Para Elizabeth, en su cumpleaños del 10 de mayo del 2011
Apenas Anandia se despertó, miró a su esposa y le dijo, Puya, anoche tuve un sueño revelador donde el Señor Ganesha trajo a mis padres hasta mi casa, y cuando ellos me vieron, me dijeron que tenía que ir hasta Amritsar a hacer mi ofrenda de agradecimiento, a más tardar antes de que cumpla los cincuenta años, lo cual será en el curso de este mismo año. Y hay algo más, añadió antes de que ella lo interrumpiera: tienes que venir porque ellos nos entregarán un regalo de oro muy especial, según les entendí, aunque no sé exactamente qué es, pero creo que es una bendición muy especial, Puya, y creo que debemos obedecer a los dioses. Puya lo miró con sus ojos apagados y le dijo juntando las palmas de sus manos, entonces tendremos que ir a Amritsar, es tu karma, y si es tuyo, también es mío, marido, y si eso es lo que los dioses quieren, entonces tendremos que complacerlos. ¡Iremos! ¡Karma!
Anandia se había casado siguiendo el mandato de su padre quien le había arreglado el matrimonio con el padre de Puya, un comerciante de telas, antes de que ambos cumplieran los quince años. Su padre había sido un vendedor de perfumes en el mercado que él mismo elaboraba en su casa siguiendo las fórmulas que a la vez, su padre, le había enseñado a hacer con fórmulas secretamente ancestrales, logrando olores que eran tan tradicionales como los mantras que tenían que rezar todos los días como devotos hindúes.
El negocio siempre había sido bueno porque la demanda no cesaba, sino todo lo contrario, aumentaba porque cada vez había más gente, y especialmente más mujeres, que eran las principales clientes de sus clientes, que usaban para mantener a sus maridos enamorados solamente de ellas, aunque también vendía perfumes para hombres y que servían, tanto para las labores del amor, como las del trabajo, mientras se invocan los mantras para meditar para mejorar la suerte, o ahuyentar la mala, despejar la mente, invocar a los dioses, y tantas otras cosas que necesitaba la gente para vivir mejor porque sus perfumes tenían, decía la gente, el gran ingrediente que los hacía poderosos, el agua del Ganges, ese río generoso que lava al cuerpo y al alma, da vida y se la lleva en las cenizas de los muertos cuyas almas van a buscar su próxima reencarnación para seguir el ciclo de la existencia hasta que se llegue a la perfección. ¡Karma!
Así, Anandia y Puya los fabricaban trabajando juntos en su casa, y Anandia solo los vendía a ciertos negocios del mercado y a otros clientes especiales en otras partes de la ciudad, los cuales él visitaba en interminables recorridos en autobús donde pasaba más tiempo viajando que vendiendo, pues todos los perfumes los tenía negociados de antemano, de modo que él tenía lo que era el negocio perfecto: todo lo que hacía, ya estaba colocado, de modo que era plata tan segura como el sol que sale todos los días, y de ella, a él le sobraba, no solamente porque vivía sin desperdiciar una sola rupia, sino porque vivía como si no ganara lo suficiente para vivir, porque como consecuencia de ser un matrimonio sin hijos, él utilizaba casi todo lo que ganaba en rupias para comprar oro que depositaba en el banco para asegurarse una vejez sin preocupaciones porque como él le decía a Puya, ya que nadie le encendería su pira cuando él se muriera, pues ella, tendría que lanzarse con él para emprender solos el viaje, tan solos como habían vivido toda su vida, y eso le aterraba, aunque en silencio, pero Puya lo sabía, y ella también se aterraba. Tendrían que pagar muy bien para encontrar a alguien que les encendiera la pira y lanzara sus cenizas al Ganges porque si no lo hacían, sus almas vagarían por el resto de la eternidad porque no podrían reencarnar. Mientras tanto, Puya vivía en silencio su dilema entre lanzarse a la pira funeraria, o tener que irse a vivir en un asilo para viudas hasta que se muriera, renunciando a todo lo que su marido le dejara, que sería nada porque la casa, el oro y sus pocas joyas tendría que donarlas al templo porque las viudas tenían que enterrarse en vida, por lo que Puya no sabía cuál sería peor, y rezaba, esperando que los dioses le dijeran cuál debía hacer. ¡Karma!
Habían vivido una vida sin hijos, ella para él y él para almacenar oro, trabajando sin descanso los dos, en una vida que no tenía futuro sino después de la muerte, pensando que el secreto de los perfumes moriría cuando él se muriera, sin que nadie los hubiera escogido a ellos como padres, lo que en sí era una decisión de los dioses, y que ellos habían considerado como un castigo, aunque fuera arrastrado de alguna vida anterior y que Anandia decía que era culpa de Puya, porque de esta vida, él no sabía por qué, pues siempre se había portado bien. Pero ésa era la suerte de ambos, y muchas veces Anandia decía que deseaba que la muerte le llegara más temprano que tarde mientras que Puya le advertía que era malo decirles a los dioses lo que debían hacer. ¡Karma!
La casa era relativamente grande, comparada con la de los vecinos. Vivían en la parte de arriba donde tenían dos habitaciones: el dormitorio, con vista al Ganges, algo que les servía de diaria inspiración apenas se levantaban de la cama para se iniciaran con los mantras rituales a Brama, Visnú, Ganesha y Siva, para que les ayudaran en las labores cotidianas que iban de sol a sol, y otra con vista al patio de atrás, donde tenían el laboratorio, como le decía Anandia, envuelto en rejas metálicas en la puerta y las ventanas, y varios candados, pues allí concentraba sus secretos profesionales, es decir, la base de su única riqueza.
La casa era austera porque no había ni un mueble de más que para dos personas. Puya la mantenía pulcra, con un altar para los dioses decorado con todas las flores posibles, y llena de las fragancias de los inciensos. Pero les faltaba la alegría de una familia extendida, como tenía todo el mundo en la India, y por eso nada más, ellos eran socialmente la excepción. Puya cocinaba, limpiaba y lavaba la ropa, y había rehusado siempre tener una mujer para que la ayudara porque temían que les descubrieran o les robaran los secretos de los perfumes. Puya vivía para trabajar en la casa y escasamente salía porque Anandia hacía lo de la calle, vender y comprar los alimentos. No tenían parientes pues los padres de ambos se habían muerto, y nunca quisieron buscar al resto de la familia porque Anandia decía que les vendrían a pedir.
Anandia le decía a Puya que ella había sido favorecida en esta vida porque vivía entre las flores; en cambio él, tenía que trabajar bajo el sol de la calle. Ella no le pedía nada y él decía que no le faltaba nada pues le daba todo lo necesario. Tenía dos saris de algodón, un par de zarcillos y diez pulseras en cada brazo, porque su única posesión de oro, su mangalsutra, también estaba en el banco con el resto de las monedas que semanalmente añadía Anandia. Pero ella sabía cuánto no tenían, es decir, una verdadera familia con muchos hijos, como todos sus vecinos. Ella no entendía la vida así, sin familia, porque hubiera querido ser madre de al menos un niño. Por supuesto que Puya no sabía ni remotamente cuánto dinero hacía su marido en el mercado, y mucho menos, cuánto oro tenía en el banco. Solo sabía que morirían solos, cuando los dioses lo dispusieran, por supuesto. Puya lloraba en silencio cuando su marido no estaba. Puya ya no le pedía a Ganesha que le diera un hijo porque sabía que ya era muy tarde. ¡Karma!
Vivían en un barrio modesto de la ciudad santa de Varanasi, a escasos metros del río más sagrado y misterioso de todo el mundo, el Ganges, donde precisamente da la curva para seguir su curso indetenible hacia el océano. El río Ganga, como le dicen los hindúes, y como lo caracterizó Nehru cuando dijo “el Ganga, especialmente, amado por su pueblo, alrededor del cual se tejen sus memorias, sus esperanzas y sus temores, sus cantos de triunfos, sus victorias y sus derrotas. Él ha sido el símbolo de la larga cultura y civilización de la India, siempre cambiando y siempre fluyendo, y sin embargo, siempre el mismo Ganga”, estaba a un par de cuadras de su casa y de donde hacía llevar el agua que compraba a los muchachos que la transportaban en baldes, haciendo una hilera tan larga como el hilo de las ruecas que tejen el algodón para los saris, la ropa para los hombres y los sudarios para los muertos, y que le daban a Anandia el sello de garantía que sus perfumes tenían un elemento mágico que los acercaba a lo sagrado y los hacía inigualables, aunque la realidad del secreto consistía en dos cosas, una, que el traer agua del río a su casa le proporcionaba agua gratis, en vez de pagarle a la municipalidad por el consumo, y la otra, que él no le hacía propaganda al agua del río como un elemento crucial en sus perfumes, sino que se lo dejaba a lo que él llamaba “la gente del mercado”, o sea a la comunidad, la que en realidad se había encargado de hacerle esa propaganda en la ciudad rodando los rumores, y que otros fabricantes no podían imitar, no porque no lo pusieran en sus etiquetas, cosa que era muy fácil escribirla y que realmente no hacía ninguna diferencia, pues no solamente la gente veía cuando llevaban el agua a su casa, sino porque lo que en realidad hacían inigualables a los perfumes de Anandia era la fórmula ancestral que su padre le había enseñado, una herencia familiar más secreta que la combinación de la caja fuerte del Banco de Reserva de la India que estaba en Mumbai.
Aunque Puya trabajaba sin parar durante toda la semana en sus labores domésticas, la mayor parte del tiempo lo dedicaba a recibir y preparar las flores que le llegaban diariamente, organizándolas en montones que dispersaba en la parte de abajo y de arriba de la casa. De hecho, empezaba la preparación seleccionando los pétalos más gruesos y los menos deteriorados y los ponía en tarros llenos de agua. Al siguiente día, los sacaba y los ponía en otro recipiente con agua limpia, y al tercer día, los ponía en agua del Ganges, especialmente traída a la casa. Toda la casa parecía una floristería donde apenas se podía caminar, inundada de colores y olores, y reuniendo montones de pétalos inservibles que Puya barría, los del primer piso hacia la calle, y los del segundo piso, lanzándolos desde arriba, provocando una lluvia de pétalos de colores, donde se reunía mucha gente a ver el ritual todas las tardes atrayendo a hombres, mujeres y niños que aplaudían y bailaban mientras coreaban el nombre de Puya.
Durante los fines de semana, Anandia y Puya se dedicaban juntos a hacer la última preparación de los perfumes, y para ello se encerraban en el cuarto de trabajo a organizar la gran operación que consistía en tres pasos: el primero, en preparar las pequeñas botellas de color ámbar y pegar los rótulos con que las identificarían, lo que dependía del tamaño y selección de la orden de sus clientes, esa bitácora de papel que Anandia guardaba con el recelo con que se guardaban las rutas secretas de los conquistadores que habían llegado hace varios siglos a expoliar a la India, solo que estas rutas en la lista de sus clientes tenía sus cuentas pendientes y sus órdenes de compra firmadas, lo que equivalía a un contrato seguro de pago, es decir, valían oro.
El segundo, que era la verdadera preparación del perfume y que consistía en un complicado, lento y totalmente secreto proceso de alquimia, porque era más similar a uno del siglo doce que al actual, porque los implementos, las técnicas y los ingredientes, y muy posiblemente hasta los olores, no podrían haber variado mucho en todos esos años, pues en eso consistía realmente el éxito del secreto de sus perfumes. Esos olores los había aprendido Anandia desde niño y según él, los llevaba en la sangre, uno por uno, sin confundirse. Puya sabía que ella también los llevaba, pero no decía nada.
Y el tercero, en el arreglo para el viaje del reparto, que consistía en ir poniendo a las botellitas arregladas en una gran caja de madera que estaba rellena de aserrín en el fondo y de papeles de periódicos entre las hileras, y que Anandia se guindaba del hombro izquierdo, por lo que el cuerpo ya lo tenía afectado al inclinarlo más de un lado que de otro, pero que era la única forma de asegurarse que los frascos llegarían intactos a su destino. Solamente una vez en toda su vida perdió todo un cargamento de perfumes, cuando el autobús donde viajaba chocó contra un ciclista y éste contra una vaca, todo al mismo tiempo, dando un frenazo tan descomunal que el autobús dio un brinco y patinó de lado hasta que se detuvo contra unos kioscos de vendedores y todo quedó destrozado pues los kioscos, las mercancías y los pasajeros rodaron por el suelo, incluyendo la caja de Anandia con todos sus perfumes. Por supuesto que nunca pudo recobrar la pérdida porque hubiera tenido que contratar a un abogado para demandar a la compañía de autobuses, con bajísimas probabilidades para ganar, por lo que prefirió achacárselo a que tal vez Puya debió haber consultado al horóscopo antes de salir de su casa para haber anticipado el problema. ¡Karma!
Los perfumes que hacían Anandia y Puya eran de los llamados “attar”, o sea de elementos naturales como flores, hierbas, aceites, esencias, maderas y especias que se destilan en aceite de madera de sándalo, y a su vez destilados en agua donde se produce la saturación de la fragancia de las flores que producen aromas que evocan a las fragancias de las ceremonias indias. Estos son los olores que al mezclarse con el cuerpo producen ese olor característico del perfume, y que por eso la casa siempre estaba repleta de flores de todos los olores, colores y tamaños que les traían de diferentes partes de la India: desde los fríos montes del norte, de las riveras de los ríos que bajan a los mares, hasta las densas selvas tropicales del sur. Por supuesto que de estas flores también utilizaban para el altar de la casa donde se reverenciaba a Ganesha y para regalar al templo que estaba cerca y al que ellos asistían con devota regularidad.
La fabricación del attar es un proceso laborioso que requiere talento, destreza, tiempo y paciencia. El elemento principal es la disponibilidad de las flores, que depende a su vez de la temporada, o sea de la época del año por las lluvias, las sequías y los monzones, las distancias del traslado, etc., que daban la oportunidad para hacerlos, y era lo que más hacía variar los precios. Puede tomar entre dos y cuatro semanas para hacerse solo una pequeña cantidad, pues de varios kilos de pétalos de flores solo se obtiene una cantidad pequeña de esencia. Se comienza colocando a los pétalos que se remojan por días en un recipiente de barro cocido. De allí, el líquido se lleva a través de cáñamos hasta un gran caldero de cobre donde espera el aceite de sándalo, al que se le añade agua, se tapa con un sello de algodón y arcilla para cocinarlo hasta que produzca la condensación del perfume que se trasiega hasta otro recipiente de cobre.
En el fuego de la leña reside la temperatura: mucho, quemará los pétalos de las flores, y muy poco, no extraerá lo suficiente. Durante la cocción hay que menear el líquido constantemente para asegurarse que todo el contenido quedará uniformemente cocido, además de evitar que se sobrecocine y se pierda todo el brebaje. Para saber la temperatura correcta, al recipiente se le va tocando con las manos, además de tener que conocer los sonidos de adentro del recipiente. Al final del día, cuando la cocción ha llegado a su final, se deja reposar hasta que se enfríe el contenido hasta ese otro día por la mañana, para separar el agua del aceite, un proceso que se sigue repitiendo varias veces hasta que se completa totalmente a lo largo de varios días y lo que queda es la esencia del aceite de la madera de sándalo impregnado del olor de las flores.
Anandia y Puya tenían una extensa línea de perfumes de la cual el attar de las rosas era el más solicitado de todos los perfumes por las mujeres que desean ser amadas. Destilado de la reina de la flores, las rosas de Damasco, del attar Gulab, que es destilado en el más puro aceite de sándalo como dice el rótulo dorado con algunos caracteres en sánscrito para infundir respeto, porque las rosas significan el amor puro, para las prometidas y las casadas, y es por supuesto, el más caro. La refrescante fragancia del attar de la henna, de hojas mezcladas con la fuerza del ámbar, tanto para hombres como para mujeres. El attar del aceite de la madera de sándalo, penetrante, poderoso, inspirante y misterioso, es el olor más penetrante del mundo, preferido por los hombres, aunque también por algunas mujeres que quieren recordarse de sus amores. El attar de almizcle negro, rico y exótico, para rituales especiales donde mezclan lo religioso y el amor. El attar de las flores doradas de champa, tan tradicionales como la India misma, similares a las magnolias, dulces, llenas del espíritu que evocan las poderosas lluvias que mojan a la tierra después del verano. El attar de la Flor del Paraíso, o la llamada ghulgina, porque tiene un olor oriental como el sabor del té y a la vez envolvente en un aroma terrenal. El attar Genda, también llamado clavel moro o clavel de la India, de puras esencias de flores y hierbas. Del maravilloso attar Mitti, oloroso a la tierra bañada por el río de los ríos, el poderoso Ganges, oloroso a tierra mojada, profunda y misteriosa, suave y envolvente, acariciante, capaz de evocar poderosos recuerdos porque hace pensar en la cosmogonía india: de Ganesha, de Indra, de Siva, de Krishna, de Kali…
Las botellas eran en realidad diminutas: cabían en la palma de la mano porque eran para esencias. Las mujeres se las escondían en los saris y los hombres en las camisas para tenerlos siempre a su alcance. Los attar eran tan ancestrales como el imperio persa, traspasado con sangre, amor y fuego a los musulmanes que llegaron a la India hace tanto que ya a nadie le importaba, pero que seguían transmitiendo sus cualidades misteriosas en los olores más básicos de los perfumes. Anandia decía que él solo los embotellaba porque al attar lo hacían los dioses, y los de él eran puros, que a diferencia de los shamamas, los otros perfumes que vendía la competencia, éstos eran mezclados de muchas cosas que terminaban no siendo tan puros como los suyos. Y con solo mojarse la punta del índice y untarlo en el cuerpo debajo del sari o la camisa, era suficiente para que se supiera que la persona lo lleva consigo a todas partes. Por eso los clientes no reparaban en el precio de los perfumes de Anandia. Dicen que el día del accidente del autobús la gente del mercado corrió como loca al sitio del accidente a mojar su ropa en los olores desparramados por el suelo, hasta que Anandia les advirtió que si los dioses hubieran querido que ellos los usaran, les habría permitido adquirirlos, por lo que todo el mundo se retiró dejando al sitio impregnado por tantos días hasta que volvieron a llegar las lluvias, y dijeron, que todo ese olor se fue al Ganges, porque de allí había venido en su agua. ¡Karma!
En uno de esos días cuando Puya menos lo esperaba, llegó Anandia blandiendo unos papeles en la mano y le dijo, aquí están, enseñándole los boletos que había logrado conseguir para el viaje a Amritsar, dentro de seis semanas. Es en autobús, le dijo advirtiéndole que no sería en tren, como ella se había creído y soñado, porque nunca había hecho un viaje largo en tren, pero Puya ya no podía argumentar nada en contra de lo que ella sabía que era un sufrimiento viajar en esos autobuses que los atiborraban de pasajeros con animales y comida, prácticamente volando por las angostas carreteras, y casi sin detenerse salvo para la gasolina y permitirle a los pasajeros correr hacia los baños. Puya debió haberse esperado el golpe bajo de Anandia, y no lo hizo porque él nunca le advirtió sobre la época del viaje el cual, si bien tenía fecha abierta, no debía pasar del cumpleaños número cincuenta, al cual le faltaban ocho meses. Pero todo lo había arreglado según el horóscopo y la suerte ya estaba echada, y ahora sólo podría prepararse para el viaje de ida y vuelta en autobús. ¡Karma!
Los días siguieron pasando y Anandia empezó a organizar el viaje comprando una maleta a la que no le cabría mucha ropa porque era para pasar solamente dos días en Amritsar, que como eran solo para visitar al templo, eran más que suficiente, dijo él, pues se había informado detalladamente en la compañía de viajes en autobús donde le habían asegurado que el viaje era igual que el del tren y casi a la mitad de precio, y el tiempo de viaje, igual que el del tren, aunque nadie le explicó que se referían al tiempo de recorrido y no al del recorrido más las paradas formales e informales, las cuales abundaban a echar gasolina y a recoger y dejar pasajeros, lo cual lo estiraban mucho más que las casi 12 horas de recorrido del tren, que solo hacía dos paradas largas, una en Agra y otra en Nueva Delhi. De hecho, le advirtió a Puya que si llevaban la comida en la mano, ésta sería mucho mejor que la que se encontrarían en el camino, por lo que Puya intuyó que tendría que preparar varias viandas con sendas botellas de agua para los más de mil kilómetros que los separaban de Amritsar.
Puya, en el fondo, estaba emocionada pues ella sabía que serían varios días alejada de la casa, sin cocinar, ni limpiar, ni trabajar en los perfumes. Nunca se había ausentado de su casa más de diez kilómetros, o mejor dicho, desde que se casó, ni nunca había dormido en otra casa que no fuera la suya. El haber de su vida consistía en haberse dedicado enteramente al matrimonio, haciendo por 35 años, consecutivamente, miles de comidas para ellos dos, haber limpiado su casa todos los días, al igual que haber trabajado seleccionando las flores, haciendo los perfumes y llenando millones de botellitas por un tiempo similar, pero nunca, absolutamente nunca, haber tenido un descanso, una vacación, ni siquiera de un día, de una mañana, de una hora, ni siquiera por enfermedad, que no fuera trabajando en función de una vida que no se sabía cuándo terminaría, ni cómo ni para qué, porque solo esperaba que llegara la muerte, de él o de ella, sin saber cuál sería peor, tal vez la de él, porque quedaría sola, tendría que ponerse un sari blanco, repartir sus pocas joyas en el templo, cortarse el pelo al rape e internarse en la casa de las viudas a esperar que le llegara la muerte. Y esta última parte de su futuro le volvió a helar al corazón y al cerebro, aunque esta oportunidad de cambiar la rutina de los últimos 35 años le iluminó el fondo del túnel de su existencia y le dijo a la estatua de su dios preferido, Señor Ganesha, si tú crees que este viaje me pueda cambiar mi vida, entonces lo acepto con la misma paciencia que he vivido y he aceptado con la misma paciencia que he vivido y he aceptado todo lo que los dioses me han dado. Que sea tu voluntad. ¡Karma!
Las semanas pasaron volando y Anandia no hacía más que hablar del viaje, ya que con todo el que se encontraba en la calle le pedía opinión, y por supuesto, se la daban. En realidad, había recibido tantos consejos que ya no sabía ni lo positivo ni lo negativo que le había advertido. Sólo sabía que saldrían un jueves a las 6 y 30 de la tarde y llegarían a Nueva Delhi a la mañana de ese otro día, donde tendrían dos horas de descanso antes de continuar. Les recomendaron que no se alejaran del terminal de autobuses porque mucha gente no había regresado porque se habían perdido, y con la misma, le dijo a Puya que lo mejor sería que se quedaran sentados esperando a la salida del autobús.
Tal como lo arregló Anandia, llegaron en un taxi a la estación a las cuatro de la tarde del jueves, anticipando la salida para esa misma tarde. Trían consigo la maleta que entregaron en el terminal y una gran bolsa llena de comida envuelta en una gran bolsa de tela y dos botellas de agua que llevaba Puya. Anandia se había traído, aparte, un pequeño morral con una botellita de cada uno de los perfumes que ellos hacían, para ofrecerlos en el templo de Amritsar. Con buen tiempo y en un autobús de 45 pasajeros de marca y año indefinidos arrancaron poco pasadas las 6 y 30 p.m. Tan pronto arrancó el autobús, Anandia comenzó a comer, y tan pronto terminó, se durmió hasta que hicieron la primera parada, unas dos horas después. Se bajaron y se subieron otros pasajeros. Poco antes del amanecer llegaron al terminal de Agra donde estuvieron unos 15 minutos, y unas horas después llegaron a las afueras de Nueva Delhi. Allí, de un codazo, Puya volvió a despertar a Anandia.
Ambos miraban mesmerizados a la gran ciudad que solo conocían de nombre, y tal vez la veían más grande y más bella de lo que en realidad tenían en mente. Entraron por la Carretera Nacional 2 y tomaron la Avenida Mathura hacia el centro de la ciudad. Pasaron por la zona de Faridabad y una serie de centros industriales en el este, y al llegar a la avenida Mahatma Gandhi, cruzaron a la izquierda hasta la avenida Aurobindo, hasta el terminal de autobuses Safdarjung, cerca del aeropuerto internacional. Allí se bajaron del autobús, encorvados, cansados, aturdidos y asustados de pensar lo que les faltaba por recorrer pues no estaban exactamente en la mitad del camino todavía. Tenían dos horas, pero lo mejor que podían hacer era dar vueltas alrededor del terminal para estirar las piernas, que como decía Anandia, ya no las sentía pegadas al cuerpo. Puya ni habló. Se fue al baño de las mujeres, se echó agua en la cara y se quedó descansando de su marido. Anandia se divirtió mirando las tiendas y las postales de la ciudad en los estantes de los periódicos.
Casi un par de horas más tarde les avisaron por el altoparlante que el viaje se retrasaría un poco porque el autobús en el que habían venido estaba averiado y estaban esperando la pieza de repuesto. Luego de una hora más les comunicaron que en vista de que la pieza no iba a llegar todavía, los iban a enviar en otro autobús especial lleno de peregrinos que iba hasta Amritsar. A eso del mediodía, el autobús, algo más grande pero tan apretado como el anterior, salió hacia el destino final.
Salieron hacia el oeste por la Avenida Prithviraj, bordearon al parque hexagonal donde está el monumento impresionante Puerta de la India y subieron por la Avenida Ashoka hasta el radial del Parque Central y continuaron hasta la Carretera Nacional 1, que va directo hasta Amritsar, pero no sin antes pasar por Ambala, Luhiana y Jakandhar, para llegar, ya entrada la noche a la ciudad de Amritsar, en el Punjab, a escasos 20 kilómetros de la ciudad de Lahore, en Pakistán. Cuando desembarcaron, Anandia se enteró que no le habían embarcado la maleta en ese autobús, aunque le aseguraron que vendría en el siguiente y se la mandarían a un hotel que le recomendaron, y con el ánimo por el suelo, tomó un taxi y se fue al hotel Amritsar, sólo para descubrir que no solamente era uno de otros tantos que tenían el mismo nombre en la ciudad sino que era más caro que él había presupuestado. Lo único que pudo decir es que los dioses le habían puesto una serie de pruebas y que él las aceptaba sin rechistar. Lo único que pensó Puya fue en no decir ¡karma!
Anandia y Puya cayeron como plomo en las camas y durmieron casi hasta el mediodía siguiente, algo nunca visto en ellos, pero obviamente era el resultado del cansancio del viaje. Se levantaron con el cuerpo adolorido y solo se enderezaron luego de un baño caliente. De allí se fueron a la recepción a preguntar por su maleta, la cual no había llegado, dónde podían comer, y les enseñaron los vendedores que estaban agolpados en la calle, y cómo se podían ir al gran Templo Dorado y el empleado les dijo que mejor era que siguieran descansando porque la mejor forma de llegar era en taxi, al filo de la medianoche, porque la entrada comenzaba a las 2 de la madrugada y la cola sería muy larga. Anandia, sin rechistar esta vez, siguió las instrucciones al pie de la letra y se dedicó a descansar por el resto del día para prepararse para el encuentro final con el templo. En la tarde les llegó la maleta.
El taxi llegó a buscarles casi a la media noche y los dejó a varias cuadras de distancia porque las barreras policiales impedían el paso para acercarse más. Miles de peregrinos caminaban hacia el templo desde todas las direcciones por las estrechas calles de la antigua ciudad, atravesando cantidades de vendedores ambulantes de comidas y bebidas, postales, estatuillas religiosas y baratijas que los asaltaban sin cesar. A ellos se unía más gente en la medida que se acercaban, haciéndose la columna más grande porque otros ríos humanos aparecían en las bocacalles para que la marea humana engrosara a cada minuto, haciéndose cada vez más lenta, aunque soportable porque el clima era agradable. A Anandia no le importaba el peso de su mochila donde llevaba las botellitas de sus perfumes, un peso insignificante comparado al cargamento diario que estaba acostumbrado a cargar, pero a Puya sí le preocupaba el peso de la bolsa llena de comida y las botellas de agua que ella no estaba acostumbrada a cargar. Se tomaron de la mano para no separarse y caminaron a paso de procesión.
La atmósfera se hacía más pesada con cada minuto que pasaba porque el tropel humano se hacía más lento. Mujeres, hombres, niños en brazos, niños arrastrados, niños llorando, ancianos y jóvenes, gente bien vestida, gente en sillas de rueda, en harapos, descalzos, calzados, con bolsas y maletas, otros casi desnudos, unos callados y otros murmurando, rezando, cantando, simplemente hablando entre ellos, todos llenos de colores desde sus turbantes hasta sus sandalias, que por sus ropas que indicaban sus diversas procedencias, de la India, de otros países, de otros continentes, de otras lenguas y otras culturas. Todo eso parecía un Babel horizontal, el día del juicio final, el camino hacia el arca de Noé, la entrada al cielo, o a nirvana, o las almas que viajan en el Ganges, gente, mucha gente, demasiada gente, gente que buscaba algo, que quería algo, que deseaba, que iba en búsqueda de un algo nuevo, hacia una esperanza, o el final de una profecía, hacia algo mejor que lo que habían dejado, hacia la felicidad, hacia su propio paraíso, todos hacia su karma. Toda esa columna humana parecía extasiada, viendo ya en sus mentes, aunque tal vez cansada físicamente, cuando se empezó a despuntar el cielo y lo que todavía no podían ver con claridad lo empezaron a sentir en la ansiedad de la multitud que quería apurar el paso pero no podía, porque sabían que ya estaban cerca, muy cerca del perímetro del templo.
De pronto, la multitud se detuvo a pesar del aura de frenesí que la invadía, y como si les hubieran dado una orden, se sentaron todos en el piso. Todo el mundo empezó a mirar hacia las nubes que se empezaban a dejar pasar la luz solar que venía del este, y detrás de ellas, el cielo azul que avizoraba un día radiante. En la distancia, vieron la piscina del Néctar de la Felicidad que rodea al templo mientras apenas podían oír en la lejanía los cantos de los himnos acompañados de los toques rítmicos de los tambores, de los instrumentos de cuerdas y las flautas. Eran los mantras. Así, la serenidad del despertar del día y la tranquilidad del agua que se empezaba a llenar de luz invitaron a la multitud a rodear al templo, y para su sorpresa y suerte, Anandia y Puya se dieron cuenta en ese momento que estaban justo frente a la puerta principal, la Gran Puerta y a la torre del reloj a su espalda. ¡Karma!, dijeron los dos, porque sabían que pronto estarían en el sereno e inmortal Harimandir, el Templo Dorado, la Casa de Dios.

El Harimandir, la Casa de Dios, en medio de la piscina rectangular.
Cuando los primeros rayos del sol empezaron a iluminar con fuerza a la multitud, el templo empezó a brillar, primero arriba, destacando su figura cuadrada con sus cúpulas de cebolla sobre todo lo que le rodeaba, y a la vez a reflejarse en el agua del estanque de Amritsar, de donde origina el nombre del templo, con la misma intensidad, de modo que sus destellos parecieran que vinieran de adentro hacia afuera. ¡Es de oro!, murmuró Anandia poniéndose de pie, y creo que lo puedo oler, porque yo conozco el oro, le dijo a Puya, quien asintió con su cabeza sin sentir, tal vez, la emoción que sentía su marido, porque ella sólo había visto al oro desde lejos. Anandia continuó extasiado mirando a lo que para él era un milagro, no uno sino dos templos, uno en la tierra y otro, invertido, en el agua.
La arquitectura del templo es una combinación de hindú y mahometana, para simbolizar la unión, no solo de esas dos religiones sino de todas las religiones del mundo a las que el templo está abierto constantemente: a los mendicantes, a los peregrinos, a los estudiosos de teología y de filosofía, a los que buscan milagros y a los que vienen a agradecer los favores concedidos, y hasta los turistas. Es un templo para la contemplación, la meditación y la purificación del alma. Anandia había ido a cumplir el mandato de su sueño que le había prometido oro, aunque él no sabía exactamente cómo se cumpliría esa promesa, pero era su karma y tenía que seguirlo. Anandia sabía que tendría que bañarse allí para lograr lo que llamaban la bebida de los dioses y beber el néctar de la inmortalidad, esa sustancia mágica que cataliza los estados eufóricos de la conciencia e ilumina el espíritu, que limpia los pecados del cuerpo y sana al alma. Anandia sabía, o al menos creía, que era una recompensa a su vida recta y de buen proceder que siempre había llevado, siendo un comerciante y un esposo correcto. Para él bañarse allí sería parte de su devoción religiosa que le daría felicidad en lo que le quedara de vida.
Anandia salió de su trance cuando empezó a ver a su alrededor: a su derecha estaba el puente hacia el templo, a su izquierda podía ya ver las altísimas torres que dominan a todo el panorama, y en la medida que el sol subía, ellos empezaron a caminar hacia el puente que lleva al templo. La multitud de peregrinos se apretaba nuevamente. En la puerta principal se quitaron los zapatos y purificaron sus pies en el arroyo. Anandia se detuvo a comprar guirnaldas de flores amarillas para sus ofrendas y se las encargó a Puya, quien callada y devotamente las llevó en las manos. Descendieron las escaleras de mármol blanco que indican la aceptación de la humildad y que conducen al parikarma, la caminería de mármol que está alrededor del templo dorado y comenzaron el recorrido hacia la izquierda, lo que les permitiría darle la vuelta completa al templo antes de llegar al puente.
En el camino del parikarma, sobre un piso blanco lleno de bordados negros, los devotos se detienen a orar arrodillados, tocando al suelo con su cabeza y murmurando los mantras. Otros se bañan en la piscina del néctar de la inmortalidad, pero no para limpiar el cuerpo sino al alma y lavarse sus pecados. Anandia se detuvo y metió las piernas en el agua, la derecha y la torcida, y tomando las botellitas de perfume, una a una, lentamente las derramó en el agua mientras rezaba en agradecimiento de estar allí. Puya le pasaba las botellas y también rezaba desde atrás. Luego continuaron hacia el tercer cruce antes de llegar a la entrada del puente que conduce al centro del lago donde está el templo.
Finalmente Anandia y Puya entraron al puente que los condujo al templo de oro, que a esa hora del medio día reflejaba como un espejo todo su esplendor, haciéndose casi imposible mirarlo sin imaginarse que en realidad era un sitio divino, o el más divino de todos, como dice adentro el templo, porque allí está el Sri Gurú Grant Sahib, el gran libro sagrado de la religión sij, que contiene los casi seis mil himnos, o gurbanis, de la verdad de su teología y la doctrina de sus escrituras.
Allí lo vieron Anandia y Puya, se arrodillaron, oraron frente a él y hasta lloraron mientras meditaban sobre la gran suerte de haber podido estar allí ese día único en su día porque sabían, que no solamente eran pocos los escogidos en poder llegar hasta el corazón de su religión y ver el libro más sagrado del universo, sino que sabían que no volverían en esta vida. Pero llegaron a la felicidad de su corazón, y Anandia se volvió hacia Puya y le anunció con solemnidad que luego de haber llegado hasta allí, el viaje había concluido y luego de comer en la cocina de los peregrinos que sirve gratis sin detenerse las 24 horas del día, se devolverían a su casa en Varanasi. Puya asintió, como siempre, sin decir palabra, aunque pensando en que el viaje había sido todo un premio de descanso para ella, por el viaje, por ver el templo, por ver el resto del mundo. En su corazón, ella estaba contenta, tal vez como también lo estaba Anandia, aunque fuera por razones distintas, pero similares.
Esa tarde, al bajar el sol y el resplandor del templo, Anandia y Puya vieron de cerca la ceremonia para retirar al gran libro Sri Gurú Grant Sahib y llevarlo en procesión hacia sus aposentos fuera del templo, hasta que lo regresaran al siguiente día. Ellos se pararon a contemplar todo el panorama sin la precipitación de la mañana. En realidad, ellos y todos los peregrinos se veían cansados en el cuerpo pero reconfortados en el espíritu. Indudablemente, el Harimandir les había cambiado la vida a todos los que habían estado allí. El recuerdo del templo, un edificio de oro, por dentro y por fuera, los penitentes, los cánticos, las oraciones, el baño en la piscina del néctar de la inmortalidad, y sobre todo, el gran libro sagrado, todo se reunía en una sola imagen en el cuerpo y en la mente de Anandia y Puya.
Cuando no hubo más sol, se encendieron millones de lámparas para iluminar al templo y un nuevo y diferente reflejo se hizo en la piscina. El reflejo ahora parecía venir de abajo y no de arriba, de adentro de él y no de afuera. Eran los juegos que las luces les hacían a los visitantes para que se llevaran el último recuerdo del templo dorado. Ahora, en cierta forma, parecía más místico que antes porque no parecía un edificio sino una caja de joyas que brillaba por sí sola, es decir, por la fuerza de la fe que allí se encuentra.
Cuando Anandia y Puya volvieron a la realidad del mundo y empezaron a recorrer las estrechas calles de Amritsar, se dieron cuenta que no podían encontrar un solo taxi que los llevara al hotel. Empezaron a caminar por las calles, que aunque iluminadas y llenas de gente, poco podían ayudarles porque todos eran visitantes. Nadie sabía nada de nada, y poco les podían indicar para que salieran de su predicamento. Bien entrada la noche, encontraron un taxi, pero cuando le dijeron el nombre del hotel, el taxista les dijo que había por lo menos veinte hoteles con ese mismo nombre.
Sin otra opción sino probando suerte, según la escasa descripción que le hizo Anandia del hotel, el taxista empezó a recorrer, uno por uno hasta que en la séptima intentona, lo consiguió. Por supuesto que el viaje le salió por muchas rupias más que el viaje anterior lo que hizo que Anandia no hablara más por el resto de la noche. Con esta situación puesta detrás de ellos, se dejaron caer en la cama muertos de cansancio hasta ese otro día.
Al siguiente día, Anandia durmió hasta casi el mediodía, mientras Puya lo esperaba pacientemente sentada en la habitación. Bajaron a buscar el desayuno en la inmensidad de ventas ambulantes que había en los alrededores del hotel, y allí mismo Anandia se preparó para salir esa misma tarde en el autobús que partía hacia Varanasi esa noche. Pero cuál sería su sorpresa porque al llegar a la estación de autobuses le dijeron que no había sitio disponible por ocho días más ya que él no había reservado el regreso.
Anandia se quedó petrificado porque jamás se esperaba que tuviera que pasar ocho días más en Amritsar, pues el presupuesto no le alcanzaba para tanto. En su desesperación se le ocurrió ir a la estación del tren y preguntar por dos puestos hasta Varanasi, en cualquier clase, pero que fuera esa misma noche, pues si se regresaba al hotel, tal vez tampoco encontraría habitación para dormir. Anandia le encomendó a Ganesha que le consiguiera los puestos.
Por pura suerte, quedaban dos asientos en segunda clase que alguien había devuelto un par de horas antes, o sea, los asientos de su única oportunidad, pero antes de contestar Anandia se revisó los bolsillos y pudo conseguir, entre sus rezos y sus bolsillos, la cantidad justa para pagarlos. Esa misma noche estaban puntualmente en la estación para salir en el tren de las 8 y 15, llegando a Varanasi esa otra mañana a las diez y 40. Y puntualmente partió el tren.
Por supuesto que había un mar de diferencias entre el viaje en tren y el del autobús. Para comenzar, tenían un compartimiento compartido con otras cuatro personas, pero no importaba porque era amplio, limpio y los asientos, aunque duros, eran más amplios que los del autobús, y Anandia puso parte de su ropa sobre ellos. Había baños en cada vagón, y dos vagones más allá había un vagón restaurante, al cual Anandia, al ver los precios, se congratuló de haber sido tan previsivo como para haberse traído una bolsa llena de comida y dos botellas de agua. Sus compañeros de viaje, resultaron ser una señora con un niño de unos tres años y un bebé en los brazos que ocupaban el asiento del frente, y un señor mayor que se sentó al lado de Anandia. El señor se bajó en la siguiente parada unas dos horas después, y la señora continuó con ellos la travesía hasta que el tren hizo la parada larga de 25 minutos en Nueva Delhi antes de la madrugada.
Todos se despertaron, excepto Anandia, quien siguió recostado a la ventana apoyándose en una almohada hecha con su ropa. Puya y la señora, quienes se habían sentado juntas, habían cruzado algunas palabras en el camino porque se identificaron como peregrinas de Amritsar, se levantaron a estirar las piernas. Aprovechando ese momento, la señora le pidió a Puya que si podía sostenerle su bebé mientras ella llevaba el niño grande al baño, y Puya le dijo que sí, que no se preocupara, y la señora salió del compartimiento.
Pasaron unos minutos que Puya no contó sino hasta que sonó el pito y el tren dio el jalón de arranque. La señora no había vuelto, pero ella no se preocupó porque sabía que los baños siempre estaban atestados y la señora tardaría en volver. El tren arrancó y Puya se entretuvo cargando al niño en el pasillo fuera del compartimiento. Pasaron unos minutos y el tren salió de Nueva Delhi volviendo a la oscuridad de la noche, y mientras tanto Puya cargaba solícitamente al bebé que estaba profundamente dormido. El viaje continuó y se sintió la aceleración del tren. Puya regresó a su asiento con el bebé y sintió que estaba profundamente dormido, tal vez ayudado por el vaivén del tren, y mirándolo solícitamente pensó lo que hubiera sido tener uno suyo, pero ese fue un sentimiento que nunca sintió, pues nunca había cargado a un bebé y estaba en pleno conocimiento que los dioses no le habían querido dar uno. Puya también se durmió.
De pronto Puya se despertó, y al no ver a la señora decidió ir a investigar. No sabía exactamente la hora, pero presentía que había pasado suficiente tiempo para que ella regresara. Caminó con el bebé hasta el baño de su vagón, y estaba vacío. Pasó al otro vagón, se fue al baño, y también estaba vacío. Fue a un vagón más allá, y el baño también estaba vacío. Se devolvió todo el recorrido que había hecho y empezó, con el bebé en los brazos, a revisar los baños en dirección contraria, y uno a uno, los encontró que estaban vacíos, hasta que finalmente encontró uno ocupado, y esperó, hasta que salió un señor del baño. Puya estaba confundida. Sin poder imaginarse qué le había pasado a esa mujer, se devolvió a su compartimiento, entró y cerró la puerta, y se sentó al lado de Anandia que todavía estaba entregado al sueño profundo que le producían el movimiento y el sonido rítmicos del tren. En la tenue luz del compartimiento Puya se dio cuenta que la señora había dejado una gran maleta arriba del asiento y un maletín debajo de éste. No se había dado cuenta antes ni que ella viajara con ese equipaje ni mucho menos que lo hubiera dejado. Entonces se le helaron las piernas porque se imaginó lo inimaginable. Con mucho cuidado tomó la cobija que envolvía al bebé y con la ropa de su marido le improvisó una cama en el asiento del frente, y lo puso allí, y luego decidió revisarle el equipaje de la mujer, algo que ella jamás habría hecho en su sano juicio.
Le pasó el seguro a la puerta del compartimiento para que no fuera a sorprenderla nadie. Tomó la maleta grande con mucho cuidado, y como no pesaba mucho, la colocó con sigilo en el piso para no despertar a Anandia. La abrió sin problemas y vio que estaba llena de ropa de bebé, algunos juguetes, unas latas de leche infantil y mucha lencería para su cuna. Con el mismo cuidado, la volvió a cerrar y a colocar en la parte de arriba del compartimiento.
Luego, abrió la bolsa de mano, blanca, decorada con motivos infantiles, obviamente también para el bebé, y allí encontró varias botellas de leche, unas llenas y otras vacías, una de agua, utensilios para darle de comer, remedios patentados y una lista del horario de las comidas. También había un sobre, el cual Puya no quiso abrir porque creyó que era una carta particular. Puya cerró la bolsa y se sentó a pensar. Al rato, cuando sintió que el bebé se despertó con un pitazo del tren, recobró su realidad y lo tomó en brazos, sacó una botella de leche que no estaba ni fría ni caliente, y para callarlo, se la dio. Se la tomó casi toda y se volvió a dormir. Obviamente un bebé muy bueno, se dijo Puya, pero la mamá no había vuelto.
Puya salió del compartimiento con el bebé en los brazos y cuando se consiguió a uno de los conductores le preguntó si podía encontrar a una señora vestida con un sari azul y blanco, de seda, y un niño de unos seis años, porque no habían regresado al compartimiento. El conductor le dijo que la buscaría pero que si no la encontraba, que no se preocupara porque mucha gente no regresaba a su compartimiento si encontraban a otro solo porque se les hacía más cómodo, sobre todo por la noche. Puya casi se le salió decirle que era que ese niño era de ella, pero prefirió callarse. Sólo le hizo una última pregunta: ¿cuánto falta para llegar a Varanasi? Dos horas treinta y dos minutos, dijo el hombre luego de consultar a su reloj, pues ya no hay más paradas. Pronto va a amanecer.
Una hora más tarde, Anandia se despertó y cuando acomodó su vista a la oscuridad del compartimiento le preguntó a Puya que qué hacía con ese niño en los brazos. Puya, con toda la serenidad del mundo le contestó que era el de la señora que estaba viajando con ellos en el compartimiento y que había salido al baño. Anandia calló por un momento, y al ver que la señora no regresaba, volvió a preguntar, que cuánto tiempo hacía que no había vuelto. Y Puya le volvió a contestar en el mismo tono de antes, desde cuando nos paramos en Nueva Delhi, hace como cuatro horas.
Anandia se quedó mirándola y luego retomó la palabra para decirle que todo el mundo sabía que estaba prohibido usar los baños en las estaciones, y de pronto, como si le hubieran iluminado el cerebro le sentenció: ¡creo que esa mujer te engañó! Y ahora, concluyó, ¿qué vas a hacer con ese bebé?
Puya se dio media vuelta y sin prestarle más atención a Anandia, se inclinó a buscar en la bolsa del bebé de dónde sacó un pañal limpio, lo estiró sobre el asiento del frente y acostó al bebé a su lado. Luego, le abrió las piernas, le quitó el pañal y lo limpió porque estaba todo embarrado de su propio excremento. Le puso el pañal limpio y se lo puso al hombro, tomó el pañal sucio y se lo mostró a Anandia y le dijo, ¿qué ves, marido?
¿Cómo que qué veo, es que crees que no sé qué es lo que estoy viendo, o es que no sé que es eso amarillo si el olor llega hasta aquí?
¡No, no lo ves!, le dijo Puya sosteniendo el pañal como una bandera de triunfo. ¡Es oro!
¿Oro?, saltó Anandia de su asiento alejándose hacia la ventana lo más que pudo. ¿Estás loca? ¡Ahora veo que se te han apagado todas las lámparas del juicio!
Tal vez esté loca, le dijo Puya en un tono que nunca había usado con su marido, pero no estoy ciega. Este es el oro que trajimos de Amritsar, el oro que te prometieron los dioses y que tú creías que era como el las monedas que tú acumulas en el banco no sé para qué ni para cuándo, porque ese oro que tienes en el banco no te lo van a poner en tu pira, ni te lo vas a poder llevar en el río, porque pesa tanto que te vas a ir al fondo y pasarás allá el resto de la eternidad. Y continuó sin tomar aliento: Este es, le dijo puya acercándole el pañal embarrado casi hasta la cara de Anandia, es tú oro y mi oro, nuestro oro, porque esa mujer me lo dejó cuando ella se bajó y se fue en Nueva Delhi. Ella encontró su oportunidad porque se la dieron los dioses. Quién sabe qué razón tendría, o qué necesidad, quién sabe qué le pidió a los dioses. A lo mejor les pidió que le encontrara una buena madre y un buen padre, así como yo le pedí toda mi vida a los dioses que me dieran aunque fuera un hijo, uno solo, para que cuando tú te murieras te encendiera la pira y te abriera las puertas del paraíso, y me cuidara a mí para no tener que pasar mis últimos días en el hogar de las viudas, por donde ni siquiera pasa el viento, porque nadie quiere nada con ellas, porque caen más abajo que un intocable. Peor aún, pasan a ser como un invisible, o un leproso que ni pueden salir a la calle de día, de quien todo el mundo se aparta para que pasen sin contaminar a nadie, como si la viudez se contaminara. Yo no quiero eso, ni para ti ni para mí, y los dioses nos lo han concedido. Este niño nos ha encontrado a nosotros, y ahora somos sus padres. No lo podemos rechazar porque esto es lo que fuimos a buscar a Amritsar. ¡Karma!
Y sin darle tiempo a que Anandia contestara algo, se inclinó y tomó la carta que estaba en la maleta y se la entregó a su marido. Él, se recostó a la ventana buscando la luz, la leyó y miró hacia fuera porque ya estaba claro. Volteó a ver a Puya y no le pudo contestar. Estaba lleno de miedo, tal vez por tener que afrontar por primera vez en su vida esa realidad de tener que atreverse a pensar que si los dioses no les habían mandado hijos, por qué ahora sí. ¿Estaría interpretando lo correcto? ¿Se estaría enfrentando al karma de ese niño, o estaría ayudando a cumplirlo? Entonces Anandia le contestó con una pregunta: ¿y qué vas a hacer tú?
¡Pues me quedo con él! La respuesta fue tan certera como el rayo de Indra.
Anandia le dijo, la carta dice que ella no lo puede criar y le suplica a quien se lo encuentre que lo haga. Se llama Indra y tiene seis meses.
Es un varón, y si ella no lo pudo criar, yo sí, le dijo Puya con la autoridad de su corazón. Y llevará el nombre de tu familia para que sea tu hijo, el que no tuviste. Él seguirá tu tradición. Le enseñarás a hacer los perfumes, y le enseñarás a venderlos, para que nos cuide cuando estemos viejos, y cuando te mueras, te encenderá la pira que te abrirá las puertas del paraíso.
Anandia estaba paralizado, recostado a la ventana que dejaba pasar el sol. Anandia estiró la mano y poniéndole la mano en la cabeza le dijo, dítero beti, te doy la bendición, hijo mío. Dentro de unos minutos estarían en Varanasi. Pronto llegarían los tres a Varanasi.
Epílogo
En Varanasi todo lo domina el río Ganges, el Ganga, que trae la vida a la ciudad y él se la lleva. Todos los días pasa incansablemente, desde que fundaron la ciudad, la más antigua de la humanidad, hasta hoy día. Allí se han dado cita la religión, la literatura, la música, la filosofía, las artes y las ciencias, y lo demuestran en su arquitectura, en los colores de sus casas, en la riqueza de su cultura que enseñó a la India a ser el país grande y maravilloso que ha sido y que sigue siendo. Varanasi es el asiento cultural y religioso de la India, es la ciudad más santa, el asiento de su espiritualismo, misticismo y filosofía, como si fuera un calderón donde se conjuga la cultura hindú. La cultura no podría existir sin su ciudad, la ciudad no podría existir sin su río y el río sin su ciudad.
Varios años más tarde, a la orilla del río llegó una tarde la procesión funeraria que traía al cuerpo sin vida de Anandia Singh, fabricante de perfumes de profesión, con su hijo Indra a la cabeza, vestido de blanco y con una tea en la mano para prenderle fuego a la pira, para que sus cenizas se las llevara el Ganges hacia el océano de las reencarnaciones. En su casa se quedó Puya, llorando la partida de Anandia, pero reconfortada al saber que su hijo volvería esa misma tarde porque allí estaban esperándolo ella, su esposa y sus hijos. ¡Karma!
By Ken Wieland – originally posted to Flickr as Ganges and Ghats – Varanasi, CC BY-SA 2.0, Link
Harmandir Sahib: Foto por Paulrudd – Own work, CC BY-SA 4.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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