Después que sonó la alarma del despertador, sonó la voz de Micaela para preguntarle lo mismo que le repetía cada mañana: ¿y con qué soñaste anoche?, a lo que él le contestaba con un largo cuento de todos los lugares donde había estado y lo que había hecho. Este ritual lo repetían a diario desde la cama, pasando por el desayuno hasta que salían ambos para el trabajo, cada cual por su lado. Micaela se iba a la escuela primaria donde enseñaba el cuarto grado, y Elías a la Oficina de Expedición de Pasaportes del Ministerio del Interior, donde trabajaba como Supervisor III, que en el escalafón burocrático quería decir que revisaba las solicitudes de pasaportes que se hacían por ante esa oficina. Eternos empleados públicos, tanto Elías como Micaela estaban próximos a la jubilación de sus cargos, no solamente por los casi treinta años y cinco que tenían en ellos sino por sus respectivas edades, que se acercaban a las reglamentarias para separarse de sus posiciones.
Elías y Micaela eran los perfectos ejemplos de la clase media que le había venido trabajando a la Administración Pública casi toda la vida, tal vez por seguir el ejemplo de sus progenitores como por aquéllos haberle conseguido esos empleos por sus conexiones con personeros de la misma Administración Pública, lo que todo el mundo llamaba “el gobierno”. Elías era hijo de un telegrafista que había acabado sus dedos de tanto darle golpecitos al telégrafo y la vista de tanto escribir telegramas a mano. Un hombre viudo que había criado a una familia de seis varones con la ayuda de su látigo verbal, manotazos y de la correa de su cintura que había logrado producir hasta un cura, sin la ayuda de más nadie sino de Dios, según él. Micaela había sido la hija de una maestra hasta que se quedó sin voz y la mandaron para su casa porque en esos tiempos no existían las jubilaciones, y de un buen hombre que tampoco pudo hacer mucho porque nunca pasó de ser un asistente del contador de un negocio de mercancía seca, hasta que él, como la mercancía, se murió seco desde que le cayó una tos que le consumió los pulmones.
Elías, el tercero de la media docena, había empezado a trabajar desde los doce años cuando apenas terminó el sexto grado, por lo que nunca pudo continuar sus estudios. Su primer oficio fue de mensajero en la misma tienda donde trabajaba el papá de Micaela, y lo único bueno que sacó de allí fue que la conoció porque ella iba a llevarle una vianda con el almuerzo de vez en cuando a su padre. Y desde que la conoció, se enamoró de ella, una muchacha espigada aunque tímida, de largas trenzas negras como sus ojos, y que se reía con timidez cuando lo miraba de reojo. Y su segundo oficio fue cuando su padre le sorprendió con la noticia que le había conseguido un trabajo, también de mensajero, en el Ministerio del Interior, en el Servicio de Identificación, un inmenso nido de burócratas que se encargaba, entre muchas cosas, de la expedición de los documentos de identidad nacional, mayormente de las cédulas y los pasaportes.
El cambio para Elías fue monumental, no sólo porque pasó a trabajar en “el gobierno”, fuente segura de una posición estable, sino que el tratamiento era totalmente distinto a trabajar en un negocio particular. Allí no había la rigurosidad para las horas de trabajo, o para el trabajo mismo, sino todo lo contrario, el trabajo en la administración pública era como una posición donde se iba a pasar el día con cierta cantidad de responsabilidades, y más nada. Pero con lo que Elías no contaba era que su padre no creía en ese tipo de comportamiento porque para él la responsabilidad en el trabajo era parte de la vida que se tenía que llevar en el trabajo y en la casa. De modo que Elías era el primero en llegar y el último en irse, el que más trabajaba y el que mejor hacía su trabajo, algo que llamó la atención a uno de sus superiores que pronto lo pasó a un puesto de atención al público en la sección de los pasaportes, y como un premio a lo que había sido su tesonero trabajo, allí descubrió que, no solamente existían los pasaportes sino que le abría la puerta a algo que a él le atraía de sobremanera: otros mundos. Por primera vez, Elías pudo ver con sus propios ojos que el mundo existía más allá de la ciudad donde él vivía, sino que hasta se extendía más allá del país donde él vivía, no porque él no supiera que había otros países en el mundo, sino porque a él siempre le había parecido que ese mundo estaba tan distante que para él no podía existir jamás.
Pronto aprendió a atender al público y a entregar y recibir planillas que las pasaba a otras personas en la oficina. De allí pasó a aprender qué era lo que se solicitaba en las planillas y cómo era el mecanismo para la entrega de pasaportes. Una de las cosas buenas que tenía esa oficina era que muy pocas personas llegaban a solicitar pasaportes, y otra, que esas personas por lo general eran muy educadas y con buenos modales, algo que Elías se esmeró en imitar sin mucho esfuerzo. Su diligencia también pagó pronto y su jefe lo ascendió de posición a entrevistador de los solicitantes, oficio que desempeñó a la perfección por la inmensa curiosidad que sentía por los viajes que los solicitantes se proponían realizar. Pero lo mejor de todo era que cada ascenso le traía un modesto aumento en el sueldo, y cuando él sintió que estaba ganando lo suficiente para hablar seriamente con Micaela, se armó de valor para esperarla a la salida de la escuela donde ya ella estaba trabajando como asistente de la maestra del primer grado para preguntarle si la podía acompañar a su casa. La respuesta fue contundente pero positiva: “sólo después que se lo pregunte a mi papá”, cosa que él dio inmediatamente como segura porque el viejo le tenía confianza y aprecio. Así, Elías y Micaela comenzaron a caminar juntos casi todas las tardes, hasta que el padre de ella cayó muerto en la calle y el mundo a ella y su mamá se les vino abajo.
No había duda que la falta económica del padre se hizo sentir con la velocidad del rayo cuando los míseros sueldos de ambas maestras no llegaron muy lejos, situación que le iluminó la cabeza a todo el mundo para ver que la solución era que Micaela se casara con Elías, también con la velocidad del rayo. Y así sucedió. En menos de tres meses se casaron y Elías se mudó a la casa de Micaela y su mamá, y el único arreglo que hicieron fue cambiar de habitación, pues hasta la cama matrimonial que ya había aguantado casi medio siglo, la prepararon dándole vuelta al colchón para que durara otro medio siglo. La suerte siguió acompañando a Micaela que fue ascendida a maestra del primer grado cuando la titular se retiró a los pocos meses. Así, la nueva vida del nuevo matrimonio empezó a transcurrir en la rutina que rodaría por muchísimos años más, saliendo a trabajar todos los días, de lunes a sábado por la mañana, y regresando todas las tardes a preparar la cena y a oír en la radio las noticias del día y las novelas que cada noche guardaban un episodio que atraía a todo el mundo. Los domingos iban a misa y regresaban a prepararse para las labores semanales. La única diversión era caminar a la salida de la misa por la calle donde estaban las principales tiendas de la ciudad para ver, desde afuera, la mercancía que ellos nunca podrían adquirir.
En el trabajo, Elías comenzó a descubrir que su pasión por saber de los sitios donde viajaban los solicitantes de pasaportes tenía que ser complementada con estudios de geografía, por lo que solicitó la ayuda de su esposa para que le diera los conceptos elementales de esa ciencia. Micaela empezó a darle clases todas las noches a Elías y éste como el más diligente de sus alumnos, las absorbía con mucho interés. Micaela se trajo prestado un libro de quinto grado que tenía una sección de geografía, y una vez que la terminaron trajo uno de sexto grado, que Elías devoró con pasión inusitada. Ante esa avidez de aprendizaje y el gusto que sentía Micaela de tener un alumno particular, ella compró un libro usado de secundaria, que Elías también consumió apasionadamente, y que ella también aprovechó para aumentar sus conocimientos. Y así ambos siguieron avanzando hasta que llegaron al final de la secundaria.
Cuando Elías descubrió que en la biblioteca pública había más y mejores libros, allá se fue a buscarlos. Trajo varios atlas, y cuando pudo se compró un globo terráqueo. Consiguió mapas, reunía recortes de los diarios y las revistas, y empezó a leer diariamente el periódico cuando se dio cuenta que podía hacer una conexión entre lo que sucedía y dónde sucedía. Oía las noticias internacionales y las anotaba en un cuaderno, luego las leía en el periódico y las comparaba, de modo que hacía todo un seguimiento geográfico de dónde y cómo habían sucedido los acontecimientos. Y todo esto se lo explicaba con detalles a Micaela quien ahora se había convertido en la alumna de Elías. Esta inversión de papeles nunca se supo si era debido a un interés genuino o forzado de parte de Micaela, pues ella con santa paciencia lo escuchaba y le hacía más preguntas que él contestaba apoyándose en los mapas que tenía a la mano.
Lo que empezó como un pasatiempos se convirtió en una diversión que ambos compartían los fines de semana. Mientras Micaela cocinaba, Elías se paraba detrás de ella con el periódico en la mano leyéndole una noticia. Luego pasaba a relacionarla con el sitio donde había ocurrido, comenzando por el país, y particularizando luego lo más que pudiera sobre el punto específico de la ocurrencia.
También sucedió que algunos de las personas a quienes él había atendido en la oficina de pasaportes le enviaban postales de sus viajes, y Elías empezó a coleccionarlas pegándolas con alfileres en una de las paredes del comedor, y como luego se dio cuenta que hacían un bello adorno alrededor del cuadro de la Última Cena, disimuladamente le solicitaba a su clientela que le enviaran una postal a su casa, cosa que le produjo, poco a poco, varios centenares de ellas.
No bastándole a Elías con todo lo que hacía, empezó a llevar una especie de diario de las postales y sus características geográficas: de dónde venían y cómo era ese país, sus montañas, sus ríos, sus ciudades, su clima, y hasta su gente. Todo eso le pagaba positivamente a él de cierta forma en su trabajo pues cada vez aumentaba más su repertorio con los solicitantes de pasaportes. Ya no sólo les preguntaba las preguntas de rigor sino que les hacía comentarios y hasta recomendaciones sobre los sitios donde ellos indicaban que iban a viajar.
Les recomendaba sitios para que los visitaran, la ropa que debían llevar por razón del clima que estaba haciendo, o inversamente, qué sitios no visitar porque no valían la pena, eran muy lejos, o porque había otros mejores. Por supuesto que no todo el mundo le hacía caso, pero otros sí, y muchos cuando regresaron fueron a darle las gracias a él y a su jefe, quien no sabía que Elías había tomado tan en serio su oficio, al punto que una vez le dijo que más parecía una agencia de viajes que una oficina del gobierno, pero Elías no supo si era un cumplido, una burla o una advertencia. Pero siguió haciéndolo y las postales seguían aumentando también.
Cuando se le acabó al espacio de las paredes del comedor, pasó a la habitación de la suegra que ya había pasado a mejor vida. Las paredes se seguían tapizando de postales de varios tamaños y Elías pasaba horas arreglándolas de acuerdo al tamaño, los países de procedencia, los colores, en fin, según distintos tipos de organización que él cambiaba constantemente cuando inventaba que la anterior no llenaba los requisitos que él quería que tuvieran, y que según Micaela, ni él mismo sabía cuál debía ser la mejor.
Cuando alguien los visitaba, Elías les llevaba pacientemente, casi de la mano, a que vieran su exposición a la que él llamaba su museo del mundo, donde él encerraba más de dos mil cartulinas desplegadas en varias paredes. Micaela varias veces trajo a sus alumnos del cuarto grado para complementarles su sección de geografía mundial, como se llamaba la materia que ella impartía con la ayuda de las postales de su marido, el cual ya era conocido “extra muros”, como él mismo le decía, después que se aprendió el término leyendo una noticia sobre el Papa Pío XII hablando desde el Vaticano.
A los visitantes les explicaba con más o menos detalles según la edad e interés que le mostraran. Empezaba haciendo una referencia general al lugar y lo iba detallando según notara que la audiencia le solicitara más información, o en su defecto, le empezara a preguntar por las estampillas, a manosear las postales o simplemente a preocuparse por la pintura de la pared. Entonces cambiaba el tema y los llevaba de vuelta a la sala y solo les ofrecía agua.
Micaela le decía a Elías, y no era mentira, que él vivía en otro país en vez del suyo porque había llegado a despegarse tanto de lo que le rodeaba que no le ponía atención ni a la casa. No solamente era una queja por descuidar a la casa sino una preocupación al ver que no tenía en interés en lo que pasaba a su alrededor. Podía ser una tragedia natural, o un accidente, un hecho criminal o de diversión, para Elías nada de ello le distraía de su tarea de reunir, catalogar, seleccionar, pegar en la pared y hacer un estudio sobre el país y la zona de donde le habían enviado la postal. Algunas estaban ya tan viejas que se habían enrollado de tal forma que no se podían ver, entonces empezó a reemplazarlas por las más nuevas, lo que requería un total reacomodo de toda una sección. O simplemente reponer una obsoleta, o que tenía una vista mejor desde otro ángulo, o era más detallada, o los colores más vivos, o cualquier cambio que él creyera que ameritaba cambiarla, y por consiguiente, reorganizar la pared. En otras palabras, tenía trabajo para rato porque era interminable.
No se sabía si Micaela lo criticaba porque ella no se sabía distraer o si sus trabajos no la dejaban distraerse porque, como ella decía, alguien tenía que hacerse cargo de la casa, y ella era la única que podía hacerlo. Elías, en cambio, sólo vivía para sus postales.
Sucedió que un día, al despertarse y antes de salirse de la cama cuando ella le preguntó que cómo estaba, él le respondió que muy bien, aunque cansado. ¿Cansado?, dijo ella, ¿y de qué si pasaste como ocho horas acostado? Y allí fue cuando Elías le reveló la segunda etapa de su vida: que había estado viajando.
¿Cómo que viajando, cuándo, a dónde?, le preguntó preocupada Micaela porque no podía entender la respuesta de alguien a quien no perdía de vista nunca, a excepción de cuando estaba en el trabajo y ella sabía que él no faltaba nunca.
Y Elías con una sinceridad muy suya le contestó, en Grecia.
Más curiosa se tornó Micaela. ¿Cómo que en Grecia, cuál Grecia?
¿Cuál va a ser, si sólo hay una?, le respondió calmadamente Elías. Anoche estuve en Grecia y eso es todo. No se sentía que hubiera duda en lo que decía salvo que la respuesta obviamente no era racional. Y continuó: Anoche estuve en Atenas y fui al Partenón. No te imaginas cómo quería estar allí, caminar entre sus ruinas, sus capiteles destrozados, y desde su ágora ver a la ciudad de Atenas, maravillosa, imponente, desde allí uno se imagina a la cuna de la civilización occidental, uno se imagina ver a Platón, a Aristóteles, a toda esa gente que eran los filósofos. ¿Te imaginas, Micaela, qué es estar allí para poder tocar una columna que la hicieron hace miles de años por esa gente que tanto sabían? Mira, le dijo, uno se queda estupefacto. No hay como estar allí. Elías detallaba con la exactitud de alguien que hubiera estado en el sitio. Podía describir el tamaño, lo ancho y lo largo de un lugar; no sólo los alrededores y lo de allí se veía sino a la gente que estaba allí, a otros turistas como él, porque él se decía que había ido como un turista, y además visitado a los alrededores, y hasta qué había comido. No te lo imaginas, Micaela, porque hay que haber estado ahí, le sentenció.
Y con la misma se dejó caer otra vez en la almohada pero esta vez con los ojos abiertos como viendo en su mente lo que había visto con los ojos unos momentos atrás.
Micaela empezó a levantarse con calma, lo miró desde el otro lado de la calma y con mucha calma le preguntó con tono de reclamo, ¿y no fuiste para llevarme sino que te fuiste solo?
Y lo único que a Elías se le ocurrió contestar fue sí. Pero inmediatamente se le ocurrió salir del aprieto diciéndole que la siguiente vez, o sea para esa misma noche, la iba a llevar con él, aunque después que le enseñara cómo lo hacía él. Y así quedaron fijados para después de la cena.
Esa noche, después que Micaela había recogido y lavado los platos, arreglado la cocina y sacado al gato, le dijo que estaba lista para aprender a viajar con él a dónde él quisiera. Y así siguió la instrucción de Elías: le enseñó las postales y le dijo que se pusieran de acuerdo en el sitio, y buscaron por un rato a dónde podían ir. Busca, le insistió, donde quieras ir, y allá nos vamos, así de simple. Y Micaela empezó a buscar entre las cartulinas.
Pensó en los lugares más exóticos del mundo: en Capri, en la Costa Azul y en la Riviera Francesa; en sitios más específicos como París, Londres, Estambul y Roma. Mira, le decía Elías enseñándole una cartulina de la Ciudad Eterna, ¡el Vaticano!, a ti te gustaría ver a la basílica de San Pedro, inmensa, parece más grande por dentro que por fuera, esas estatuas, y miraba a los lados apuntándolas con las manos como si las estuviera viendo a escasos metros suyos, son igualitas a las fotos. Y ella miraba pero no las veía. O a la Torre Eiffel, en París, y miraba hacia el techo traspasando con su mirada hasta llegar a la altura de la torre desde donde, según él, había visto a sus pies a la Ciudad Luz. O si quieres, vamos a Grecia, a mí no me importa volver a Atenas esta noche, total, allá es de día cuando aquí es de noche y yo te enseñaría todas esas cosas aunque ya las haya visto, dijo en un acto de desprendimiento por su esposa.
Micaela empezó a mirar las cartulinas porque no podía ver a través de las descripciones de su esposo lo que ella se había perdido por no viajar con él, y volvió hacia su más importante pregunta, ¿pero cómo vamos a ir?
Toma una postal, le dijo enseñándole la inmensidad de postales que había en las paredes, y con eso es suficiente. ¡Anda!, le repitió, toma una. Y Micaela empezó a verlas tan ávidamente como un niño que mira en una dulcería. Se empezó a pasear de izquierda a derecha, primero, y luego de derecha a izquierda. Cuando hubo terminado con una pared, siguió con otra, y luego con otra y otra. Mientras más miraba, más quería seguir viendo porque las cartulinas parecían aumentar más y más. De Pakistán, de la India, de Hong Kong, de Australia, de la Avenida 5 de mayo en Buenos Aires, de la Plaza Bolívar de Caracas, del Capitolio de La Habana, del edificio Empire State en Nueva York, del Palacio de Bukingham, una vista aérea de Manhattan, del Palacio de Chapultepec, de las pirámides de Egipto, de las playas de Hawai, del Queen Elizabeth, del Andrea Doria, del América, del aeropuerto de Madrid, de un tren en el Perú que sube hasta las ruinas del Macchu Pichu, y todavía le faltaban varios cientos de hileras que se perdían en la oscuridad de otras habitaciones, a lo que Micaela tuvo que rendirse y decirle que no sabía, que no podía, que estaba extenuada y que escogiera él.
Pero eres tú quien debe decidir, insistió Elías, porque es tu viaje. No, respondió tajantemente Micaela. ¡Decide tú!
Entonces, le dijo Elías, cierra los ojos y toca una, y esa es. Alá nos vamos, o no vamos a salir nunca.
Micaela cerró los ojos y dio varias vueltas como si fuera una piñata y de pronto se detuvo y le dijo, poniendo el dedo en la pared, ¡esta!, y abrió los ojos.
Elías se acercó rápidamente y la vio. Escogiste bien, de dijo asertivamente, te salió el Lago Titicaca, en Bolivia. Eso es muy bonito allá en el altiplano. Seguidamente la haló de la pared y se la llevó consigo. Vámonos a la cama, le ordenó, y se fueron a la cama. Una vez en la cama tomó la cartulina con la punta de los dedos y la colocó entre ambos y le dijo a su compañera de viaje, tómala por ese lado y te duermes, y no la sueltes, o te devuelves como un cohete.
Ante esa severa advertencia, Micaela tomó la punta de la cartulina y se aferró tanto a ella como a un salvavidas, y le dijo, ¡listo!, y cerró los ojos. Al poco tiempo, nadie fue testigo de los ronquidos de los cuerpos de ambos mientras sus almas viajaban por el altiplano.
A la mañana siguiente lo primero que hizo Elías al abrir los ojos fue mirar a su mujer que lo estaba mirando desde su lado de la cama. Y, ¿cómo te pareció?, le espetó Elías a su compañera de viaje.
Muy bien. Maravilloso. Yo no me imaginaba que eso era tan fácil y tan bueno. Eso es maravilloso. Todo era tan bonito, tal claro, tan bello. Tenemos que volver, le dijo ella maravillada por la experiencia.
La respuesta no se hizo esperar: ¡Sí!, le dijo él, ¡por supuesto, iremos donde tú quieras! Esta noche escojo yo, porque tú tardas mucho. Ella le contestó afirmativamente y le añadió que no estaba cansada sino todo lo contrario, con ánimos para regresar o ir a donde fuera.
Esa noche Elías escogió la cartulina pero haciendo una pirueta parecida a la que había hecho Micaela hasta poner su dedo en la pared sobre una cartulina.
¿Qué nos salió?, preguntó entusiasmada Micaela.
Barcelona, contestó con poco entusiasmo Daniel.
¿Y qué pasa con Barcelona, es que no es bonita?, inquirió Micaela acercándose para ver una panorámica de la iglesia de la Trinidad.
Es que no me gusta tanto visitar iglesias. Es muy bonita, pero con una vez que haya ido, es suficiente.
Pero yo no la he visto, dijo Micaela con tono de insatisfacción. ¡No es justo!
Sí es verdad, tienes razón, porque yo ya la haya visto no quiere decir que tú no la vayas a ver.
Y hablando de todo un poco, dijo Micaela acercándosele con recelo compara oír mejor la respuesta que iba a hacerle, ¿desde cuándo andas viajando tú por ahí?
Daniel se esperaba esa pregunta porque sabía que algún día lo iban a descubrir o él, voluntariamente se lo iba a decir a Micaela, entonces se lo dijo con mucha calma, desde hace varios años.
¿Cómo, varios años, y no te habías molestado en decirme nada, egoísta?, fue el comentario de Micaela.
Pero bueno, le explicó Elías, y ¿entonces por qué creías que yo guardaba tantas postales, porque estaba loco?
Bueno, no, dijo Micaela titubeante, porque te atraían, te gustaba la geografía, aprendías, te divertías, después de todo era una pasatiempo tan barato, ya que no podemos ir a ninguna parte por lo menos podías ver a todas partes…
Precisamente, le martilló Elías, porque somos prisioneros de esta situación, de esta casa, de esta ciudad, porque no podemos ni llegarnos a la alcabala porque no tenemos ni para andar en autobús, porque el mundo es más que esto, y porque aunque un sitio sea feo me gustaría visitarlo para yo comprobar si es feo, pero no porque lo lea en un libro, o en el periódico o lo vea en una postal. Porque puedo viajar a donde me dé la gana, y por eso viajo todas las noches desde hace muchos años y tenía miedo que no te gustara porque siempre he creído que me has reprochado que pegue estas postales en la pared, y sé que parezco un loco para muchos y no sé si parecía un loco para ti. No sabía cómo decírtelo, porque entonces sí ibas a creer que estaba loco de remate, pero no, yo viajo y tú viajaste, y ahora lo menos que puedes hacer es viajar también, conmigo o sola, como quieras. Sólo que tienes que tener cuidado porque algunos sitios son caros, o peligrosos, o es de noche cuando uno llega. Es más, he conocido a gente por allá y son gente buena. En fin, he aprendido que hay muchos sitios pero donde quiera la gente es igual. ¿Qué más quieres que te diga?
Micaela lo miraba y no creía lo que acababa de escuchar. Ahora sabía el secreto del interés de las postales de su marido. Pensó en lo que él había conocido, visto, disfrutado, porque él le dijo lo que había comido, por donde había paseado, y ella se dio cuenta de lo que él había aprendido y sin ir a la escuela. Entonces se le acercó, lo tomó por los hombros y le dio un beso en la boca y le dijo, ven, vámonos, que se nos hace tarde, y corrieron hacia la cama.
Así continuaron las noches, paseándose por distintos lugares, unas veces juntos y otras por separado, porque a Elías no le gustaba mucho eso de visitar museos e iglesias, y en la mañana se hacían comentarios de lo que habían visto. Se divertían, se reían, se asombraban, se desilusionaban, y pasaban buenos ratos.
Para no repetir, Elías sugirió que fueran apartando las postales de los sitios visitados y las pusieran en un cajón aparte, y de esa forma harían viajes más interesantes. Así empezaron a dejar las paredes desnudas y entre otras cosas descubrieron que hacía años que no las habían visto y ahora la casa se veía más grande y más clara, tal vez como un sitio más acogedor, y sintieron nostalgia por su casa y empezaron a posponer los viajes porque ya estaban cansados de tanto viajar. La verdad era que ya estaban tan viejos que con poco se cansaban a pesar de que ahora, ya jubilados de sus cargos, les sobraba tiempo.
No había lugar donde no habían estado: desde el círculo polar ártico hasta el antártico, en el corazón del África salvaje y en las grandes ciudades del mundo. Habían visto a todos los museos, a todas las iglesias, a todos los monumentos hechos por el hombre y por la naturaleza, a las siete maravillas, desde la muralla china hasta la represa de Asuán, desde las cataratas del Niágara hasta el desierto de Atacama; desde la Plaza Roja hasta Guatemala Antigua pasando por las playas de Ipanema y las Ramblas de Barcelona. Todo. Absolutamente todo. Ya no tenían más nada qué ver.
Una mañana Micaela se despertó antes que Elías y se fue a preparar el café del desayuno. Cuando volvió con una taza para él, todavía estaba dormido. Lo esperó un rato. Lo esperó más todavía y no se despertó. Elías no se despertó más.
En el velorio de Elías, cuando ya estaban saliendo para el cementerio una amiga se le acercó a Micaela y le preguntó que qué iba a hacer de ahora en adelante, y ella le contestó, pues nada, no pienso hacer nada porque con tantos cuentos que le oí a Elías de sus viajes imaginarios hasta yo misma llegué a creer que yo viajaba con él, y ya no tengo más que ver en este mundo porque creo que ya lo vi todo. Pobre Elías, en su vejez se sentaba a ver las postales que le habían mandado y se dormía, y después creía que él había estado allí. Yo nunca lo quise sacar de ese mundo, ¿para qué, si él estaba feliz allí?
Bueno, le contestó la amiga, ahora tendrá todo el tiempo del mundo para seguir viajando. ¿No es verdad?
Será, le dijo Micaela. Ahora podrá viajar de verdad.
Varios días después del novenario Micaela contestó la puerta y el cartero le entregó una postal. Ella la vio y luego la volteó para ver de dónde venía. La postal decía, Hola Elías, te extrañamos mucho. Desde Amalfi, Leonora.
¿Leonora?, se preguntó Micaela. ¿Quién será esa Leonora, en Amalfi? Pero nadie le contestó.
Foto por Adam Hoyle, Flickr

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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