Desde que llegaron al aeropuerto que estaba en el medio de la selva, los turistas empezaron a alistar sus cámaras para tomar fotos. Desde el interior de la aeronave retrataban a todo lo que se movía y a lo que no. Al bajarse, todos miraron alrededor y quedaron maravillados de ver la exuberancia de la naturaleza, a pesar de que los pájaros aún no aparecían porque habían sido espantados por el ruido del avión, y los otros animales que miraban desde sus escondites entre las ramas a los recién llegados, permanecían silentes para que no supieran que estaban allí. Nadie sabía que el último acto ya había comenzado.

Los turistas fueron llevados al hotel que estaba hecho de todos los materiales naturales que abundaban en el sitio, y que con el pretexto de que se sintieran en medio de la naturaleza, el edificio no tenía ningún tipo de confort como en las ciudades de donde ellos habían venido. Habían llevado su comida y sus bebidas porque no podían procurársela en el sitio, pues no había ni electricidad ni gas. No había agua potable, ni había agua para bañarse a menos que fuera en un río. En el primer piso las ventanas tenían cortinas de tela de mosquiteros que tenían que bajar cuando empezaba el atardecer, tal vez la hora más bella de todo el día, cuando los animales cambiaban la guardia y las plantas cambiaban los colores para convertirse en un paisaje de sonidos y en tonos de gris a negro para comenzar el segundo acto, porque muchos insectos empezaban a salir al ponerse el sol.

En el segundo piso, donde estaban las habitaciones, las tenían que cerrar completamente por aquello de los insectos y otros animales que podían entrar. Y así, mientras la selva bajaba su telón completamente, solamente quedaban las estrellas como único espectáculo nocturno, testigos mudos de otros mundos muy distantes, mientras en el foso, el coro de sapos y grillos sonaba al tiempo que los murciélagos patrullaban desde la galería hasta la platea, como guardias sigilosos de aquellos que no se había arropado con la noche.

Al siguiente día, los turistas armados de cámaras para llevarse el paisaje, emprendieron la travesía a lo desconocido y lo ancestral: el mundo perdido en el tiempo y la distancia, de mesetas protuberantes que encierran a su vez otros mundos, profundos, en fosos sin fondo, opuestos a los que miran al sol: de especies que no han sido clasificadas, de colores que no han sido vistos y de olores que no han sido sentidos.

Caminaron y luego se montaron en piraguas, y vieron a los indios que los miraban y los retrataban en sus pupilas. Las guacamayas también los vieron desde arriba pero no se detuvieron, y las hormigas desde abajo, sin parar de trabajar, y las serpientes se hicieron de piedra, y los jaguares se hicieron invisibles cubriéndose todos con sus pintas negras, mirando con sus ojos dorados, de cerca o de lejos, solo respirando desde sus predios.

Los peces huyeron para que no los vieran, al igual que los caimanes que se escondieron en su mundo submarino, y los monos se callaron para que no oyeran su conversación. Las mariposas se mimetizaron para que no se las robaran, y las flores pudorosas se cerraron para que no las desnudaran con sus miradas.

Los árboles se apretaron entre sí para que los confundieran y no les robaran sus frutos, y las piedras se hicieron redondas para que no pudieran caminar sobre ellas. Y así fue como todos, los que estaban debajo de las piedras, o debajo de las hojas, o debajo del agua, todos hicieron mutis para que los turistas que habían tomado por ese mundo por sorpresa porque ellos querían sentir, oler, caminar, oír, tocar, retratar, profanar y arrebatar lo sagrado, hiriendo la santidad de los altares de la naturaleza, por desconocer lo que también es sagrado para otros, estaban dejando sus huellas como aviso del cambio que ellos traerían eventualmente desde su civilización.

Pero los turistas continuaron hasta el lugar más alto del tepuy, y cuando estaban allí, el viento corrió la lluvia como un telón para que vieran el paisaje desde lo más alto, y ellos se impactaron por lo que veían. Sin hacer ruido el cielo movió las luces del firmamento corriéndose lentamente a un lado para que vieran el mundo que tenían a sus pies, y de allí empezaron a ver el creciente oscurecer del horizonte mientras se iniciaba, desde la más baja de las octavas, el estrépito del aguacero que fue recorriendo todas las octavas en una escala en andante hasta que el sonido se hizo monótono y sostenido en un solo acorde brioso que llenó todo lo que se podía ver: desde donde ellos estaban, podían ver en la distancia al cielo que al principio tenía un azul muy tenue, y que en pocos minutos cambió a azul oscuro, y en la medida que caía más agua, los cerros que estaban más abajo empezaron a pasar de tonalidades desde el verde claro, al oscuro, al negro, y los más lejanos, apenas se hacían visibles, y finalmente, todos los tonos del azul claro hasta el más intenso, se cerraron como un telón negro.

En los claros que aún quedaban entre el tepuy y la cordillera que salía de la tierra en la lejanía como un espinazo encorvado, se dejaban entrever los retazos laterales de luz rasgados como si fueran bastidores líquidos para ocultar la fuerza de la tormenta cuando se movía, lejana, dejando en el centro, sola, a la primera actriz del teatro del trópico: la selva que admiraban boquiabiertos los turistas absortos por la obra, la que desearon hacer suya en un arrebato de conquista.

Muy abajo se oía la gran orquesta del río ahora de agua negras que arrastraban tierra, barro, vidas y piedras, como testimonio de la continua creación y destrucción del planeta. Sonaba como un réquiem pagano. Abajo estaba la Amazonía. Los turistas habían descubierto otra vez al nuevo mundo.

Los turistas se fueron y las lluvias siguieron llegando cada cierto tiempo para barrer sus huellas, pero era muy difícil pues cada día había más y más huellas. Al final, ni la noche podía bajar el telón porque los turistas que volvieron trajeron su propia luz para rasgarla porque ellos iniciarían una  nueva creación.

 

FIN

Foto por Mr. Angelfish – Own work, CC BY-SA 4.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.