La gran noticia que recibimos ese día en el colegio fue que en un par de semanas habría un bazar a beneficio de los niños pobres en vista de que la Navidad estaba por llegar, es decir, que lo que se recogiera de las ventas del evento sería para comprar una serie de cosas para ellos, así como ropa y comida, que era lo que ellos más necesitaban, y pensé yo, sin abrir la boca porque estábamos en el salón, que era porque ellos eran pobres puesto que si fueran como nosotros, no necesitarían del bazar para comer y vestirse, y solamente se lo pedirían a sus papás. Y continué pensando: pobrecitos, puesto que si el bazar lo hacían solo una vez al año, con razón eran pobres, ya que durante el año no tenían mucho ni qué comer ni con qué vestirse.

Esa tarde cuando regresé a mi casa caminando las diez cuadras que recorría cuatro veces cada día, pude darme cuenta como si fuera por primera vez, que vi a varios niños pobres en la calle, pues estaban flacos y sucios, y pensé hasta en preguntarles que cómo hacían para vivir si sus familias no tenían dinero para comprarles ropa y comida, ya que la razón del bazar era, precisamente, recoger dinero para ellos, o qué se yo, porque la cabeza se me enredó pensando otra vez, que cómo podría ser esa vida si solamente recibían dinero una sola vez al año, que dónde compraban esa comida y dónde la guardaban, porque los curas decían que vivían debajo de los puentes y hasta en casas de cartón, es decir, sin electricidad para sus neveras.

Bueno, lo que sí realmente sucedió fue que llegué a mi casa sin darme cuenta aunque sí con una idea muy fija, la de averiguar exactamente qué era un bazar, ya que los curas nos habían impuesto como tarea que trajéramos la respuesta para el día siguiente, y por eso me fui directamente hasta el libro de la Real Academia a ver qué decía, porque según mi mamá, que era la única que usaba ese libro ya que mi papá ni le pasaba cerca, decía que allí se encontraban todas las respuestas del mundo, y por eso empecé por la A, que por mucha suerte estaba muy cerca de la B.

La explicación decía algo así: tipo de mercado del Medio Oriente que vende muchas cosas.

Ahora había caído en otro problema: el Medio Oriente. Yo tenía entendido que el oriente era lo mismo que el este, por donde salía el sol, pero no sabía que estaba divido en dos partes, pues si hablaban del medio oriente, quería decir que había dos mitades. Entonces, ¿en cuál de esas dos mitades estaba el famoso mercado? Otro problema. Pero no importaba porque el mismo libro resolvería la situación. La busqué, y como después de media hora y un montón de páginas y letras más adelante, llegué allá: región de Asia que incluye los siguientes países… y qué sé yo. Hasta había un mapa, o sea, que era como la América del Sur, con muchos países como donde nosotros vivíamos, lo que por lo menos me dio una idea de cómo era y dónde estaba.

Así, la nueva situación era la siguiente: todo eso quería decir que en esos países había un mercado que vendía muchas cosas, lo que tampoco fue la solución a mi desconocimiento, sino al revés, porque a los pocos mercados que yo había visitado en mi ciudad, allí también vendían muchas cosas, por lo que llegué a la conclusión final, de que estos eran de aquí y aquellos de allá, y si eran de allá, aquí venderían cosas que traerían de allá, obviamente, o sea que vendrían cargados de cosas de allá. ¿Pero cuáles? Esa respuesta no estaba allí, por lo que tuve que recurrir a otra estrategia.

De pronto se me iluminó el cerebro: tenía que ser que los medio orientales tenían que traer muchas cosas que no había aquí ¡qué tontería!, pues a nadie se le iba a ocurrir traer las mismas cosas, esa tenía que ser la respuesta. Pero el enredo persistía. Entonces me acordé que entre los nombres que había visto en el mapa, solo uno se me había quedado grabado en la mente: Arabia. Entonces lo entendí y me lo imaginé, acordándome, por supuesto, de una película que había visto hacía varios sábados en el cine que se desarrollaba en las arenas del desierto de Arabia, donde un príncipe había estado buscando a una princesa en un caballo volador, hasta que la encontró y se la llevó a su palacio, le regaló todas las joyas que tenía y se casó con ella. Era en colores.

Entonces me imaginé a Arabia: la gente que viajaba en camellos por las arenas del desierto, una gran caravana, todo el día hasta que llegaban en la noche a un oasis y allí había agua, comían, bebían y dormían para seguir ese otro día, hasta que llegaran a su destino, Bagdad, la ciudad amurallada, donde vivía el califa, el padre del príncipe, un hombre muy viejo y muy gordo, todo el día viendo bailar a las mujeres mientras él comía y fumaba de una vasija que tenía un tubo muy largo. A su alrededor estaban unos guardias solamente con pantalones y una gran espada que lo cuidaban, mientras el príncipe andaba buscando a su enamorada, no sé por qué, porque en el palacio había como quinientas mujeres tan bonitas como ella. Pero en fin, sería cuestión de gusto, pensé yo.

Afuera del palacio, la ciudad estaba atestada de gente y de animales. Había muchos comercios que exhibían sus mercancías guindándolas de las puertas y las paredes de la calle, así como hacen los comerciantes de aquí, y las cosas pesadas las ponían en el piso, donde la gente casi no podía caminar, y todas las calles parecían un mercado de los de aquí, excepto que aquí, el mercado estaba en un solo sitio. Entonces me acordé: ése era el bazar. Allá llegaban los compradores en camellos, ya que no había autos porque de eso hacía varios siglos, y las mujeres viajaban en cajas desde donde se asomaban con la cara tapada para que no las conocieran. No sé por qué. Las llevaban así como llevamos a los santos aquí, cargadas por cuatro hombres, salvo que aquí, como las estatuas de los santos son muy pesadas, necesitan más hombres.

Había mucha gente que caminaba entre lo que vendían, y entre ellos, unos hombres sentados en el piso, tocaban su flauta de donde salía de una vasija una cobra que les hacía señas con la lengua, y cuando dejaban de tocar, la cobra se metía en su vasija. Creo que esa fue la parte que más me interesó y pensé si yo pudiera tener una así, pero creo que a mi mamá no le gustaría.

Las mujeres se bajaban de sus cestas y se tapaban la cara al caminar por el bazar, seguidas por varios hombres que eran sus sirvientes. Entraban a las tiendas y tocaban las telas, alzaban las cosas para revisarlas, y unas compraban, otras no, como hacen las mujeres. Los sirvientes les llevaban las cosas que compraban a las cajas donde viajaban. Y así continuaban por todo el bazar.

De pronto, apareció la mujer de la que el príncipe se enamoró. Ella también venía en una caja, y cuando se bajó, él la vio desde la muralla de su palacio, y desde allá se enamoró de ella porque le lanzó una rosa que nunca vi dónde la sacó, pero ella la atrapó y se rio con él, y asunto arreglado. Ella se enamoró de él. Y si no hubiera sido porque me levanté para ir a comprar unos dulces, cuando volví, no supe cómo fue que la muchacha se había desaparecido, pero el mago del palacio le dijo al príncipe que a la muchacha se la habían robado y la tenían prisionera en una cueva que nadie sabía dónde estaba, excepto él, por supuesto, y que se lo iba a decir para que la buscara y se casara con ella, y para ello, le dio un caballo blanco que volaba y una espada que no se le caería de la mano, y el final ya se lo pueden imaginar: la buscó hasta que la encontró, peleó con sus enemigos, se enfrentó con otro brujo que por poco lo mata, pero usando la espada que no se le caía de la mano no dejaba a nadie vivo. Por supuesto que la liberó, la tomó en sus brazos y se la llevó en el caballo volador. Cuando llegó al palacio, ya su padre le tenía el matrimonio arreglado.

Por supuesto que en esta Arabia de hoy no tendría caballos voladores, pero camellos sí, y muchos, aunque no volaran, porque para viajar desde tan lejos, no iban a venir con pocas cosas para vender, por lo tanto vendrían en muchos camellos, y yo nunca había visto uno de verdad.

Entonces, la conclusión a todo esto es que el bazar sería un mercado como ese de la película, por supuesto que sin príncipe ni caballo volador, que vendrá a esta ciudad para vender sus cosas y recaudar fondos para los niños pobres, y que aunque tampoco sería como los de aquí, exactamente, pues iban a venir hombres en camellos con muchas cosas, como telas y vasijas, si teníamos suerte, vendrían los hombres que hacen bailar a las cobras, que me imaginaba que estaban domesticadas porque no podía creer cómo podían ser tan dóciles ni cómo aprendían a obedecer a la flauta, porque las serpientes de aquí eran indómitas y peligrosas. Ya todo estaba claro. Ahora solo tenía que decírselo al grupo de compañeros del tercer grado lo que era un bazar. Mi tarea estaba terminada.

Pero lo que no me podía imaginar era cómo sería ese viaje desde allá hasta aquí, pues tendrían que tardar muchísimos días, lo que quería decir que habrían salido hacía mucho tiempo para que pudieran llegar ese domingo, ni cuántos vendrían, y si a la hora de devolverse, nos dejarían los camellos, aunque fueran vendidos, porque a mí me hubiera encantado tener uno para ir al colegio y no tener que caminar esa docena de cuadras que tenía que recorrer cuatro veces diarias. Lo que no les dije fue que esperaba que mi papá se apiadara de mis notas, que no eran las mejores del mundo y me comprara aunque fuera un camello flaco, y yo le juraría que estudiaría más y le daría comida y lo cuidaría. Pero eso era la menor de mis preocupaciones. Con eso en mente, todos nos prepararíamos para ese fin de semana cuando llegara el bazar.

La siguiente mañana, cuando estaba listo para salir en mi eterno peregrinar al colegio, me detuve a preguntarle a mi mamá si el señor Salomón, el que tenía un negocio no muy lejos de nuestra casa que se llamaba El Gran Bazar, había venido del Medio Oriente en camello, a lo que ella me respondió con mucha tranquilidad que más bien creía que sería en barco, pero seguramente que en camello no. Su negocio, el cual yo conocía, era un verdadero bazar con telas, vasijas y alfombras, pero sin cobras. ¡Qué lástima! Esa respuesta me confundió, pero como no tenía tiempo para que me aclarara la situación del señor Salomón, pensé que si me la aclaraba más tarde sería lo mismo, y decidí llevarme mi información al colegio.

Todo eso se lo dije a los muchachos que me miraban con los ojos clavados y las caras sonrientes. Hasta me aplaudieron.

De lo único que me acuerdo ahora, aunque de eso hace más de cincuenta años, es que el bazar de ese domingo fue todo un éxito pues todo el colegio se apareció en el bazar, y aunque no había ni camellos, ni serpientes ni nada de eso, fue ese el bazar que más dinero recogió durante todos los años que yo pasé en el colegio de los curas.

Foto por Diego Delso, CC BY-SA 4.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.