Gary era un niño que estaba empezando a entrar en la edad de la juventud que vivía en un modesto apartamento del Bronx con su papá, su mamá y un gato amarillo que había sido recogido en un día de invierno en una esquina antes de llegar a su edificio, husmeando la basura del restaurante chino que atraía a todos los animales que hubiera en un par de cuadras a la redonda de ese comedero al que solo se atrevían a ir los que no nunca habían visto a la cocina. Detrás del restaurante en un angosto pasadizo, había casi una docena de potes de aluminio que albergaban los restos de todo lo que salía del restaurante Hong Kong, que se rebalsaban esparciendo por el piso los restos de todo lo que este mundo se pueda imaginar y que congregaba a todo lo que caminara, se arrastrara y volara a comer allí. Los únicos que desaparecían durante los meses de invierno eran los insectos voladores, pero los demás permanecían, y a lo mejor hasta aumentaban en la medida que el termómetro descendía inmisericordemente, y como Gary tenía que pasar por allí todos los días, cuando vio un gatito amarillo de ojos dorados, famélico, desamparado, incapaz de acercarse a los potes porque unos perros lo mantenían a raya distante, se lo llevó a su apartamento donde lo mantuvo oculto hasta que su madre se lo descubrió y no tuvo más remedio que dejárselo porque Gary la amenazó que si el gato se iba, él también. En fin, como no era mayor tragedia tener un gato, la madre optó por dejarlo a pesar de que el felino obtuvo dos votos contra uno para que se quedara.

Gary estaba en esa época de su vida donde él mismo no sabía si todavía era niño o ya había dejado de serlo, por lo que por lo general actuaba según le conviniera, como con lo del gato, a veces como niño, a veces como un preadolescente, un nombre que había oído en la televisión y que le había llamado mucho la atención no solo porque ni su madre ni su padre tampoco sabían que existía, sino porque tal vez explicaba el punto de la carretera de su vida por donde él iba pasando, como eso de irse enterando de las cosas de los mayores por quedarse a ver la televisión hasta más allá de las nueve de la noche, el límite del horario antes de irse a la cama que le habían impuesto. Así, cada semana, la vida de Gary seguía sin detenerse, excepto los fines de semana cuando a pesar de que se le permitía que durmiera todo lo que quisiera, él se levantaba a primera hora sin ningún esfuerzo para ver las comiquitas de la televisión que comenzaban desde muy temprano, porque esa era su gran adicción.

A veces se sentía grande, pero a veces no. La edad le fluctuaba. Todos los días lo tenía que levantar la mamá para que se desayunara y se fuera a la escuela, que le quedaba relativamente cerca y podía llegar caminando. Pero en invierno, con el termómetro varios grados por debajo del punto de congelación y la nieve hasta la rodilla, a Gary no le provocaba ni siquiera salir de la cama donde dormía con el gato acurrucado de contrabando. La mamá tenía que sacarlo remolcado y lavarle la cara, la boca y vestirlo como si fuera un muñeco inerte, haciéndose el dormido tal vez; arrastrarlo hasta el comedor y casi meterle en desayuno de cereal y banana en la boca, supervisarle los libros que se iba a llevar, y finalmente, terminar de vestirlo con todo su equipo de invierno de chaqueta con bufanda, gorro atornillado hasta el cuello, guantes de cuero y botas de hule sobre los zapatos para que pudiera saltar como un canguro entre los pozos helados que estaban en el camino. Y todo eso antes de que saliera el sol, no solamente porque en invierno en el hemisferio norte el sol también se levanta más tarde, sino porque sus padres tenían que salir disparados porque les esperaba un largo viaje en metro hasta sus respectivos trabajos: a ella de camarera en un hotel del centro, y a él de vigilante en un estacionamiento, también de la isla de Manhattan. El gato amarillo de ojos dorados se quedaba solo enrollado en la cama de Gary.

Así, la semana se pasaba en la rutina de ir a la escuela hasta el viernes, y esperar al sábado para ver la televisión por la mañana y salir un rato por la tarde, porque los domingos, en cambio,  eran distintos porque tenían que ir los tres a la iglesia del reverendo Joshua Peterson, donde tenían que no solamente oírle sus advertencias contra los peligros del demonio por culpa del alcohol y los placeres de la carne, cosa que Gary sabía que no los padecían en su casa porque su padre lo único que bebía era cerveza y ellos no comían carne, sino porque en cierta forma se divertía cantando himnos, siguiendo al coro que dominados por el órgano, cantaban y daban palmadas para animar el canto que clamaba por la salvación eterna. Pero la vida del Bronx tenía sus encantos todo el año aunque se dividiera en dos temporadas solamente: la fría y la caliente. 

Lo mejor que el invierno tenía en Nueva York, según Gary, además de la Navidad, era que las tormentas de nieve, que con seguridad había varias cada año, cerraban a las escuelas, y si corrían con mucha suerte, por varios días seguidos. Lo primero era que esos días podía dormir todo lo que quisiera, luego, se quedaba solo todo el día y salía a caminar por todo el vecindario, se encontraba con otros muchachos y hacían guerras de bolas de nieve, se empujaban en los charcos congelados y hasta competían de quién aguantaba más sin la chaqueta puesta. Si bien tenía que sobrevivir con el almuerzo de un sándwich de mermelada de uvas mezclado con un gran pegoste de crema de maní, un vaso de leche y las barras de chocolate que podía comprar en una de las muchas tiendas de comida que había alrededor del vecindario, para él todo eso era mejor que el almuerzo que les daban en la escuela, aunque fuera caliente, con todas las vitaminas que decían los maestros que tenía y que con seguridad eran más nutritivos que los que comían en sus casas, pero aun así, prefería comer con su gato montado en la mesa y ver toda la televisión que quisiera, desde la mañana hasta la noche, cuando regresaban sus padres, muchas veces con la cena lista: un  par de hamburguesas semicongeladas y un par de latas de Coca Cola en una bolsa de papel.

Durante el verano, a pesar del calor sofocante, el mejor momento era cuando lo llevaban al parque zoológico del Bronx unas veces, o a caminar por Manhattan otras, que les quedaban relativamente cerca, medido en las distancias de la ciudad, por supuesto, porque podía pasar toda la tarde comiendo palomitas de maíz y bebiendo toda clase de refrescos, y en la noche antes de regresar a casa, cenar con una pizza caliente. Otro episodio era cuando su padre lo llevaba a casa de su padrino a donde tenían que ir en el metro que tomaban casi a la vuelta de donde vivían, en la estación de Morris Park, y que en realidad era una excusa de éste para asistir a una reunión de hombres bebiendo cerveza, fumando puros y jugando barajas, mientras que Gary tenía que contentarse con asomarse por una ventana para ver al vecindario porque no lo dejaban salir solo.

Pero, una cosa compensaba a la otra, porque a pesar de ser un viaje monótono y subterráneo, también tenía sus atractivos, como la vez que le dieron un tiro a uno de los pasajeros y el hombre cayó, tal vez muerto, casi a sus pies. Esa vez, cuando llegaron a la otra estación, la policía hizo que todos los que viajaban en ese vagón se fueran a la estación a declarar, y los interrogaron a uno por uno. Cuando le tocó el turno, Gary dijo que no había visto a nadie disparar porque iba dormido en los brazos de su papá, cosa que por supuesto no había sido así, sino que la advertencia del malandro de no abrir la boca había sido tan clara y contundente con eso de que si me delatan y me ponen preso, en lo que salga, al primero que hable aquí hoy, es el primero que se va mañana, que Gary entendió claramente porque era igualito que lo que estaba cansado de ver en las películas de su televisor, y decidió callar. No era que  se le había olvidado la cara del asesino, ni la del muerto, ni la del papá cuando le juró al hombre del revólver que contara con el silencio de ellos porque ellos no habían visto nada, y que Gary entendió cuando su padre le tradujo el mensaje con un pellizco que le atravesó la gruesa chaqueta que llevaba puesta hasta que él también asintió con la cabeza.

Pero todo le cambió ese día cuando deambulaba por la casa de su padrino esperando la hora de regresar a su casa y se le ocurrió abrir la puerta del sótano, mientras todos los hombres estaban distraídos en el juego.

Desde arriba vio la escalera que descendía hacia una gran oscuridad de donde salía un olor penetrante de humedad, de guardado, de falta de aire, por lo que pensó que podía haber algo enterrado, siniestro, oscuro, pero interesante como un secreto donde estuviera una momia como las que había visto una vez en el museo, o en las películas, o una puerta secreta que lo llevara a la dimensión desconocida, un nombre que lo llevaba impreso en la mente y lo perseguía todas las noches porque él veía semanalmente ese programa de televisión con su padre a las ocho de la noche en punto, por lo que él estaba seguro que esa tal dimensión existía en otro sitio del más allá, fuera lo que fuera eso.

En un arrebato interno de curiosidad, haló el hilo que encendió el bombillo del sótano que estaba silente como un mausoleo. Lo que vio fue un mar de cajas de distintos tamaños, unas encima de otras, de pared a pared, resguardadas por telarañas para que nadie las perturbara, y por una capa de polvo para que las huellas de los intrusos se quedaran como evidencia de cualquier robo. Empezó a bajar. La telarañas de la escalera tejidas como barreras eran signo inequívoco que nadie había bajado en años, pero nada de eso lo detuvo para bajar con sagacidad felina pisando sin hacer ruido, apartando como Tarzán las lianas que salían de la espesura de esa soledad y que le tropezaban la cara como señales de advertencia de manos invisibles que le tocaban el rostro para rogarle que no siguiera, que adentro podía haber un peligro desconocido, que estaba al borde del precipicio del más allá, de la muerte misma, pero que él desdeñó todo hasta que llegó abajo, y como pudo, empezó a acercársele a las cajas y sucumbió a la tentación, porque para eso era que se había hecho a la tentación, como decía el reverendo Joshua cada domingo, y después de tomar aliento trató de abrir una, pero no pudo. Estaba totalmente sellada. Luego otra, pero tampoco pudo. Miró a un lado y estaba una en el suelo, sola. Vio que no estaba sellada y ésta sí cedió. Se le aceleró el pulso. Sopló el polvo y empezó a levantar una punta hasta que saltó, disparando más polvo como para darle una última advertencia de lo que estaba por venir, para pedirle que se alejara, pero todo fue en vano, hasta que levantó una tapa, y luego, las otras se rindieron y se dejaron abrir. Había vencido.

Gary miró al interior y vio más polvo, pero bajo éste, vio muchos papeles de colores. Sopló y como un animal que sale de abajo de la tierra, empezó a aparecer lo que parecía ser un dibujo de algo. Volvió a soplar y entonces pudo ver lo que él ni se imaginaba que podía estar allí: un cómic de Superman. La tenacidad había vencido, y el tesoro era suyo.

Lo tomó en sus manos con precisión arqueológica y se lo acercó a los ojos que ya estaban acostumbrándose mejor a la penumbra para asegurarse que lo que estaba viendo era cierto, y lo volvió a soplar, y le pasó la mano acariciando al papel,  totalmente preservado y con los colores tan claros como los que estaban en las tiendas allá cerca de su casa y que nunca los podía comprar porque nunca lograba reunir los dólares que valían. Y abrió la primera página, con el temor de que no hubiera nada adentro, que fuera una ilusión, o un sueño, pero no, empezó a pasar las páginas y allí estaban todas, completas, sin rasguños, enumeradas hasta el final, toda la historia completa en una docena de páginas llenas de cuadros que contaban toda la historia de ese número escrito en la portada, del hombre vestido de azul y con la capa roja volando sobre su misma ciudad, sobre la metrópolis que él había visto tantas veces aunque viajara por debajo hasta llegar a Manhattan, y al salir, ver al igual que Superman, al Empire State, a la Biblioteca Pública, al Edificio de la RCA, al de la Chrysler, y al Rockefeller Center, ése donde la gente iba a patinar en Navidad, allá rodeado de miles de otros edificios, llenos de gente despavorida corriendo porque había llegado una nave del espacio que todos suponían que no traía buenas intenciones porque con un rayo azul derretía el acero y al cemento, que ya había acabado con los puentes de Brooklyn, que estaba reduciendo los edificios con la velocidad que derrite el sol al hielo en invierno, pero Superman, fue capaz de enfrentar a los marcianos y tomar la nave donde habían venido quién sabe de dónde y llevarla en vilo hacia el espacio y lanzarla para que fuera parar más allá del Sol, y fue entonces cuando al apartar al cómic de sus ojos, se dio cuenta que debajo de ése, había otro, y lo tomó, y luego tomó otro, y se dio cuenta que había más, y empezó a meter la mano por el borde de la caja de cartón y pudo sentir que había muchos más que llegaban hasta donde la mano no pudo continuar bajando, entonces, destapó la otra tapa y se dio cuenta que la caja estaba toda llena de los cómics que debían ser más de cien, o doscientos, o quién sabe cuántos, y lo más fantástico era que cuando los empezó a sacar para verles aunque fuera la portada,  empezó a ver el desfile de héroes y de las tiras cómicas más grande que él pudiera haber visto, mucho más grande que el que los que tenían los periódicos, en las tiendas cerca de su casa, y las de más allá, y de una tienda de Manhattan a la que una vez entraron, y la que estaba en Macy’s que decían que era la mejor de Nueva York, aunque él tenía que conformarse con irlos a leer en una pequeña biblioteca pública donde estaban no solamente viejos sino sucios y rasgados porque los otros chicos se robaban las páginas y las historias siempre estaban incompletas, pero allí en esa caja estaban todas las revistas completas, tan intactas como en la tienda, tal vez sin lustre, pero nítidas y bellamente preservadas en ese museo del cómic que acababa de descubrir.

Allí empezaron a desfilar junto a Superman, Batman y Robin, Mickey, Pluto y el Pato Donald, Popeye, el Hombre Maravilla, los Cuatro Fantásticos, los Halcones Negros, Archie y así, se perdía la cuenta y la imaginación porque le explotaba el corazón de tener en sus manos suficiente para leer por años, o tal vez por siglos, por el resto de su vida sin tener que salir del sótano, y si pensaba que en las otras cajas hubiera más cómics, entonces eso sería un número tan grande como los kilómetros que hay de la Tierra a la Luna, o al Sol, o más allá, pero algo tan maravilloso, que sencillamente no lo podía creer, y empezó a sacar uno por uno, a hacer otro montón para saciar su curiosidad, calmar a su corazón que le parecía que iba a estallar, a su impaciencia por leerlos hasta que se pusiera tan viejo o hasta más viejo que todos esos hombres que estaban allá arriba contentos con solo beber cerveza y jugar cartas, sin comer, ni dormir, ni tener que ir a la escuela, ni bañarse, ni salir a la calle, sino él solo con su gato amarillo, en silencio, leyendo, solo leyendo, hasta que sintió que lo tomaron por el hombro y era su padrino que lo miraba tal vez con curiosidad, y le preguntó que qué hacía allí en medio de esa polvareda y Gary le dijo que estaba viendo lo que había encontrado, ese millar de cómics, que eso era lo que él había soñado toda su vida, con tener todos los cómics del mundo para leerlos sin hacer nunca más nada, porque todo lo que él quería ser era dibujante de cómics y diseñar uno como él mismo, que fuera el personaje más grande y más poderoso que todos esos personajes juntos, a lo que su padrino le preguntó sorprendido, ¿que sea como tú?

Gary, tomando una posición desafiante le respondió con una pregunta: ¿y por qué no, por qué no puede ser como yo, solo que con superpoderes?

Pues, porque no hay héroes negros, le aclaró el padrino. ¿Cómo es que vas a pintar a un héroe negro salvando al mundo, explícame?

Sin inmutarse Gary le dijo: es que él va a ser un hombre negro como una araña, una tarántula, grande y fuerte, que va subir por los edificios agarrándose con sus manos pegajosas, y se va lanzar a otro edificio porque va a utilizar su tela para saltar, no para volar. Va a ser ágil y rápido. Duro como el acero. No va a tener miedo. Va a acabar con la injusticia, a atrapar a los bandidos, a colaborar con la policía, a salvar a la humanidad. Lo voy a llamar, el Hombre Araña y va a salvar a la ciudad de Nueva York. Ya verás padrino, cuando sea grande, lo voy a dibujar, y va a ser negro como tú, o como yo.

El padrino soltó una carcajada por el exceso de imaginación de Gary, y como premio de consolación le dijo que cada vez que viniera podía leer todos los cómics que él quisiera porque todas esas cajas estaban llenas de cómics, y le prometió que nadie le molestaría, y cuando no quieras volver más, te los podrás llevar todos a tu casa para que los leas hasta que estés tan viejo como yo.

Con esa promesa hecha con la mano puesta sobre la biblia de sus cómics, el padrino le traspasó a Gary toda la colección que él había guardado desde quién sabe cuándo, tal vez desde que él era un niño, y que según Gary, ya debía tener un millón de años.

Photo by: Terabass / CC BY-SA

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.