Estrella era una perra que, como su dueña, era obesa, de muy baja estatura y sola en el mundo. De linaje indefinidamente mixto por ser de mezcla de esto con aquello, era blanca con manchas marrones, o tal vez al revés. Vivía a la sombra de su ama que la quería como una hija, tal vez por no haber tenido ninguna. Comían juntas, Estrella a sus pies, compartiendo ambas los pucheros nuevos o recalentados, según estuviera la señora de ánimos para cocinar. Arriba de la mesa una, y debajo de la mesa, la otra. Gruñían al masticar, hacían ruidos desmesurados con la boca, todos de mal gusto, de abuso social y de sencilla falta de educación que a nadie le importaba porque ellas comían para ellas llenarse hasta la saciedad, solas porque no había más nadie cerca, y de allí se levantaban a meterse en la cama por un rato al mediodía, haciendo una corta siesta ambas en la cama, juntas, por supuesto, compartiendo la almohada, abrazadas, acompasadas en los ronquidos y otros ruidos que pasaban imperceptibles salvo a un canario que permanecía encarcelado desde la edad de piedra y que de viejo, ya ni cantaba ni se percataba de más nada a su alrededor. En la noche se acostaban temprano después que oían la novela de la radio, y se levantaban antes de que saliera el sol. Habían vivido siempre solas en medio de un silencio sepulcral porque nadie las visitaba socialmente, ni familiares ni vecinos, pero ambas eran felices, o mejor dicho, más felices que un matrimonio, decía la solterona, porque Estrella era la compañera perfecta: no pedía nada, no demandaba nada, no reclamaba nada, y como ella, tampoco tenía marido que la molestara; es más, de todo estaba agradecida, así que lo que existía entre ellas era un amor maternal correspondido, así como entre madre e hija. La mujer era cocinera y vivía de vender platos a una clientela cautiva que llegaba solamente a ordenar y retirar diferentes viandas, por lo que en esa casa lo que más sobraba era comida, que entre ambas se encargaban de borrarla del mapa.

Pero para Estrella no todo era comer y dormir, pues también tenía lo que su ama llamaba sus deberes, que consistían en cuidar la casa y vigilar, sobre todo a los gatos merodeadores y muertos de hambre que a veces bajaban del techo a ver qué encontraban en la cocina o el comedor. Tenía un oído finísimo que le permitía avisar desde que alguien apenas abría la reja del jardín que daba a la calle, algo imperceptible para el ser humano, no solo por la distancia sino porque los ruidos de la calle se sobreponían al de la reja, pero no para ella pues así estuviera envuelta en el más profundo sopor del mediodía, o la media tarde, brincaba como un resorte y dejando una estela de ladridos volaba más que corría hacia la puerta de la calle y enfurecidamente advertía a quien viniera, que para entrar tendrían que pasar sobre su cadáver. Estrella era como un timbre, decía su ufanada y maternal protectora que la subía hasta la altura del postigo que miraba al zaguán para que se asomara por el postigo y viera primero que ella y le comunicara, con más o menos ladridos, o un acompasado movimiento de su larga cola, si el visitante era conocido, o no. Estrella era entonces, todo un can Cerbero, guardiana de la casa y de lo más preciado que existía en ella: la más perfecta reputación de una señorita que nunca se había casado y que guardaba el honor de anticiparle a todo el mundo que cuando ella se muriera tendrían que enterrarla en un ataúd blanco que representara la virginidad que había conservado por más de sesenta y largos años, y los que faltaban, añadía. Y no solamente la de ella sino la de Estrella también, pues ambas permanecían como doncellas en un castillo cuidadas por el dragón de la eficiencia de su fiel compañera.

Un día por la radio se enteró que la edad de los perros no se contaba igual que la de los humanos, y que quince años caninos correspondían a una persona octogenaria, y eso, sencillamente quería decir que los años no pasaban en balde y empezó a notar que Estrella era ahora una anciana. Vio que estaba cada vez más gorda, que había empezado a perder la agilidad con la que volaba a carrerear a los gatos que cada vez más osados se atrevían a penetrar más adentro del recinto, o a las bandadas de pájaros intrusos que bajaban al patio a comer piedritas. También había notado que cada vez ladraba menos, sobre todo cuando los visitantes llegaban hasta la puerta sin haber sido anunciados, entonces la realidad se hizo presente y dolorosa: no los había oído. 

Ahora dormía más que antes y roncaba más fuerte que su competidora quien lo notó porque la despertaban los ronquidos acompañados de algunos aullidos que Estrella hacía en medio de su sueño. Ya no corría tanto cuando estaba dormida, algo que hacía antes, ni se despertaba de un salto como un militar; ahora sólo abría los ojos y subía la cabeza, y a veces hacía un par de ladridos sin levantarse, y fue cuando se dio cuenta que el refrán no se equivocaba: perro viejo ladra echado. Pobre Estrella, se dijo a ella misma para que no la oyera, se está poniendo vieja. Y entonces admitió que Estrella estaba irremediablemente vieja.

Pensó entonces en lo que le había recomendado una amiga compañera de la iglesia para aliviarle la soledad a Estrella: que había que traerle un compañero, un perrito, un infante, para que consiguiera alegrar los años de su retiro. Y le consiguió un cachorro que se pareciera a ella para que creyera que era familia suya, blanco con manchas marrones, o al revés, que les llenó la casa de alegría.

Dada la agilidad del cachorro para comer, correr y saltar de mueble en mueble y a la cama de ambas, le llamaron Cometa. Además, le explicó a Estrella, que el nombre del nuevo compañero hacía juego con el de ella, y así el firmamento de la casa brillaría una vez más. Y así fue. Estrella recobró su ánimo y se dedicó a entrenar al recién llegado con la abnegación de una abuela.

Pronto, el chiquitín aprendió a comer como ella, al pie de su dueña, a hacer los mismos ruidos, a carrerear a los gatos y a los pájaros intrusos, y sobre todo, a arremeter contra los visitantes inadvertidos que querían asomarse por el postigo de la puerta de la casa. Estrella se quedaba atrás, como una maestra, y Cometa, como una saeta veloz, antes de que llegaran a la puerta, ya había ladrado al menos una docena de veces.

La casa se llenó de alegría porque Cometa crecía y ladraba con más fuerza, aunque le costó un poco aprender a no orinar a los muebles, y lo premiaron diciendo que era el tomo aumentado y corregido de Estrella. Finalmente, Cometa llegó a su adultez alzando la pata para orinar en el patio, pero Estrella también llegó al umbral de su ancianidad, y un buen día, sin decir nada a nadie, se despidió de sus amigos en silencio. La encontraron en la cama dormida para siempre, con la nariz caliente y la lengua colgando por el cansancio de la vida.

Cometa no entendió lo que había sucedido y por eso la buscó durante varios días hasta que la mente le llegó a su límite y la pasó al olvido. Pero había aprendido de Estrella sus deberes: ladrar a los visitantes, espantar a los pájaros y los gatos, y cuidar a su ama, quien cada vez dormía con más profundidad y roncaba con más fuerza. Es mejor que un marido, decía su ama, porque no le pedía nada sino que solamente le daba amor. Lo único malo era que Cometa no sabía que la amaba.

Foto por Karina Holosko, CC BY-SA 4.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.