¿La señora Martínez está?, preguntó el señor a la muchacha de servicio que la abrió la puerta de la calle. La muchacha, sin abrir la boca, lo miró de arriba a abajo y le hizo un ademán con el brazo indicándole que pasara, y el señor la siguió hasta una habitación grande, como un recibidor que estaba lleno de gente, obviamente invitados como él, en su gran mayoría mujeres que departían entre ellas y que apenas voltearon a mirarlo sin interrumpir su conversación que mantenían en un tono tan alto que se perdía en una algarabía que era difícil entender qué era lo que decían, pues a medida que una subía el tono, las otras lo hacían también para asegurarse que serían escuchadas. El señor, un tanto intimidado por la presencia de tantas mujeres, también las miró sin cruzar palabra y no pudo sentarse en ninguna parte porque todas las sillas estaban ocupadas. Buscó con la mirada a unos hombres que estaban dispersos pero ellos se hicieron los que no le habían visto, por lo que optó en quedarse parado mirando las paredes y los adornos que estaban en la habitación. Al cabo de un rato, regresó la muchacha de servicio y le dijo al señor recién llegado, que la señora vendría en un momento a hablarle porque ella estaba muy ocupada adentro. El señor se sonrió y se tomó las manos detrás de su cuerpo en una posición de resignación y empezó a caminar lentamente por la habitación tratando de mirar detalladamente a los objetos para disimular el incómodo de estar completamente solo dentro de tanta gente que no le había tomado en cuenta para nada.
Como para hacer algo, se acercó hasta escasos centímetros de una pared y empezó a detallar el papel con que las habían empapelado, un papel que había sido de un rosado muy suave con flores de lis en gris, también muy suave, pero que el tiempo había desteñido haciendo a las flores casi imperceptibles. La miró desde el techo hasta el suelo como si quisiera encontrar algo que le distrajera o le llamara la atención para despejar su mente de la incomodidad pero no encontró nada excepto un poco a su derecha, un cuadro de un velero que se batía en una borrasca. Era un óleo original pero la firma no se entendía, cosa a la que le restó importancia porque tampoco le interesaba. Más le llamó la atención el marco, todo dorado, y llegó a la conclusión que tal vez el marco valía más que el cuadro, pues al menos parecía de oro. Sabía que él no sabía nada de pinturas pero sí podía darse cuenta que no lo habían limpiado en muchísimo tiempo, por lo que sin disimular su neurosis le pasó el índice y luego se lo miró para comprobar lo sucio que estaba. El cuadro no logró distraerlo de la sospecha que todas esa gente lo estaba observando pero como nada podía hacer, continuó su lento caminar pegando la vista a la pared para retribuir la indiferencia. Mientras tanto la gente continuaba conversando de pie y se hacían los que no lo veían.
Pocos metros más allá se encontró con otro cuadro, más grande que el anterior y muy impresionante, pues era muy oscuro y por consiguiente poco podía apreciar en los detalles salvo que se trataba de unas ruinas, tal vez clásicas que no podía adivinar de dónde eran. Se retiró un poco dando unos pasos lentos de espalda para apreciarlo mejor, hasta que tropezó con una elegante interlocutora que lo miró tan desconcertadamente como él a ella, y que luego de excusarse con la señora, corrió a refugiarse como un niño castigado mirando otra vez a la pared. No quiso voltear ni siquiera para ver qué cara ponía la gente del grupo, salvo que sintió más aún que lo escudriñaban porque sentía sus ojos que le tocaban la espalda y prefirió continuar su recorrido como un insecto pegado a la pared.
Su próximo encuentro fue con una mesita esquinera que estaba llena de ceniceras que, por supuesto, estaban atestadas de colillas de cigarrillos, unas apagadas y otras todavía humantes, ya despidiendo el olor nauseabundo del tabaco viejo. Al lado de las ceniceras, había varias tacitas de café vacías, unas marcadas con pintura de labios en los bordes, otras no, mudas compañeras de las colillas de los cigarrillos que habían pasado a mejor vida. Bordeó la mesa haciendo una curva forzada para no tropezar con las puntas de los zapatos de varias personas que estaban casi dormidas en unas sillas y que no hicieron ningún esfuerzo en moverlos, por lo que tuvo que caminar entre ellos sintiendo como si saltara entre peñascos cortantes hasta que llegó al otro lado donde encontró un enorme piano tapado con una gran mantilla española que tal vez vio muchas corridas, y recostado a una pared como para no caerse de cansancio por lo viejo que era. Trató de levantarle la tapa y ésta se resistió porque estaba cerrada con llave. Sobre la amarillenta mantilla en la tapa del piano, había muchas fotos de varios tamaños, en marcos oscuros unos, de plata otros, rectangulares, cuadrados, ovalados, de caras, de personas, de grupos tal vez de familiares o amigos, hasta de un perro pastor alemán que estaba sentado con arrogancia teutónica; otra, en un barco de pasajeros del tipo trasatlántico, donde había una pareja agarrada de la mano, él con pantalones blancos y saco azul de donde salía un pañuelo blanco, tal vez de seda, tal vez de lino, con sombrero blanco de Panamá, y ella con un traje claro que se recogía en el hombro izquierdo con un broche, y un gran sombrero de ala ancha que ella se sostenía del viento, y un lazo, tal vez negro o azul, una pareja sonrientes; de niños jugando y de niños sentados, y de adultos, todas de tiempos pasados, muy pasados, tan remotamente lejanos que las tomó en sus manos para verlas más de cerca, pero de nada le sirvió porque no reconoció a nadie. Buscó a su amigo entre las fotos y no lo logró reconocer. Tal vez no tenía por qué hacerlo, pensó, y entonces se volvió a acordarse de los invitados que no le habían dirigido la palabra.
Mientras le pasaba la mano a la mantilla palpando el relieve de las flores le sorprendió la voz de la muchacha de servicio que desde atrás le habló para ofrecerle una tacita de café, no sin completarle el ofrecimiento con un mensaje de parte de la señora que le decía que se tomara el café mientras ella terminaba de arreglar ciertas cosas, pero que saldría tan pronto fuera posible para atenderle.
La oferta fue aceptada y con la misma la muchacha desapareció entre la muchedumbre recogiendo tacitas vacías que depositaban en una gran bandeja de plata que ella había traído para tal efecto. Quedándose solo nuevamente entre esa muchedumbre, el señor continuó su periplo silente buscando más cosas en las paredes como si se tratara de un insecto que busca un camino hacia el techo sin tropezar con nada, o de una araña para ubicar su tela en huecos oscuros donde caerán sus próximas víctimas, excepto que él era el que sentía observado por docenas de ojos que lo hacían a él la víctima, a la pared la tela, y a ellos las arañas. No pudo avanzar mucho en su desplazamiento porque estaba una gran ventana que posiblemente daba hacia la calle, pero cerrada toda, excepto por un par de postigos en la parte superior por donde se veía escapar al humo de la habitación. No había remedio, el recibidor estaba tan cerrado como un claustro y poco podía hacerse para iluminar el sitio y hacerlo menos lúgubre. Había venido a un novenario y poco podía esperarse que el sitio estuviera en un ambiente menos deprimente que el que se había encontrado. Entonces se armó de valor y decidió enfrentar al público.
Desde la esquina se podía ver todo, empezando por la puerta que estaba totalmente opuesta a él. Miró en todas las direcciones y pronto llegó a la conclusión que desde ese ángulo, la situación no variaba en nada: otras caras, otras voces, tal vez otros temas de conversación, pero más de lo mismo, e igualmente ni siquiera lo miraban. La distancia humana era la misma.
De pronto, apareció la muchacha con otra bandeja repleta de tacitas de café, y acercándosele le ofreció una que el señor aceptó con regocijo en el rostro, y paciencia en el corazón. Olió el café y comprobó que estaba recién colado. Penetrante su aroma, desplazaba al humo de los cigarrillos que dominaba al ambiente. Tomó un pequeño sorbo para tantear la temperatura y la dulzura, y en ambas falló: demasiado caliente y poco dulce para su gusto. Lo tomó, sin embargo, porque pensó que se trataba de pasar el tiempo esperando a la señora, ya que allí poco más que los objetos le podrían entretener, ya que nadie le pensaba dirigir la palabra.
Cuando terminó el café, luego de dos sorbos, buscó una mesita para poner la taza, y cuando consiguió un espacio con la vista, la llevó con mucho cuidado y la puso entre muchas otras que esperaban el viaje de regreso a la cocina. Dio media vuelta y esta vez se fijó que las personas que estaban cerca de él lo miraban, pero ninguna hizo ningún ademán para dirigirle la palabra, lo que hizo que él solamente les dirigiera una sonrisa sin afecto para luego devolverse a la pared para continuar con el viaje de su refugio.
Vio porrones altos de porcelana china roja con flores doradas. Una estatua de mármol tamaño natural de una mujer que portaba un ánfora, más adecuada para un cementerio que para una casa. Más mesas de varios tamaños, llenas de fotos, de ceniceras llenas de colillas, copas y vasos vacíos, y animalitos y candelabros de vidrio, apretados todos, reunidos con seguridad a lo largo de muchos años en muchos y diferentes sitios donde seguramente los anfitriones habían estado en diferentes ocasiones como en la que había quedado presa en la foto del barco. Todo lo iba entresacando con su mirada que la paseaba entre las personas que estaban de pie y que se negaban a moverse como los postes de cemento enterrados en las aceras de la calle sosteniendo tacitas en vez de cables y bombillos, pero inmóviles excepto por sus gesticulaciones con un solo brazo.
Los pocos hombres que allí estaban permanecían prisioneros al lado de sus esposas, encadenados por sus posibles advertencias para que no se levantaran a hablar con el extraño que miraba impaciente a todo el mundo y que todo el mundo hacía que no le habían visto pero que sí habían visto, y le habían medido con sus pupilas, y le habían oído su voz, y le habían sentido su incomodo de tener que estar como un insecto agarrado de la pared como para no caerse porque sabía que si lo hacía, lo iban a perseguir hasta aplastarlo irremediablemente entre tanta gente que no lo había querido ni saludar, hasta que de pronto, como un destello de luz, vio dos ojos que se fijaron en él y un rostro que subió el seño, una mujer, más vieja que joven que se le acercó con paso firme y extendiéndole la mano le dijo que ella era la señora Martínez y que en qué podía servirle pues obviamente ambos supieron que no se conocían.
El señor se quedó estupefacto y en los segundos que le tomó verle la cara de cerca y estirar el brazo para darle la mano tuvo que recordar el estribillo que se había propuesto decirle cuando la viera, y sin titubear, como un alumno diligente que repite la tabla de multiplicar le dijo que él había sido un buen amigo de su esposo y que sentía mucho que se hubiera ido para siempre.
¿Cómo, de qué me está hablando usted?, le preguntó la señora totalmente desubicada de lo que le había dicho el extraño, y continuó sin darle tiempo a contestar, ¿qué es eso de que se fue para siempre, para dónde?, dijo la señora sin soltar la mano del señor que se la tenía agarrada todavía, pero en un tono tan alto que todas las personas se callaron y voltearon al unísono y como si hubieran apagado un radio. La habitación quedó silente, entonces sintió que los dardos de todas las miradas se clavaron sobre él. Todos abrieron la boca, bajaron las tacitas y los cigarrillos, y lo escrudiñaron de arriba abajo detallándole sin disimular todo el viejo traje azul marino cruzado que años atrás le había quedado holgado, y la corbata negra un tanto desteñida, los zapatos pulidos aunque viejos, y la pluma fuente que se asomaba del bolsillo, y todos esperaron que hubiera una respuesta de parte suya, a lo que la señora sólo pudo añadirle, ¿y quién es usted?
Entonces la señora le soltó la mano y se volteó hacia la concurrencia y le dijo lo que él le había dicho en voz muy baja, que su marido se había ido para siempre, a lo que ella siguió con un estallido de una gran carcajada que fue repetida por todas las personas presentes en un solo coro que hizo retumbar al recibidor de pared a pared y desde el suelo hasta el techo, inundándolo como un río pero no de felicidad sino de la tortura de la burla, hasta que la señora lo volvió a mirar y le dijo que ella no sabía de qué hablaba pues su marido estaba allí, en la otra habitación, compartiendo con unos amigos, y que no entendía por qué él había dicho que él se había dio para siempre, es más, le dijo subiendo aún más el tono hiriente de su burla, allí viene él para que usted mismo se lo diga en su cara, que él se había ido para siempre, mientras la concurrencia abría un camino para que el señor Martínez pasara caminando y sonriente entre los invitados que le dieron un fuerte aplauso y que él recibió con el mayor de los regocijos, hasta que llegó hasta donde estaba su esposa con el señor y ella le dijo que ese señor, poniéndole la punta de su uña roja en el pecho para identificarlo como el culpable de una terrible impertinencia por su falta de gusto, había dicho que su marido se había ido para siempre demandándole al señor Martínez que no solamente desmintiera que él se hubiera ido de su casa sino que ellos se conocían, o más aún, que fueran amigos o hasta conocidos, y cuando el señor Martínez aclaró que no le conocía, además de que no había pensado nunca irse de su casa, la señora le aclaró que esa reunión no era un velorio era una fiesta para celebrar un nuevo aniversario de matrimonio, y muy feliz por cierto, le insistió, mientras le tomaba la mano a su esposo y se la enseñaba a la concurrencia como un trofeo, y mirándole directamente a la cara lo remató diciéndole que estas personas que estaban allí, eran sus mejores amigos, y que como él obviamente no tenía nada que hacer allí, le solicitaba que se retirara inmediatamente de la casa.
La multitud nuevamente emprendió en un fuerte aplauso que fue seguido por una desaforada lluvia de carcajadas que obviamente iban dirigidas al visitante que había quedado totalmente atrapado en la red de la pared y que ahora sentía cómo era devorado por la multitud. Entonces el señor Martínez mirando al visitante en la cara le dijo que se retirara, como le había pedido su mujer, ya que era ella quien mandaba en la casa y no él.
El señor, dándose cuenta de su situación, respiró profundamente y recobró su compostura, se haló el saco hacia abajo, se subió el nudo de la corbata, subió la mirada y le dijo mirándolos a los dos, entonces, señor Martínez, si esta es su mujer y estos sus amigos, en vez de darle una felicitación, le doy el pésame, y a paso firme cruzó a la gente que lo miraba sin reírse y se dirigió a la puerta por donde había llegado a la casa.
By Unknown photographer – Svenska Dagbladet via IMS Vintage Photos, Public Domain, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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