Ponga a hacer un té con una ramita de mastranto para que concilie el sueño, doña Ana, para que vea que dormirá toda la noche. Se lo toma mientras está en la cama rezando el rosario, y se va a hundir en la almohada y no va a tener malos sueños ni pesadillas, sobre todo ese en el que su esposo, el difunto Juan, la anda buscando para que se vaya con él porque está solo. Por eso no se preocupe porque esa situación no es culpa suya ya que él fue el que se fue, y si a usted le hubiera tocado irse con él pues también se hubiera ido hace rato, y los dos estarían allá, juntos, dijo Raquel apuntando hacia el techo de zinc del salón de consultas espirituales como le decía ella a esa estrecha habitación de su casa que era para dormir noche, y de día de consultorio a la hilera de personas que se congregaban a buscar soluciones de todo tipo porque no encontraban paz ni en su mente ni en su cuerpo ni en su alma. Raquel no cobraba sino que recibía lo que le pagaran porque ella entendía las necesidades y su misión era ayudar porque sentía que tenía un mandato para hacer el bien. Era como una sacerdotisa porque no había tenido marido, decía ella, y entendía a las mujeres en la misma situación de abandono, porque ella había tenido dos de un político poderoso que a lo único que la había ayudado era a conseguir esa casa de un programa del Gobierno, pero más nada. Sin embargo, ella estaba agradecida que sus hijos ya estaban en secundaria y pronto conseguirían el cupo para la universidad, y esa sería su coronación en la vida. Yo ayudo y ellos me ayudan, decía al referirse a los que llegaban en busca de sus consejos. Recibía regalos en vez de dinero, desde comida hasta ropa, y reunía tantas cosas que tenía un negocio en sociedad con una comadre que tenía un puesto en el Mercado Libre de ese barrio y eso le ayudaba a pagar los gastos básicos de la familia: luz, comida y ropa. Nada más necesitamos para vivir, decía a su clientela durante el receso que tomaba entre sesiones para estirar las piernas y limpiar su alma de los problemas que ella iba recogiendo de sus clientes, siempre los mismos, siempre optimistas de que las palabras y consejos de Raquel los ayudaría a salir delante del mundo de las calamidades en que vivían y sin comprender que ella no era nada distinta de sus pacientes, como ella les llamaba, sino que ella era igual que ellos porque a ella a nadie la ayudaba, y por eso en un momento de lucidez mental se le había ocurrido lo del negocio con su comadre, quien mantenía el secreto de su socia que le proveía una buena parte del inventario de lo que vendía, que a veces, aunque muy raras, podían incluir hasta una pequeña pieza de oro como un anillo viejo que el difunto no echaría de menos en el otro mundo. Para Raquel esa parte comercial, no existía, pues la consideraba como un arreglo para sobrevivir, y en cierta forma era el pago que le hacían por su servicio para sanar el cuerpo y el alma.
En la medida que Raquel envejecía, la cola se hacía más larga, porque su fama llegaba más lejos del límite de su barrio. Venían de la ciudad, de vez en cuando, señoras en carro, y hasta con chofer. Venían jóvenes universitarios, profesionales, militares y hasta comerciantes. Una vez vino un ladrón profesional, y se lo confesó, a lo que ella le contestó que él no era el único que tenía esa profesión. Otra vez vino un cura que se quería salir del ministerio, y le recomendó que rezara más. Vino un canceroso y le dijo que se iba a sanar. Vino una madre con un niño incurable y le dijo que su misión era llevarlo por la vida. Venían todos los que creían que tenían un problema y no sabían cómo resolverlo. Pero Raquel, a pesar de que su negocio en el mercado había aumentado, tanto que su amiga había abierto una tienda en un salón alquilado para ese propósito expresamente, no podía encontrar la fuerza interna para despegarse de sus pacientes. Estaba atada, decía ella, a ayudar a los que tenían menos que ella, pues ella razonaba que aún, si un cliente era rico, la necesitaba, y por lo tanto su deber era ayudarlo. Había muchas pobrezas, decía, además de la falta de dinero.
No sabía si la gente se curaba porque la mayoría volvía a solamente contarle sus momentos buenos como sus momentos malos, y era más lo que ellos querían que los oyeran a lo que ellos querían que les dijeran. Ella era un sumidero de las lágrimas. Una gaveta de pensamientos. Un banco de alegrías al cual muchos pedían prestado momentos para aguantar el presente. Una cloaca por donde se dejaba chorrear la mugre humana o una escalera hacia las nubes donde había paz. Un espejo para verse el alma. Un confesionario para buscar el arrepentimiento. Una almohada para recostar la cabeza o un hombro para recostarse. Una brújula para encontrar el camino o un faro para ver el puerto. Una amiga. Sobre todo eso, una amiga, porque podía oír lo que los demás no querían oír. Por eso la buscaba la gente, porque sanaba más al alma que al cuerpo, aunque sus clientes creyeran lo contrario.
Podía dar remedios para el cuerpo o para el alma; podía dar absoluciones o imponer penitencias. Podía hablar de los muertos o de los vivos como si estuvieran allí con ella y aunque no los hubiera conocido. Podía oír lo que la gente no podía decir. Podía tocar a los enfermos. Podía ver el cuerpo y podía ver el alma. Podía saber el pasado y ver el presente para adivinar el futuro. Podía perdonar en nombre de otros, podía ahuyentar las dudas y podía dar paz y llenar de esperanzas. Podía hasta no decir nada, y con eso, sanar.
Ella creía que lo que hacía era una misión, un destino en la vida, y era su fortuna porque la había tenido toda su vida para que no le faltara ni le sobrara nada, y lo había entendido siempre así porque lo tenía en la mente eso de sentir los males y los problemas de los demás, y eso de sentir que tenía la respuesta para una solución.
Hasta que ya no pudo más. De tanto pasar la vida sentada las várices le habían impedido caminar más de unos pasos. Los ojos estaban inundados de cataratas que le hacían las caras borrosas, las manos artríticas no la dejaban saludar y la cabeza estaba llena de huecos en la memoria. Estaba vieja y sintió que tendría que irse más pronto que tarde, aunque no sabía a dónde porque en el fondo de su alma, no había sido una persona religiosa, y aunque sabía que no tenía pecados, no sabía qué la esperaba en el otro mundo del que ella tanto le había hablado a los demás. Pero se retiró, y un día colgó un cartón en la puerta que cerró y no volvió a abrir diciendo que estaba enferma y no podía recibir a nadie.
Pero ella sí sabía a quién debía recibir y un buen día se hizo un té de mastranto y se acostó en su cama. Se lo tomó en sorbos y puso la taza vacía a un lado de su cuerpo porque no pudo encontrar la mesita de noche con una lámpara. Ya no podía saber ni qué hora del día era porque la luz era difusa. Y se fue durmiendo lentamente hasta que no sintió más su cuerpo, ni su mente, ni miedo.
Foto por Kham Tran, www.khamtran.com, CC BY 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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