Todos los animales oyeron el estruendo. Primero sonó una gran explosión que invadió el silencio casi absoluto del mundo, luego se iluminó todo como si el Sol hubiera bajado a la Tierra, y luego esa luz empezó a expandirse con una velocidad que en un par de segundos invadió a todos los rincones al paso del temblor de la tierra que parecía que el piso iba a ceder: se acabaron las sombras, se empezaron a incendiar las copas de los árboles y en instantes la candela bajó hasta el suelo y corrió como si fuera el agua de un río desbordado, quemando todo lo que había en el piso y debajo de él, hasta las piedras, y con ella un calor que traspasó los cuerpos de todos los que se habían quedado mirando hipnotizados hacia aquella luz tan blanca que les cegó las pupilas. Pronto se convirtieron en estatuas de sal que un viento supercaliente empezó a esparcir sobre la tierra que se había calcinado, agrietándose y saliendo humo de donde antes había agua, y nadie vio más al cielo que se ennegreció como si fuera la medianoche que algún día cedería a un nuevo mundo de donde todo había quedado silente, en tinieblas, calcinado, sin testigos, por millones de años. En un segundo planetario había transcurrido vida, muerte y desolación del mundo, como por arte de magia.

El faraón hizo una señal con la mano y el maestro de ceremonias de la corte volteó la cabeza y miró al hombre que estaba parado a pocos metros más allá y le hizo un ademán con la mano para que se acercara hasta el centro del salón. Desde lo alto de su posición el faraón dominaba la escena: desnudo hasta la cintura y su tela rayada en la cabeza, solamente cubriendo el centro de su cuerpo, descalzo, sentado en un trono de alabastro, flanqueado por plumas de ibis pintadas de colores; dos leopardos adormitados a sus pies y muchos cestos de frutas, y desde su trono hasta la gran puerta del salón del trono, dos hileras de soldados sosteniendo cada uno una lanza con la punta de oro con la mano derecha, y en la izquierda, un escudo con una gran cobra negra sobre un fondo blanco, como la que el faraón llevaba en su corona, conteniendo a los cortesanos más distinguidos que apenas alcanzaban a mirar hacia el centro del salón que era tan amplio que podían caber varias docenas de personas más todos los adornos que allí había. De entre las altísimas columnas inscritas con jeroglíficos salió un hombre alto y no muy joven, de larga cabellera y barba blancas, con un cayado en su mano y con paso lento se dirigió hacia el centro del salón, y desde allí hasta el faraón hasta que un guardia le hizo un ademán con la lanza para indicarle que se detuviera. El hombre le hizo una reverencia al faraón-dios y le habló algo que los demás no entendieron si fue que escucharon, y se calló. El faraón desde lo alto de su inmenso trono de alabastro tomó una posición más erguida, se enderezó su corona con la mano y luego le hizo una seña para que continuara hablando. El hombre tiró el cayado al piso y éste empezó a moverse hasta convertirse en una enorme cobra negra que se irguió desplegando lo ancho de su cuello, a lo que el faraón se puso de pie y le gritó ¡fuera, vete ya!, y el hombre agarró a la serpiente por la cola que al momento se puso rígida y tan larga como toda su extensión, la levantó y haciendo una inclinación, dio media vuelta y volvió a salir con su cayado por donde había venido. Todos los curiosos se apartaron cuando el hombre salía entre la multitud y hablaron en voz baja, mientras el faraón se levantó de su trono y también desapareció detrás de él. Cuando el hombre salió del palacio, el sol lo cegó, pero él sabía el camino.

El titiritero se montó en una improvisada tarima que él mismo había puesto en el mercado y empezó a gritar para que su voz pudiera sobresalir entre la algarabía que hacían los vendedores, los clientes y los animales que estaban para la venta. Muchas personas, hombres, mujeres y niños, tanto comprando como vendiendo, o simplemente paseando, se daban cita en el mercado que se establecía alrededor de la plaza principal donde estaba la fuente de agua, la principal atracción del pueblo que apenas tendría un par de cientos de habitantes, como otros tantos de la comarca. El caluroso día del verano ayudaba a aumentar los pesares de los que tenían que pasar por la ardua tarea de ir o pasar por el mercado, atestado de personas y malos olores del agua empozada, revuelta con los excrementos y los desperdicios que todo el mundo tiraba al piso, tanto de los animales que habían sacrificado allí mismo como de los que esperaban su sentencia, el reguero de frutas podridas, destajos de legumbres, sangre, trozos de todo lo que había estado en las manos y en las mesas y en las bocas y que ahora todos pisaban convirtiéndose en atracción para las moscas que pululaban en suprema abundancia parándose en todo lo que existiera, presa de los movimientos incesantes para espantarlas con trapos y manos que se abanicaban sobre las caras, las piernas, sobre las cosas. Gente vestida de harapos, con la cabeza cubierta y zapatos hechos de pieles apenas curtidas; manos gastadas por el trabajo incesante de la tierra; rostros curtidos por el sol y el frío que habían vivido sus vidas, que caminaba con sacos en la espalda o guindando de sus manos; niños jugando agarrados de las faldas de sus madres o corriendo detrás de otros niños, tocando a las gallinas, o los cerdos, o las cabras que atisbaban desde su cárceles a los transeúntes, interrumpidos de pronto por el olor de flores que había en un sector donde traían todas las variedades de flores y yerbas de la temporada para hacerse los remedios de cataplasmas y bebedizos que podían espantar la plaga que aparecía y desaparecía con la misma rapidez, pero dejando estelas de muertos. Allí, en el mercado, el gran centro social del feudo, los gritos del titiritero atrajeron a la multitud entre la que sobresalían los niños que querían ver al encantador que hacía multiplicar los pañuelos de colores, desvanecer una moneda entre sus dedos y encontrarla detrás de la oreja de uno de los mirones, o sacar una paloma o un conejo vivos de una caja en la que todos habían visto que no había nada, tragarse un cuchillo y en días especiales, tragar candela. Era un prestidigitador que movía las manos más rápido que los ojos de los curiosos que se maravillaban ante lo que ellos no entendían cómo podía hacer para aparecer cosas de la nada, o desvanecerlas hacia el éter que nadie comprendía, hasta que un día tuvo la fatal idea de convertir una copa de agua en vino y el abate lo tildó de blasfemo y de pactar con el diablo, y tuvo que salir despavorido de la aldea dejando atrás a todos sus aparejos porque apenas tuvo tiempo de oír que alguien había dicho que los soldados le andaban buscando para asarlo vivo en la picota. En su rápida carrera a la salida del pueblo pudo ver un cadalso que había sido usado recientemente para quemar una bruja y espantar la plaga.

El Rey Sol llegó al Salón de los Espejos con su esposa y la multitud que acaparaba todo el recinto, de pared a pared, se inclinó para darle la bienvenida. Una venia que llegaba hasta la cintura, para los hombres que abanicaban el sombrero de ala ancha con plumas cortas, y una genuflexión con la cabeza agachada para las mujeres era lo apropiado, incluyendo a los señores con los títulos más altos del reino que estaban en la primera fila, todos de pie, pues nadie se sentaba, excepto los soberanos en sendos tronos dorados que estaban sobre un templete. El día perfecto para la función vespertina, con el salón acalorado por la presencia humana, solamente se dejaba sentir un murmullo muy bajo como si fuera el silbido profundo de un cigarrón que pasaba en la distancia. Todos se recuperaron de la venia y vieron a los soberanos sentados, él, desplegando su abundante cabellera negra, sus largas piernas con medias blancas y zapatos dorados, y con una bastón en la mano derecha, y ella con una flor en su mano izquierda, con un amplísimo sombrero lleno de pañuelos de seda de colores que daba la impresión que estuviera lleno de flores, al menos para los que estaban tan lejos que apenas si les distinguían las facciones empolvadas y las bocas pintadas de sus soberanos que desplegaban inmensos trajes blancos y dorados, brillando como si fueran soles que desafiaban con su resplandor a los espejos que ampliaban el salón. El soberano dio una indicación con su báculo y un hombrecillo delgado y bien vestido salió al frente de los soberanos trayendo una mesa donde tenía varios implementos con los que hizo una función que todos consideraron de magia, sacando palomas que volaron por el salón, halando infinidad de pañuelos de colores de un sombrero, trasegando agua de un vaso a otro para luego pasarla a una jarra transparente para que pudieran ver que era un vino tan rojo y tan bueno como el de Borgoña, verdad que fue expresada por uno de los nobles que después de hacerle una gran reverencia a los soberanos, tomó varios sorbos de la copa y lo declaró totalmente verdadero, a lo que la concurrencia hizo tronar el recinto con los aplausos que opacaron la risa del monarca que inclinó levemente la cabeza para aprobar la obra del actor que hacía varias reverencias seguidas hasta que continuó con otro acto y así sucesivamente hasta que llegó al final, por lo que el rey complacido le entregó un par de monedas de oro, con la esfinge del soberano, por supuesto.

El soldado estaba cansado, hambriento, sin dormir desde hacía días, hundido en su trinchera que había hecho su tumba esperando que un cañonazo o un disparo lo arrebatara de su miseria, en un abismo donde había perdido la noción del tiempo, de la humanidad y de la vida porque le rodeaba por igual la presencia de lo natural y lo sobrenatural, porque ya se había acostumbrado a vivir entre la vida y la muerte cuando de pronto se detuvo el tiroteo y se hizo un silencio sepulcral como el que no había oído desde antes de llegar al frente. Pasó un rato y luego se alargó el silencio. Le fue tan extraño que empezó a dudar que pudiera estar vivo porque sus sentidos habían dejado de percibir todos los ruidos de lo que tenía a su alrededor. No estaba acostumbrado a estar en silencio porque solo podía oír gritos, sollozos, ayes y gemidos. Entonces pensó que estaba muerto, que se había terminado de hundir en ese precipicio donde había estado tirado por varios días, rodeado de cadáveres, de fusiles ahora inservibles, de restos de tantas cosas que ya nada importaba de lo que fueran, cuando al rato de estar en un silencio sepulcral escuchó que alguien hablaba y pensó que solo era su imaginación que lo quería engañar, hasta que escuchó otras voces, y luego gritos, muchos gritos, y se tapó los oídos, cerró los ojos y empezó a llorar, y se escuchó a sí mismo sus sollozos, y se sintió las lágrimas corriendo por su cara, hasta que alguien lo tocó por la espalda, y aterrorizado volteó y vio a otro soldado que le dijo, se acabó la guerra. Entonces se empezó a reír, algo que se le había olvidado hacer desde hacía varios años, luego miró al sol y le pareció que brillaba.

La Plaza de San Pedro estaba totalmente abarrotada mirando al Pontífice que se distinguía por su estola roja sobre su blanca figura entre los purpurados que le rodeaban. La tarde estaba perfecta para la sesión cuando el Obispo de Roma, desde el balcón de su residencia que desplegaba el pendón de su escudo, la paloma sobre aguas turbulentas, escuchó el coro que cantó el Veni Creator Spiritu y al concluir, alzó los brazos al cielo que desplegó una inusitada luz en medio de la lúgubre luz del otoño para enseñarle a todos que el camino estaba despejado de la tierra al cielo, y todos los presentes y los ausentes, soldados de los ejércitos invisibles, se postraron de rodillas para rezar el rosario. El sol había brillado diferente ese día.

El niño se quedó maravillado al ver al aparato de radio que tenía una imagen de alguien que hablaba. En su imaginación, tan corta como su edad, creyó que era que un diminuto ser vivía dentro de la pantalla que le mostraba al mundo y algo que más tarde él mismo entendería como uno de los inventos más interesantes de la humanidad. Era una magia que envolvía a todas las edades, era un cine en la casa, era ver al mundo desde el sofá del recibo, era como ver un sueño hacerse realidad, con toda la realidad que podía verse en la pantalla grande donde los dinosaurios existían, los grandes ríos se desbordaban y arrasaban ciudades enteras, los volcanes explotaban lanzando fuego desde el centro de la tierra, los ángeles volaban y los animales hablaban. Todo era verdad, al punto que se podía creer en todo lo que uno quisiera creer, en todo lo que uno podía ver sentado en la propia casa. Por eso, cuando los astronautas llegaron a la Luna, muchos dijeron que era un truco tan bueno como el de los dinosaurios o los ángeles, o el simio que se trepó por el rascacielos y no se pudieron convencer que el ser humano había traspasado más que la barrera espacial a la barrera de la imaginación. Para ellos, todavía el mundo estaba lleno de magia, y para muchos, seguía siendo la ilusión su verdadera realidad.

FIN

Foto por NASA en The Commons – Perseid Meteor Shower, No restrictions, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.