El computador maestro empezó a indicarles a los cosmonautas que aquéllos que estaban en hibernación profunda debían levantarse. La señal general del computador era que la distancia hacia el planeta que era su destino, estaba a escasas horas, y para la cual toda la tripulación debía estar despierta y activa porque el viaje estaba llegando a su final. La nave Estrella 5 viajaba por medio de impulsos láser que sólo se medían en atosegundos, una medida que desplazaba a lo imaginable, lo que la hacían desplazarse a velocidades sólo alcanzadas en teoría para los seres humanos, y que ahora, luego de varios años de recorrido intergaláctico, la primera etapa estaba llegando a su fin, para dar comienzo a una nueva, una aventura totalmente distinta que se haría realidad muy pronto, solo a unas horas, hasta que la nave lograra una posición en una órbita en la que pudiera estudiar detalladamente la primera fase exploratoria del nuevo planeta. Estrella 5 era lo más moderno que existía en tecnología: se movía generando su propio combustible; tenía su propia forma autosostenida para la generación de alimentos y una comunicación constante con la Tierra, pero no había regreso sino hasta completar todo el viaje que, en cierta forma, más parecía un viaje sólo con el boleto de ida que uno de ida y vuelta. El primer requisito para ser tripulante, además de las cualidades técnicas, era tener un gran espíritu aventurero, y el segundo, no dejar a nadie esperando en este planeta. Eso lo tenían todos muy claro y hasta ahora todo había transcurrido exitosamente. Así, los preparativos se empezaron a sentir en todas partes: los que estaban despiertos y manejando la nave, que esperaban con ansiedad a sus amigos, una media docena, y los que habían estado durmiendo por años, desde que el último grupo se fue a descansar para aminorar el cansancio y el envejecimiento del viaje que había durado casi siete años desde que salieron desde una de las estaciones espaciales que estaba entre Marte y la Luna.
La nave “Estrella 5” era la última de una serie que había viajado por los confines del sistema solar donde están los grandes planetas de gases congelados, buscando un cuerpo celeste que había sido descubierto hacía solamente un par de cientos de años y que tenía un altísimo porcentaje de características básicas para albergar vida, sin saber exactamente de cuál tipo, pero en el que las sondas exploratorias habían detectado gran cantidad de agua y tierra en lo que parecían continentes y océanos, y atmósfera y temperatura similares a los de nuestro planeta. Se había pensado que también debía tener las probabilidades de sostener vida, aunque ésta no se sabía exactamente cómo era, si la había. Esta nave, más grande y mejor equipada que las cuatro anteriores de su tipo que habían viajado sin tripulación, llevaba casi un medio centenar de científicos que se habían estado rotando en su trabajo, entre conducirla, estudiar y descansar en el sistema de hibernación que consistía en dos grandes grupos, los de larga duración, de seis años consecutivos, y los de corta duración, de dos años, alternándose para que todos lograran trabajar y descansar en el trayecto, y al llegar, iniciar el viaje más interesante que hubiera hecho el ser humano desde el primero a la Luna, hacía más de un par de siglos. Estrella 5 envió el mensaje a la Tierra diciendo que había comenzado la aproximación, la cual consistía en establecerse una órbita a unos 200 kilómetros de altura para estudiar la posibilidad de bajar en un lugar adecuado. Los más recientes estudios hechos desde la misma nave ya habían detectado varios, pero había que verlos muy de cerca, para lo que enviarían, primero, un par de trasbordadores con no más de cinco personas cada uno, para hacer la evaluación final, y finalmente, enviar uno con el grupo que se bajaría definitivamente en el nuevo planeta, todavía designado solamente por un código numérico.
La edad promedio de la tripulación al salir había sido entre 30 y 35 años, para que al llegar tuvieran entre 37 y 42 años. Luego de una posible permanencia de un par de años, debían regresar y llegar con una edad alrededor de unos 50 años terrestres en promedio. Muchos de los astronautas habían hecho una serie de viajes dentro del sistema solar, durando hasta cuatro años, pero ninguno había sido tan prolongado como este. Allí había un gran grupo de veteranos viajeros y de residentes en las colonias de la Luna y Marte, pero nunca en un viaje tan audaz, por decir lo menos, como este viaje que era el primero que salía del sistema solar y, sobre todo, para llegar a lo que ellos creían que era lo más parecido a la Tierra que se hubiera visto en todo el universo cercano, porque lo demás no eran sino especulaciones demasiado distantes a los que no se podría llegar hasta que no se dominara la velocidad de la luz o las travesías en los hoyos negros en las naves espaciales.
En la medida que habían traspasado el borde del sistema solar y la gran bóveda celestial les había enseñado toda la maravilla de la Vía Láctea, todo se había expandido más allá de la imaginación humana: habían podido distinguir laberintos inmensos poblados de estrellas, nebulosas, cometas, soles y planetas de diferentes colores que habitaban más allá de los límites del reducido sistema donde estaba la Tierra con su Sol, que ahora lucía tan diminuto que su luz apenas se podía distinguir como un bombillo mortecino al competir con tantas otras estrellas que brillaban en el espacio. Cuando cruzaron la barrera solar la tripulación realizó una gran ceremonia y transmitieron a la Tierra el primer mensaje que le llegara desde el espacio exterior: “Hoy, a las 11:32:28 nuestra hora sideral, hemos dejado al Sistema Solar y mantenemos el derrotero en Alfa Centauro, hacia el nuevo planeta todavía a unos miles de trillones de kilómetros terrestres. Todos estamos bien y nuestras esperanzas se renuevan en esta empresa para conseguir un planeta alterno al nuestro”. El mensaje iba acompañado de fondo por la música de “Así habló Zaratustra”, evocando el himno de las aventuras siderales del siglo XX que habían iniciado la entonces llamada carrera espacial.
Nada estaba cerca. No había sonido. Parecía que no había principio ni había fin, ni arriba ni abajo. Solo ríos de luces de colores que flotaban en un vacío negro como un mundo sin límites donde no hacía falta el tiempo. La bóveda celestial inundaba a todo, pero sobre todo a toda la imaginación que un ser humano pudiera tener y apenas podían imaginarse ellos mismos como un grano de arena en el océano. El capitán convocó a toda la tripulación porque el destino estaba al alcance de su exploración.
Una vez que todos estaban presentes, el capitán presentó las últimas estimaciones para establecer la órbita y preparar el primer vuelo suborbital libre del trasbordador No. 1, el cual sería seguido eventualmente por otro. Los exploradores ya habían sido designados y habían enviado una sonda para estudiar todo lo concerniente a la atmósfera, la temperatura, la gravedad y otras condiciones básicas mínimas para reducir lo desconocido y lo hostil del nuevo planeta, ya que a ciencia cierta, no se sabía cómo afectaría a las personas. Todo resultó parecido a la Tierra, excepto que por ser muy pequeño, el día y la noche duraban muchísimo menos, alargándose el tiempo tal como se medía en la Tierra de una forma increíble, añadiéndose al hecho en que una circunvolución alrededor de su sol, la estrella más cercana, la cual sería su sistema planetario, tardaría unos 400 años. En un día terráqueo de 24 horas, este planeta daba tres vueltas, por lo que una revolución completa parecía que tenía muchas menos horas terráqueas, pero todos lo podían racionalizaban como una ilusión que siete años en una nave no había ayudado a disipar, porque el horario seguía siendo el de las mismas horas del reloj terrestre, aunque sin sol y sin luna, pero con un reloj mental que seguía funcionando en base a las 24 horas de un día. Así, el cuerpo seguía las directrices de la mente que había dividido las funciones en diurnas y nocturnas, en descanso y trabajo, aunque el tiempo solar estuviera tan distante que sólo seguía existiendo en los cronómetros de las computadoras que estaban diseminadas en todos los sitios y rincones de la nave.
La nave estaba operada por un pequeño grupo de personas que vigilaban a la gran computadora llamada “Zeus” que controlaba a las miles de ramificaciones de subsistemas que hacían todas las funciones que mantenían el curso y la funcionalidad de lo que los seres necesitaban, tanto los que estaban dormidos como despiertos. Las computadoras preparaban, medían, contabilizaban la demanda de todo y el consumo de todo a bordo. En pocas palabras, no solamente mantenían a la nave andando por una ruta determinada sino que mantenían a la tripulación ocupada haciéndole la vida, tanto posible como placentera. Así, el primer trasbordador fue preparado para iniciar el primer vuelo exploratorio.
Había una expectativa inusitada porque el viaje tenía varias primicias: que nunca habían viajado ni por tanto tiempo ni una distancia tan larga; que nunca había viajado tanta gente junta, y finalmente, que nunca se había tenido la posibilidad de encontrar vida en otro cuerpo del universo, y aquí parecía que había una buena posibilidad. Ante todo esto, nadie sabía cómo se afectarían las personas con esas prolongadas estadías en hibernación profunda y semiprofunda, confinados a un espacio tan pequeño aunque fuera una nave relativamente muy grande, que aunque cómoda no era espaciosa; sin forma ni manera de suspender el viaje ni de regresar salvo en circunstancias muy especiales, o muchísimo menos si al llegar les sucedía algo totalmente inesperado, o no podían regresar totalmente hasta la Tierra, sin especular lo que le sucedería a una persona que regresaría tantos años después sin saber cómo se habían afectado. Y finalmente, saber si todo ese esfuerzo habría valido la pena porque regresaran con las manos vacías. Todas esas incógnitas eran solamente parte de la gran incógnita de todo el viaje, el cual debía ser exitoso al cabo de una década, o más, de años.
Mientras tanto recibían información constantemente desde la Tierra, al igual que programas de espectáculos y noticias, en una forma de distracción constante para mantenerles la mente y los sentimientos en su lugar, pues la parte mental era la que se creía más difícil del viaje pues nunca el ser humano se había sometido a un tratamiento tan riguroso como ese. Eso lo sabían todos, y los muchos rigores y años de entrenamiento por los que habían pasado todos los tripulantes habían resultado en el selecto grupo que habían quedado de más de un par de miles de solicitantes que se habían anotado de los cuatro rincones del planeta, y como siempre, a última hora había habido una serie de cambios de los que se habían arrepentido, tenido dificultades y hasta otros que se habían enfermado o muerto. Como dijo alguien, habían sido muchos los llamados y pocos los escogidos.
Había toda suerte de profesionales que habían sorteado todo tipo de exámenes físicos y mentales, de pruebas, entrenamientos y más entrenamientos, hasta llegar a solo un centenar, de casi tantos hombres como de mujeres, formando un grupo que se había llegado a conocer hasta en los detalles más íntimos para que fueran capaces de sostener la parte afectiva y emotiva tan bien como la técnica, donde todos sabían de casi todo con respecto a la nave en general y sus tareas específicamente, además de las muchísimas clases y entrenamientos que debían seguir mientras duraba el viaje, al menos el de ida, ya que en casi dos décadas, no solamente la información que tenían se envejecería sino que era necesario ponerla al día y mejorarla adaptándola a nuevos sistemas operativos para desempeñarse mejor, cada quien en su campo, y de allí, se escogió a menos de la mitad.
La nave hizo una serie de maniobras y se colocó en órbita. Levantaron los protectores de las ventanas del puente de mando y vieron la vista más espectacular de sus vidas: el nuevo planeta en todo su esplendor, cubierto de nubes, con un color entre gris y azulado de las aguas que ahora se veían inmensas, y los colores entre verdes y marrones de la superficie se veían resaltando entre las nubes que dejaban pasar la luz hacia abajo ya que la luminosidad en la superficie era bastante reducida. Empezaron a sentir ciertos movimientos incontrolados cuando se estacionaron en la órbita geocéntrica como si hubiera corrientes de aire, pero no se imaginaron qué podía moverles a esa altura. Las inmensas cámaras holográficas proyectaron en el puente mapas de tres dimensiones y en bellísimos colores y con más detalles de todo lo que había en la superficie del planeta: se veían cordilleras y valles, ríos y lagos, inmensas zonas llenas de vegetación, pero estaban a demasiada altura para detectar alguna ciudad, y en las zonas oscuras no se detectaron luces. Tenía que haber animales, era imposible que no hubiera animales, aunque fueran microscópicos, dijeron los entendidos que empezaron a hacer estudios en voz alta, y otros le hablaron al capitán para que iniciara las exploraciones lo más rápidamente posible, o se colocaran en una órbita más cercana, idea que fue desechada hasta que no cesaran los movimientos que se sentían y que no habían podido ser analizados por las computadoras porque ellas no habían registrado prácticamente nada.
Todos estaban agolpados en las ventanas cuando se transmitió el mensaje a la Tierra: “Hemos llegado y avistado el planeta desde la órbita estacionaria. Preparamos el descenso tan pronto sea posible”. La respuesta llegó después de un par de horas: “Buena Suerte. Nuestras esperanzas están con las de ustedes. Este es el mayor momento de la humanidad”.
El primer descenso se había estado preparando desde la salida, pero había sufrido muchos cambios y alteraciones pues habían surgido nuevas opiniones y voluntarios, por lo que habían concluido con hacer una selección por medio de una rifa entre los que estaban entrenados para el descenso. El primer trasbordador debía llevar diez exploradores que solamente harían un vuelo rasante por una zona determinada y regresar en espacio de unas dos horas. Los exploradores llevarían además de los aparatos para sus mediciones científicas, armas de corto u mediano alcances porque nunca estaba de más tomar precauciones para lo inesperado. En espacio de una media hora los exploradores estaban listos y en cuanto se estabilizó la nave salieron y bajaron a una velocidad sorprendente que fue seguida todo el tiempo por los radares de Estrella 5.
El trasbordador empezó a bajar a una velocidad similar a la que lo haría en la Tierra y pronto logró darle un par de circunvoluciones al planeta en una subórbita ecuatorial, luego inició una tercera disminuyendo la velocidad y la altura porque no habían registrado ninguna actividad de seres vivos, excepto por la vegetación que ahora se veía más definidamente como una gran selva tropical surcada de inmensos ríos alimentados por otros más pequeños. Algunas zonas mostraron picos nevados y zonas menos cubiertas de vegetación, sí como lagos grandes y pequeños, pero ni una sola población, de ningún tamaño ni campos cultivados ni carreteras. Decidieron bajar más y colocarse a unos 20 kilómetros de altura así como cambiar el vuelo a uno que los colocara en rutas distintas para ver si veían una perspectiva distinta. Solicitaron permiso al capitán y éste lo concedió, advirtiéndoles que sólo tenían 30 minutos más de vuelo.
Cambiaron las órbitas de ecuatoriales a polares y sólo pudieron registrar más de lo mismo, a excepción de los polos, que parecidos a los de la Tierra, tenían mucho hielo y grandes extensiones de desiertos congelados. Mientras miraban extasiados, recibieron la orden de regresar.
El trasbordador empezó a subir hacia la nave nodriza cuando sintieron un sacudón muy fuerte en toda la nave que la hizo crujir como si tuviera una armazón de madera. El susto fue mayúsculo y fue seguido por una risa nerviosa. El capitán ordenó que revisaran los registros de la computadora para que explicara lo sucedido y ésta no registró nada. Según la computadora, nada había sucedido, pero según los exploradores, algo sí había sucedido. Cuando se recuperaron, miraron hacia fuera y la nave nodriza y el planeta ahora estaban más lejos que antes. No podía ser, se dijeron, que la distancia hacia Estrella 5 se hubiera aumentado en vez de reducirse. Salieron a relucir conjeturas, cuentas y hasta chistes, pero los sentidos no mintieron cuando advirtieron que se estaban alejando como si hubieran sido atrapados por una fuerza gravitacional extraordinaria y ya estaban a varios miles de kilómetros del planeta hacia el espacio exterior sin ninguna razón física, y en sólo un par de segundos. Nada tenía explicación lógica. Nadie podía explicarse lo que había sucedido excepto que estaban a una distancia fenomenal y con muy poco combustible por lo que había que recalcular lo más rápidamente posible el regreso a Estrella 5.
El primer paso que acordaron fue comunicarse con la nave para relatar lo sucedido y averiguar si ellos tenían alguna explicación, pero lo más tenebroso sucedió en ese momento: no tenían comunicación. El segundo paso fue tratar de regresar estableciendo un nuevo derrotero en la pequeña nave, pero la computadora no respondió al comando. Si bien no estaba muerta, no respondía a las instrucciones para el nuevo curso. Estaban suspendidos flotando, mirando a Estrella 5 y al planeta, ambos en la distancia que ahora parecía inalcanzable. Entonces racionalizaron que estaban aislados, sordos y mudos, atascados, apenas a la vista de lo que el radar les indicaba dónde estaban los compañeros que ellos pensaban que estaban tan perplejos como ellos mismos. Entonces trataron de buscar la calma antes que les cundiera el pánico del silencio estelar, algo que muchos creían que era el mismo silencio de las tumbas, si es que alguien alguna vez ha vivido para explicar cómo es. Lo único que podían desear era que desde Estrella 5 los tuvieran en la pantalla de su radar y les enviaran el otro trasbordador a ver cómo les ayudaba, pero fuera lo que fuera, tendrían que esperar para saber esa respuesta, y mientras tanto empezaron a revisar los instrumentos para ver qué había pasado.
Pero los minutos empezaron a convertirse en horas y las horas en muchas horas, tanto como si fueran días. La impaciencia se fue apoderando de los presentes en la medida que el hambre y el cansancio se hicieron presente. Algunos empezaron a hablar solos, otros a cantar y otros a rezar. Hablaron de lo que se acordaban y cuando la mente les empezó a fallar, empezaron a hablar sin coherencia de sus vidas, de sus sueños, de sus temores. Se acordaron de cuando estaban pequeños; de lo que habían hecho y lo que habían querido hacer. Unos pidieron perdón y otros se enfurecieron por lo que hubo que restringirlos a las sillas hasta que algo diferente sucediera, pero sin saber qué. A unos les pareció que la nave se empezaba a mover pero otros dijeron que estaba a la deriva, suspendida como agarrada de la nada. Eran sólo los nervios que los invadían con la fuerza y la rapidez de un océano que se traga a un submarino. La nave se fue oscureciendo en la medida que empezaron a apagar las luces para conservar energía, y todos los que pudieron dormir se recostaron en sus sillas, tratando de pensar en algo que no fuera ese tormento, de pronto, sintieron otro sacudón del que no supieron si alegrarse o asustarse, hasta que la nave empezó a moverse con cierta lentitud, sin ningún sentido de dirección porque habían perdido todo punto de referencia, pero sí se dieron cuenta que definitivamente se estaban moviendo, y empezaron a alegrarse unos y a gritar otros, sin saber qué era lo que estaba pasando, pero alegres de que algo pasara, que al menos no estaban atascados en la nada, hasta que desde la más absoluta lejanía y oscuridad de la bóveda celestial empezó a crecer un punto de luz demasiado blanca y tan brillante como ninguna que hubieran visto en su vida, que se fue haciendo más grande a una velocidad tan vertiginosa como la de una explosión sideral, y la nave empezó a sacudirse como si un terremoto estuviera dentro de ella, sacudiendo y haciendo saltar a todo y a todos, lo que hizo que toda la armazón interior se empezara a desbaratar hasta que pocos segundos la luz llegó hasta ellos y los cegó, y sintieron un gran golpe en todo el cuerpo al mismo tiempo que oyeron una gran explosión que sería como algo que hubiera retumbado en toda la galaxia inundando hasta lo más profundo de sus entrañas, luego un gran frío y entonces una gran voz que gritó, “¿hasta cuándo vas a dormir? Eso te sucede por ver tanta televisión”, y Ricardo al abrir los ojos vio a su madre parada al lado de su cama.
Foto por NASA/ESA y The Hubble Heritage Team (STScI/AURA), Public Domain, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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