¡El circo, el circo!, gritaban los muchachos semidesnudos que pasaron corriendo por la calle de tierra frente a la barbería donde había varios hombres conversando sobre lo que nada sucedía allí, en ese más que olvidado pueblo del interior, olvidado de Dios y de los santos, de las lluvias, del Gobierno, de los que pasaban por la carretera principal y no cruzaban para allá, de todo lo que fuera bueno, donde los días pasaban sin darse cuenta excepto por los domingos cuando sonaba la única cosa que sonaba en el pueblo, valga decir la campana de la iglesia de Santa Catalina de Siena, y el cura aprovechaba para recordarle a la gente que ese era el día de darle gracias al Todopoderoso, aunque nadie se acordaba ya de qué. La gente decía que allí, en San Rafael, solamente el sol amaba tanto a ese pueblo que nunca se iba de allí y por eso todo se había tostado, desde el suelo y las plantas hasta el alma de la gente. Por ejemplo, el río, que otrora había sido la fuente de vida y que posiblemente había atraído a los fundadores a quedarse en sus verdes riberas, ya no era sino una quebrada. Los campos otrora verdes, apenas daban cosechas menguadas, y de los animales solo quedaban aquellos que podían resistir la sed porque hasta los pájaros habían migrado. El agua que bebían era halada de los pozos y sabía a tierra, pues las talas y las haciendas de caña de más arriba le drenaban tanto el agua al río que el caudal ahora se medía con los tobillos de los que lo cruzaban; antes hasta pescaban en él. Los sanrafaeleños decían que el pueblo, al que no le quedaban sino menos de un par de cientos de habitantes, vivían esperando que sucediera un milagro, pero no sabían cuál podía ser el que cambiara la vida a ellos. Y como lo único que les quedaba era rezar, eso era lo único que podían hacer los pobladores, así que cada domingo asistían puntualmente a la misa y a una procesión en la que le daban una vuelta al pequeño templo cantando la Salve Regina en la esperanza de que la madre de Dios le llevara la plegaria a su hijo. Muchos decían que era su única diversión.
Los hombres detuvieron la conversación y se asomaron a la puerta para ver a un camión desvencijado que venía reptando su existencia por la calle principal y única del pueblo. Los curiosos vieron que tenía pintado en un costado el letrero “Gran Circo Europeo”, y debajo de éste, a unos tigres y a un domador, y sobre ellos a una trapecista casi sin ropa que se columpiaba desafiantemente sobre las bestias que parecía que la estaban esperando que se cayera para comérsela viva. Varios bocinazos alertaron a los que todavía no se habían dado cuenta que el circo había llegado y que se dirigía hacia la plaza principal, una explanada que quedaba frente a la iglesia, y que parecía el mejor lugar para instalar la carpa, hasta que el cura les advirtió que allí no era el sitio más indicado sino más allá, cerca del cementerio, porque él no permitiría que ninguna mujer desnuda posara frente a la casa de Dios. Y hasta allá se dirigió la troupe acompañada por el coro de niños que les abría camino por la seca ladera que conducía al camposanto. Y allá se detuvo el camión.
Una vez que los tres ocupantes del camión se bajaron, se dieron cuenta que tal vez habían llegado al sitio equivocado, pero entre el desaliento, el cansancio y la necesidad de comer, acordaron quedarse allí aunque fuera para pasar la noche y continuar su viaje en busca de una plaza mejor.
Cuando los lugareños se enteraron que el circo no se quedaría sino hasta ese otro día para continuar su camino, se armó una comisión para solicitarles que les hicieran al menos un par de actos en vista de que hacía varios años que no venía un circo, tanto como desde que esa tierra era verde y fértil, y la gente era feliz. Hasta el cura, que formaba parte de la comisión, les dijo que podían montar la carpa en la misma plaza que antes les había negado.
¿La carpa?, preguntó el chofer del camión que al ver las caras desplegadas de incredulidad e inocencia de los locales, no le quedó más remedio que acceder a la presentación previa advertencia que no tenían la carpa consigo porque venía en otro camión que llegaría más tarde con los tigres, los payasos, la banda y la gran carpa. Solo estaban ellos: el malabarista de la cuerda floja, el hombre traga candela y el mago. Los demás vendrían después, y si querían ese acto, lo cambiaban por comida ya que veían que no habría pago en efectivo, como ellos esperaban. El negocio fue aceptado y los tres ocupantes del camión les prometieron el acto para el siguiente día por la noche, cuando bajara el sol.
Los cirqueros abrieron la parte de atrás del camión y de allí sacaron tela y estacas con la que armaron un local donde pusieron unas sillas, instalaron unas luces y un tocadiscos con parlantes que alimentaban con la batería del camión. Esa noche les sirvió de habitación para dormir, y los sanrafaeleños les llevaron carne seca y café aguado en un despliegue de agradecimiento por haberse quedado.
La siguiente tarde, la gente empezó a llegar apenas bajó el sol y dejaron que la luna alumbrara el acto. Como no cabían en el pequeño local, se sentaron frente a él, en el piso seco como si fuera de loza, haciendo un semicírculo, hasta que de adentro de lo que la imaginación de todos veía como una carpa, empezó a salir música de la misma que ellos oían por la radio que venía de otras partes del país. Primero oyeron boleros por un rato, hasta que alguien empezó a cantarlos, y luego siguieron otros, y al rato, hasta los más viejos cantaban en coro. Luego oyeron rancheras, y el coro de boleristas cambió a rancheras. Luego, tangos, y todos cantaron tangos. Luego, algunos se pararon a bailar, y luego se animaron otros, y luego otros, y entre saltos, pisotones, empujones, risas y hasta gritos, al rato todo se había convertido en una feria en la cual todos participaban sin parar hasta que la música se detuvo y cayeron rendidos al suelo y se dispusieron ver al acto.
Primero salió el hombre que comía candela con una tea en la mano que se puso en la boca, y comenzó a escupir chorros de fuego como un dragón, hacia los lados, para que no le cayera a los pocos curiosos que se acercaban a ver al hombre que parecía un mismo demonio. Era totalmente calvo, grande y de brazos muy anchos, y los ojos los tenía pintado con grandes círculos negros dando un aspecto tan fantasmal como si fuera pariente del mismo Lucifer. Estaba vestido de lo que fue un atuendo blanco con una capa negra, y no habló ni una palabra. Luego, de dos estacas de donde pendía una cuerda floja, se montó el hombre que sabía caminar sobre la cuerda. Estaba vestido con un traje de algodón blanco pegado al cuerpo y un traje de baño azul sobre éste, y unas zapatillas negras. Primero dio unos pequeños pasos en los que parecía que se iba a caer, y cuando se sintió seguro, empezó a caminar con tanta naturalidad como si estuviera sobre el piso. A la gente le parecía que estaba sosteniéndose en el aire como si estuviera suspendido de arriba por una cuerda invisible y por eso no se caía. Otros juraban que era que no pesaba nada y que estaba en realidad flotando. Caminaba balanceándose con naturalidad, daba la vuelta y se devolvía con los brazos abiertos como si fuera a volar; se mecía como si lo empujara el viento que no venía de ninguna parte y hasta saltaba, y con cada pirueta la gente se enardecía más y gritaba y aplaudía llena de frenesí, hasta que de un brinco cayó en la tierra, hizo una venia y se retiró. Finalmente salió el mago. Estaba vestido con un traje negro de levita, sin camisa, traía un sombrero de copa también negro, y una varita negra en la mano. Del sombrero, luego de un breve toque con la varita, sacó por las orejas un conejo tan blanco que parecía un copo de algodón y se lo pasó a los de la primera fila para que vieran que el animal estaba vivo. Luego, con otro toque con la varita, salió un par de palomas que volaron hicieron un círculo sobre la gente y se devolvieron a posar en la mano del mago que gentilmente las metió en una jaula. Y para concluir, de su boca empezó a sacar pañuelos de colores, varias docenas, todos atados, hasta que la gente dejó de aplaudir, ya cansados, con las manos adoloridas, la boca más seca que nunca de tanto gritar ¡más, más!, por lo que el mago solamente se le ocurrió preguntarles qué otro acto de magia querían que él hiciera, y la multitud se calló hasta que de pronto alguien se levantó y le dijo que hiciera algo maravilloso, una magia sin igual, algo que ellos no hubieran visto nunca.
La gente volteó a ver al ocurrente. El mago y sus socios quedaron estupefactos y silentes. El cura se persignó, y de pronto alguien más dijo, ¡sí, magia!, y luego otra voz, ¡magia!, y otra voz, y otra, y de pronto hasta el cura estaba gritando también ¡magia!, hasta que se quedaron roncos, y se quedaron viendo al mago a ver qué decía, mientras el mago tampoco les quitaba los ojos de encima, entonces el mago les dijo, bueno, haré magia, pero mañana. Y los sanrafaeleños emprendieron un gran aplauso de agradecimiento y se empezaron a levantar, y se fueron lentamente hacia sus casas, comentando lo que habían visto unos, cantando otros, agarrados de la mano unos, abrazados otros, cargando a los niños que se habían dormido y halando a los ancianos que arrastraban los pies.
Ese otro día, cuando el sol salió, los sanrafaeleños se acercaron hacia la plaza para llevarles el desayuno y cerciorarse de que el mago les haría su gran acto, pero para su gran desconcierto, el camión no estaba allí. El circo se había ido con el amparo de la oscuridad y nadie se había dado cuenta porque habían estado durmiendo tan profundamente que nadie había oído nada. Estaban rendidos de tanto cantar y de tanto bailar, y de tanto reírse y aplaudir, como no lo hacían en años, porque nunca habían visto a un hombre que escupía candela, ni al otro que caminaba en el aire, ni un mago que sacara animales de un sombrero ni pañuelos de su boca. Entonces todos se dieron cuenta que habían pasado la mejor noche de su vida. Todos habían sido felices por un momento.
FIN

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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