mismo domingo y le dijo que tenía razón, y le pidió que le hiciera una entrevista para él dirigirse a la nación en vista de las nuevas medidas que el Gobierno impulsaría.
El golpe fue magistral porque la entrevista se regó como un incendio en un pajonal seco, y los otros periódicos, sorprendentemente, elogiaron el editorial, no solamente por lo que decía y cómo lo decía, sino por el momento cuando el Presidente parecía inmutable a tomar una serie de medidas por las que todo el mundo clamaba. El dueño, la directiva en pleno y todos los empleados, felicitaron a Evaristo porque sintieron que el periódico, como empresa, podía salir a flote y avizoraron lo que podía ser el comienzo de una nueva era, es decir, retomar el sitial en el que siempre había estado. Y así comenzó Evaristo con el pie derecho su nueva posición en el periódico El Heraldo, convirtiéndose en el Editor del que volvió a ser el mejor periódico del país.
La nueva dirección del periódico le permitió aumentar las ventas, sobre todo la edición dominical que todo el mundo importante del país esperaba con ansiedad porque Evaristo se convirtió en una especie de profeta porque parecía que adivinaba lo que iba a pasar y lo anunciaba en su columna de la primera página.
Esta resurrección económica le permitió a la empresa empezar la modernización al adquirir nuevas prensas que producían una mejor impresión, además de mayor rapidez con menos trabajo, amén de menos ruido, menos desperdicio de papel y otros insumos, lo que permitió a su vez la jubilación de muchos trabajadores que tenían muchos años trabajando en el periódico y así, traer gente joven acostumbrada a operar a las nuevas rotativas, a los teletipos que fueron reemplazados por nuevos sistemas de telefotos en colores que provenían de satélites, suscripciones a sistemas de información internacionales, máquinas de escribir eléctricas, y tantos otros equipos que pusieron a El Heraldo a la par de los otros competidores, y manteniendo siempre la alta calidad de su periodismo, dirigido al público más instruido del país.
Y cuando llegó la era electrónica Evaristo no tuvo miedo de solicitarle a la junta directiva que las computadoras reemplazaran a los teletipos y a los dibujantes, que todo el personal se adiestrara para hacerse compatible con la rapidez y eficiencia que demandaba un medio que luchaba contra el tiempo para presentar la noticia, no solamente lo más rápidamente posible sino con fotos perfectamente claras e información perfectamente veraz porque venían desde las mismas fuentes de los acontecimientos.
Y así fue. El Heraldo salió un día con una nueva cara por tener un nuevo diseño de presentación en sus páginas, copiándose de los grandes rotativos del mundo desarrollado, de las grandes capitales, de aquellos que imponen la moda en el periodismo, como ejercicio, como profesión y como negocio, y logró revolucionar a los periódicos locales que no se esperaban que el periódico más antiguo de la ciudad, llegara a ser el más revolucionario y llegara a imponer un nuevo estilo periodístico. El periódico El Heraldo, en sí mismo, dijo Evaristo en su editorial de ese domingo, es la noticia: el periódico había llegado a la cúspide con Evaristo a la cabeza.
Pero si bien Evaristo había logrado impulsar al periódico a la punta de la lanza de los medios, la edad y sus achaques también empezaban a rodear a Evaristo como un ladrón que llega un tanto inesperadamente en la noche. Y lo peor para Evaristo no fue que la edad le minara su esfuerzo y su espíritu sino cuando la propia junta directiva le dijo que la empresa había decidido emprender hacia nuevos horizontes en los medios de comunicación.
Insuflada por el éxito que había tenido el periódico, ahora publicarían una revista mensual dirigida a cierto público distinto al que venían tratando, en una forma más informal, con capítulos de novelas de amor, recetarios de cocina, columnas de temas variados en las que los lectores participarían con sus propias producciones literarias, concursos de fotos, poesías y cancioneros, horóscopos y otras cosas que, por supuesto, Evaristo no compartía en absoluto, y el golpe de gracia se lo dieron cuando supo que la empresa lanzaría un canal de televisión al que el periódico quedaría subordinado en todo sentido, como un apéndice, un segundo plano, un respaldo del canal que sería el nuevo medio que movería a los lectores que ahora sería teleaudiencia.
No había duda, lo supo Evaristo íntimamente en su corazón, que sus días ya estaban contados y no podía enfrentarse a ese mundo electrónico, virtual, móvil, rápido, del teléfono celular con pantalla, de canales especializados en un solo tema donde la noticia impresa iba a dejar de existir como ya estaba dejando de existir en los países desarrollados, heraldos ellos de malas noticias cuando al progreso se refiere porque es una competencia desleal con lo viejo, con lo que pasa de moda, con lo que no se pliega al progreso, y eso lo sabía Evaristo, y sabía cuál era la respuesta: solicitar su retiro para irse a ver la televisión en su casa.
Y así fue. Evaristo se retiró por la puerta grande a su casa para descansar, tal vez por primera vez en su vida, sin tener que sobresaltarse por lo que estaba sucediendo en el país ni en el mundo. Se hizo la firme promesa de no escribir más editoriales ni siquiera para él mismo en el silencio de su casa en el que solamente los maullidos de su gato lo interrumpían cuando le saltaba a las piernas donde se había quedado dormido viendo televisión. En esa soledad, lo asaltaban los recuerdos, pero ya los confundía. Se acordaba de la gente, pero ya no lo visitaban, ni siquiera lo llamaban por teléfono para molestarle, ni solicitarle nada, ni discutirle, ni siquiera para insultarle o llevarle la contraria. Ya estaba en el olvido, y lo peor era que él se venía dando cuenta que cada vez se alejaba más hasta de su esposa, que era la única que le hablaba. Ya estaba anciano.
Cuando Evaristo se murió, la noticia salió al aire en el canal de la empresa de El Heraldo, y luego le hicieron un gran reportaje lleno de fotos, de citas de sus grandes editoriales, de sus grandes momentos, y muchos intelectuales fueron al periódico a firmar un libro de recuerdos en el que ellos querían recordar ahora como un mito de lo que debía ser el buen periodismo.
Se hizo el velatorio en el salón de la junta directiva y cuando estuvo repleto, uno de sus excompañeros de trabajo solicitó la palabra para leer la carta que le había enviado Evaristo unos pocos meses antes de morirse, olvidado de todos los que estaban allí. Evaristo les daba las gracias a todos por sus comentarios, por sus ataques, por sus halagos, por su confianza, pero lo más sorprendente fue que dijo que él sabía que se estaba muriendo y en ese instante de lucidez que le quedaba lo aprovechaba para despedirse de todos y darles la noticia que cuando leyeran esa carta, ya él estaría muerto.
Indudablemente, Evaristo siempre había estado adelante de los sucesos, y esa era la característica de un buen editor. Evaristo les había dado primero su última noticia.

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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