A mi ciudad preferida

Con la temperatura casi llegando al punto de congelación y el viento obligando a bajar la cara hasta clavar la barbilla en el pecho, los pies pisando las hojas secas desparramadas en las aceras haciéndolas crujir con cada paso, el cielo muy azul y despejado de nubes, el otoño en toda su extensión hacía que todo el mundo se metiera las manos en los abrigos, apresurara el paso y no hablara sino lo más indispensable, excepto por aquellas pocas personas que sentían el raro placer de disfrutar del momento, oyendo los ruidos de los autos, respirando el humo que esparcían a diestra y siniestra, esquivando los pitazos de los policías, siguiendo con la vista a una sirena y después otra que pasaban en veloz carrera desafiando las interminables colas de autos, los cafés que se podían ver a través de los cristales desde las aceras atestados de comensales que buscaban el refugio de una comida caliente, o de un trago, las puertas giratorias de los edificios que con fuerza y rapidez tragaban y despedían a la gente como si estuvieran en un Tío Vivo; vi a los semáforos que no sólo eran para los autos sino para la gente que se congregaba en las esquinas para cruzarse en las calles como trenes humanos que iban en direcciones opuestas sin detenerse, ni hablarse, ni mirarse; olí a los vendedores ambulantes de salchichas y roscas calientes en las esquinas que desafiaban los vientos congelantes de las avenidas; miré los rascacielos que tapaban el sol excepto al mediodía, perdiendo la noción de las hileras de ventanas en cuentas incalculables que nadie tiene tiempo de contar porque nadie se puede detener a nada en la calle; toqué a los leones petrificados que vigilaban la entrada de la biblioteca, y miré un rato a la pista seca que esperaba al hielo de la Navidad, todo ese mundo que se movía tan apresuradamente por las calles o escurriéndose por las entradas del metro, donde los peatones se hundían para atravesar a la gran urbe por sus propias entrañas en trenes que viajan en las arterias que rivalizan con las cloacas para llegar en minutos al otro extremo de la ciudad, apretados, empujados, gobernados por la mano invisible de la necesidad de moverse siempre hacia delante, en la mayor jungla de cemento del mundo, en la isla más cara del mundo, en la nueva acrópolis del mundo, en la urbe más imitada del mundo, en la ciudad más habitada del mundo, en el ombligo bancario del mundo, allí, contradiciendo a todo lo que los otros hacían, me detuve en una esquina, miré a la Quinta Avenida de una punta a otra y podía ver a todas partes, y sintiendo que estaba en el mayor estudio cinematográfico del mundo, me reí solo, abrí los ojos lo más que pude, respiré con toda la voracidad de mis recuerdos, abrí los brazos de mi imaginación para acaparar todo lo que veía y empecé a reconocer todos los sitios y vivir todas las fantasías que me habían dado todos los momentos de todas las películas que había visto desde pequeño y empecé a descubrir en todos los rincones que la memoria del celuloide me habían impreso en la mente y cuadro por cuadro, fotografía por fotografía, rollo por rollo me los empecé a proyectar en la pantalla de mi cabeza como si yo fuera el galán que iba al Parque Central a encontrarse con su novia, o el niño que buscaba a San Nicolás en Macy’s para pedirle un deseo en vez de un juguete, o el millonario que buscaba un regalo en la joyería o el afortunado peatón que vio a la rubia justo cuando pasaba sobre la alcantarilla del metro en ese preciso instante cuando el vestido se le subió hasta la cintura, y empecé a repasar los nombres de las marquesinas y los podía ver en mi mente, entre luces, tan claramente como leía los nombres en los autobuses de esos sitios que solo habían estado en el mapa de mi imaginación: Bronx, Pequeña Italia, Greenwich Village, Brooklyn, Manhattan, Queens, así como los que estaban en los planos de la ruta del metro: Bowery, Grand Street, Central Station, Fulton Street, Wall Street, Central Park, Coney Island. Todos los recuerdos de imaginaciones más que de sueños que ahora se podían palpar en ese instante mirando a cada paso, a cada ángulo, a cada rincón lo que se había tenido en la mente de lo que se creía que no era sino la magia del cine ahora al alcance de mis sentidos y la experiencia de vivirlo, nada más impresionante que ser ahora también como una estrella del cine sin importarle a uno si el gorila realmente se había trepado al Empire State, o si el gran parque tenía avenidas y lagos, peatones y ciclistas, o si en la calle 34 había ocurrido un milagro o si en la 57 estaba la joyería donde se habían dado la cita para desayunar, o si la suite 719 realmente estaba en el Hotel Plaza que estaban allí cerca, o era en el Parque Central donde se podía caminar descalzo para encontrarse a una bella chica, o era en el Madison Square Garden donde se podía asistir a un boxeo o a un circo, o en el teatro máximo donde se podía ver a cien mujeres levantando las piernas con una precisión increíble, o era allí, precisamente en los teatros de  Broadway donde se podía ver a las estrellas en la Tierra. Todos esos sitios inmortalizados en el celuloide, volvieron a la vida envolviéndome en una gran película la cual solamente yo solo protagonizaba, escribiéndome el guion, dirigiéndome hacia mí la cámara rodeado por un millón de extras que me hicieron vivir mi propio séptimo arte como si se me hubiera concedido la gran realidad de un sueño. Cuando se terminó el día y las luces invadieron las calles, entonces pensé en que yo también buscaría un deseo, me fui a la calle 34 y solo pensé en volver porque nunca llegué a ver al final de la avenida la palabra “Fin”. .

Foto por chensiyuan – chensiyuan, CC BY-SA 4.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.