La ciudad era Bogotá y el año 1934. Siempre fría, en esos tiempos de pocos autos y muchas bicicletas y peatones, era aún más fría porque una pertinaz lluvia acompañada de neblina no solo no se acaba de día sino que se acentuaba de noche, hasta la madrugada, que no la movía ni el movimiento de las campanas de las iglesias que llamaban a sus fieles desde las seis, cuando aún nadie tenía ganas de levantarse, excepto por los panaderos y los pobres que tenían que trasladarse hasta las casas de sus empleadores. La ciudad amanecía muy bella: en la medida que el sol apartaba la neblina nocturna, aparecían las flores que parecían que se acababan de bañar, llenando de colores las plazas, los frentes de las casas, los balcones y muchos sitios en las orillas de las aceras que de alguna forma casi milagrosa las había hecho salir allí. También el sol hacía brillar a los hielos que aún quedaban desafiando al calor matinal pero que también eran deshechos por el sol en la medida que este subía sobre los techos de tejas, también mojadas por la noche anterior, y que goteaban incesantemente hacia las aceras mojando a los transeúntes. Bogotá era una ciudad mojada: o era por el rocío nocturno, o era por la constante humedad que no desaparecía totalmente durante el día. Los techos, las paredes, las aceras, igualmente las plantas, todo lo que estaba afuera, amanecía mojado, empapado, brillante con la luz del nueva sol que lentamente iba absorbiendo esa agua para llevarla a las nubes para luego más tarde devolverla sobre todo lo que estuviera abajo en un ciclo sin cesar, interminable, solo que unas veces más y otras menos, y rara vez casi nada, pero nunca nada. Y tal vez por eso la capital no solo era la sede del gobierno, sino la sede de la gripe y de su compañera, los resfriados.

Así como la gente antes de salir para la calle tenía que armarse de un abrigo, un paraguas y un pañuelo, variando según las posibilidades económicas y la hora del día, con esa misma seguridad podían esperar el tamaño y fuerza del resfriado que con casi toda la seguridad del mundo podían pescar. No era cuestión de cuál tipo de resfriado, si con estornudos o sin ellos, si con tos o sin ella, si con dolores de cabeza y del cuerpo o sin ellos, sino cuándo. Por eso, si bien había una relación directa entre la hora del día cuando había que estar en la calle, la cantidad de gente que se tenía alrededor y el número de estornudos, toses y sopladas de la nariz, el tipo de ropa que se usaba, si suéter, abrigo, lana o piel, si mucha o poca, o hasta los colores, porque se empezó a circular el cuento que por supuesto nadie sabía ni dónde ni cuándo había comenzado de que los colores atraían o alejaban a los refriados, y como la gente cuando se reunía siempre empezaba la conversación preguntando cuándo había sido la última vez que había estado resfriado, como tema para abrir la tertulia, y la gente, siguiendo aquello de mal de muchos consuelo de tontos, empezaba a desparramar fechas, síntomas y dolencias que había o estaba padeciendo, y si no podía recordarse, las inventaba solo para no estar fuera de moda y no tener de qué hablar. Así, el resfriado nuestro de cada día la gente lo cargaba, más que en el pecho en la punta de la lengua para desplegar sus males, inventar excusas, buscar compasión o simplemente elemento de conversación.

Nadie se escapaba. Lo sufrían los ricos, que salían a la calle después de las ocho de la mañana; o los pobres que salían tres horas antes. Los policías que tenían que quedarse rondando en sitios de los que algunos eran tan oscuros que con seguridad metían un pie en un pozo de agua casi helada (de allí aquello de “meter la pata”, dijo un letrado local), los curas que se levantaban a levantar a los demás, los viejos y hasta los niños, por culpa de ir a la escuela donde rondaban permanentemente los refriados y otras pestes infantiles, y hasta los médicos y los farmacéuticos, o sea, que no se escapaban ni los políticos a quienes mucha gente culpaban por no encontrar una solución a lo que alguien de la oposición dijo que los refriados eran una invención del gobierno para acabar con los pobres porque ellos eran los que más sufrían de él.

Y lo peor era que el mal estaba enquistado en la ciudad capital, pues en otras poblaciones no sucedía, y de ese detalle la oposición también se había dado cuenta, y arremetían apoyándose en lo que ellos llamaban datos científicos, como que un sinnúmero de poblaciones, y sobraban ejemplos, eso no sucedía, por lo tanto, re falta de gobierno. Así, ni en Cali, ni en Barranquilla, ni en Barrancabermeja, o en Cúcuta, siempre invadida de inmigrantes y emigrantes hacia la hermana república, sucedía ese mal, esa mala salud, ese escarnio, como dijo el senador Sandoval, de la oposición, por supuesto, era por obra y desgracia del gobierno nacional.

Pero en el gobierno, ni el presidente, ni los ministros, ni otros enchufados en el erario nacional y municipal, no le hacían caso a la oposición, así como la oposición tampoco dejaba de atacar a los del gobierno. Pero todo el mundo sabía que ese era un arreglo, por no decir una obligación, de la oposición, por no decir que era lo único que ésta hacía, y que tampoco ayudaba a conseguir una solución. En fin, se llegó al punto donde la gente, desde los ricos hasta los pobres, no le puso más atención a ninguno de los dos y la atmósfera no cambió el curso de su función, y por supuesto, los refriados tampoco disminuyeron.

Pero como no hay mal que dure cien años, un  mal día apareció un mal peor: una epidemia de gripe que atacó democráticamente a ricos y pobres por igual. Empezaba con dolores de cabeza intermitentes, o sea que llegaban desprevenidamente y sin razón, por un rato y luego desaparecían, alegrando a la gente y haciéndola bajar la guardia porque creían que no volverían más, pero estaban equivocados. No solamente sí volvían sino que se quedaban por más tiempo, o si volvían por cortos períodos, la intensidad era más grande.

A los dolores de la cabeza seguían escalofríos por la espalda, primero, y por el resto de las extremidades, después. Eran corridas de centellazos que se hacían sentir por donde pasaban, precisamente y por suerte, como una centella.

Hacían que la gente se torciera, desde la cara hasta los pies, por partes, con dosis incontrolables de calor y frío, punzadas como golpes de martillo, y algunas hasta como las hendiduras de un clavo que hacían que la gente se paralizara para luego continuar con una exhalación de alivio, pero también de terror, porque no sabían ni cuándo ni qué fuerte vendría la siguiente. Todo esto acompañado de los síntomas visibles de los ojos rojos y llorosos, estornudos incesantes, y, naturalmente, fiebre.

Como dijeron los médicos, era una epidemia aunque no se sabía ni de qué era, de dónde venía, ni con qué se quitaba, pero que pasaría en unos días, ni le daría a todo el mundo, así que no se sabía con qué se podía contrarrestar. Lo único bueno eran dos cosas, que eso dejaba constancia que los resfriados endémicos que tenían los bogotanos no eran nada comparados con esa gripe, que la necesidad popular producto de las vendedoras del mercado y los curas de las iglesias produjeron docenas de recetas de yerbas y oraciones, novenas, misas y hasta procesiones para alejar a la nueva peste que probó que lo que creían que era un mal endémico de la ciudad de Bogotá, no era nada comparado a un ataque de gripe tan traicionero como este que había venido y, decían que hasta alguna muertes había causado.

Lo único bueno que dejó la gripe fue que las ventas de los mercados de hojas,  plantas, semillas, emplastos, y todo lo que sirviera para hacer remedios caseros aumentaran considerablemente ya que los médicos y los farmaceutas se quedaron de brazos cruzados también sufriendo del mismo mal de la gripe que ni se supo de dónde vino ni para donde se fue.

Lo que nadie pudo constatar porque ni en las alcaldías ni en las jefaturas civiles ni en las iglesias nadie llevó la cuenta fue de cuántos solterones que pasaron esas semanas al borde de la muerte, corrieron a casarse para conseguirse a quien fuera que los cuidara y estar preparados antes de que volviera a pasar otra oleada de gripe por la capital.

Otro beneficio fue que los bogotanos se dejaron de hablar mal de su rocío matutino producto de las bajas temperaturas y la humedad, que llenaba a la ciudad de flores y a los cielos de nubes para que la ciudad fuera una eterna primavera.

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.