Cuando la familia se sentaba a comer, era un grupo tan disímil como los pasajeros de un autobús urbano de esos que hacen paradas cada cinco cuadras. El padre, el jefe de la familia, se sentaba en la cabecera de la mesa de seis puestos. Aunque siempre de camisa de mangas largas y corbata por ser parte de su traje de faena, para que no se pareciera a una oficina donde todo el mundo debía estar haciendo algo, decía, se enrollaba las mangas y se subía los lentes hasta la frente para imponer un aire de formalidad con el resto de los comensales diciéndoles que así se comía en Europa.
Él había venido de Portugal después de haber tratado fortuna en Cabo Verde, y sus competidores decían que había dejado descendencia en la colonia, cosa que él negaba porque era irrelevante en el mundo de los negocios, especialmente como el suyo que era de importación de ciertos productos comestibles europeos, pero especialmente de la península ibérica como sardinas, aceites, aceitunas, vinos y quesos. El olor llegaba hasta la calle y eso detenía a los transeúntes, creía. El negocio lo mantenía trabajando hasta los sábados por la tarde, y los domingos se los pasaba en el Club Portugués, donde hacía las tres comidas mientras en su casa permanecían la esposa y los hijos, todos criollos que no entendían ni jota de portugués ni de su padre. Era como la distancia entre el mar y la montaña.
La madre, una criolla, se sentaba en la otra punta con la mirada baja apuntando a las viandas y más ausente que presente de cualquier conversación, cuando las había, escondida como un caracol que no muestra sino su estela de ausencia mental. La tía, a la derecha de su hermana, era una solterona que nunca hablaba porque estaba mentalmente ausente. Los tres hijos se repartían el resto de las sillas, excepto cuando a veces un amigo del colegio se quedaba a comer, y le arrimaban una silla. Esos también cabían en la mesa, pero pronto aprendían que nadie hablaba en la mesa, excepto el padre. Todos bajo el mismo techo del comedor con el techo de cañabrava habitado por las arañas, también silentes, de paredes pintadas con cal, desde el zócalo hasta arriba, y el piso cuadriculado de lozas verdes y amarillas que dibujaban patrones alargados que se tropezaban en las puertas. Y en la cocina, el servicio: la cocinera de toda la vida y otra mujer que pasaba las mismas hojas del mismo calendario de la cocinera, día tras día, encerradas como si fueran negras mozambiqueñas en la parte de atrás de la casa porque jamás salían de allí. Y de último, el patio, con perros, loros y gallinas. Esa familia, al igual que otras, se reunía a la hora de la comida para comer y comentar lo que les había sucedido en el día, y si bien hacían lo primero, no hacían lo segundo. Sólo se oían los cubiertos chocando contra los platos.
Cuando cenaba, el padre dejaba la radio encendida en la habitación contigua al comedor para que pareciera que había más gente, con un invitado que no cesaba de hablar, pero él era el único que la oía y nadie se atrevía a interrumpir la alharaca del anunciante a la que el padre contestaba en una lengua que nadie entendía.
El padre era el único que interrumpía a los sonidos de los cubiertos contra los platos para hacer comentarios que distrajeran a los presentes que estaban mentalmente ausentes, pero casi nunca tenía éxito. En otras ocasiones los interrumpía con un movimiento de su mano que la alzaba para que pusieran atención para oír algo que estaban transmitiendo en la radio, pero en ningún momento lograba hacerse presente porque su auditorio estaba sumido en el limbo de sus propios pensamientos. Otras veces paseaba la mirada para ver cuál interrumpía la suya con un ademán tan simple como el levantar de una ceja, o una simple distracción con la vista para buscar el cruce de una mirada con la suya, que aunque estuviera tan perdida como una recta en el espacio, podía ser interceptada por otra recta perdida que se quebraba en el aire solo con una insinuación del desgano que no lograba cuajar ni una sola sílaba. Y como nadie decía nada, se continuaba con la sopa hasta ver el fondo del plato. Era la distancia generacional
La madre en el otro extremo de la mesa para no hablar, se llevaba sin detenerse una cucharada tras otra a la boca mientras bajaba los ojos que estaban ya opacos para no tener que encontrar esa mirada desde el otro extremo, no tan diferentes de los de la tía, a su derecha, que ya no tenían vista porque sólo miraban hacia adentro al paisaje taciturno de su imaginación que se había quedado fijo en tal vez momentos felices que ella demostraba con una sonrisa sin contención, o, de pronto, con una explosiva carcajada, a veces histérica, que solo se detenía cuando otra explosión la sacaba del extravío mental que la había atrapado cuando era una niña que alguien asustó con quién sabe qué, dejándola en su propio convento para vestirse como una monja: siempre de negro hasta los tobillos, con una hilera de diminutos botones desde abajo hasta el cuello, o al revés, tocada con la blanca cofia de su cabellera, de eterna novia, esperando en pasión solitaria al novio que algún día la vendría a despertar con un beso de amor. Era la distancia del alma al corazón.
Los mozalbetes en cambio, se transmitían mensajes codificados en risas y guiños que solo ellos entendían porque se hablaban en secreto, con señas, sin necesidad de abrir la boca o mover las manos. Lo que ellos hacían era rumiar interminablemente la comida para no tener que abrir la boca y soportar el momento de la tortura que pagaban en el cepo de la vista de su padre, por tener que participar en ese ritual de estar lejanos como islotes en un océano sin límites visibles, ni tener las fuerzas para nadar hasta alguna otra orilla y salirse del agua que los ahogaba en las habladurías de su padre, algo que no entendían ni les interesaba porque era en un idioma que ni ellos entendían ni hablaban, porque no querían ni entender ni hablar. Todos, con la boca llena y las cabezas vacías. Mirando constantemente al reloj de pared que daba campanadas para avisar que el tiempo no se detenía ni esperaba a nadie, atentos a los ruidos de la cocina para esperar que una distracción los sacara lejos de allí, mirando a ver si la tía los miraba para hacerla reír con una mofa, una inclinación del rostro, o de los ojos, algo que les hiciera interrumpir la monotonía del momento.
A un lado, en el suelo, un perro también callado oliendo sus lejanos deseos.
De pronto llegaba la segunda tanda de platos, a veces carne, a veces pescado, a veces pollo, y muy rara vez bacalao, lo que fuera porque era lo que hubiera sin derecho a opinar sino a aceptar porque en otras casas no había tales frugalidades, les decía el padre y les asentía la madre y les sonreía la tía, por reflejo de monja, síndrome del claustro de su penitencia eterna, niña envejecida, feliz, porque tal vez ni sabía que ya estaba muerta.
Finalmente el postre y el café, presagios del final del encierro, en tacitas doradas que transportaban el elixir tropical del que solo disfrutaban el padre y la madre, antes de que todos se desvanecieran en las habitaciones de la casa. Todos, excepto el padre que se retiraba a fumar tabaco negro, leer el periódico, beber ron y oír discos de fados, solo, en la sala de las visitas, la que él llamaba su casa portuguesa, mientras la madre que supervisaba los últimos toques para el día de mañana en la cocina. Era la distancia de Portugal a América.
Ese otro día, después que todos se volvieran a conseguir en la hora del desayuno, repetirían el ritual de sentarse, comer y levantarse sin hablar una palabra antes de salir hacia rumbos distintos, sin pensar si esa reunión sería la última vez que estarían cerca, mirándose, aunque sin verse, como si nada hubiera sucedido desde la comida anterior, y sin imaginarse que la televisión estaba a la vuelta de la esquina, así como los teléfonos celulares y menos aún las computadoras que intensificarían las comunicaciones entre los seres humanos, aún dentro de las familias, porque de allí en adelante, nadie tendría necesidad de salir de sus habitaciones a sentarse en un ritual de silencio. Ni siquiera la tía.
FIN
Foto por: Derrick Brutel
Porto, Portugal old city skyline from across the Douro River.

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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