El trueno se escuchó en la distancia. Por un instante todo el mundo se paralizó y surgió un silencio que no sabía por qué, si para escuchar otro trueno o para que alguien hiciera algún comentario, pero nadie habló porque tal vez nadie tenía nada qué decir del trueno hasta que la abuela interrumpió con su voz cansada: ¡no va a llover! Todos la voltearon a ver su contradicción pero tampoco nadie se atrevió a decir nada. Se hicieron los que no la habían oído, cosa que a ella no le extrañó porque estaba acostumbrada a que no la oyeran, pero continuó, –si están esperando que llueva, mejor es que se sienten, porque no va a llover–, y volvió a adoptar su postura de estatua sentada en el trono de su silla de ruedas, quieta y con ojos vidriosos por las cataratas que apenas la dejaban distinguir a la gente y a las cosas. Luego, tomó una bocanada de aire y continuó pensando quién sabe en qué, hasta que su hija la desafió con una pregunta, tal vez para hablar con alguien que no fueran las mujeres de servicio: ¿Y es que ahora se va a meter a meteoróloga, o qué?
–No, no me voy a meter a loca, o lo que sea, aunque muchos crean que lo estoy, pero no, solo que no va a llover, y eso es todo–.
La segunda sentencia de la abuela había sido tan tajante como la primera, de la cual no se había retractado, sino todo lo contrario.
–Meteoróloga, dije meteoróloga, mamá, no que se iba a meter a loca, que ahora iba a predecir el tiempo, que no iba a llover…usted sabe…–
–Sí, pues porque lo sé es que lo digo, para que no se cansen de esperar–.
Cuando la abuela hablaba, muchas veces no se sabía a lo que se refería, o a algo cierto o incierto, porque a veces hablaba de cosas que solo ella conocía, o veía, o de personas difuntas desde hacía años, o de su niñez, o del presente, confundiendo a los que la escuchaban, por eso los que la rodeaban habían decidido hablarle solamente lo más necesario, relegándola a un lado de la vida cotidiana, mirándola como quien ve a una foto, de un hecho pasado, al punto que ella había decidido no hablar más porque sabía que nadie le ponía cuidado, que no la escuchaban, y muchísimo menos, le ponían atención a lo que ella decía, si hacía un comentario.
Al poco tiempo, se escuchó otro trueno en la distancia, y el mundo se volvió a paralizar porque la lluvia era algo que estaban esperando desde hacía meses. Este año la sequía se había prolongado más allá del mes de abril y la Semana Santa, reduciendo el verdor de todo lo que estaba en el campo, el tamaño de los ríos y de los pozos que para protegerse se habían cubierto de un limo verde que se iba decantando hasta que llegaba al fondo y que finalmente se escurría entre las ranuras hasta que el fondo se levantaba en costras, seco y tostado por el sol que cada día parecía que venía más caliente que el día anterior. Así, las vacas daban menos leche y las frutas se resistían a salir porque las flores habían sido escasas. Si salen, decían los que sabían de eso, saldrán secas y no servirán de mucho. Igual suerte vaticinaban para el maíz y otras plantas que ya debían haber salido con las lluvias que ya debían haber llegado. Las aves ya no cantaban con tanta fuerza como lo hacían el año pasado; y la misma tierra se desgastaba con las pisadas de la gente y los animales, convirtiéndose en polvo como la promesa bíblica que empezaba a arropar a todas las esperanzas que parecían que no respondían a ninguna plegaria como si se tratara de un castigo divino, de una plaga que castigaba por alguna razón que nadie sabía pero no perdonaba ni a nadie ni a nada.
Pero el trueno era buena señal y Genoveva dijo que había que seguir rezando a San Isidro porque él era el abogado de las lluvias, y los truenos indicaban que él venía caminando cerca. San Isidro quita el agua y pone el sol, pero también trae las lluvias, argumentó Genoveva para respaldar a su fe en que el santo pronto le respondería a las novenas con rosarios y a todas las velas que había gastado en el altar improvisado que le había hecho en el comedor, sin flores, porque hacía tiempo que no veían ni una sola.
Le haremos unas flores de papel, así como una guirnalda, dijo Genoveva para alentarse la esperanza y alegrarle el espíritu a los presentes que le apoyaron la novedosa idea.
En seguida mandó a buscar el papel de colores que había sobrado de las guirnaldas del carnaval que habían celebrado en el patio de la casa hacía apenas pocas semanas, junto con los otros aparejos necesarios para emprender la tarea: goma de pegar y tijeras. Genoveva armó inmediatamente sobre una mesa un taller para ensamblar las tiras de papel en anillos de colores que colocaría en un lugar que ella decidiría eventualmente. Puso a las sillas en hilera y mandó a colocarse a las sirvientas en una larga línea donde irían armando la guirnalda. La abuela en cambio, de un empujón movió la silla y giró para dirigirse hasta una ventana que daba a los campos que rodeaban a la casa, que si bien todavía estaban verdes, dejaban salir solamente los chasquidos de las hojas que se empezaban a secar. Allí se postró a mirar el paisaje que mostraba nubes que pasaban pero sin detenerse, y el sol que calentaba al aire que entraba a la casa. Pronto estuvo organizado el grupo para empezar a cortar el papel y armar el tren de la guirnalda y Genoveva dio la orden de comenzar.
Un par de horas más tarde, cuando Genoveva suspendió la elaboración de la guirnalda, se la fue a enseñar a su madre que todavía estaba observando el panorama que no había cambiado en absoluto: sol y viento cálido. -Mire, mamá-, le dijo con la guirnalda envolviéndosela en su cuerpo como si fuera una gran serpiente de colores que la asfixiaba, -¿verdad que quedó bonita?-
La abuela giró la cabeza y sin parpadear le dijo que sí.
Genoveva se le acercó lo más que pudo y estirando los brazos atrapados entre los anillos de la guirnalda hacia su abuela le preguntó lo que le pareció más obvio, -¿pero ya la vio?-
–No. ¿Es que es distinta a las que has hecho siempre?-
–No, no es…pero es que ni siquiera la ha visto…–
–Ni es distinto a lo que he dicho siempre, y sin embargo no me oyes–.
–Claro que la oí. Dijo que no iba a llover–.
–Pero no me creíste, como siempre. No hace falta que me expliques–.
Genoveva se levantó de su posición de penitente y puso la guirnalda sobre la mesa. Luego se volteó hacia su madre y le dijo que solamente le pondría la guirnalda al santo si llovía. Se quedó mirando a su madre, se puso las manos en la cara y empezó a llorar en una voz casi imperceptible hasta que su madre la interrumpió.
–Si va a llover, lloverá, porque todos los años tiene que llover. Si no va a llover hoy, lloverá mañana, y si no, pasado mañana, pero de que lloverá, lloverá, estemos vivos o muertos, y la vida seguirá como si nada–, le dijo su madre sin alterarse desde su posición casi momificada. Luego continuó, –no lloverá hoy porque las manos no me duelen–, y tomando las ruedas de su silla, la empujó hasta que se empezó a mover en dirección a su habitación. Cuando iba pasando al lado de su hija alcanzó a decirle casi en el oído, –¿cuándo será que vas a aprender a creer en lo que yo te digo?–
FIN
Foto por © Tomas Castelazo, www.tomascastelazo.com / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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