Luego de que terminaron de ver el capítulo de la telenovela El Derecho de Nacer, que toda Colombia veía por el canal 7 de Telecaracol puntualmente entre 9 y 10 de la noche, en el horario para adultos, de lunes a viernes, con un espacio extra de dos horas el sábado donde se resumían los cinco capítulos de la semana, y no se transmitía el domingo porque el Gobierno había decretado que se le diera esa noche de descanso a la gente para que pudieran ir a trabajar el lunes. Esa noche, como todas las otras seis, Mauricio y María del Carmen apagaron el televisor y se fueron a acostar, aunque antes tuvieron que pasar por la rutina de todas las noches mientras se preparaban en el baño, lavándose la boca él, y ella, removiéndose todo el maquillaje con crema C de Pons, para luego peinarse veinte veces el pelo en una dirección, y veinte veces en la dirección opuesta, y diez hacia adelante sobre la frente para recogerse y dividirse la pollina en dos secciones para fijársela lateralmente con dos enormes ganchos, y finalmente ponerse un emplaste de miel de abejas por quince minutos en toda la cara y luego quitárselo con agua caliente, mientras comentaban, ella desde el baño y él desde la cama sobre el episodio de esa noche de la novela, criticándole lo poco, o lo mucho, que este seguía a la novela de Félix B. Caignet que había puesto de rodillas al continente hispanoparlante y que todo el mundo que sabía leer había leído, y cuya versión se había llevado a la pantalla grande con el mismo nombre, con Jorge Mistral, el mejor galán del momento, y Gloria Marín, la gran actriz que encarnaba a la indómita madre que luchaba entre lo correcto y lo incorrecto de las leyes de Dios y de los hombres para salvar a su hijo ilegítimo, castigado simplemente porque mancharía el nombre de la familia Del Junco, por lo que termina regalándolo para evitar que su padre cumpliera la sentencia de muerte que le impuso al inocente simplemente para resguardar su honor, un drama con seguridad vivido en todos los países del mundo, o sea, un problema universal, y por supuesto donde cada ser tomaba un bando, pocas veces poniéndose de acuerdo, como lo hacían Mauricio y María del Carmen todas las noches como si fuera el postre del día, produciéndose disgustos que continuaban aún hasta después de estar envueltos entre las sábanas y ni siquiera dándose las buenas noches como si fueran los dos abogados de clientes opuestos. Y peor aún, muchas veces la discusión continuaba el siguiente día cuando al levantarse volvían a continuar con el tema que todo el mundo tocaba en todas partes: en los autobuses, en los mercados, en la radio, en las peluquerías, en todos los sitios, y que hasta había llegado a las iglesias donde los curas, durante el sermón y en los cursillos de cristiandad, amén de las escuelas católicas, se habían puesto de parte del padre de María Dolores, el intransigente don Rafael Del Junco, quien la destierra al campo y condena a muerte a su nieto porque ella había sido la pecadora que había tenido un hijo bastardo.

La situación era tan estresante que como todo el país estaba viendo y viviendo la telenovela, desde los que la veían en su casa hasta los que no tenían televisor y se iban a lugares públicos como los bares o donde los vecinos porque la gente estaba sencillamente apasionada, resultando en que el país se había divido entre los que defendían al padre y los que defendían a la hija, resultando que eran los hombres, por lo general los que defendían al padre, y las mujeres a la hija.

De allí habían salido desde pleitos verbales, a golpes, navajazos y hasta tiros porque la situación no se podía zanjar, en parte porque la telenovela que la habían prometido en 40 capítulos, ya los habían sobrepasado al doble, y aparecían unos capítulos obviamente inventados por escritores locales que creaban situaciones desde cómicas y ridículas hasta inverosímiles e idiotas porque sencillamente ya no hallaban qué más inventar. Pero a la gente no le importaba si el libreto original se había pervertido o no, sino que se siguiera viendo. Pero las peleas y discusiones también seguían aumentando, como entre Mauricio y María del Carmen, quienes ya no solamente discutían antes de acostarse sino que continuaban al levantarse y proseguían hasta que llegara el esperado capítulo cuando surgía como por milagro la tregua del silencio, entre las nueve y diez de la noche.

Pero la situación matrimonial entre Mauricio y María del Carmen se había deteriorado tanto que Mauricio había optado por comer en la calle, pasarse los fines de semana solo todo el día, y ella no cocinar ni prepararle la ropa, además de escasamente a dirigirle la palabra, hasta que ella le comentó en grado 33 a su comadre que estaban a punto del divorcio.

Una noche, Mauricio llegó más retrasado que de costumbre y un poco pasado de tragos, además de un tanto desarreglado, por lo que María del Carmen no encontró cómo preguntarle nada. Ella ya estaba en la cama y él ni siquiera encendió la luz, pasó rápidamente por el baño y se acostó sin ni siquiera discutir. Pero lo peor estaba por venir, porque en la mitad de la madrugada Mauricio empezó a hablar mientas estaba dormido, algo que él nunca había hecho, y lo preocupante fue que empezó a referirse a una tal Martita.

Al principio María del Carmen estaba tan dormida que apenas sintió el murmullo de la voz de su esposo, pero cuando él se empezó a reír y a conversar con una tal Martita, fue cuando María del Carmen optó por escucharlo con detenimiento, y su sorpresa pasó de chiste a incredulidad, y terminó en la severa sospecha de que su Marido estaba repitiendo las conversaciones que había tenido con la Martita, quien fuera esa mujer que ella no conocía, y permaneció despierta hasta que Mauricio detuvo la conversación y se sumió en un ronquido profundo hasta la mañana.

Pero la claridad del día siguiente no trajo sino tinieblas para María del Carmen, y lo primero que hizo fue ir a preguntarle a la comadre suya que no vivía muy lejos de su casa y que había pasado por más de un divorcio.

La conclusión de la comadre no fue nada positiva a favor de Mauricio sino todo lo contrario. Por supuesto que es otra mujer, le aseguró como si la hubiera visto en persona, y quién sabe dónde la conoció. Tienes que encontrarla sin decirle nada a él, fue la recomendación, porque al enemigo hay que conocerlo, y de allí le repitió a María del Carmen la misma historia que le había contado un trillón de veces, de lo que a ella misma le había pasado por no creer que había mujeres que le robaban el marido a las otras.

Ante la terrible advertencia que había sido lo de la noche anterior, como le dijo la comadre a María del Carmen, tan clara como la escritura bíblica en la pared, que si no la leía era porque no le daba la gana y si perdía al marido era porque no hacía nada, y entonces la sentenció: ¡guerra avisada no mata soldado, y si lo mata es por descuidado!

La comadre le dio dos consejos a seguir inmediatamente, uno, que se buscara un cuaderno y un lápiz para que anotara todo lo que Mauricio decía para que lo descifrara ese otro día con calma mientras él estaba en el trabajo, ya que alguna información sobre la susodicha tendría que dejar escapar, y el otro, que buscara a la Martita esa en todos los sitios de la ciudad, en las trabajos, en los mercados, en la calle, hasta en las iglesias, que le preguntara a la gente si la conocían, en fin, en todas partes hasta debajo de las piedras, y cuando la encontrara, que la enfrentara y le diera su merecido.

Ante ese panorama prácticamente ineludible, María del Carmen se dispuso a enfrentar la situación pues tenía que salvar a su matrimonio o terminaría como la telenovela: huyendo para salvarse ella, y terminaría como María Dolores, refugiada en un convento. En conclusión, tenía que encontrar a esa mujer y no podría ser tan difícil pues en ese pueblo no había mucha gente.

Esa noche no pegó un ojo hasta que su esposo empezó a hablar, y ella tomó el cuaderno y empezó a escribir con la velocidad de una taquígrafa que no dejaba escapar una palabra y hasta un gemido. Mauricio hablaba por momentos, se reía en otros, se dormía, roncaba, decía cosas incoherentes, ruidos, pasaba más tiempo en silencio y luego continuaba con la conversación con la Martita, y así estuvo María del Carmen como una secretaria de juzgado, sin dejarle escapar una palabra hasta que el despertador los despertó a los dos, a él de su lado clavado en la almohada y a María del Carmen del suyo, con el lápiz en la mano y el cuaderno en el suelo. Mauricio se preparó para salir como lo hacía todos los días y con unas palabras que no se entendieron se despidió de su esposa, quien permanecía inerte en la cama hasta que la despertó el portazo de Mauricio cuando salió para la calle.

Por supuesto que María del Carmen tuvo que quedarse en la cama toda la mañana para recuperarse del desvelo de toda la noche; en síntesis, se sentía agotada y como le dijo a su comadre esa tarde antes de que regresara Mauricio, con la cabeza como llena de algodón. Lo peor del caso fue que como había escrito en la oscuridad, no se entendía nada de lo que había escrito, las palabras torcidas, las letras de todos tamaños, rayas y más rayas, hasta que al final de la página, era obvio, que había caído rendida acompasada por los ronquidos de Mauricio.

Para la siguiente noche cambió un poco el plan, dejando la luz de la lámpara de la mesa de noche encendida, después que Mauricio se durmió, y medio tapándola con un paño para disminuir la intensidad del bombillo. También se salió de la cama y se arrodillo del lado de Mauricio, donde apenas llegaba la luz, y trató de copiar lo que él decía, entre ronquidos, ruidos guturales, saltos de palabras, risas y, por supuesto, el nombre de Martita repetido muchísimas veces. No había duda que la tal Martita era alguien que él veía en el día, quién sabe para qué, y con ella estaba armando una amistad de la que no resultaría nada bueno, todo eso fueron las conclusiones que entre ella y su comadre llegaron al siguiente día cuando pudieron descifrar los garabatos que había hecho María del Carmen en el cuaderno que parecía la escritura de una infante del jardín de infancia que ni siquiera había aprendido las vocales por lo que la comadre le dijo que ese plan no estaba sirviendo y tenía que atacar como lo hace la infantería.

¿La qué, la infantería, de cuál infantería está hablando comadre?

De la que usted tiene que coger al toro por los cuernos y buscar a la Martita en la calle, es decir, en donde esté, porque con seguridad está en su guarida, que quién sabe cuál es, y ruéguele a Dios que no la consiga con su marido.

María del Carmen se quedó paralizada pero agradecida de que le hubieran abierto los ojos y trazado toda una estrategia la cual empezaría de inmediato levantando piedra por piedra hasta dar con la mujer que iba a destruir a su hogar, y como decían que en la guerra y el amor todo se vale, aquí valía el doble porque era una guerra por amor, y con esa consigna salió a buscar a la Martita.

Se fue a las peluquerías y entraba a preguntar si allí no trabajaba una Martita, y cuando le decían que no, preguntaba si había una clienta que se llamara Martita, y también le decían que no. Y seguía por la acera entrando en todos los locales con las mismas preguntas y oyendo las misma respuestas.

Así entró a las tiendas, a las perfumerías, a los salones de moda y zapaterías de mujeres, a panaderías, carnicerías, pastelerías, joyerías y farmacias, a las librerías, a las heladerías, a las ventas de telas, y hasta las iglesias, a los colegios públicos y privados, a los jardines de infancia, a los edificios públicos y los bancos, en fin en todo sitio donde había gente y en todos los sitios le dieron la misma respuesta, no, no conocemos a ninguna Martita, o tal vez que hacía mucho tiempo hubo una y más nunca la habían vuelto a ver, en fin todas las combinaciones de respuestas que podían tener una negativa. En síntesis, la búsqueda había sido tan negativa como el episodio del cuaderno. Al final de cuentas tuvo que confesarle a su comadre que había tirado la toalla, que había perdido las esperanzas, que todo era inútil, y que ya ni la telenovela le interesaba al punto que dejo de verla.

El último recurso es, le dijo la comadre, la oración: una novena a Santa Rita, la santa de las situaciones imposibles, para que te aclare la vista y el entendimiento. Ofrécele una misa con novena y comunión al final de la novena, y si eso no sirve, tendrás que ir donde un brujo allá en la montañas de San Andrés, pero hasta allá no te acompaño porque eso da miedo.

Resignada María del Carmen se fue directamente a una iglesia donde había una estatua de Santa Rita y le propuso el trueque: misa, novena y comunión por clarificación de su situación, así sea el divorcio, pero que esta incertidumbre se acabe de una vez, porque los nervios me van a matar. Y con ese negocio unilateralmente propuesto dejó a Santa Rita parada en el altar mientras ella se fue a un punto de la iglesia lo suficientemente oscuro para llorar sin que nadie la viera. Cuando se le acabaron las lágrimas se fue para su casa.

Apenas entró se dio cuenta que su marido había llegado y mucho antes de lo esperado. Lo supo porque vio el sombrero en la sombrera, en el mismo sitio de siempre, el Borsalino gris y cinta negra mirando hacia el suelo. El saco y la corbata también los había dejado haciéndoles compañía al sombrero.

Se detuvo a pensar porque no venía preparada para hablarle porque nunca llegaba tan temprano, y cuando se armó de valor para enfrentarlo caminó lentamente hacia adentro. Pasó el recibo con los muebles verdes tapizados de falso cuero verde y clavos negros, continuó hasta el comedor que aún tenía los platos con que ella había comido al mediodía y que no había recogido porque andaba, como ella decía, con la cabeza en otra parte, pero en la medida que se acercó al patio pequeño de adentro empezó a oír la voz de su marido que conversaba con alguien, y ese alguien de vez en cuando le contestaba. Era una voz un tanto elevada, pero clara, que a veces hacía una carcajada corta. María del Carmen se debatió entre la curiosidad y el miedo, pero venció el primero y caminó con pasos muy cortos hasta que alcanzó a ver a su marido de espaldas y le preguntó, ¿con quién hablas Mauricio?

Mauricio no volteó sino que siguió hablando con alguien y en unos instantes se empezó a voltear muy despacio hasta que se puso frente a ella, sosteniendo en el índice de su mano derecha a un loro real, todo verde con un penacho amarillo a quien se lo presentó a su esposa diciéndole, conoce a Martita, es una lora que me la trajeron del Amazonas y ya está empezando a hablar. ¿Es muy bella, verdad? La he traído para que los dos la enseñemos a hablar y nos hablemos de tantas cosas que podemos hablar en vez de discutir por una novela que de paso sabemos cómo termina.

María del Carmen lo miró desconcertada. Tienes razón, le dijo, y se le acercó y le preguntó ¿la puedo sostener?, ¿muerde? a lo que él le dijo, por supuesto, sostenla, es para que los tres nos hablemos…

A lo que María del Carmen lo interrumpió preguntándole, y… ¿en qué terminó la novela?

Y los tres se rieron.

Foto por Charles J. Sharp, Sharp Photography, CC BY-SA 4.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.