Primera Parte

Cuando el Inspector de la Policía llegó a la villa del Conde Amalfi en las afueras de Roma, su chofer, Adolfo, el sargento de unos cuarenta años de edad que le acompañaba desde hacía más o menos una docena de ellos, lo sacó de su letargo con un bocinazo que dio al detenerse en la inmensa reja para que la abrieran. Al instante salió un mozo, de trabajo mas no de edad, que le abrió una de las grandes hojas de bronce negro labrado de la puerta principal. La reja era majestuosa y cada hoja terminaba en incandescentes puntas de lanza de color dorado, similares a la interminable hilera de lanzas que se desplegaban sobre las paredes cubiertas de milenarias hiedras de la propiedad. La vista se podía perder y no se podrían contar cuántas lanzas más había. Más que en las guerras Púnicas, indudablemente, pensó el inspector, pero calló para evitar un complemento de parte de Adolfo, siempre atento, al punto que el inspector estaba seguro, aunque no lo decía, que le adivinaba los pensamientos, algo que le molestaba enormemente. 

Inspector Gualtieri, le dijo Adolfo desde el viejo Alfa Romeo de la policía al devoto sirviente que se quitó una gorra al mismo tiempo que le hacía un ademán para que siguiera por la vía empedrada hasta la casa, un castillo del tardío medieval, del que decían que tenía más obras de arte que cualquier museo de la localidad.

Al llegar al pie de la escalinata de la entrada principal, cada uno se bajó por su lado. Arriba los esperaba una mujer de cuarentilargos años vestida con un traje sastre verde oscuro que se presentó como la señora Vivaldi, secretaria del conde, y encargada de la residencia, lo que incluía la extensa colección de arte que allí había. Y continuó: yo fui quien llamó para denunciar que había ocurrido un robo muy singular, algo que hubiera pasado desapercibido si no hubiera sido porque yo estaba parada esta mañana en un cierto ángulo frente a un cuadro en que el color de la pintura era muy brillante para su edad, y fue cuando me detuve a investigar, y créame, inspector, que gracias a mi extenso conocimiento en la materia, inmediatamente me di cuenta que la pintura no es la misma que estaba allí antes, y que por lo tanto había sido sustituida, o mejor dicho, ¡robada!,

¿Robada? Repitió el inspector como un eco. ¿Y usted lo sabe por lo del brillo solamente?

Sí, porque para eso soy experta en la materia, está bajo mi cuidado y fue sustraída sin mi conocimiento, y lo singular consiste en que el cuadro original fue sustituido por uno similar, algo que una persona neófita no se habría dado cuenta, pero yo sí, dijo con asertividad. Se lo explicaré cuando lleguemos allá, dijo la secretaria mientras abría la puerta para que pasaran al interior de la casa.

¡Signora!, dijo el Inspector, negándose a pasar antes que la secretaria mientras le hacía una venia con la mano para que pasara ella primero, lo que aceptó con gusto y con un por favor sígame.

Los ojos de los visitantes no sabían por dónde empezar a mirar. Todo el piso era de mármol rosado pálido, con una infinidad de lienzos, pequeños y grandes, en marcos dorados, a ambos lados de las paredes, y entre ellos, estatuas de mármol de todos los tamaños y en todas las posiciones, de hombres, de mujeres, de guerreros, de curas, vestidos y desnudos. Caminaron un corto trecho hasta que llegaron al amplio espacio circular de una rotunda de donde salía una inmensa escalera central de amplia base que se había más angosta en la medida que ascendía hasta llegar a un  descanso, luego se bifurcaba en dos direcciones opuestas, toda en mármol blanco con un pasamano también de mármol, pero negro. De los lados de la rotunda había tres corredores en tres diferentes direcciones. Pero lo que impresionó a los agentes fue la cúpula de la rotunda que los detuvo en el acto para poder mirar hacia arriba.

Es una copia, dijo la secretaria con desgano al darse cuenta que el techo los había detenido. El original, la rotunda de Marte, está en el Louvre. Es como si estuvieran viendo la de allá, les dijo como advertencia para que no se detuvieran a perder más tiempo con una copia, o que no se lo hicieran perder a ella.

Sí, le espetó el Inspector mirando a Adolfo, para que siguiera al ritmo de la secretaria que obviamente no quería ser confundida con guía de museo.

Después de pasar por varios corredores, subir un par de escaleras, atravesar puertas y caminar por más corredores, llegaron finalmente al sitio, otra amplia sala llena de obras de arte. La secretaria caminó hasta el lienzo y lo miró por unos segundos y en un giro rápido, le dio la espalda y miró a los policías,  lo apuntó con el brazo estirado y les dijo secamente, ¡este es!, y antes de que el inspector aspirara para hablar, continuó: es una copia del original de Andrea Solario, hecho un par de años después por él mismo, hace más de quinientos años y que fue adquirido por la familia del duque, y que está aquí, o mejor dicho, estaba aquí, encerrado sin que nadie lo supiera, excepto, por supuesto un ladrón con muy buen criterio cultural.

El cuadro era el de Cristo con la cruz a cuestas, una figura triste pero maravillosamente humana, mirando hacia abajo, agotado, con la corona de espinas mientras sostenía la cruz, camino a su calvario, una imagen repetida en quién sabe cuántos millones de estampas y de cuadros en iglesias y otros santos lugares a lo largo de esos quinientos años y que ellos inmediatamente reconocieron, aunque nunca se hubieran imaginado que estarían hoy allí viendo al original, o mejor dicho, una copia tan exacta como el original, a unos centímetros de distancia, ya que según la secretaria ni ella misma lo habría descubierto como una reproducción si  no hubiera sido por ese rayo de iluminación que lo delató como falso.

Para el final del discurso el inspector ya tenía contestada parte de su pregunta, pero su ayudante no pudo contener su opinión: fue como un milagro…

Así es, le contestó la experta, porque esa es una de las figuras más repetidas de todo el cristianismo, excepto que de Solario sólo había dos, el original que está en Francia, y este, que quién sabe dónde está ahora.

Pero… señora, ¿cómo se pudo dar cuenta que este es una copia si es exactamente igual al original? preguntó Adolfo.

Por pura casualidad, porque entre tantos cuadros una no se puede detener a revisar a cada uno todos los días, pero fue cuando encontré este guante en el piso casi debajo del cuadro, y al agacharme a recogerlo, la luz que tenía era más brillante que la que podía tener un cuadro de hace medio siglo, y eso me llamó la atención. Y allí comenzó mi averiguación.

No se detenga, dijo el comisario, prosiga, que ahora viene lo más interesante, de la parte policial, quiero decir.

Bueno, me acerqué con una lupa y no vi nada anormal como un brochazo fuera de lugar,  porque ese cuadro tiene unas líneas muy limpias, y me dispuse a compararlas con el catálogo, calculando los tamaños de la figura en el lienzo, los detalles de las lágrimas, las espinas, la mirada, todo, todo era perfecto coincidiendo con la foto que tenía en el catálogo de nuestra colección, la misma que tiene el seguro porque aquí todo está asegurado.

¡Ah! Interrumpió Adolfo, el agente, ¿está asegurado?, menos mal. Por lo menos pagarán el costo.

¿Y quién quiere el dinero?, espetó la secretaria como si la hubiera ofendido en su propio honor. ¡No es cuestión de dinero, es cuestión de que debe estar aquí!, dijo casi gritando.

Claro, dijo el inspector Gualtieri, para remendar la insensatez de Adolfo. ¡Por eso es que hay que recuperarlo, y lo más pronto posible!

Absolutamente, dijo la secretaria. ¡Quién sabe dónde lo tendrán, y qué irán a hacer con él!

¡Venderlo!, volvió a interrumpir Adolfo.

No creo, dijo ella. Si lo vendieran, tal vez sería fácil encontrarlo, pero a veces el ladrón lo guarda para su propia colección.

¿Cómo es eso de un ladrón que colecciona lo que se roba?, le preguntó el inspector.

Es que quien lo sustrajo, fue solo el instrumento para robarlo. Primero mandaron a hacer una copia exacta, y luego, el ladrón fue un experto en cambiarlo y llevarse el original. El verdadero ladrón es un coleccionista de arte que sabe exactamente lo que quiere, sabe dónde está y que no lo puede comprar, o porque vale demasiado, o porque no lo venden, y entonces lo manda a robar. Es un robo por encargo, dijo ella, algo muy común en este tipo de materiales museísticos. 

Señora, no se preocupe, dijo el inspector para romper el círculo de pesimismo que había surgido de toda esa explicación.

¡Sí!, interrumpió Adolfo, seguro que lo encontramos así como encontramos a… y se detuvo cuando vio la cara del inspector que no era de buenos amigos.

¿Y el guante, señora, qué hizo con él?, preguntó el inspector.

Aquí está, dijo al sacarlo de uno de los bolsillos de su vestido. Lo encontré allí, dijo apuntando a un rincón casi debajo del cuadro. No me imagino por qué el ladrón dejó el guante…

Tal vez no fue voluntariamente…

Puede ser, dijo ella.

Ajá, dijo Adolfo, que anotaba incesantemente en una pequeña libreta con un pequeño lápiz.

¿Me lo puede dar para examinarlo?, le solicitó el inspector.

Seguro, dijo ella entregándole el guante.

Si me permite me lo llevo al laboratorio. Ahora deseo examinar el lugar, este salón, los accesos, las puertas y ventanas, todo lo que pueda dar una idea, una pista, cualquier detalle, y luego vendré con un equipo profesional para tomarle la declaración a los empleados, para encontrar huellas, y otras pesquisas que solo ellos saben encontrar… y solo una pregunta final, señora, ¿cuándo se dio cuenta del robo?

Esta mañana, poco antes de llamarle a usted.

¿Pero cuándo cree usted que se lo robaron, porque me dijo antes que apenas fue ayer cuando se dio cuenta del robo…?

Cierto, dijo la secretaria, y la verdad es que no lo sé, porque aquí hay demasiadas obras de arte y solo podemos darnos cuenta si hay un espacio en la pared, ¿comprende?, y como no había ninguno, nunca me hubiera llamado la atención que algo faltaba. Como le dije, lo que me atrajo fue el guante, una verdadera casualidad, y lo demás, ya usted lo sabe.

No quiero ser pesimista, le dijo Gualtieri, pero sin saber cuánto tiempo hace que no está aquí, eso dificulta la búsqueda, más aún si usted dice que si es un encargo, no lo van a vender, considerando que serían pocos los sitios donde se podría vender algo tan escaso como este cuadro.

Bueno, inspector, yo sé que ustedes harán todo lo posible por conseguirlo, porque ese cuadro no es solamente propiedad del conde, es un patrimonio nacional, es Italia la que está de por medio en esto, porque ese cuadro representa a nuestro país.

Absolutamente señora, eso lo comprendo perfectamente. Así mismo presentaré el caso en mi reporte al Coronel, para que me encargue exclusivamente a este caso. Gracias, señora, con su permiso, nos marchamos.

Los llevo hasta la puerta. ¡Síganme! Y la secretaria lideró la marcha de regreso a la puerta principal.

Al llegar a la puerta el inspector Gualtieri le besó la mano a la secretaria y le hizo un giro con la cara a su chofer para que no fuera a intentar hacer lo mismo. Ambos se fueron al auto y salieron de la villa.

Segunda Parte

La investigación se basó en dos hipótesis, una, que había sido un robo por encargo, y la otra, que el ladrón lo vendería. Gualtieri siguió el curso normal de presentar un reporte inicial y empezó por estudiar en la propia comisaría los archivos de ladrones conocidos en esta área de la ciudad y especialmente en objetos de arte para llamarlos a declarar. Seleccionó a siete individuos de conocidos antecedentes en ese tipo de sustracciones y Adolfo interrogó en la calle a media docena de soplones al servicio de la policía,  desde pillos hasta carteristas que se encargaban de vigilar los movimientos sospechosos en los bajos fondos, las casas de empeño, y aquellos que al calor de los tragos empezaban a contar sus proezas y se les soltaba la lengua.

Lo siguiente fue empezar a visitar los comerciantes de arte, sobre todo aquellos conocidos por su empeño en buscar piezas fuera de serie, como sería ese cuadro, el cual tendría un valor incalculable, pero que seguramente el ladrón podría haber pasado ya por varias tiendas buscando una buena oferta. Gualtieri no quiso visitar a las casas de empeño porque ese caso sería digno de una gran operación monetaria, ni siquiera de varios miles de dólares, cosa que le confirmó uno de los marchantes de arte más conocidos de la ciudad cuando supo de qué se trataba, asegurándole que el precio estaría en varios millones de dólares, por lo que el comprador, o sería un millonario o un museo de otro país, así fuera para guardarlo en una bóveda.

Cuando todas las casas de arte famosas de Roma y sus alrededores se agotaron, empezaron a hacer redadas selectas a los vendedores de objetos valiosos robados que podían conocer sobre estas situaciones, y el resultado fue el mismo: nada. Tuvieron que irse más abajo: le preguntaron hasta los carteristas que frecuentaban a las estaciones del tren y el aeropuerto, y tampoco encontraron nada. Finalmente se fueron a la cárcel a hablar con los presos que habían robado o traficado con objetos de arte y tampoco obtuvieron ninguna pista que les indicara algo por lo que Gualtieri llegó al punto cero, es decir, a concluir que nadie sabía nada, al menos en la ciudad y sus alrededores, que nadie sabía qué había sucedido y por lo tanto el ladrón, o ladrones, o quien lo hubiera comprado, eran de otra ciudad, o tal vez de otro país. Todo eso lo informó a su Comandante.

De esa conclusión surgió la necesidad de buscar más allá de la ciudad, y Gualtieri pensó en recurrir a sus colegas de la INTERPOL para que le ayudaran, quienes además de dar las promesas usualmente dadas a todos los colegas como que por supuesto que le ayudaremos pero mándenos toda la información con fotos, etc. para nosotros estudiar el caso, y no pasaron de allí porque nunca recibieron respuesta.

Sus colegas le sugirieron que fuera a los países vecinos para que revisara los archivos policiales, idea que no fue rechazada inmediatamente pues le permitiría tomarse unas vacaciones aunque fueran cortas: París, Ámsterdam, Londres, caminar, ir a los centros nocturnos, descansar durmiendo hasta el mediodía,… pensó, pero cuando presentó la solicitud a su Comandante, éste le dijo que le sacara la plata al conde porque allí apenas tenían para que gastaran en gasolina yendo a la mansión a investigar más en el sitio mismo. Y así tuvo que hacer el inspector Gualtieri. Tenía que hacer más investigaciones a fondo en la villa del conde antes de ir más lejos.

Gualtieri preparó su estrategia para sacarle la plata al conde, o mejor dicho a su secretaria, hasta que ella le advirtió que ni siquiera sabía dónde estaba el conde y mucho menos cuándo volvería. Así que tuvo que continuar revisando en la villa con su incómodo, locuaz e imperdible acompañante, Adolfo.

La misma rutina, aunque esta vez fue sin anunciarse, lo que hizo que el mozo de la gran puerta de la entrada tuviera que comunicarse con la secretaria para que los dejara pasar. Recibida la orden, les abrieron la puerta casi media hora después, y se llegaron hasta la puerta de la casa donde estaba la secretaria esperándoles con cara de malos amigos.

Gualtieri esta vez descargó la galantería italiana al plantarle un beso en la mano de la secretaria a quien le dijo ¡Signora!, y notó que la estrategia inicial había resultado cuando la secretaria cambió de actitud y le preguntó que en qué le podía ayudar.

Su segundo paso fue decirle que venía a otra visita de rutina para no tener que volver a mandar a los especialistas en recoger pesquisas para hacer otro informe detallado del lugar, el momento, los hechos, el objeto desaparecido, preguntas sueltas y todo eso para estudiarlo con calma porque después de todo, la verdad era que no se había conseguido nada concreto. Para concluir su galantería le dijo que, por supuesto, le haría un par de preguntas rutinarias, pero nada de importancia sino para llenar los requisitos del informe pues ella no solamente era quien había informado del robo, sino quien más sabía sobre arte y ella misma podría aportar muchos datos porque sus investigaciones en la ciudad habían sido de poco provecho.

¿En la ciudad?, saltó la secretaria. ¿Ya revisó todo?

Sí, en la ciudad y sus alredeores, y nadie sabe nada. Ni en las casas de empeño, ni en los bajos fondos, nadie ha visto ni oído nada, lo que quiere decir que el ladrón tiene el cuadro guardado en su guarida. Como usted misma dijo, que tal vez este robo era un encargo, y creo que tenía razón, le dijo para aumentar su adulancia, que esas cosas no son fáciles de vender, no es como un anillo, una joya, que las venden en una esquina. Una pieza tan valiosa requiere un comprador con mucho dinero y dispuesto a esconder el cuadro porque no lo puede exponer ni siquiera a las visitas en su casa porque la gente habla, y habla más de la cuenta, además, los que saben de arte, reconocerían el cuadro inmediatamente porque usted misma dijo que este señor solamente pintó dos.

La secretaria poniéndose los dedos de su mano derecha en el centro del pecho solo espetó ¡qué horror!, con tal de que no lo dañen.

Sí, le asistió Gualtieri, que sea un ladrón con buen gusto para que lo trate bien, y que si no lo vende, al menos que lo guarde bien guardado, es decir, como estaba aquí.

Sí, dijo ella, con un suspiro, que lo guardara tan bien como lo tenía yo aquí, como tengo yo todo esto, como si fuera mío.

Después de toda esa conversación en la puerta, la secretaria bajó la guardia e invitó a los policías a pasar hasta el sitio del cuadro. Una vez allí les dijo que los dejaría que trabajaran solos para que no se sintieran incómodos como si ella los estuviera vigilando, y haciéndoles una sonrisa disimulada, salió de la habitación mientras les decía, se pueden tomar todo el tiempo que necesiten.

Gualtieri empezó a dictar en voz alta y Adolfo a anotar en un cuaderno mucho más grande que la libreta que había traído anteriormente. El inspector empezó a detallar las posibilidades del robo, la entrada y salida del salón, los cuadros y las otras obras de arte mientras Adolfo lo detenía a cada rato para preguntarle cómo se deletreaba lo que acababa de decir hasta que Gualtieri de un grito le indicó que se callara y escribiera como le diera la gana porque no estaba haciendo un catálogo para el museo sino una investigación para la policía. Adolfo asintió y siguió escribiendo.

De vuelta a la ciudad, Adolfo conducía con entusiasmo a alta velocidad hasta que llegaron al punto donde se quedaba y el inspector seguía solo hasta su casa. Allí lo dejó parado en una esquina y Gualtieri llegó una hora más tarde a su casa, un edificio de cuatro pisos donde estaban en el balcón del cuarto piso, sus tres niños gritando sus saludos hasta que vieron que llegó caminando porque dejaba al Alfa en un garaje a unas dos cuadras de distancia.

Subió por la escalera porque el ascensor tenía años descompuesto. En cada piso apartaba los niños jugando y podía olfatear los platos de la cena de cada familia, hasta que llegó al suyo. La puerta ya estaba abierta y los tres niños brincaron para rodear a su padre y recibir lo que siempre les traía, una botella fría de San Pellegrino que había comprado en el abasto de la esquina y unos gramos de jamón, queso y abundante pan para mojar en la salsa de tomate que sabía que Flora, su esposa, tenía en lenta ebullición durante toda la tarde. Luego de la cena de pasta y vegetales, una sobremesa de frutas de la temporada, cerezas y melón. Finalmente, cuando ya había oscurecido, se dio una estirada en su sillón que estaba frente a la ventana del balcón mientras saboreaba el licor de limón y dejaba entrar al cálido aire del Agosto romano. El silencio empezó a llegar cuando los muchachos dejaron de jugar fútbol abajo en la calle y los carros de pitar. Solo se podían oír algunas radios en la distancia. Flora le dijo a su marido que se acostara porque mañana sería otro día para trabajar. El inspector miró su reloj y eran casi las once, pero el calor no había amainado. Las cortinas apenas se movían. Casi todo estaba en silencio.

Tercera Parte

Para Gualtieri y su ayudante Adolfo, el resto año transcurrió con cierta rapidez porque tuvieron que alejarse del caso del cuadro y concentrarse en una serie de incidentes de todo tipo ya que el cuadro se había esfumado del panorama y el Coronel así lo dispuso. Las Navidades de acercaban y el aire festivo se hacía sentir en la ciudad porque todas las iglesias, las avenidas y los monumentos estaban adornados para celebrar la época con abundancia de comidas y bebidas, como se hacía todos los años. 

Gualtieri había esperado el tiempo reglamentario de seis meses para entregar el cierre de su reporte explicando que todas las investigaciones no habían logrado nada: el cuadro, sencillamente, se había esfumado. Es decir, tenía todo el escrito redactado en unas veinte páginas explicando las actuaciones policiales, las técnicas investigativas, los resultados de los exámenes técnicos a la sala donde estaba el cuadro, y que no habían conseguido nada que diera alguna pista, inclusive la del guante blanco que tampoco reveló nada más que un guante como el que usaban los diez empleados de la mansión, de las puertas que no se habían violado, ni de las declaraciones de los empleados sobre visitantes, e incluso de las declaraciones que se les tomó a algunas personas que fueron a llevar algún paquete o encargo que habían estado unos días antes de conocerse la desaparición del cuadro, en lo que Adolfo entró corriendo y jadeante, con los ojos casi desorbitados a la oficina de inspector Gualtieri para decirle que le habían llamado por teléfono, anónimamente, por supuesto, para indicarles dónde estaba en cuadro.

Gualtieri dejó de escribir en la máquina y comer su almuerzo y lo miró directamente a los ojos. ¡Repite!, le dijo a Adolfo, quien le repitió el mensaje que había oído y le leyó la dirección que había anotado en un pedazo de papel. Gualtieri se limpió las manos y la boca con una enorme servilleta blanca de tela que, obviamente, había sido usada más de una vez.

Llama una patrulla con cuatro agentes armados y salgamos para allá inmediatamente, le dijo Gualtieri, quien casi se atragantó con el panini que tenía en la boca. Tomó un sorbo de chianti y salió disparado de la comisaría hacia la dirección, ellos adelante y los guardias detrás a corta distancia, tocando la sirena.

Llegaron a la dirección, una casa desvencijada aunque habitable en un sector nada elegante y la puerta de afuera cerrada con un candado que Adolfo voló de una patada. Los agentes se apostaron en la calle mientras Gualtieri al frente y Adolfo dos pasos detrás, se internaron en la casa. Había estado habitada tal vez hasta ese mismo día. Había rastros de comida fresca en la cocina, botellas en todas partes, y todas las ventanas cerradas. Empezaron a registrar todas las gavetas, los escaparates, las alacenas y debajo de las camas, hasta que Adolfo gritó desde más adentro, ¡aquí está!

¡No lo toques!, le gritó Gualtieri, previendo cualquier daño al cuadro. Pero fue inútil porque Adolfo ya lo tenía en sus manos cuando Gualtieri entró en la buhardilla donde estaba.

Estaba ahí, le dijo, montado en un atril y cubierto con esta tela, que señaló en el piso. Yo solamente lo alcé para verlo bien de cerca, y aquí está, dijo excusándose Adolfo. ¡Es bellísimo!

Ponlo otra vez en el atril, le dijo Gualtieri, y déjame verlo, y con la misma corrió la cortina para que entrara más luz.

Gualtieri se le acercó con respeto como si fuera una imagen sagrada. Le acercó la cara y lo miró de cerca hasta que se cansó de verlo y dictaminó, éste es, lo hemos encontrado.

Gualtieri y Adolfo subieron directamente hasta la oficina del Coronel de los Carabinieri con el cuadro tapado y Gualtieri le dijo, ¡Ecce Homo!, quitándole la tela para que el Coronel viera el cuadro.

El Coronel abrió la boca y se puso de pie, luego abrió los brazos y dijo que era un milagro mientras se persignaba.

Sí, dijo Adolfo, ¡un milagro!

Adelante, Coronel, hemos conseguido el cuadro.

Esta es una victoria para el cuerpo, dijo el Coronel. Adolfo estaba a punto de llorar.

Tenemos que convocar a la prensa, preparar una historia y estar listos para las declaraciones. Ya sabe, Gualtieri, el reporte tiene que decir que nosotros lo conseguimos sin entrar en los detalles de las investigaciones porque son secreto sumarial. Yo voy a convocar a la prensa y a llamar a la residencia del conde para que él mismo venga a buscarlo. Esa misma tarde la televisión interrumpió los programas regulares para dar la noticia y breves fotos del Coronel y Gualtieri salieron al lado del cuadro.

Ese otro día, desde muy temprano los periodistas y la televisión se habían agolpado frente a la comisaría para la conferencia convocada para las diez de la mañana. El Coronel, Gualtieri, Adolfo y los otros agentes pudieron entrar a la comisaría porque habían llegado desde las seis de la mañana. Afuera parecía un circo porque se habían apostado hasta vendedores de comida, de estampas del Cristo del cuadro y otras imágenes religiosas. A eso de las diez llegó la secretaria en una patrulla y apenas pudo pasar entre la multitud que la inundó de fotos y preguntas mientras ella se tapaba la cara con las dos manos. Adentro se llevó a cabo una ceremonia de entrega del cuadro y unas breves palabras, tanto del Coronel y Gualtieri como de la secretaria para agradecerle a la policía su invalorable labor, y excusar al conde que estaba fuera de Italia pero que mandaba su agradecimiento. Adolfo apenas podía hablarle a los periodistas que lo rodearon para preguntarle sobre los detalles del caso ya que el Coronel ya le había advertido que tenía absolutamente prohibido que revelara cualquier dato bajo pena de cárcel. El Coronel contó cómo la pericia investigativa de los Carabinieri habían salvado al cuadro, una herencia de la historia de Italia y de la humanidad, luego de seis meses de ardua labor, ya que los ladrones tenían planeado venderlo, o quién sabe si peor, destruirlo.

Después que concluyó el acto y todo el mundo se retiró, el Coronel le concedió a Gualtieri y a Adolfo, todos los días restantes de la Navidad libres para que se los tomaran de vacaciones, quienes inmediatamente se fueron para sus casas a pasar los días con la familia.

Varios días más tarde, Gualtieri llamó a la secretaria y le dijo que iba a pasar por allá a ver el cuadro restaurado a su legítimo lugar. Gualtieri llegó con su esposa y sus niños y la secretaria les ofreció una merienda abajo y luego una visita al cuadro, donde la esposa de Gualtieri al ver el cuadro, se arrodilló y rezó en acción de gracias porque gracias al Cristo, le habían dado un ascenso a su esposo.

Comenzando enero, Gualtieri le dijo a su esposa que le habían encomendado una investigación en Milán, por lo que tendría que ausentarse varios días. Era por estar ahora en una posición más alta que tendría que viajar por Italia, le dijo, mientras ella le preparaba una maleta para el viaje.

Esa noche, Gualtieri llegó a la estación Termini en un taxi. Vestía un traje azul oscuro cruzado, un abrigo y guantes negros, y un maletín. Se dirigió directamente a los andenes y se llegó hasta el tren expreso que lo llevaría a Milán, con una sola parada en Florencia. Subió al coche de primera clase y se dirigió al compartimiento 25, que tenía dos literas, A y B. El camarero lo llevó con la maleta y le entregó el billete que le había solicitado en la puerta del vagón. Gracias, le dijo Gualtieri, le dio una propina y entró.

La ventana tenía bajada la cortina y la luz estaba también baja. Adentro estaba una mujer que se puso de pie cuando él entró. Hola, dijo él, y le preguntó, ¿cómo terminó de salir  todo?

¡Perfectamente!, le dijo ella. El duque ni se enteró de nada. Él vive en las nebulosas del champán y las anfetaminas. En este momento debe estar en Viena, en la ópera, si es que sabe que está en la ópera, ya que ni supo lo que sucedió aquí.

¡Que la disfrute!, dijo Gualtieri, y estalló en carcajadas, al igual que ella. ¿Y el cuadro?

Está en el compartimiento de equipajes en una caja de madera. Hay un comprador en Florencia interesado y creo que pagará varios millones de dólares. Cuando lleguemos, lo retiraremos en la misma estación.

Perfecto, dijo Gualtieri.

¿Quién podría imaginarse ahora que el original nunca salió de la villa?

Sí, todos creyeron que habíamos rescatado al original, les devolvimos la copia y nos quedamos con el original, y todo el mundo está feliz, hasta el conde. Nadie se dio cuenta de nada.

Nadie mi amor, nadie, le contestó la secretaria.

El tren dio un pitazo muy breve acompañado de un leve jalonazo anunciando la salida. Luego se empezó a mover acompasadamente.

Pronto estaremos en Florencia. Chao Roma, dijo Gualtieri.

Sí, Chao, repitió ella, y se recostó sobre la ventana para poder mirar hacia afuera y ver pasar a la ciudad.

By Andrea Solari – Oeuvre appartenant au musée des Beaux-Arts de Nantes, Public Domain, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.