Cuando el Inspector llegó a la habitación 206 del Hotel Ritz todo el mundo volteó a verlo. Un hombre cincuentón, bajito, con un bombín que lo hacía ver más pequeño aún, miró a los curiosos y a los policías que estaban apostados en la puerta de la habitación y en su voz de gramófono dijo, perdón, señores, yo también quiero ver, por lo que los policías al reconocerlo empezaron a gesticular a los presentes para que abrieran paso al recién llegado.

Entró y se detuvo a mirar la majestuosidad del salón el cual más parecía a uno del Palacio de Versalles que el de un hotel en el centro de la ciudad, todo de color amarillo muy pálido de sus paredes y el decorado de sus muebles en regio estilo francés prerrevolucionario, abundante en belleza y en confort, decorado con muchas flores y muchos cuadros, y piezas de Sévres y Limoges.

Se escurrió entre los que estaban adentro y caminó con parsimonia sin detallar a los presentes que obviamente estaban también esperándolo. Pasó con los dos pulgares clavados en los bolsillos de su chaleco y meneando los otros dedos  como si estuviera tocando tambor en la inflada circunferencia de su barriga. Se fue hasta la enorme cama que dominaba el panorama, y encendió y apagó varias veces las lámparas de las mesas de noche. Se sentó en la butaca que había al pie de la cama y sin mediar todavía palabra con sus observadores, continuó hasta el pequeño escritorio que estaba en el otro extremo, abrió la gaveta y luego de mirarla, la cerró de un golpe.

Continuó su recorrido pero  de pronto se detuvo y con la mano derecha sacó del bolsillo derecho un reloj prisionero por una cadena de oro, lo abrió al oprimirle el botón de arriba, vio la hora y lo encerró nuevamente. Luego miró a todo el mundo y continuó paseándose por la habitación, mudo, con la gracia y curiosidad de un felino, sin hacer ruido, sin desperdiciar un rincón, a ningún punto del suelo ni del techo, sin dejar escapar su curiosidad mirando hasta detrás de las cortinas a las que abrió y cerró repetidas veces como un infante jugando con ellas; luego, a la ventana principal de la habitación que daba al balcón que miraba a la Plaza Vendôme, la abrió varias veces.  Se  fue otra vez hacia la cama en el centro de la habitación que todavía estaba revuelta y miró debajo de ella, le pasó la mano como si fuera a comprar el colchón y sacudió las sábanas como hacen las mucamas, y tomó a cada una de las almohadas de pluma a las cuales le hundió el pulgar derecho en diferentes sitios y luego las olió a todas; fue levantando los cojines de las poltronas uno por uno y volviéndolos a poner en su sitio con mucho cuidado, ajustándolos en las orillas, luego se detuvo de pronto como si le fuera a ceder el paso a alguien o a algo, y de un saltito de volteó y se fue directamente a otra poltrona, tomó el cojín y se lo llevó a otra más distante y lo cambió por ése, devolviendo aquél a la poltrona inicial, ajustándolo en la silla y luego pasándole la mano como para acariciar la tela y diciendo en voz baja, raso de seda. Luego se fue al tocador donde Lady Emily tenía infinidad de frascos, botellas, cepillos, polvos y cremas para la cara y talcos para el cuerpo, y tomando un pequeño frasco de vidrio, lo destapó, se llevó el tapón, también de vidrio, a la nariz, lo olió profundamente y susurró, Chanel 5, para inmediatamente volverlo a tapar. Destapó una caja de madera traída de Siria, y la miró sin rebuscarla.  Haló las gavetas que había en el mueble para la ropa y las hurgó con el índice derecho. Se fue al gran escaparate de la izquierda y abrió las tres hojas donde la Duquesa guardaba su ropa, las miró por un momento, abanicó las puertas, meneó la ropa, tomó una bocanada de aire y las cerró. Luego se miró al espejo y se haló el chaleco, se tomó las solapas de su saco y se las subió para ajustárselo a su ampliado talle, luego se olió el clavel que traía en la solapa, y finalmente se tomó la punta de sus bigotes sospechosamente demasiado negros para su edad y se las enrolló, y dándose media vuelta como si fuera un torero, hacia sus atónitos espectadores les dijo subiendo el tono y sin mediar palabras les disparó, c´est le chat!

¿Pardon, Monsieur?, le interpeló en inglés un señor mucho mayor que él con un monóculo que dejó caer de su ojo derecho pero que quedó guindando de la cuerda que lo amarraba a un botón de su chaleco. ¿Qué quiere decir que es el gato, cuál gato?

Usted es… ¿le duc, Monsieur…? Le respondió el Inspector al señor del monóculo, e interpretando el silencio del curioso, el Inspector continuó en un elegante inglés raspando la garganta de su acento francés para explicarle que no era un animal casero sino El Gato, Monsieur, el ladrón de joyas más famoso que había en todo París. Nunca agarrado, continuó, meneando el índice como profesor dictando cátedra de canto, y nunca visto por nadie, por supuesto, elusivo, fantasmal, elegante, parsimonioso, distinguido, un técnico maravilloso pero un ladrón, un vulgar ladrón que tiene gran afición por las joyas finas, o sea que solamente roba a la gente rica y de buen gusto, como usted, Monsieur, dijo mirando a Sir Richard, y a usted, Madame, y haciendo una leve venia que el Lord le contestó con una mirada de lejanía glacial inglesa pero con una pregunta ardiente: ¿y qué piensa hacer usted, Monsieur…?

¡Inspector!, le dijo, subiendo decentemente el tono de su voz, Inspector de la Policía de Paris, y continuó sin intimidarse sino con naturalidad, pues buscarlo, Monsieur, buscarlo, y para ello, trazaremos la estrategia francesa por excelencia: Cherchez la femme.

¿Cómo?, volvió a preguntar el Lord mientras se ponía el monóculo para apuntar mejor al Inspector, ¿a cuál femme, de quién habla, no dijo que era El Gato, un hombre, ladrón?

No sé, contestó el Inspector, todavía, pero es que siempre hay una dama detrás de todo delito, y no hay delito sin delincuente, ¿comprenez-vous, Monsieur le Duc? Es una cadena infalible.

Por supuesto que le comprendo, pero en Inglaterra no proceden así pues allá, dijo apuntando hacia la isla, Scotland Yard usa técnicas de laboratorio para atrapar a los delincuentes sin importarles el sexo, dijo el Lord desplegando exactitud anglosajona versus astucia francesa, a lo que el Inspector le devolvió el sablazo diciéndole que él sabía que allá operaban así, pero que ellos estaban en Francia y no en Inglaterra, concluyendo así el duelo  con una estocada de lógica cartesiana sobre la física de Newton.

El robo había ocurrido en la habitación de uno de los mejores, si no el mejor hotel de París, durante ese mismo día, no se sabía exactamente la hora ni otros detalles, sino que el collar de dos vueltas de perlas naturales que cerraba con un broche de una esmeralda que valía demasiados miles de libras esterlinas para calcularlos en francos, había sido sustraído, más otras piezas que ni siquiera las había denunciado el Lord, porque, dijo él, ni valían la pena. Lady Emily, que parecía que era la mayormente agraviada por la cara que tenía y porque el collar era un regalo de boda de su tío Lord Bellamy, quien lo había adquirido en la India cuando era secretario privado del Virrey Marqués Curzón de Kendleston, y que había sido uno de los regalos de un Maharajá para la esposa del Virrey, y que por una de esas vueltas que nunca se saben cómo son fue a parar a las manos del tío, y de allí, éste se lo regaló a su sobrina pues él no tenía descendientes.

El collar era tan famoso que por donde quiera que Lady Emily pasara, cuando asistía a los grandes salones de Europa, lo exhibía. Eso era lo que se esperaba que ella hiciera y eso era lo que ella hacía.

Era parte de su posición social. Su marido y ella sabían que era un problema enorme de seguridad el llevarlo consigo, pues era la envidia de todo el mundo, sobre todo de los ladrones, que ya habían tratado de robárselo varias veces infructuosamente, pero ellos decían que era una obligación enseñarlo. Estaba asegurado por Lloyds de Londres por una suma respetable y secreta, pero el punto era que era irremplazable desde todo punto de vista. Se decía que el propio rey Eduardo VII se lo había piropeado en una ocasión en la que el monarca le dijo que el collar era digno de una reina, no se sabía si con el oscuro propósito que lo regalara a su esposa o de hacerle un avance, por lo cual el monarca era ampliamente conocido, pero Lady Emily se había hecho la desentendida de la velada solicitud real lo cual le había valido que más nunca la invitaran al Palacio, a lo que Lady Emily le confió a una amiga que prefería estar más cerca de su collar que de la familia real.

Su esposo, Lord Richard Francis Albert Cavendish, octavo Duque de Devonshire, había conocido a Lady Emily Bellamy cuando ésta tenía apenas 17 años, y él solamente 46. Pero esa diferencia no importó cuando ella vio lo que le esperaba en castillos, tierras, joyas y otras cosas más que el Duque le mencionó, pero que ella no pudo comprender totalmente porque habló como media hora de él mismo y cómo su esposa anterior había muerto ahogada en un hotel de Baden Baden en circunstancias que nunca fueron esclarecidas porque de la palabra de la nobleza no se duda, y él lo catalogó como un accidente que le había sumido en una soledad tan grande que no tenía con quién pasar el resto de sus días ni en quién gastar su fortuna pues no tenía descendientes. Y como Lady Emily estaba acostumbrada a la sociedad londinense porque ella venía de una familia noble aunque lejos de ser como la del Duque, tuvo la premonición que ella estaba destinada para esa situación y se casaron en un día de primavera de 1905, y se dedicaron a recorrer el mundo, es decir, a Europa de punta a punta, con excepción de un viaje que hicieron a la India para llevar el cuerpo de su tío quien había pedido que lo enterraran rodeado de su servidumbre, aunque nunca explicó si era, o no, en la fosa.

El Inspector no quiso interrogar a los señores sino con unas preguntas muy básicas entre la que se destacó que por qué el collar no lo habían guardado en la caja fuerte del hotel, como habían hecho en todas las otras ocasiones en todos los hoteles donde se quedaban, a lo que ellos contestaron que había sido por un exceso de confianza en la seguridad de la habitación como resultado de un exceso de cansancio cuando llegaron de la fiesta de la celebración del Año Nuevo a eso de las siete de esa mañana, y por eso lo escondieron en una media del Duque, debajo de la cama, por la prisa.

Por la tarde, cuando lo fueron a buscar para guardarlo en la caja fuerte del hotel, la media estaba vacía. Acto seguido, llamaron a la seguridad del hotel y ésta a la policía.

No tocaron nada. Habían tirado la ropa en el piso, y lo único que habían hecho antes de vestirse, era recogerla y ponerla sobre la cama: allí estaba el vestido amarillo largo y la piel de zorros grises que Lady Emily había usado así como el frac que el Duque había llevado, su abrigo negro y una bufanda de seda blanca.

La puerta y la ventana del balcón no habían sido forzadas desde afuera ni ellos habían oído nada, algo fácil de creer porque después de una fiesta como en la que habían estado, nadie lo habría hecho. En pocas palabras, no había rastros de nada, y aunque el Inspector hubiera querido complacer al Duque, no había pistas qué recoger. Lo único que hizo el Inspector fue una venia para retirarse de la habitación a la vez que le hizo señas a los policías para que salieran delante de él. Al pasar por la conserjería del hotel habló con el detective del hotel y le dijo al administrador que siguieran haciendo lo mismo que hacían todos los días. El Inspector se montó en su auto y se fue.

Al siguiente día, los Duques tomaron el té en la habitación mientras ella lloraba su collar y él se ausentaba mentalmente de la conversación pensando en el problema que le esperaba enfrentando a los del seguro al explicarles por qué no habían depositado el collar en la caja de caudales del hotel, una casualidad demasiado nefasta que se hubiera presentado esa noche, precisamente el primer día del año de 1924. De pronto él se levantó de la silla como un resorte y dijo que iría a las oficinas del seguro en la propia ciudad de París a poner la denuncia.

Se vistió con un traje gris con abrigo, guantes y sombrero Borsalino del mismo color. Salió y cruzando a la izquierda se dirigió caminando hacia el Bulevar Haussmann y de allí hacia la estación de la Opera.

Allí tomó el Metro hasta la estación de San Lázaro pero no entró en ella sino que tomó un taxi de los que estaban cerca de la gran estación y salieron por la Rue La Fayette hasta la calle Bouret donde abandonó el vehículo y continuó a pie. El espía del Inspector, que lo había venido siguiendo desde el hotel a unos 15 metros de distancia, al llegar a la estación del tren y ver que el Duque había tomado un taxi, se le acercó a otro taxi y le dijo que siguiera al otro carro pero a cierta distancia, así como en las películas. Como era una distancia algo considerable, cuando el detective se bajó del auto, tuvo que perder cierto tiempo argumentándole a su conductor que no le podía pagar completo pero que pasara por la Gendarmería ese otro día para que le cancelaran los gastos porque era un viaje oficial. En la discusión terminó perdiendo la pista del Duque que se desapareció en una calle lateral amparado por la oscuridad de la noche que llegaba más temprano que de costumbre en el invierno parisino.

Esa misma noche, cuando el Inspector recibió el reporte de su detective, ordenó una serie de redadas seleccionando a ciertos individuos que le podían informar sobre el golpe del Ritz, como inmediatamente lo dieron a conocer todos los soplones antes de que la noticia llegara a las imprentas de los rotativos.

Los sabuesos se fueron directamente a los barrios bajos de la ciudad. Hurgaron en las casas de empeño. Repasaron los tugurios del Sena donde los vagos se acostaban en las hendijas laterales que entraban a los desaguaderos de las cloacas. Visitaron los bares y otros sitios de mal proceder. En todas partes llegaban buscando a los informantes que vivían de intercambiar datos a la policía por pagos selectivos en efectivo, limitaciones de condenas, o simplemente permitirles robar en ciertas zonas siempre y cuando no se les pasara la mano. Los soplones delataron a siete individuos que no pudieron ser arrestados sino hasta el día siguiente, y uno a uno fueron llevados a la Gendarmería donde estaba la oficina del Inspector que permanecía sentado en su viejo escritorio que tenía en su mínima oficina donde tenía un enorme mapa de la ciudad de París como único adorno.

Cuando le informaron de los siete sospechosos, el Inspector mandó a que le pasaran uno por uno a su oficina, y así lo hicieron. A cada uno que entraba, el Inspector lo conocía, y ellos a él. Se saludaban como viejos amigos y hasta les ofrecía café y cigarrillos. Les preguntaba amigablemente si habían quién había robado en el Hotel Ritz y todos dijeron que no. Aparentemente decepcionado los mandó a liberar en lo que los gendarmes interpretaban como una solución incomprensible para ellos. Pero nadie se atrevió a preguntarle nada, excepto que si iban a arrestar a más sospechosos, a lo que el Inspector dijo que no, que la investigación tomaría otro rumbo.

Varias semanas más tarde, el Inspector llamó al Duque por teléfono para pedirle que pasara por su oficina para informarle algo sensacional sobre el caso. Unos momentos más tarde el Duque se presentó ante el Inspector y éste, sin mediar palabras le entregó el collar en la mano.

La cara del Duque se transformó en un instante y mirando al collar le dijo que le relatara cómo lo había conseguido.

Lo conseguí hace pocos días, le explicó el Inspector, pero tardé mucho tiempo pensando cómo era este caso y cómo resolverlo, pues el collar es totalmente falso, y eso usted lo sabe muy bien.

El Duque se puso de pie y de todos colores y le argumentó que entonces ése no era su collar, que se lo habían cambiado, que alguien en la policía se lo había robado y que él era responsable de algo que no estaba claro pues si lo había tenido en su poder varias semanas, como él mismo había dicho, entonces tal vez había tenido tiempo de mandar a hacer una réplica, tal vez lo hizo El Gato, ése que usted mencionó.  El Duque finalmente amenazó con llevar el caso a la prensa, a las autoridades, al embajador inglés y al seguro para que ellos se encargaran de enjuiciarlo y meterlo en la cárcel por ladrón.

No Monsieur, usted no hará nada de eso, y le voy a explicar por qué, le dijo el Inspector sin sobresaltarse mientras le indicaba que se sentara.

La primera indicación la tuvimos del siguiente día del robo cuando usted salió a la calle diciéndole a su esposa que iba a ir a la oficina de la compañía de seguros a poner la denuncia, según me contó ella misma cuando hablé con ella dos días más tarde cuando la esperé a la salida de una tienda para que pareciera un encuentro casual. Ella me dijo que usted había salido después del té y había tardado como tres horas, y luego no le había mencionado más nada sobre la compañía de seguros donde usted había puesto, supuestamente, la denuncia. Como usted bien sabe, Lloyds no tiene una oficina en esta ciudad, entonces, ¿dónde fue usted esa tarde casi de noche? Yo le contestaré, Monsieur le Duc, le dijo haciéndole una seña de alto con la mano para que el Duque no dijera nada, y continuó:

Usted salió del hotel y caminó hasta el Metro que lo llevó hasta la estación de San Lázaro, y allí no tomó el tren sino un taxi que se dirigió por la Rue La Fayette, pero nosotros lo hicimos seguir por un detective, y la verdad sea dicha, le perdimos la pista, pero no el rastro. Cuando usted llegó a la estación del tren, antes de tomar el taxi, tal vez un acto reflejo le hizo meter la mano en el abrigo y sacar un pequeño paquete para verlo, así como para asegurarse que estaba allí, lo vio y se lo metió otra vez en el abrigo, para no llevarlo en la mano y apretaba el paquete contra el abrigo, algo del subconsciente que hacen los que llevan algo preciado en el bolsillo. Pero volviendo al viaje sin destino aparente, pues allí no queda la oficina de los Seguros Lloyd de Londres en París, me pregunté y deseo que me conteste, ¿dónde fue a esa hora y de esa forma, como si tratara de eludir por si alguien lo seguía, pues hubiera podido tomar el taxi frente al hotel? Eso no se entiende, y por eso empezamos a buscar diligentemente todo lo que hubiera podido estar cerca de donde se había desaparecido en la Rue Bouret y que fuera de su interés, y no encontramos absolutamente nada, lo que nos indicó que usted nuevamente tomó otro taxi, hasta que regresó al hotel, como lo comprobó el detective del hotel, a eso de las siete de la noche, lo que me llevó la curiosidad a preguntarme, ¿qué podría haber en un paquete tan pequeño que cuidaba con tanto recelo y dónde lo había dejado?

El inspector descansó pero solo para tomar aire y sin dar tregua a su auditorio de uno solo, tomó aire y continuó:

Por supuesto que la respuesta estaría en el paquete, pero cómo obtenerlo era el problema. Pero como no hay problema sin solución, se me ocurrió la idea de ir inmediatamente a la oficina central de correos de París y revisar cada paquete que salía para Inglaterra, y por supuesto, allí estaba uno con su nombre y dirección. Pero lamentablemente, todavía esa no era toda la solución, pues había que resolver dos detalles: saber quién lo enviaba y luego, abrir el paquete.

Para lo primero buscamos al taxista que lo llevó a la Rue Bouret para interrogarlo sobre el viaje que le había hecho y él nos entregó el papel con la dirección que usted le había dado, y que solamente decía Rue Bouret, sin más nada, pero con una gran significación: resultó ser la misma letra del paquete, o sea que usted se lo enviaba a usted mismo.

Qué falta de imaginación, perdóneme, Monsieur le Duc, le dijo el inspector mientras se torcía su bigote, que usted haya escogido esa dirección en vez de haber escogido otra, y por eso hicimos lo segundo, buscamos la orden de un juez y abrimos el paquete en su presencia, y voilá, allí estaba el collar, sin ni siquiera una nota porque era para usted mismo, pero todavía faltaban varias pruebas más: ¿era ése el collar, y a todas estas, por qué enviarlo? Le voy a contestar todas, dijo el Inspector mientras caminaba como un profesor delante de los estudiantes en el salón de clases, porque lo mejor viene después, es decir, ahora.

Hicimos examinar el collar por un joyero, y para nuestra mayor sorpresa, nos dijo que era absolutamente falso. Eso complicaba enormemente el caso pues no tenía sentido que usted hubiera enviado un collar falso a su casa de Londres, pero todo indicaba que usted lo había hecho. Mon Dieu, exclamó el Inspector mirando al techo de su oficina, por lo que no tuve más remedio que hacerle llamar a usted para enseñarle el collar, y la verdad sea dicha, advertirle que era falso.

Hasta ahora no hay delito alguno de parte de nadie, dijo en forma de desprecio el Duque, desbaratando toda la hipótesis del Inspector, sino que yo envié una copia del collar a Londres, a mi casa, y más nada. Ése no es el que se robaron, y le tiró el collar sobre el escritorio del Inspector.

No, Monsieur le Duc, he descubierto precisamente lo opuesto, dijo el Inspector sin perder la calma pero torciéndose los bigotes, que éste es el collar y usted sí se lo mandó,  que sí es falso y por consiguiente usted hizo una falsa denuncia de robo lo que lo implica en un delito, o varios, además de lo que diría la compañía de seguros al tratar de cobrar la póliza que quién sabe de cuánto es. Y para ello, utilizaré mi estrategia francesa, como le dijera allá en el hotel, que es, cherchez la femme.

¿Cuál femme, de quién me está hablando?, dijo el Duque perdiendo su compostura anglosajona, si usted dijo que era un ladrón.

Y también le dije que detrás de cada delito, hay una mujer, y esa mujer es su esposa, Lady Emily, quien fue su cómplice pero sin ella saberlo, dijo tajantemente el Inspector.

¿Qué?, ¡está absolutamente loco!, ¿qué tiene que ver mi esposa en todo esto, cómo se le ocurre semejante barbaridad!, volvió a explotar el Duque.

Sin inmutarse, el Inspector le dijo solamente, huélalo.

¿Qué?, dijo sorprendido el Duque.

Que lo huela, así, y le hizo un ademán de que se lo llevara a la nariz.

El Duque lo hizo y solamente le preguntó, ¿y qué?

¿A qué le huele?, lo hurgó el Inspector.

Bueno, no sé… ¿a qué me tiene que oler un collar de perlas falsas, a perlas falsas?

No sé a qué huelen las perlas falsas, Monsieur, le dijo el Inspector, pero sí sé a qué huele el Chanel 5 y también sé, así como usted, que su esposa lo usa todo el tiempo. Lo olí en la almohada, y pude distinguir correctamente cuál era la que ella usaba y cuál era la suya. Lo olí en las sábanas de la cama, del lado que ella duerme; en la ropa que tenía en las gavetas y en el escaparate, cuando abrí las puertas y salió el aroma indiscutible del Chanel 5, uno de los perfumes más exquisitos, perfectos, y caros del mundo, porque lo hacemos aquí en Francia, y es el mismo aroma que deja su esposa en todo lo que usa, por donde quiera que pasa, en todo lo que toca, además de que la habitación y la ventana estaban totalmente cerradas y nadie podía llegarle por el frente al edificio del hotel o que esa noche, precisamente esa noche usted no hubiera depositado el collar en la bóveda de seguridad. Esa es la prueba de que éste sí es el collar que usaba la Duquesa todo el tiempo, porque en él ha dejado su marca, su huella, porque huele a Chanel 5, es decir, huele a ella porque ése era el que ella usaba siempre, el mismo que usted puso en la media esa noche. Y continuó.

Ahora, volviendo a la pregunta de por qué usted trató de enviar este collar falso a su dirección en Londres, podríamos asumir varias hipótesis, así como que usted no quería que cayera en otras manos, que no se le ocurrió tirarlo a la basura, o al río, o qué sé yo, y que era para usted mismo porque no tenía ni una sola nota adentro y que es su escritura la del taxi y la que hay en el paquete. La podemos examinar, si usted quiere, con un experto. Pero todo eso es irrelevante ahora. Lo importante es que aquí está su collar y así constará en el parte policial que describe que es falso y cómo se encontró, que solamente se le enseñará a la compañía de seguros si usted pone una denuncia y ellos nos piden nuestra presencia en el acto, lo cual es seguro que lo harán. Todo depende de usted, o mejor dicho, de su denuncia.

El Duque bajó la cara, miró al suelo sin su monóculo y se metió el collar en el bolsillo. Bajó la voz a su acostumbrado tono y le dijo que no hacía falta porque no había hecho la denuncia todavía, así que no había nada qué decir. Dio media vuelta y mientras salía, el Inspector le dijo, Au revoir, Monsieur le Duc. Saludos a la Duquesa.

Sin voltear, el Duque le dijo, adieux, Monsieur l´inspecteur.

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.