¡Siguiente!, dijo una voz ronca y profunda que retumbó desde la puerta que conducía a la otra habitación. No se veía nada del otro lado, a pesar de haber estado abierta porque allí había una penumbra demasiado oscura, algo como lo que nadie había visto antes, y a donde la gente que entraba, no regresaba. Tampoco se oían ruidos de ninguna especie. Toda esa habitación era un misterio, pero de este lado, a pesar de estar llena de gente, la habitación también era un misterio, y casi al igual que aquélla, oscura y silente: llena de gente, pero silente. Había niños, pero no lloraban, ni corrían, ni se movían; permanecían quietos como si no quisieran moverse o  no los dejaran moverse.

Había hombres y mujeres de todas las edades: muy jóvenes, jóvenes, no tan jóvenes, hasta ancianos. Blancos, negros, morenos, altos y bajos; gordos y delgados. Todos revueltos: de pie, sentados en el piso, en sillas, dormidos sobre el piso, tirados en los rincones, pero había que caminar muy cerca de ellos para verlos porque allí también la luz era tan tenue que apenas dejaba ver los ojos y los dientes cuando abrían la boca para bostezar, porque nadie hablaba, ni se quejaba. Parecían indiferentes, perplejos, ni siquiera asustados, tal vez confundidos, o simplemente aburridos, pero sin hablar. Eso era lo que más llamaba la atención: sin hablar. Hacia la otra habitación volteó Melquíades y de alguna forma supo que la orden había sido para él y empezó a apartar a la gente para llegarse hasta allá, y empezó a caminar entre la muchedumbre. Algunos lo veían, otros no. Algunos le tendían la mano para tocarlo, lo miraban con extrañeza como si quisieran encontrar en él a un conocido, pero tal vez como a ellos, Melquíades no había encontrado a nadie conocido, ni siquiera a alguien que se pareciera a alguien que hubiera visto desde lejos en alguna parte. En esa marejada humana no había nadie ni a quien él conociera ni que lo conociera a él; en otras palabras, estaba solo, inmensamente solo, sabía que estaba solo y se sentía solo, sin saber ni dónde estaba ni cómo había llegado allí.

Había tratado de recordar desde cuándo estaba allí, pero no podía. No podía establecer un punto de referencia en el tiempo, ni siquiera para sentir hambre o sueño, porque no había sentido nada de las necesidades fisiológicas más básicas. No estaba cansado, pero tampoco estaba con ánimos para nada. No sentía nada especial, ni miedo, ni angustia, ni alegría, ni tenía un sentimiento de esperanza de salir de allí porque no sabía ni cuándo había llegado, ni dónde estaba, y por consiguiente, para qué estaba allí, ni para dónde iba. Lo único que había sentido desde que se había dado cuenta que estaba allí era la voz que había llamado a un siguiente y sin saber por qué ni cómo, había sentido que era él, y sin dudarlo, empezó a caminar hacia donde estaba aquel hombre alto, vestido con una bata oscura, o tal vez con una sotana, como un monje franciscano, solamente con una cuerda atada a la cintura y con la cabeza tapada, de modo que la cara se la oscurecía como para que no le reconocieran ni le vieran las facciones. Cuando Melquíades llegó a la puerta y se le paró a un lado pudo ver que era algo más alto que él, aunque Melquíades muy bien sabía que él no era muy alto, y que a su edad más parecía que hubiera rebajado la estatura por el engrandecimiento de la barriga que le salía como una gran bolsa caída sobre los pantalones. Melquíades no pudo contener la curiosidad ante el ser que parecía ser el portero y trató de verle la cara, pero no consiguió su propósito el cual le fue interpuesto con una nueva orden: ¡sigue!

Con una precaución felina Melquíades adelantó un par de pasos y miró a su alrededor, pero no vio mucho. De nuevo la voz le indicó lo mismo: ¡sigue!, y Melquíades retomó la marcha sin saber hacia dónde tenía que ir porque poco podía ver un par de pasos delante de él. Sin embargo, en la medida que caminaba iba viendo, al principio que no había nada y luego un lugar donde había otras personas trabajando en lo que podía ser una oficina para algo. El conductor se paró entre una gran mesa con sillas y Melquíades, y hablando en el mismo tono anterior le dijo que se identificara. Melquíades pensó un instante y sin titubear dijo Pedro Melquíades Toro.

¿Eso es todo?, le dijo el encapuchado, y Melquíades le asintió con la cabeza. ¿Cómo te llaman?, le volvió a preguntar el encapuchado, y Melquíades le respondió, Melquíades, y mis amigos me dicen Mel, en mi casa me dicen Mel. El encapuchado le respondió tajantemente, entonces serás Melquíades aquí.

¿Aquí?, ¿cómo que aquí, qué es esto? le inquirió Melquíades al encapuchado.

¡Aquí no se hacen preguntas; se contestan! Fue la seca respuesta del encapuchado, y volteándose le dirigió la cara hacia los personajes que estaban atentos a sus órdenes. Levantó la mano y les indicó que buscaran el expediente de Pedro Melquíades Toro.

Inmediatamente los empleados desaparecieron y al cabo de varios minutos uno de ellos le habló al encapuchado en un tono nervioso diciéndole que no lo conseguían.

¿Cómo?, dijo el encapuchado descomponiendo la compostura que había mantenido hasta ese momento. ¿Cómo que no lo consiguen, qué clase de respuesta es esa que nunca había escuchado?, dijo el encapuchado abalanzándose sobre sus subordinados que le abrieron el paso cuando se fue hacia la penumbra, y todos detrás de él, dejando a Melquíades solo en la sala.

En su soledad Melquíades empezó a tratar de ver qué era esa sala, pero no pudo ver nada que no fuera la silla donde se había sentado y la mesa vacía que tenía al frente. Al igual que la antesala donde estaba la multitud, no había más ruidos que los que hacía su corazón, ni más movimientos que los de su cuerpo, ni más luz que el leve reflejo de lo que tenía a su alrededor, ni más personas, es decir, estaba totalmente solo. Pero no por mucho tiempo porque el encapuchado regresó con el mismo impulso con el que había salido y tomando una aspiración seguida por una exhalación le reveló con lo que parecía una claudicación: es cierto, tú no estás en ninguna lista, y con la misma tomó la voz cavernosa y la tornó en inquisitiva: ¿cómo es que tú estás aquí?

Melquíades entonces sintió por primera vez una sensación de algo, de curiosidad, casi de amedrentamiento como el niño que es conseguido robando una galleta de la alacena y le devolvió una pregunta a su interrogador: ¿Cómo que qué hago yo aquí, si ni siquiera sé dónde estoy?

¡No hay preguntas!, ordenó de nuevo el encapuchado.

Entonces no habrá respuestas, le retrucó Melquíades. Tampoco sé entonces para qué pregunta si no quiere que le contesten. Es una cuestión de educación y racionalidad, que si a uno le pregunten, conteste, más aún si aquí, ni usted sabe ni quién soy yo ni yo sé quién es usted. Lo único que falta es que me diga que usted tampoco sabe qué hace usted aquí.

¡Silencio!, ordenó nuevamente el encapuchado. Contesta cuando se te haya dado permiso.

Será, dijo Melquíades, y se dejó descansar en la silla.

¿Cómo es que estás aquí si no estás en la lista? Es imposible que alguien llegue aquí si no está en la lista. Debe haber un error, tal vez una confusión, tal vez hay otro Melquíades Toro que se quedó allá en vez de venir acá. El encapuchado empezó a hablar en un tono que no se sabía si preguntaba, conversando o pensando en voz alta, y Melquíades no sabía qué hacer pues no sabía si le había preguntado algo o no, ni si tenía permiso para responderle, pero lo hizo en un tono bajo, también como si no le respondiera a él sino como si pensara en voz alta: no sé, pero culpa mía, no es. Ni sé dónde estoy ni qué hago aquí.

¿Qué no sabes?, le increpó el encapuchado bajando la cabeza para mirarlo, y fue cuando Melquíades le vio un cierto brillo en los ojos.

No, no sé, y qué quiere que le diga, si aquí nadie habla, ni hay ruidos, ni un letrero, ni nada. Aquí no hay nada a pesar de que hay un mar de gente, pero nadie habla ni se mueve, ni lloran ni se ríen, ni los niños se quejan, ni las mujeres, ni los ancianos tampoco, ni dicen que tienen hambre, ni dicen que están cansados, ni que tienen frío, ni van al baño, nada, es como si… si…

¿Qué?, ¿si qué…? , le dijo el encapuchado atento y bajando la cara a la altura de la de Melquíades curioso por oír la respuesta que Melquíades le iba a decir pero que tal vez tenía miedo de decirla y entonces se la puso en su boca, ¿estuvieran muertos?, le dijo en un golpe de voz.

¡Sí!, le dijo Melquíades respondiendo con una rapidez y una candidez pueriles que consiguió en su boca sin pensarlo mucho. Entonces, tomando un impulso de dónde no sabía que le salía porque no había sentido nada hasta ese momento, le dijo mirando la cara del encapuchado que era tan oscura que sólo enseñaba la luz de sus ojos y le habló con mucha seguridad, sí muertos, ¡parece que estuvieran muertos!, y se dejó desplomar en la silla como para descansar después del inusitado esfuerzo.

No es como si estuvieran muertos, dijo el encapuchado con sorna, ellos están muertos, y estalló en una risa cavernosa que más parecía un desplante de lujuria en un ese sitio tan lúgubre que no podía permitirse un lujo de esa naturaleza. Y luego se incorporó, y dando la vuelta se alejó diciendo en un tono burlón, y no lo saben, para explotar de nuevo en un sin fin de carcajadas. Pero de pronto se volteó como si se hubiera acordado de la presencia de Melquíades y le preguntó, ¿y tú, tú qué sabes de por qué estás aquí?, y se le comenzó a acercar para oír la respuesta de Melquíades.

¿Yo, cómo que qué sé de qué?, le respondió Melquíades en una combinación entre altanería y desconcierto que el mismo encapuchado pareció no percibir.

Sí, tú, Melquíades Toro, ¿qué crees tú de todo esto, qué es esto, qué estás haciendo tú aquí si ni siquiera sabes lo que es?, y el encapuchado se recostó sobre la gran mesa como un ejecutivo que toma una posición de desafío ante un empleado, o un profesor ante un alumno.

Melquíades se levantó con calma y tomando una postura erguida frente al encapuchado le dijo con mucha calma, pues le repito que no sé qué es esto y por lo tanto no puedo saber qué hago aquí, pues ni sé cómo llegué aquí. Ahora, continuó Melquíades tomando una actitud de revancha ante el encapuchado, dándole la espalda, si me quiere decir que estoy muerto, tan muerto como aquéllos que están allá afuera, ni me extraña ni me importa, es más lo acepto.

¿Cómo que lo aceptas?, se irguió el encapuchado y le siguió los pasos a Melquíades para encontrar la respuesta.

Pues, que eso era lo que yo quería y se me concedió. Melquíades fue contundente.

La respuesta del encapuchado empezó a adquirir un tono explicativo: Pero es que casi nadie quiere estar aquí porque todos los que se mueren lo primero que dicen al llegar aquí es que no era su hora, y nosotros sólo aceptamos a los que están en la lista, y la lista no se equivoca porque esa hora no la disponemos nosotros sino que…

A lo que Melquíades lo interrumpió con una rápida mirada al encapuchado y con argumento contundente de, “pero se equivocó esta vez, ¿no es cierto?”

¿Cómo que se equivocó? ¿Quién dijo que se equivocó la lista?, preguntó el encapuchado.

¡Ustedes lo dijeron!, dijo altaneramente Melquíades.

¡Sí!, dijo el encapuchado claudicando el duelo, y retomó el argumento, “pero no durante mi turno”.

¿Turno?, preguntó Melquíades con suspicacia. ¿Entonces también eres empleado como los otros?

Aquí no hay empleados sino cargos, y el mío está más arriba, es decir, tiene más jerarquía porque tiene más responsabilidad.

¿Más jerarquía que cuál?, inquirió Melquíades.

Que la de ellos, los que trabajan aquí, dijo el encapuchado moviendo un brazo en la dirección de la mesa.

Pero alguien falló en alguna parte, pues ni siquiera estoy en la lista, ¿Cierto?, dijo Melquíades con fuerza.

Cierto. Lamentable, pero cierto, aceptó el encapuchado bajando el tono por primera vez. ¿Cómo sería que llegaste entonces?, se preguntó él mismo en voz alta.

Te voy a confesar, le dijo Melquíades con un tono conciliador y acercándosele para que oyera su secreto, que desde hace tiempo quería morirme y no sabía cómo.

¿Morirte?, preguntó con asombro el encapuchado, pero nadie quiere morirse. Siempre hemos creído que nadie quiere morirse. A veces tenemos que traernos por la fuerza a algunos porque no quieren venirse. Están aferrados a la vida, por cualquier razón, pero son pocos los que quieren morirse, genuinamente morirse, bueno, algunos ancianos, o desesperados, o locos, o qué se yo, no puedo imaginarme por qué. ¿Por qué querrías morirte tú? ¿Sufrías de algún mal de esos que he nombrado?

Bueno, dijo Melquíades con resignación, sufría del mal de la inconformidad. Tenía todo y no tenía nada. Como lo tenía todo creía que no podía tener más nada. Y como mi familia lo tenía todo, ya no me necesitaban porque creían que no necesitaban más nada. Poco a poco perdí las ganas de seguir viviendo porque creía que no tenía futuro porque cuando uno llega a la cima no le queda sino el descenso, y yo sólo podía descender, y creo que éste es el mayor descenso al cual uno puede llegar. Tal vez sí quería llegar hasta aquí.

Bueno, dijo el encapuchado con tono de aclaratoria, no es el último, todavía hay otro sitio dónde ir que es el último destino. Éste es así como un centro de distribución. Unos van para acá y otros para allá, dijo moviendo los brazos en direcciones opuestas.

¿Y qué hay para acá y para allá?, preguntó Melquíades remedando los movimientos de su interlocutor.

Eso depende de lo que tú creas hacia dónde debes seguir. Nosotros no juzgamos; solo disponemos de lo que la gente quiera hacer después que arreglamos los detalles, digamos burocráticos, de este departamento, algo así como la recepción, diría yo, dijo el encapuchado al sentarse en una silla que Melquíades no supo de dónde había salido.

¿Sí?, preguntó Melquíades con mucha curiosidad. ¿Entonces uno sigue para donde uno quiere ir?

Yo no diría que para donde alguien quiere ir sino para donde alguien tiene que ir, excepto que sólo ese alguien es el que sabe para dónde tiene que ir.

Yo creía que había algo así como un juicio, dijo Melquíades como esperando una aclaratoria.

El encapuchado captó el tono de la voz y le preguntó por qué se preocupaba si no había un juicio.

¿Porque uno es el más verdadero juez de sus actos?, le preguntó Melquíades, ayudando a la posible respuesta.

Aquí se encuentra la serenidad cuando se mira al pasado, le dijo el encapuchado con aire de superioridad y haciendo una seña hacia la posible amplitud y serenidad de los aposentos que tal vez se perdían en la eterna penumbra. Y continuó: aquí hay luz cuando uno se da cuenta que en la oscuridad se ven mejor las cosas porque se mira hacia adentro en vez de hacia fuera. Aquí solo se puede oír a la conciencia porque no hay distracciones. Aquí sólo se puede caminar hacia ninguna parte. Aquí no hay incomodidades ni distracciones. Aquí sólo hay tiempo para encontrar a la sinceridad interior, y hasta que no se encuentra, no se prosigue, porque hay que saber hacia dónde se va. Nosotros solo enseñamos el camino, dijo el encapuchado en tono magistral. Nosotros ni siquiera somos los guías. Ni damos consejos, ni oímos excusas, o súplicas porque no tenemos ni parcialidades ni sentimientos, ni podemos acusar, y por consiguiente, perdonar.

Entonces, ¿quiénes son ustedes?, preguntó Melquíades con más curiosidad que humildad.

Nosotros somos ángeles. Nuestro deber es trabajar en este mundo que está en la mente de la gente. Nosotros les ayudamos a proseguir en lo que ellos construyeron, aunque no sabemos más nada porque nuestro oficio no es saber. Tal vez para ti es irónico, pero es así.

¿Ángeles?, preguntó Melquíades con desconcierto.

Así es. Somos ángeles. Seres especiales, ni humanos ni divinos. No deliberamos sino que obedecemos y actuamos.

¿A quién?, preguntó Melquíades como un niño a su maestro.

No lo sabemos, fue la tajante respuesta del encapuchado.

¿Entonces, cómo vamos a arreglar eso de que no estoy en la lista y sí desearía estar aquí?, preguntó Melquíades al encapuchado que estaba mirando al suelo.

Pues nada, no sé, porque nunca había resuelto este problema. Ni puedes seguir ni puedes regresar. De aquí no hay regreso, pero si no estás aquí, tampoco tienes derecho a estar aquí. Pero te pregunto, ¿de verdad quieres seguir aquí después de haber visto todo esto o prefieres devolverte a esperar tu turno?

¿Turno?, preguntó Melquíades cuestionando la burocracia del sitio. ¿Cómo sé yo cuándo será mi turno?

Hasta los que se suicidan llegan cuando les toca, solo que ellos no lo saben, dijo el encapuchado, por eso no se les puede recomendar el suicidio que es la salida de los desesperados. Cada quien tiene un momento, sólo que al llegar aquí tiene que esperar su turno, pero como no hay apuro, el turno siempre llega. No es cuestión de tarde o temprano, sino que solamente llega.

Y entonces, ¿cómo voy a hacer para que llegue mi turno si ni siquiera sé cuándo es mi turno?, preguntó Melquíades.

Tu turno está al final de las tareas que tienes que hacer, sólo que tienes la opción de hacerlas bien o hacerlas mal. Esa es tu elección, y lo mejor del caso es que, salvo los mentalmente enfermos o los totalmente irracionales, que sí los hay, y muchos, todo el mundo sabe lo que hace. Y tú tienes que saber que todavía no habías terminado tus tareas porque algunas las habías hecho mal y sabías que tenías que remendarlas.

¿Remendarlas? ¿Mis tareas? ¿Cómo sabría cuáles tenía que remendar?, disparó Melquíades una andanada de preguntas al encapuchado.

Te repito, que salvo los irracionales, todos saben cuáles tareas hay que rehacer o remedar, ya que todas no se pueden rehacer pero sí remendar, y es obvio que tú no lo has hecho y por eso no puedes estar aquí ahora.

Así es. Entonces, dijo Melquíades con resignación, y retomando el entusiasmo preguntó: y entonces, ¿qué vamos a hacer conmigo ahora?

Tendrás que volver, dijo el encapuchado moviendo los brazos y la cabeza como si fuera una conclusión inevitable y hasta desconcertante. No sé cómo, pero tendrás que volver, dijo el encapuchado que con la misma se levantó de la silla y desapareció del lugar.

Melquíades se quedó solo y volvió a tomar la silla hasta que se cansó de esperar y se durmió. Al rato sintió que alguien le tocaba el hombro y lo llamaba, entonces abrió los ojos y una mujer que lo miraba le dijo, que pase, señor Melquíades, que es su turno.

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.