Sardar vio el reloj en la pared y se sentó en la pequeña mesa de su comedor, encendió un cono de incienso para perfumar la habitación y cerró los ojos para meditar en su yantra. Hizo una aspiración profunda y se preparó para el ritual que lo llevaría a conocer su destino. La primera figura que le vino a la mente fue la de la diosa Kali, y su corazón comenzó a aumentar el ritmo de su movimiento. La segunda tenía la figura del dios Ganesha, y la tercera a la diosa maternal Lakshmi. Su corazón le decía que la configuración era buena y Sardar comenzó a interpretar el mensaje de su karma.
La figura de Kali es hermosa y muy poderosa, pensó. Es la diosa que mira sonriente con la lengua afuera, se contornea balanceándose sobre un solo pie y tiene ocho brazos. Ella es la que desafía al tiempo y por consiguiente a la muerte y lleva la energía de la vida, aunque en algunos casos a la muerte, paraliza a los demonios y a los ignorantes, y así lo interpretó Sardar, como la que le daba la liberación del miedo que paraliza a los que no le conocen sus poderes ni su capacidad para tratar los tres planos, el terrenal, el astral y el celestial, y en ese momento Sardar rezó su mantra que suena como campanas profundamente roncas: oum, cring, cring, cring, ring, ring, dakshine kalikalie, oum. Le pareció ver una cobra que se movía hacia él pero aprendió a rechazarla.
Pensó en la siguiente figura que tenía la benévola figura del dios Ganesha, y empezó a cantar su mantra en la cabeza: le sonaba tan profundo como el paso de un elefante que camina en lo denso de una selva, sin detenerse, y vio su figura humana con la cabeza de elefante coronada, balanceándose sobre un demonio, como dice el mantra, destruyendo la tristeza y balanceándose sobre sus pies de loto: oh Ganesha, me inclino ante los pies de Ganesha, señor de todo lo que existe. Ganesha le abriría el paso en la vida y de sus brazos le dispersaría bendiciones para traerle el balance interior.
Finalmente en su mente vio la figura de Lakshmi, diosa de la luz, de la belleza, la buena fortuna y la riqueza, una mujer suave y hermosa como lo es el mensaje de su mantra que Sardar recitó en el silencio de la profundidad de su mente: tráeme las bendiciones de mi madre Lakshmi en forma de paz, prosperidad y armonía. Esta feliz trinidad, particularmente en el día de su cumpleaños, le auguraba a Sardar un futuro maravilloso, y lo interpretaba como que pronto mejoraría su situación, y con ella, la de su familia. Ese mensaje le bastaba para emprender todo un nuevo período de su vida, ahora que su esposa esperaba su primogénito, el que llevaría su nombre y el de su padre, Sardar Gopal. Volvió a ver al reloj y la luz que ahora venía de afuera le permitió ver que le quedaba poco tiempo para tomar su desayuno y prepararse para irse a su trabajo.
El día presagiaba el mismo sol y el mismo calor del día anterior, y para Sardar la repetición de su rutina en el Ministerio de Pesas y Medidas, el brazo derecho del Gobierno local para la recaudación de ingresos, le garantizaría ocho horas bajo la tiranía de su superior el señor Patel, un viejo tiránico que siempre andaba vestido con un traje que una vez fue blanco pero que se había vuelto amarillo; una camisa de rayas que desplegaba en su raído cuello arandelas de sucio y sudor acumulados por quién sabe cuánto tiempo, una corbata de varios colores que no combinaban con nada, y como no usaba cinturón, se sostenía los pantalones con unos tirantes que se estiraba con sus pulgares hasta que parecía que iban a reventar cuando veía algo que no le gustaba, y luego cuando estaba sobre su presa, los dejaba caer sobre su inmensa barriga donde sonaban como un latigazo con el doble propósito de llamar la atención e instigar pánico, algo con lo que él, obviamente, disfrutaba.
Sardar tomó la calle de tierra que pasaba frente a su casa y se encaminó hacia la parada del autobús que pasaría, aunque a la hora, atestado de gente pero siempre dispuesto a recibir más. Y se cumplió el horario, aunque ése era sólo el primero de dos autobuses más que tendría que tomar para atravesar una buena parte de la ciudad hasta llegar al centro, donde estaba el edificio donde él trabajaba. Sardar casi quedó en la puerta, del lado de afuera, aunque en esa época del año era una bendición porque ni lo apretaban ni tenía que aguantar los potentes olores de perfumes que usaban tanto los hombres como las mujeres, además de otros olores aún más desagradables. Trató de pensar en el mensaje de su cumpleaños para no pensar en la primera parte del viaje.
Casi una hora después llegó a la zona de Dum Dum, cerca del aeropuerto, desde donde tomaría otro autobús con las mismas características que el anterior, solo que por menos tiempo, tal vez unos cuarenta minutos, aunque esta vez también tendría que compartir el viaje con vendedores y compradores que se dirigían o regresaban a un mercado muy importante que quedaba muy cerca del gran puente Rabindra Setu, nombrado así por Rabindranat Tagore, sobre el Ganga, un tributario del majestuoso Ganges.
A esa hora pudo ver a los bañistas matutinos que hacían sus abluciones en la orilla, a los pescadores en sus pequeñas barcazas y a los mercaderes de flores de Mullickghat, de por sí un cambio en la panorámica que transcurría dentro de la ciudad que se abría hacia la presencia del inmenso puente de hierro que traía diariamente tanto a millones de personas a pie como en todo tipo de transporte, vertiéndolos sobre calles estrechas y sobre las muchedumbres que estaban de este lado. Unos venían a pie, otros en bicicleta, en autobuses, unos pocos en carro, otros tantos en rickshaws, los cochecitos tirados por unos hombres semidesnudos que corrían descalzos a la velocidad de los autos, o sea, con mucha lentitud, porque el tráfico siempre era infernal, no solo por la cantidad de gente y vehículos en las calles sino porque éstas también estaban atestadas de animales, desde perros hasta vacas, y de puestos de ventas entre improvisados y permanentes ofreciendo todo lo que a una persona le pudiera pasar por la mente, pero sobre todo lo más importante, porque el puente traía una incesante y magnífica brisa que venía desde el otro lado para refrescar a la muchedumbre que se apretaba inevitablemente.
Las casas, en su mayoría de dos y tres pisos y casi todas del color de la tierra misma, asomaban infinidad de cosas que guindaban de sus frentes comerciales, desde anuncios hasta los productos mismos, unos escritos en inglés, otros en bengalí, para atraer a la marea humana que se torcía en todas las direcciones como una serpiente, moviendo con ellos los colores de los saris, los olores de las especias y de los inciensos impresos en los sudores, así como los sonidos humanos, animales y mecánicos, todos confundidos en una cacofonía que no cesaba ni siquiera durante la noche.
Hombres, mujeres y niños, de todas las edades y tamaños, unos en atuendos occidentales y otros en atuendos hindúes, todos llevando bolsas y paquetes en un eterno ejercicio de la compra-venta, moviendo las manos para ofrecer, para pedir, para robar, para empujar, vociferando, descalzos o con zapatos o sandalias, todos absortos en su diligencia, la majestuosa Calcuta se extendía desde el puente en todas las direcciones posibles mostrando a los transeúntes su cara de apariencia victoriana pero bengalí de corazón.
El segundo viaje terminó cerca del mercado de las flores, porque era imposible llegar más cerca de él. El grupo empujó a Sardar hacia la puerta y descendió sintiendo que tenía que seguir sin detenerse, hasta que pisó la calzada y cada quien tomó direcciones diferentes, inclusive él. Sardar se fue hacia la tercera parada que estaba a escasos metros.
Calcuta, tomado de su nombre real, Kolkata, era una ciudad muy nueva por los estándares de la India, pues no tenía ni 250 años de existencia, y era allí precisamente cerca del puente donde estaba una serie de palacios y parques que mostraban la opulencia del Raj británico que había durado hasta finales de la primera mitad del siglo XX cuando se creó la república india. Y como los británicos hicieron a la ciudad para exportar los productos a Europa, principalmente sus telas de algodón, la ciudad tenía una gran población de trabajadores que vivían de los miles de telares y otras fábricas que todavía parecían, por lo primitivas, a las europeas del siglo XIX.
Para Sardar, Calcuta no era precisamente la “ciudad de la alegría”, como la llamaban muchos turistas que llegaban a ella buscando encontrar allí una muestra romántica de la cultura hindú mezclada con la occidental por lo que la llamaban “la Puerta de la India”.
Si bien su centro estaba lleno de parques y bellos e imponentes edificios históricos y gubernamentales, paseos, museos, iglesias y mezquitas, además de las mansiones, cafés, cines y teatros que habían dejado los europeos, el resto de la ciudad era todo un caos resultante del crecimiento natural de la población y de los que constantemente llegaban buscando trabajo del campo empobrecido.
Para Sardar, Calcuta había sido su ciudad natal y la de su corta pero agitada vida, pues apenas a los 23 años ya había visto mucho en muy poco tiempo, sobre todo por el paso a la independencia que había ocurrido hacía solamente un par de años atrás. Y como para muchos otros ciudadanos, Sardar se había beneficiado de ese renacer político pues el crecimiento de la ciudad había producido el crecimiento burocrático del gobierno en general, y particularmente de su departamento que se ocupaba de controlar las pesas y medidas de todos los tamaños que funcionaban en la ciudad, algo que Sardar sabía que le proporcionaría trabajo para el resto de sus días pues cada día aumentaba la gente, y con la misma velocidad, los vendedores que tenían que pesar sus productos, y cada pesa o balanza, que tenía que llevar un sello que la autorizara, y del costo de ese sello, casi vivía todo el gobierno de Calcuta, y por consiguiente, los servicios públicos de la ciudad.
Sardar abordó el autobús para completar el último tramo de su viaje. Al terminar, caminó los últimos metros y tan pronto llegó a la puerta del edificio, su mente empezó a transformarse en el burócrata que tenía que ser para cumplir con su papel de empleado atendiendo al público que llegaba a comprar los sellos oficiales. Al llegar a su departamento que estaba en el segundo piso, pudo ver que la cola de gente no solo le daba la vuelta al piso sino que bajaba por la amplia escalera de mármol hasta la calle. Allí debían estado llegando desde la madrugada, por lo que muchos estaban sentados en el piso y recostados de la ennegrecida pared testigo de la resignación popular.
Ni para él ni para nadie eso era nuevo, y los empleados se divertían apostando hasta dónde llegaría la cola al día siguiente, por lo que Sardar tuvo que ir contando con la vista a los que estaban en la cola. Pero el golpe de los tirantes de Patel que estaba parado en la puerta, lo sacó de su privacidad cuando le dijo que se apurara porque ya debía haber estado en su lugar, con la bata blanca puesta y la caja de estampillas y dinero en sus manos, listo para ir a la caja registradora que le tocaría ese día.
Sardar quiso responderle que ni siquiera eran las ocho de la mañana y que tenía aún tiempo de sobra para haberse puesto la bata, buscado su gaveta con los sellos, los recibos y el dinero, seleccionado su ventana de atención al público y prepararse mentalmente para atenderlo, pero prefirió callar porque sabía que era inútil dialogar contra el áspid de su lengua que disparaba veneno sin necesidad de morder como lo podían hacer las cobras. El gordo lo siguió con la vista como tratando de sacarle una respuesta a su cerebro pero Sardar calló pensando que nada debía echar a perder su día, el día de su cumpleaños, ese día que ya se le había vaticinado a él como muy bueno, lleno de esperanzas y que su meditación le había dado las suficientes fuerzas al kundalini que le había traído Kali para enfrentar a las fuerzas negativas que lo asediaran, ni siquiera las del áspid de Patel.
Apuró el paso, sin embargo, y penetró al recinto donde sus compañeros de trabajo se estaban cambiando y preparando para el día que les esperaba, pasó a la habitación donde estaban los camerinos y cuando llegó al suyo lo miró y se dijo, Shiva, Señor Ganesha, protégeme y ayúdame a ejercer mis labores con fuerza y mientras Kali aleja al señor Patel; dame la entereza que necesito para aguantar las súplicas de los llorones y mentirosos que llegan a mi ventana buscando rebajas porque yo no las puedo conceder, aunque mi corazón diga que sí. Y luego de una profunda aspiración, colocó su saco en el gancho, sacó la bata y se la puso, luego fue a buscar su gaveta de sellos y dinero, y con ella se fue hasta la taquilla desde donde siempre atendía y cuando el reloj marcó las ocho, vio la marejada humana entrar corriendo a las taquillas que la detuvo como si fuera una represa.
Esa tarde, Sardar terminó más temprano gracias a un apagón eléctrico que hizo que cerraran al edificio. Luego de lavarse las manos, tomar su saco y despedirse de sus compañeros y de su jefe, salió a caminar por las calles del centro de la ciudad, que aunque llenas de gente no estaban tan llenas como las laterales que se alejaban del corazón de la ciudad.
Por allí había tiendas con vitrinas al estilo europeo como él las había visto en el cine, enseñando, por supuesto, modas europeas y saris de altísima calidad tan bellos como él nunca los había visto, obviamente para la gente rica, o sea, no para él, pero sabía que ese paseo era un descanso mental y hasta físico al llenarse los ojos de esos efectos materiales a los que él nunca tendría alcance con el sueldo que ganaban los empleados públicos de un rango tan bajo como el suyo.
Pensó en su familia, es decir, su esposa y el hijo que venía en camino y lo que él tendría que hacer por ellos: proveerles la ropa y llevarles la comida, mientras su esposa la cocinaría, lavaría la ropa, la plancharía, cuidaría al niño, la casa, los pocos animales que tenían en el patio, y le calentaría la cama para que él se levantara con ánimo de volver a salir a trabajar al día siguiente.
Veía a su vida como una tarea que le llevaría el resto de sus días detrás de la ventanilla hasta que el destino le deparara un cambio, tal vez pasando por el puesto del señor Patel quien tendría que irse o morirse algún día antes que él, y que tal vez se lo darían a él, o pasando a otro departamento, o trabajando en la calle, que era mejor aún, de supervisor de establecimientos, de negocio en negocio, caminando por los mercados de flores, por los de comida, por los de ropa, por las calles llenas de animales y personas, revisando las balanzas que como todo el mundo sabía no estaban al día, por lo que los vendedores fingirían que no se habían dado cuenta que tenían varios años de atraso y que por casualidad ese mismo día, por la mañana habían mandado a un empleado a pagar y buscar los sellos nuevos pero que el empleado no había regresado todavía porque eran tan pobres y la venta había estado tan mala que ni siquiera tenían local sino una carpa en la calle, además, su esposa estaba postrada en una cama y había tenido que traerse a su suegra para que viera por sus hijos y cuidara de su esposa enferma e inválida, y por eso se había mudado con él la familia de su esposa, es decir sus suegros y tres hermanos que no hacían nada bueno porque uno era ladrón, el otro ciego y el otro simplemente flojo de nacimiento, es mi karma, ¿me entiendes bapú?, es mi karma, le decía llorando, y por eso le regalaba una bolsa llena de especias con las que su esposa endulzaría su comida porque éstas llevaban sus bendiciones y las de su esposa, y las de sus familiares que no querían irse de su casa, porque el que daña a su familia se arruina, y así Sardar sólo le daría una boleta de aviso extendiéndole el sello por un período de dos semanas más hasta que volviera el empleado con el sello nuevo y se lo pegara a la balanza, y Sardar seguiría caminando encontrando a los infractores y recolectando tantas bolsas que casi no podría caminar y llegaría a su casa en la noche cargado de regalos para su familia. Sin darse cuenta, Sardar había llegado a zona de Barabazar, la cuna de Kolkata.
Allí, precisamente, era donde la ciudad había nacido, de la unión de tres villorrios, Sutanuti, Gobindanpur y Kolkata, cuando un administrador de la Compañía de las Indias Orientales, como los europeos le decían a esa zona del mundo, fundó a la ciudad de Calcuta. De allí se plegaron otras aldeas que se iban anexando con el crecimiento y la atracción de la nueva ciudad hasta brincar al río Ganga y anexar a la banda oriental llamada Howrah, desde donde hicieron el gran puente de hierro. Los ingleses fortificaron a Calcuta estableciendo un fuerte militar que llamaron Guillermo de Orange, quien era a la sazón rey de Inglaterra y Holanda, y de allí creció el territorio que le dio a la corona inglesa la más grande de todas sus joyas, el Virreinato de la India. Ese era el corazón de Kolkata. De allí se alimentó el imperio británico por varios siglos.
Pero todo eso había quedado en la historia de los ingleses escrita por Ruyard Kipling en las fábulas que los conquistadores encuentran en las nuevas posesiones. Kolkata no era en ese momento lo que había sido, sino que era una de las ciudades más grandes del mundo, la gran metrópolis industrializada de la nueva nación, con un nuevo gobierno que había establecido una organización que decía que iba a ser capaz de cambiar la pobreza en que varios cientos de millones de personas estaban sumidas. Sardar se sintió parte de ese cambio y se miró en su posición de recaudador de rentas municipales. Sardar, sin darse cuenta, en su caminata estaba ahora caminando hacia el sur, por la avenida Strand Bank, a lo largo del río hasta llegarse a la confluencia de la Esplanade Row donde pasaban cientos de turistas en busca de los edificios que había dejado el imperio inglés y que le había proporcionado a Kolkata otro de sus varios nombres, la Ciudad de los Palacios, cuando mirando hacia el piso y vio, en una lado de la acera, un pequeño paquete envuelto en papel marrón. Miró hacia todas partes pero las miradas estaban puestas en los edificios. Con un nerviosismo entre culpa y curiosidad que lo invadió irremediablemente, Sardar se agachó y tomó el paquete, el cual no pesaba mucho, y con toda la naturalidad del mundo se lo puso debajo del brazo y caminó con él haciéndolo suyo.
Al principio le costó más trabajo acostumbrarse a sentir el paquete en su conciencia que debajo del brazo, pero cuando no le sintió más su peso, pensó en buscarse un lugar dónde revisarlo. La curiosidad lo consumía. Caminó más y se cuando vio un café, entró y pidió un té, bien negro, le insistió al mozo, porque necesitaba respirar con profundidad para recobrar su compostura interior y exterior.
El mozo le trajo la humeante taza y se quedó mirándolo hasta que Sardar advirtió que estaba esperando el pago, algo que solo a los turistas se les permitía después del consumo, por lo que Sardar le puso un par de monedas en su mano, y al ver que el mozo no le sonreía, añadió otra, y entonces sonrió. La retirada del mozo le enfrentaba al paquete y lo vio desafiante. Haló trepidante la cuerda marrón que lo mantenía envuelto. Empezó a levantar los pliegos hasta que llegó al interior y pudo ver que se trataba de un libro. Sintiéndose un poco desilusionado porque de poco le serviría un libro, lo volteó para leer la carátula, y allí pudo darse cuenta que ni aun así le serviría pues estaba en otro idioma del cual lo único que pudo advertir era que se trataba de filosofía natural y matemáticas, uno de sus menores intereses en la vida.
No quiso abrirlo sino que tomó unos sorbos del té que en su amargura le ayudó a preparar su segundo paso: puso sus dos manos sobre el libro y trató de meditar sobre él. Cerró los ojos y se preguntó, ¿qué sería ese libro y para qué le serviría si no podía leerlo? La respuesta vino pronto: si ni lo había abierto, ¿cómo podría encontrar la respuesta?
Con renovada curiosidad Sardar vio un libro amarillento y viejo, volteó la tapa y lo único que entendió era que se trataba de lo que no le interesaba. Empezó a pasar las páginas. No encontraba sino más y más lectura con símbolos matemáticos. No era de su interés pues no lo entendía, y de un golpe lo cerró. Volvió a meditar y volvió a conseguir la misma respuesta: había que buscarla dentro del libro. ¿Para qué le serviría un libro? Para venderlo, tal vez algo le darían por él los comerciantes ingleses que tal vez serían los únicos que lo entenderían, y hacia allá se dirigió.
Llegó a una tienda de anticuarios propiedad de un inglés que vendía muebles y toda clase de ornamentos que cupieran en una casa, orientales, hindúes y europeos, obviamente dejados por los ingleses que se habían regresado a su país. Entró, y la campanilla atada a la puerta despertó al somnoliento dueño que lo recibió con una pregunta muy directa: ¿qué me traes?
Lo único que Sardar pudo notar fue que al ver el libro la frente del inglés, arrugada como un acordeón, se alisó de inmediato, y sin levantarle la vista sino la voz le dijo, te lo compro por diez libras inglesas pagadas de inmediato y sin hacer más preguntas.
Sardar fingió inmutabilidad y halando el libro cuidadosamente le dijo que en otros sitios podía encontrar un precio mejor, así como en la universidad. Había echado su suerte al aire y como una moneda estaba dando vueltas hasta que cayó en la boca del anticuario: ¡No!, te ofrezco entonces veinte libras inglesas, dijo el hombre estirando la mano hacia el libro.
Sardar entendió inmediatamente que la moneda de la suerte había caído de su lado y sostuvo el libro en sus manos sin alterar su mirada ahora clavada en los pequeños ojos del inglés que se apretó los labios para sostenerse de la malcriadeza del muchacho.
Notando la dureza del semblante, para aliviar la tensión Sardar le dijo, Sahib, ¿no crees que puedas pagar su verdadero precio?
El anticuario se fue a su escritorio y de una gaveta sacó varios billetes ingleses y se los trajo, los tiró sobre el mostrador y le dijo apuntándolos con el dedo, es todo lo que tengo a la mano, sesenta y dos libras, que es más de lo que ganarías en ese trabajo miserable que tienes, ¿no es verdad?
Así es, Sahib, así es, pero para mí no es suficiente por el libro que más te interesa a ti que a mí, así que volveré otro día cuando tengas más libras en tu gaveta, y dando media vuelta salió del establecimiento.
Se fue directamente a la parada del autobús y empezó su periplo de regreso. Mientras tanto pensaba en lo que podía comprar con 62 libras inglesas, que como había dicho el viejo inglés, eran más de lo que iba a ganar en el resto del año y parte del otro. Pensó en que podía cambiarse de casa para una más grande para que el niño tuviera su propia habitación cuando fuera grande, con techo de tejas y plomería, o comprar unos animales para tenerlos en su casa y comerciar con ellos, o hasta poner un negocio aunque fuera pequeño pero que lo independizara del ministerio, y sobre todo de la tiranía de Patel, todo esto lo venía pensando distraídamente hasta que un timbrazo lo sacó de su sueño cuando se acercaba su parada. Llegó a su casa y luego de saludar a su esposa pasó corriendo hacia el comedor mientras le decía que iba a meditar sobre un libro que se había encontrado en la calle.
¿Un libro, y para qué quieres meditar sobre un libro?, pues los libros son para leerlos, le dijo ella con la candidez de su ignorancia.
No entiendes. Porque creo que ese libro vino a mí, ¿o es que te has olvidado que hoy es mi cumpleaños y mi futuro hoy tiene que cambiar? ¿Te acuerdas de lo que te dije esta mañana, que el mensaje era claro, que de hoy en adelante tendría un futuro mejor, distinto, o es que quieres que tire el libro a la calle?, le preguntó Sardar.
Repitiendo el ritual de esa mañana, pero esta vez con el libro al frente, Sardar miró al libro, aspiró el incienso y cerró los ojos para entender el propósito del libro, y al rato de meditar sobre él, llegó a la misma conclusión anterior, que la respuesta del libro estaba en su contenido, aunque para él fuera incomprensible, por lo que tenía que encontrar una forma de leerlo. Su resolución fue absoluta: lo llevaría a la universidad y se lo enseñaría a alguien que le ayudara. ¿Cuándo?, no sabía, y mientras tanto, lo pondría en un estante pues desde allí adornaría a la casa y hasta sus amigos pensarían que lo había leído.
Resignado, lo tomó de nuevo en sus manos y lo abrió, y empezó a pasar página por página hasta que en su cansancio lo abrió totalmente y le hizo una pasada rápida a todas las páginas desde donde se asomó la punta de un papel. Sardar metió el dedo y abrió la página, y para su sorpresa tenía un billete de cien libras inglesas. Se quedó absorto. Abrió la boca y aspiró profundamente pues en realidad nunca había visto uno. Lo sacó y lo sostuvo entre ambas manos. Parecía nuevo, sin arrugas, limpio, majestuoso, indudablemente bello por no decir poderoso, una suma increíble, y empezó a pasar las páginas una por una y encontró otro billete, y luego otro, hasta que llegó a cinco billetes. No lo podía creer, quinientas libras inglesas, todas en billetes nuevos en un libro viejo, todo un regalo de los dioses, le gritó a su mujer que tampoco podía creer lo que veía. Se sentía cansado. Se rió y ella también. Se abrazaron. Sardar le dijo que él había sido bendecido en su cumpleaños tal cual se lo habían dicho los dioses esa mañana. Ese era su regalo y su mensaje, que dentro del libro estaba su regalo, entonces su esposa se sentó a llorar y solamente pudo decirle que tenían que hacerles una ofrenda a los dioses, a lo cual Sardar consintió de inmediato. Sí le dijo, mañana a primera hora, después de poner este dinero en el banco, iremos a nuestro ashram y les haremos una ofrenda a nuestros dioses. ¡Es lo correcto!, asintió.
Esa otra mañana salieron temprano hacia el banco y depositaron el dinero. De allí Sardar pasó a su trabajo y cuando se encontró con Patel en la puerta esperándolo armado como una cobra con un regaño porque había llegado tarde le dijo que él había venido a renunciar, por lo que Patel se quedó con la boca abierta, incólume, y luego de estirarse sus tirantes, se los llevó con cuidado hasta su prominente barriga. Luego, Sardar, con aire de superioridad se dirigió a la tienda del anticuario y le preguntó que si había conseguido más dinero, y el viejo le sacó un billete de cien libras, nuevo, liso, bello, y se lo estiró tomándolo por las puntas para que viera bien de qué se trataba y le dijo, ¿te parece suficiente, míralo bien, porque estoy seguro que nunca has visto uno parecido en toda tu vida, lo quieres o no?
Está bien, dijo Sardar, pensando que había hecho el mejor negocio de su vida: un libro viejo por cien libras inglesas. Ahora tenía seiscientas, y era un hombre rico. Tomó el billete y salió airoso de la tienda y le hizo una seña a su mujer para que lo acompañara a tomar el autobús de regreso a su casa.
Foto por Pranav

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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