Afuera, el calor era inclemente porque no solamente llegaba de arriba sino que salía de abajo, del suelo, de los lados, de todas partes: estaba en el aire, estaba en todas las cosas, hasta en uno mismo. Hacia arriba, apenas se podía ver porque la luz solar enceguecía; abajo, todo parecía casi blanco, resplandeciente, brillante casi plateado, porque todo brillaba en tonalidades de blanco, desde el azul blanco hasta el oscuro blanco, pero blanco. La luz penetraba por los ojos y por los poros por igual. No había tregua para ningún lado que se mirara. No había otra sensación que no fuera la de estar en un horno del tamaño del espacio que nos rodeaba del cual uno era el centro, como el sol de un universo naciente, y en el que todo giraba alrededor de uno haciendo a uno el centro gravitacional de ese microcosmos que aunque alcanzaba la distancia de la vista, cada vez se hacía más imposible de mantener los ojos abiertos, y por eso había que utilizar anteojos muy oscuros, casi negros, pero que distorsionaban casi tanto como no tenerlos, pero no había escapatoria porque el desierto es así, como en un planetario donde uno está rodeado de soles.
Afuera, en la piel se sentía que la arena que nos tropezaba estaba tan incandescente como la luz que nos atravesaba como rayos equis, y esa tortura no paró hasta que llegamos a la entrada que nos habían señalado los guías encargados del sitio, en una ladera de la montaña, en un hueco ni siquiera del tamaño de una puerta, pero puerta al fin, que apenas se veía como un agujero negro que se perdía hacia un espacio infinito.
Nos acercamos con alegría pero con precaución y penetramos con la inquietud del que se aproxima a lo desconocido pero esperado, y entramos, bajando la cabeza para no tropezar y sintiendo cómo se disipaba la luminosidad y se convertía en una penumbra opuesta al mundo exterior que de pronto se iluminó gracias a los reflectores que trajeron desde afuera y vimos el piso, el techo y las paredes de la gruta, todo de tierra y piedras rojas, y desde ese punto vimos que seguía un pasadizo que continuaba hasta lo que podía ser un verdadero sueño, si de verdad se trataba de la tumba del faraón.
El espacio que los guías habían roto en la ladera donde había una entrada que había estado tapada por varios miles de años se suponía que era una tumba, la que esperábamos descubrir. No se podía saber a simple vista, si esta entrada era la primera, la última o simplemente una de varias. Todo indicaba que éramos los primeros, o simplemente queríamos creerlo así, aunque hasta que no se llegara a la cámara mortuoria no se sabría la verdad porque así eran esas tumbas; de hecho, podrían haberle llegado por otra vía. Era mejor no hacerse ilusiones.
La expedición se había armado en Alemania para competir contra los exploradores ingleses que ya habían tomado la delantera en otras zonas del bajo Egipto. Varias universidades habían aportado material humano, físico y económico en lo que se esperaba que fuera un descubrimiento sensacional como el de solamente un par de años atrás, tan espectacular como ningún otro, el de la tumba del niño-faraón Tut-Ank-Amón donde se encontró el mayor número de artefactos reales en mejor estado de conservación, más que en todas las otras tumbas juntas. Pero es que para nosotros, los alemanes, no había habido nada que pudiera rivalizar con los británicos desde el descubrimiento de Troya, y sin decirlo, sabíamos que era una cuestión más de honor que de ciencia que nuestra expedición fuera un éxito.
Todo había comenzado con el hallazgo de unos papiros perdidos que hablaban de una supuesta ubicación de un faraón desconocido. Los papiros habían estado en secreto en nuestra universidad por varios años y no se había podido armar una expedición en la forma requerida porque no se querían levantar sospechas de parte de otros países que estaban constantemente a la caza de ese tipo de información, hasta que la expedición de Lord Carnarvon, sin quererlo, fue la que nos catapultó hacia ella. Pero mayor fue mi sorpresa cuando me pusieron en la lista de los participantes de la expedición que estaría bajo la dirección del Dr. Schoenberg, la máxima autoridad de Alemania en egiptología.
Yo apenas era un joven estudiante de postgrado, pero haberme considerado como parte de esa expedición me ponía al lado de las más altas lumbreras de las universidades alemanas. No importaba si iba como aprendiz de todo, como un sirviente, casi, así tuviera que estar cargando maletas y recogiendo platos y basura, sin pensar que viajar en segunda clase en tren primero, y en barco después. Por supuesto, que la emoción turbaba lo que hasta allí yo creía que eran incomodidades, sin tener idea de lo que seguiría una vez que llegáramos a Egipto, lo cual ocurrió luego de una pequeña travesía en la que el clima se fue calentando lentamente como para advertirnos de lo que nos esperaba.
Fuimos en tren de Berlín a Italia. Llegamos a Roma a media mañana. Cambiamos a otro tren hacia Nápoles donde fuimos directamente al puerto para esperar la salida del barco que zarparía ese siguiente día rumbo a Alejandría.
En el día número doce de la expedición llegamos, y sin detenernos seguimos a El Cairo, moviéndonos de noche, escurriéndonos entre las penumbras más como si fuéramos más ladrones que científicos, tratando de pasar desapercibidos para que los ingleses no nos causaran problemas porque era harto sabido que ellos inmediatamente sabotearían la expedición, así que continuamos y acampamos a la orilla del Nilo hasta que nos prepararan las barcazas en las que nos deslizaríamos río arriba hasta el Valle de los Reyes, no porque allí estaba la supuesta tumba sino porque allí haríamos otro alto, acampando un par de días para descansar, hasta encontrar una noche clara para salir sin ser vistos hacia el lugar secreto donde nos esperaba el grupo de avanzada que había hecho varias expediciones sin levantar sospechas de los ingleses.
Schoenberg nos guiaba con precisión militar. Usaba un catalejo y un sextante como si fuera un almirante, y su bastón como si fuera una lanza para apuntar. No caminaba, marchaba, y cuando nos miraba, se aseguraba que el sol se reflejara en su monóculo para que al mirarnos, éste nos encandilara obligándonos a cerrar los ojos cuando oíamos su arenga de nuestro deber por el Reich, por Alemania über alles. Luego se daba un bastonazo en su zapato derecho y girando sobre los talones, reiniciaba la marcha.
En las noches, luego de la cena con la última luz del sol, los guías armaban las carpas en un círculo cerrado, porque sabíamos que pronto vendrían los animales salvajes a ver qué conseguían, vivo o muerto. Nos encerrábamos como monjas enclaustradas y sentíamos la presencia de distintos tipos de animales, grandes y pequeños. Resoplaban, respiraban y gruñían, y a veces peleaban entre sí por las migajas que escarbaban en la arena, y así pasábamos la noche sin poder ni siquiera dispararles un tiro para ahuyentarlos para que no nos descubrieran los ingleses que estaban en el vecindario. En la mañana no sabíamos si era un día más o un día menos.
El desierto era increíble pero el Nilo era impresionante porque era como un océano que rodaba desde el corazón de África interrumpiendo todo a su paso, hasta el Mediterráneo. Siempre caudaloso, sin parar, como si no tuviera ni principio ni fin. La verdad era que en Europa un río de ese tamaño, no hubiera cabido. Sólo en África eso era posible y lo teníamos allí mismo a nuestro alcance. Lo veía, lo respetaba y me maravillaba. Apenas lo vi, hundí en él mis manos y me la pasé por la cabeza y la cara y me sentí refrescado pensando que así lo habían hecho los egipcios desde hacía miles de años, antes, durante y después de construir las pirámides. El Nilo era la fuente de la vida de Egipto; con razón era un río sagrado.
Después de tres semanas, desde que salimos como ladrones de El Cairo, habíamos llegado al área de nuestro destino, la cual estaba garantizada que no tenía ingleses en todos los kilómetros a la redonda que nuestros largavistas pudiera ver, aunque tampoco podíamos ver a al resto de nuestros compañeros porque se habían regresado. Solamente quedábamos Schoenberg y yo, y ambos sabíamos que con ese número no se podía hacer una operación tan sensacional como la que se había planeado, pero ya habíamos pasado el punto de no retorno, y había que hacer como decía el Dr. Schoenberg, triunfar o morir, cosa con la que yo no estaba de acuerdo pues el nacionalismo alemán no era suficiente para lograr el triunfo, a mi parecer. Sabía que nuestro éxito sería muy limitado, aunque no sabía cuánto.
El día 34 de la expedición, rodeados de una veintena de cargadores, operarios y guías nativos, nos llegamos hasta donde estaría la entrada de la tumba, y dije en voz alta, que si estaba vacía, la llenaríamos con nuestros cadáveres, un chiste que no le gustó nada al Dr. Schoenberg que se puso rojo como un tomate y dejó caer su monóculo del ojo derecho, quedando suspendido solamente por la cuerda que lo mecía como un péndulo sobre su barriga que le había bajado considerablemente de tamaño.
Entramos. Adentro, había una noche eterna y un silencio tan grande como el de afuera donde solo se oían nuestras voces de vez en cuando, interrumpidas por ráfagas de viento que se llevaban hasta los pensamientos. De pronto habló el Dr. Schoenberg y nos dijo que tomáramos las lámparas portátiles para empezar la caminata, y así lo hicimos. Nos acompañaban un par de empleados con picos y palas para quitar cualquier obstrucción, porque era obvio que allí había un camino que conducía hacia el interior de la montaña donde, según Schoenberg, debía estar la tumba del faraón y posiblemente otros personajes de su reino, más los usuales artefactos que enterraban en esos casos.
El silencio solo era interrumpido por nuestras pisadas y los incesantes latidos del corazón que con seguridad oíamos todos en nuestras cabezas. La respiración se hacía pesada porque el oxígeno era escaso para todos y la emoción ayudaba a consumirlo con rapidez. Ella se incrementaba con cada metro que avanzábamos. La temperatura había bajado notablemente si se la comparaba con la de afuera, pero tampoco podíamos considerarla como agradable porque el clima era raro: sabíamos y sentíamos que estábamos en una tumba, y no podía dejar de pensar que ojalá no fuera la nuestra. El túnel era recto y levemente descendente hasta que llegamos a un plano con una habitación más ancha y más alta, con muro que detenía el paso y que hizo exclamar a Schoenberg ¡eureka!, como si hubiera descubierto algo, sin saber qué había del otro lado. Bueno, en realidad todos lo dijimos, aunque no tan alto. La marcha había llegado al gran punto de averiguar si el esfuerzo había valido la pena, pues algo tenía que haber allí, del otro lado del muro y éste obviamente, no había sido penetrado porque los sellos estaban intactos. Era una buena señal.
El Dr. Schoenberg paseó su lámpara sobre el muro que estaba cubierto de jeroglíficos y comenzó a leerlos en voz alta, hasta que se detuvo con desgano y dijo que era la usual advertencia a los intrusos, que morirían si profanaban la tumba, que les acería una maldición y otros augurios ominosos si no se regresaban, pero él, haciendo un ademán de desprecio dijo que eso lo decían todas las tumbas, lo que quería decir que no nos podríamos detener por ese aviso. Siguió revisando con detenimiento y finalmente se retiró unos pasos y sin mirar a los guías que estaban también admirados por lo que veían, les dijo apuntándoles a un sitio en específico, vamos a romper aquí.
Schoenberg hizo una demarcación con tiza en la pared para iniciar el hueco, pero de pronto se detuvo como si se hubiera acordado de algo y dijo, ¡un momento!, y tomando un martillo empezó a dar martillazos en todas las paredes hasta que se detuvo en una lateral, pegó la oreja y volvió a martillar, recorrió la pared sobándola con sus manos de un lado a otro y de arriba a abajo dando martillazos, y de pronto se volvió y mirándonos alzó la voz y dijo, ¡nein!, señalando a la pared de los jeroglíficos, es aquí, aquí está el resto del camino. Hay que abrir aquí, dijo apuntando a la pared lateral.
Al rato, uno de los guías horadó la pared. Los diez o algo centímetros de grosor de la pared cedieron ante el picotazo dejando un hueco del tamaño suficiente para echar un vistazo.
Inmediatamente empezó a sentirse un chorro de aire que circulaba por el hueco aunque sin saber exactamente en cuál dirección corría, si de allá para acá, o si de acá para allá. Pensamos que era lo segundo, porque sentimos un olor de algo desconocido, no desagradable sino como viejo, encerrado, guardado, y se me bajó la temperatura del cuerpo solo de pensar que ese pudiera haber sido un aire que tenía varios miles de años atrapado allí, y ni siquiera el Dr. Schoenberg había tenido la previsión de prepararse para el evento. Lo cierto es que todos nos miramos, y cuando nos dimos cuenta, la temperatura general de nuestra habitación se había refrescado un poco.
Schoenberg apartó al guía del picotazo con casi un empujón y se asomó por el hueco. Luego se volteó y nos dijo que no se veía nada. Inmediatamente dio la orden que rompieran más, pero con la precaución de que los escombros cayeran hacia nuestro lado, y tan pronto el hueco había quedado de un tamaño adecuado, tomó una lámpara y se asomó por ese postigo hacia el interior. Miró un par de minutos y volviéndose dijo, no hay duda, ésta es una tumba egipcia. Allá está otra pared y tiene los sellos intactos, y él mismo empezó a tomar fotos con la cámara que no había querido usar desde el comienzo de la expedición.
Luego de unas diez fotos que nos dejaron encandilados, el Dr. Schoenberg explicó con más detalles cómo debían seguir horadando la pared. A momentos interrumpía a los trabajadores para darles más indicaciones hasta que un par de horas más tarde se detuvo y dijo que debíamos seguir ese otro día para no caernos de cansancio.
Hacia el final de la mañana siguiente los trabajadores habían abierto suficiente espacio como una puerta baja pero ancha, y por supuesto, el Dr. Schoenberg tomó la delantera con una lámpara de carburo. Lo seguimos, y mientras más se adentraba más oscuro se ponía, y como nadie hablaba, todo se hacía más tétrico.
El segundo recinto tendría unos quince metros de profundidad y se hizo más angosto en la medida que nos acercamos a otra pared. Esta vez, sin ninguna advertencia, encantación o señal. Schoenberg procedió con su martillo, pero todo sonó igual. ¡Sólido!, dijo ominosamente y con desgano. Creí que nos habían hecho caminar en vano porque no parecía que hubiera nada además de los sellos, que si bien indicaban que había una tumba, más allá de eso no había nada seguro. Sin embargo, retomando el impulso soplado de esperanza, llevándose la lámpara a la cara para que nos aseguráramos que nos estaba mirando, Schoenberg adivinando mis pensamientos, dijo mientras tocaba la pared con la punta de su bastón, seguiremos adelante, y excavaremos, hasta que lleguemos a encontrar algo, así sea, el otro lado del cerro.
Mi espíritu aventurero tocó fondo, porque me pareció que la ventura había llegado a su final para darle paso a la desesperación. Habíamos caminando no sé cuántos metros dentro del pasillo, y si bien no era mucho, tampoco era poco porque de allí en adelante no había ninguna indicación cuánto faltaba. Estábamos estancados en una habitación al final de un pasillo en medio de una montaña en el medio del desierto a tres mil kilómetros de mi casa. Me sentí sepultado. Pensé que quería salir de allí pero hacia algo inevitable y quise correr pero no había para dónde ir porque Schoenberg no me dejaría. Me dio la impresión que sería como caminar en el desierto pero sin brújula, o de noche, pero sin luna ni estrellas. Cada vez nos sepultaríamos más y más, y de pronto la cabeza me empezó a dar vueltas queriendo en un intento de buscar la respuesta adecuada, si seguía o me revelaba, o gritaba, o me hacía el herido, cojo, o qué sé yo para no seguir porque ahora parecía que era por capricho más que por razón científica, pues si bien los exploradores son siempre llevados de la mano por la aventura, esto más que aventura parecía un desperdicio de tiempo y esfuerzo, por no decir de cordura. Pero, ¿quién era yo para detener al Dr. Schoenberg, profesor emérito de antropología de la Universidad de Berlín, que había preparado la más grande expedición desde Troya en algo más de medio siglo, y en qué me basaría, pues una retirada sin excusa equivaldría a deserción, como si fuera en el mismo frente de guerra, y ciertamente que desde la Primera Guerra Mundial, todos lo verían así, una nueva capitulación, pero peor, sin razón alguna para abandonar al comandante de la compañía, al capitán del batallón, a los amigos, a la Patria. Solo me quedaría el paredón académico de la expulsión de la universidad y la pérdida de la dignidad ante los amigos y hasta los enemigos: sería un paria por no enfrentarme al enemigo, de mí mismo, que era mi temor. No sabía qué debía hacer.
En medio de ese silencio, en ese momento cuando solo quedábamos él y yo en la antecámara de la tumba, Schoenberg inmediatamente se me acercó con la lámpara a la cara y adivinó mi secreto porque tuvo que haber visto mis ojos vidriosos, que el pecho buscaba afanosamente aire, que la frente estaba mojada, que el rictus me había invalidado cualquier respuesta posible. Me hizo sentir como una momia envuelto en el sudario del miedo.
Entonces fue cuando nos interrumpió un sonido que venía de alguna parte. Parecía un lamento porque era profundo, largo y penitente. Sí, eso era, un lamento, pero me llamaba a mí, y entonces Schoenberg también se paralizó. Bajó la lámpara y la habitación se oscureció. De lamento pasó a palabras que no se entendían, pero que alguien las repitió. Eran dos o tres, o tal vez cuatro. Roncas y profundas. Cavernosas. Venían de ultratumba, o de más allá. Traté de ver más allá, busqué a Schoenberg pero no lo vi más.
De pronto sentí que alguien estaba frente a mí. Abrí los ojos porque creí que era el Dr. Schoenberg, pero no era él. Era el faraón, todo iluminado, mirándome a los ojos se me acercó y me habló: lo que nos pedía era que nos fuéramos de allí, que le dejáramos en paz, que no le interrumpiéramos su sueño. Su gran figura, su cara larga, majestuosa, tocado con la doble corona, con la barba tejida, sosteniendo el mayal y el cayado con los brazos cruzados sobre su pecho desnudo, el Horus viviente, el dueño del alto y del bajo Egipto, de todo el mundo, pidiéndome que abandonáramos su lecho de descanso milenario a nosotros meros buscadores de fama, intoxicados de gloria, drogados por el deseo de profanación en busca de la ciencia pero no por la ciencia misma sino por nosotros, y la luz se hizo más brillante hasta que no la pude ver más y cerré los ojos y sentí junto a mi cara la voz de Alfred, mi compañero de cuarto y aventuras domingueras que me decía, sé que has estado estudiando mucho para este examen, pero o te despiertas, o vas a perder el examen final.
¡Gracias!, le dije a Dieter, mi compañero de curso, y de un salto me levanté de mi cama.

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

Comentarios recientes