A Elizabeth, mi eterna compañera de viaje
Nuestro viaje se inició con el corto trayecto que había desde nuestra casa a la estación del autobús, pero para llegar al autobús había que caminar seis cuadras por una calle de tierra, que después de un aguacero invernal de varias horas no era nada fácil pues el barrial hacía que cualquier persona se hundiera fácilmente hasta los tobillos, si no era muy pesada, pero para cualquier adulto de cualquier tamaño, no digamos los gordos como mi tío Isaac, el lodo era como una báscula que marcaba inmediatamente el peso de la persona, por eso él se hundía a cada paso como un barco pesado en ese mar de lodo mucho más allá de los tobillos, pero como él usaba botas de cuero, su único esfuerzo consistía en halar la pierna llevándola casi hasta la altura de la cintura para iniciar el siguiente paso, lo que lo hacía parecer como un soldado prusiano marcando el paso, por supuesto, desacompasadamente y sin música ni tambor pero marcados por improperios. Pero para los hombres que nos llevaban las maletas y los baúles, la cosa era totalmente distinta, porque los pobres no tenían ni zapatos ni botas sino especies de zapatillas, y para no acabar con ellas preferían ir descalzos y hundirse tanto y hasta más que el tío Isaac. Solamente se oía el sonido que hacían al sacar las piernas del emplaste de barro, y como no se podía evitar salpicar a los que estuvieran cerca, los maldiciones y las advertencias que lanzaban los salpicados eran porque sus ropas quedaban marcadas de pintas marrones como si fueran los leopardos que conocíamos solamente en las láminas de colores que veíamos en las enciclopedias que nos explicaban las selvas tropicales y sus bellezas, no las verdaderas situaciones que nos iríamos a encontrar cuando llegáramos a nuestro destino, sea cual fuere, porque yo no tenía muy claro cuál sería, excepto que era en América, y solo eso me alimentaba el ánimo de aventura de este viaje. Nosotros, los niños, íbamos en palanquines como si fuéramos santos en procesión, excepto que sabíamos que no éramos santos porque nuestras orejas eran testigos de las advertencias, al igual que los brazos de los pellizcos por nuestras travesuras, es decir, el ritmo diario de la vida de vivir encerrados en las casas que apenas tenían un patio trasero, o la calle del frente, para jugar abiertamente a que éramos indios y vaqueros del lejano oeste en América, esa tierra que ya conocíamos gracias a las láminas de los pintores de esa parte del mundo hacia donde íbamos a ir llenos de ilusiones de ver a los indios y los búfalos, mientras que los grandes, llenos de temores por el gran cambio que tenían que ser muy grandes a juzgar por las lágrimas que habían estado derramado desde hacía semanas, que eran tantas como las leguas de distancia donde teníamos que ir. Pero nosotros, los niños, éramos los que menos podíamos hacer algo, ni siquiera opinar, sino oír y callar, y en la noche rezar para que ese viaje fuera bueno y bonito. ¿Qué más podíamos hacer? Más nada. Era obvio. Mejor dicho, nuestra tarea era tratar de conseguir lo mejor a cada paso que dábamos, y por eso esa mañana cuando vimos la calle totalmente hecha un mar de lodo, estático, y obviamente muy frío, supimos inmediatamente lo que costaría llegar a la estación donde estaba el autobús que nos llevaría hasta el tren y el tren hasta el puerto y del puerto hasta América, la tierra prometida, así escribía mi padre a mi madre y a mi tío que ya había llegado allá hacía tres meses. No teníamos miedo sino curiosidad. No sentíamos añoranzas sino expectativas. Creíamos que el nuevo país sería como las estampas de los libros así tuviéramos que cruzar a este mar de lodo primero, y ya lo estábamos haciendo, exitosamente, además, porque nosotros no nos habíamos ensuciado ni la punta de los zapatos y nos reíamos de todo lo que estaba a nuestro alrededor.
Finalmente llegamos a una calle empedrada y solo dos cuadras más allá estaba la estación y el autobús acomodando la carga, maletas y baúles en el techo, amarrándola, junto con jaulas de animales que alguien más llevaría para quién sabe cuál destino. Allí nos bajamos de nuestros palanquines y luego de que mi tío se lavara las botas, nos montamos en el autobús en estrechos y duros bancos de madera que se parecían a los de la escuela. Esperamos hasta que el conductor se subió y puso en marcha un ruidoso motor que apagó al cacareo de las gallinas que iban sobre nosotros. Pobrecitas, pensé, ojalá que no llueva. Y no llovió, pero con seguridad pasaron mucho frío.
Cruzamos el pueblo y seguimos por la carretera, tal vez una hora y media hora de camino hasta que llegamos a la estación donde tuvimos que esperar al tren que venía de Frankfurt, recuerdo, por un par de horas más, hasta que llegó pitando como de costumbre hacían los trenes para anunciarse. Pusieron los baúles en un vagón aparte y nosotros nos llevamos solo los bolsos con comida y algo de ropa. Mi tío nos había advertido que el viaje en tren sería muy bonito aunque largo, pues pasaríamos por Suiza hasta Italia, y bajaríamos hasta Génova para tomar un barco de vapor que nos llevaría a América. Esperaríamos con demasiada ansiedad el viaje en el barco ya que nunca habíamos estado en uno, y atravesar el Atlántico, que sería algo así como lo que sintieron los viajeros de siglos anteriores para ver al Nuevo Mundo, es decir, distinto al nuestro.
Pasamos muchas horas en el tren, comimos, dormimos, hablamos, jugamos, vimos los campos y las ciudades, atravesamos los Alpes y bajamos hasta Milán, y de allí a Génova para ver al mar por primera vez en mi vida: inmenso, no tenía fin, en el horizonte se ocultaba el sol, y no había nada en el horizonte sino agua, lo que indicaba que todo estaba muy lejos, ciertamente al otro lado del océano.
Nos instalamos tres días en un hotel donde solo comimos comida italiana, totalmente de sabores distintos y extraños porque nos sirvieron cosas que nunca habíamos visto ni probado, pero lo que más me llamó la atención fue el clima que era muchísimo más caliente que allá en Friburgo, a pesar de que era la misma época de invierno, y aunque me dieron diferentes explicaciones como que era porque estaba al lado del mar y muy lejos de los Alpes, ninguna me convenció, aunque las acepté porque era mejor que el de allá.
Cuando llegó el día de embarcarnos, confieso, que nunca había imaginado que un barco pudiera ser tan grande ni cómodo, porque tenía comedor, un salón de reuniones y hasta un salón de juegos al que nunca me dejaron entrar porque solo era para hombres que bebían, fumaban y apostaban, me dijo mi tío Isaac. El camarote era amplio para nosotros y hasta con un pequeño baño, de modo que el trayecto iba a ser como una vacación, creía yo.
De Génova fuimos a Francia y luego a España, pero lo más impresionante fue al cruzar a Gibraltar que vimos a África y Europa, al mismo tiempo a cada lado, y así le dijimos adiós a Europa rumbo al Nuevo Mundo. Pasamos unas islas españolas en el Atlántico y en esa medida que nos separábamos de Europa, el mar se ponía más obscuro y el viento más cálido. Varios días después llegamos a Puerto Rico. Allí hablaban español, me dijo el tío. El barco descargó y se reaprovisionó de agua y comida, y algunos pasajeros que también hablaban español. Luego entramos en el Mar Caribe y doblamos hacia el sur. Y allí fue cuando mi tío Isaac me dijo que íbamos a la América del Sur porque allí estaría nuestra nueva casa. ¿Por qué no en al norte?, le pregunté, y me respondió que era porque allí estaba mi padre y ya estaba establecido con una casa y un terreno para sembrar. No entendí pero no tenía qué más saber, así que me contenté con mirar al mar y sentir la brisa tibia que nos venteaba día, cuando el sol no terminaba de brillar, ni de noche, cuando en la cubierta podía ver a todas las estrellas del firmamento. Un día llovió y me dejé mojar porque la lluvia era tibia. Pensé que estaba en verano, y luego mi tío me dijo que allí en el sur hacía verano todo el año. Tampoco podía creer en un sito sin cambio de estaciones. Pero creí que me podría gustar.
Una semana después avistamos tierras. La tierra se veía verde y las montañas azules. Nunca las había visto así. Era raro el panorama, aunque en la medida que nos acercábamos y pudimos divisar las playas, estas eran como las que pintaban en los libros, llenas de palmas y con orillas de arena amarillas donde había gente bañándose. A media mañana llegamos al puerto y mi tío me dijo que habíamos llegado a Venezuela, nuestro destino.
¿Vene… qué? Le pregunté… ¿nuestro destino? Pero, ¿no veremos ni búfalos ni indios?
No en nuestro destino, me dijo, cuando me interrumpió y me enseñó a mi padre que nos hacía señas con el sombrero desde el muelle. Me convencí que este era nuestro destino entonces.
En el camino hacia nuestra casa, al pasar por la capital, mi padre me explicó que nuestra casa quedaba en un pueblo en la montaña donde el Gobierno le había regalado a los alemanes que quisieran venirse, y por eso muchos se habían venido, así como él, y ahora nosotros. Mi madre vendría después de vender la casa y se traería los muebles. Te gustará el sitio, me dijo, porque es en medio de una selva tropical, donde llueve mucho, es caliente de día y frío de noche, y tenemos toda la tierra del mundo para cultivar. Y todo eso es nuestro, dijo con alegría.
Le pregunté si había tigres. No sé, me contestó, pero hay muchas aves, hasta loros que hablan.
¿Hablan… como nosotros, con nosotros…?
Sí, pero en español… me dijo riéndose.
Creo que tendré que aprender español, le dije.
Creo que sí, y tu tío Isaac también, y tu madre y tus hermanos cuando vengan, y soltó una gran carcajada.
Mi tío Isaac me dijo en el oído, así se ríen los loros, y también soltó una gran carcajada.
Entonces yo también me reí porque estaba seguro que el viaje no había terminado aún. Solo comenzaba.
Foto por Jose Barrios, www.josebarriosstudio.com

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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