Tom era una persona que se atormentaba con facilidad. Él sabía de su condición y trataba de superarla pero no era fácil. De niño tenía que hacer muchos esfuerzos para hacer amigos en la escuela, y de grande, cuando fue a la universidad le era aún más difícil porque las relaciones humanas de los adultos eran más complejas, sobre todo con las mujeres, y como era un individuo atractivo no las podía evitar. Las toreaba, como se decía él mismo, porque les hacía circunvoluciones a las invitaciones, a las salidas, a las fiestas, o al cine, o a cualquier reunión que no faltaban todos los fines de semana, en la que se quedaban hablando hasta entrada la madrugada, y él trataba, se esforzaba, pero era bajo una constante lucha consigo mismo. Y lo que podía ser una velada o un paseo agradable, para él era un esfuerzo que lo ocultaba, entonces sufría esquivándolo, porque él sabía que era el menor de los dos males. Pobre Tom, se decía él mismo cuando se miraba en el espejo, compadeciéndose de su problema, porque no sabía cómo resolverlo hasta que decidió asistir a las sesiones de terapia que le habían recomendado, pero no podían ser muy seguidas porque él no ganaba tanto como para ir semanalmente, como se lo había recomendado la terapista desde la primera visita. Pero sin embargo, trataba de hacerlo lo más a menudo que podía. Nadie sabía lo que le costaba, no solo en términos monetarios sino mentalmente. Para hacerlo, se imaginaba que iba a visitar a un amigo, y así vencía su miedo a la terapia. Su vida la medía en lapsos semanales, porque le temía a los fines de semana, ya que durante los días de trabajo se distraía trabajando, por eso, el tormento de Tom crecía conforme pasaban los días de la semana.   

Ese lunes había comenzado con un gran dilema: estaba indeciso acerca de si aceptaba o no la invitación para la reunión del jueves por la noche en el apartamento de su amigo, o tal vez mejor dicho, conocido, Ashley Moore, un excompañero de un curso en el que se habían conocido en Cornell hacía un par de años atrás. No lo había vuelto a ver aunque se habían llamado un par de veces con la intención de reunirse, pero no habían pasado de allí. Puras excusas, se había dicho Tom. No pasaban de deseos, tal vez buenos deseos, pero nada concreto. La verdad es que Tom no sabía quién había llamado primero, pero no importaba. Siempre sabía decir una excusa. O algo se atravesaba, de una parte o de la otra, y al fin, no se concluía en nada.

Desde que lo llamó Ashley el lunes temprano para que fuera ese mismo jueves, Tom se había trastornado de tal forma porque no sabía si aceptar o inventar una excusa, porque todavía era fácil, tenía tiempo, podía inventar cualquier cosa, o hasta simplemente no ir. Pero es que él era así. Se mortificaba solo con pensarlo. Tal vez porque sabía que debía ir pues sería una oportunidad para distraerse. Pero era pura autoimposición; él se mortificaba porque algo como esta reunión, que en realidad no era sino un agravante. Era como una autoflagelación mental contante que no lo dejaba descansar porque en el fondo, y eso sólo lo sabía él mismo, honestamente, no quería ir. Prefería no ir. Pero tenía que encontrar una excusa, mejor dicho, dos, una para él y otra para Ashley, ya fuera para ir o no. Era, lo que se llama técnicamente, un verdadero dilema, y por lo tanto, difícil de resolver. Así pasó el resto del lunes: mortificado, porque no se le salía de la mente la preocupación.

Llegó el martes. Desde que se levantó se le vino a la cabeza el problema de la reunión porque ya lo había clasificado a nivel de problema. Lo asaltó desde que llegó al baño a afeitarse y se vio la cara en el espejo: se miró a sí mismo como si no se conociera, o se quisiera detallar si había habido un cambio desde la última vez que se vio la noche anterior, aunque supiera que eso era imposible, pero aun así se enfocó bien en el espejo a la cara que llenó de espuma de afeitar, con sus anteojos que le daban una falsa idea de intelectualidad porque eran solo para leer las letras pequeñas, y con la máquina en la mano, pensó en analizar la reunión: ¿para qué?, se preguntó el mismo y no obtuvo respuesta porque para cada argumento a favor, tenía uno en contra. Conforme armaba uno, lo desbarataba con la misma rapidez, ya fuera de positivo a negativo o de negativo a positivo. La ecuación era ambivalente porque así como corría en una dirección, se devolvía con la misma rapidez. Distrajo su mente momentáneamente oyendo las noticias desde su televisor el cual tenía subido de volumen para que ese sonido le invadiera el cerebro y le ocupara el espacio mental: oyó las noticias, las nacionales, las internacionales, las locales, el estado del tiempo, de las carreteras, y por supuesto, los comerciales que se atravesaban incesantemente como la gente en la calle, tropezando, dando empujones. Dijeron que estaría frío toda la semana, pero eso no era raro para la temporada de otoño en Nueva York. Entonces pensó en la calle y desvió su pensamiento en lo que tenía que recorrer para ir al trabajo. Él sabía que era para ocupar la mente en algo. O para desocuparla. Salir de su apartamento. Pasar la llave. Bajar en el ascensor, si era que estaba bueno, o si cabía porque todos los que trabajaban salían a esa misma hora. O bajar por la escalera con el fastidio de tener que saludar a media humanidad del mismo edificio. Atravesar el cerco imbatible de las viejas curiosas cuyo único oficio era supervisar quién entraba y quién salía y qué llevaban en la mano. Saludar por cortesía fingida porque allí nadie era amigo de nadie.  Salir a la calle preparado para atacar de frente al frío que hacía en el otoño adelantado que había venido ese año y enfrentar a la multitud. Si al menos se pusieran de acuerdo, como los carros, para ir unos de un lado y venir por el otro. No. Caminar hasta la parada del metro, pagar, bajar, llegarse hasta el andén y esperar el suyo que iría derecho, o casi derecho, hasta el sur de Manhattan donde estaba su trabajo. Aguantar los empujones y el calor del hacinamiento. Los malos olores. Las mecidas de las paradas. Ir de pie. Rutinario. Casi como un muñeco de cuerda que actúa caminando sobre la ruta que ya le han marcado, como las hormigas que no se desvían de un camino invisible pero real, siempre en la misma dirección, tanto en la ida como en la venida. Entonces, comió un plato de avena que preparó en la cocina, y dejó la pequeña olla llena de agua en el lavaplatos hasta cuando volviera con la seguridad de que nadie se la lavaría porque vivía completamente solo. Se despidió del inodoro, se lavó los dientes, se dio la última peinada y se colocó el abrigo para enfrentarse a su nuevo día de trabajo, y salió.

La rutina de su trabajo en un periódico de tercera categoría y muy limitada circulación era seleccionar las noticias sobre un tópico a la vez, de las tantas que llegaban incansablemente en el teletipo que no las separaba sino que las continuaba en una sola mezcolanza como si los deportes tuvieran que ver con lo social y la política.

El disparo incesante de las teclas del aparato era como una ametralladora que penetraba primero en su cabeza y luego en sus nervios, como un tren expreso que no detenía su rollo de papel lleno de información.  Pero Tom tenía la vista como un águila, para atrapar a sus presas en el momento que el teletipo respiraba por un par de segundos entre noticia y noticia.

Las ayudaba a salir del carrete de papel. Las leía por encima. Luego, las apilaba en montones según los temas preseleccionados, y luego las volvía a seleccionar después de otra breve lectura para  cerciorarse del tema y darles un orden de importancia, para finalmente llevárselas al editor, un viejo gruñón que nunca se satisfacía con lo que le enseñaran, porque, según él, había que buscar formas de confirmar la veracidad de los hechos para no meter la pata del tamaño que la había metido cuando cayó como pájaro que recibe una pedrada, como cuando unos pocos años antes Orson Welles relató la llegada de los marcianos, y él decidió sacar una edición extra que le costó al periódico una gran cantidad de dinero y a él su trabajo, y lo peor fue que después se enteró que en realidad el periódico había vendido toda esa edición, que fue el doble de la normal que salía en la mañana, pero no le devolvieron el trabajo, por lo que tuvo que irse a otro periódico que no era sino un ápice de lo que era el anterior. Pero allí Tom tenía que aguantarlo y esperar que el viejo, o se volviera a equivocar, o se muriera, o él se armara de valor para irse a otro trabajo. Pero nada de eso era previsible en el corto tiempo de su futuro que no llegaba a más de dos meses porque no le gustaba pensar en lo que le iba a venir, y eso sí le aterraba, pues lo dejaba paralizado como aquella película… pero como Alá es misericordioso, lo salvó la campana de la salida como si el round se hubiera terminado y quedado en tablas.

Llegó el miércoles, y la situación cambió pero para empeorar porque desde que abrió los ojos, no solo el día amaneció más frío según el reporte de la televisión, sino porque cada vez le quedaba menos tiempo para decidirse a ir a la fiesta, o reunión, o lo que fuera, porque para él ese sacrificio era lo mismo fuera lo que fuera. No era una cuestión de semántica sino de sacrificio. Lo pensó durante su rutinario arreglo matutino. Lo pensó en su camino al metro. Mientras viajaba en él y mientras llegaba al trabajo y se enfrentó a su compañero el teletipo, y empezó a trabajar leyendo la interminable hilera de cables que ya habían llegado y seguían llegando sin detenerse, y eso le alejó la mente de la reunión del jueves.

Pero cuando salió a almorzar a un cuchitril de chinos llamado Cantón que estaba a muy corta distancia de su trabajo, mientras se tomaba la sopa de agua caliente y salada de algo con muchas cosas adentro, no pudo sino pensar en la reunión y autoacribillarse con sus pensamientos, reincidentes, sobre el mismo tema de la reunión del jueves. Y solo se los pudo volver a quitar leyendo cuando regresó al trabajo leyendo más hileras de cables del teletipo. Al fin, se terminó la faena.

Al salir, para huir de sus propios pensamientos, se fue al cine que estaba a la vuelta de su edificio. Una película de guerra hacía olvidar a cualquiera, y más a él que había tenido la suerte de no ir a la última porque era muy joven en ese momento, y podía fantasear todo lo que él quisiera. Se imaginaba como un soldado en medio de la batalla, pero saliendo ileso del combate, aunque no sin magulladuras, sucio y revolcado. Volvió a pasar donde los chinos y se llevó una pequeña caja con la cena de chopsuey que degustaría con una Coca Cola viendo los últimos programas de la televisión hasta que se durmiera en el sofá, su señal de irse a la cama fría y solitaria.

El jueves era el día anunciado y llegó inexorablemente. Miró al techo y no quería levantarse. Se buscaba una excusa. No quiso ni siquiera acordarse de lo que había soñado porque se asustaría.  Había soñado que lo perseguían y que si bien no le alcanzaban, tampoco se paraba a descansar. Pero su teletipo le esperaba. Comenzó y terminó su ritual como un robot, y se fue al trabajo en su siguiente rutina en la calle y el metro. A media mañana, en un instante de reposo, desde el trabajo se armó de valor y llamó a Ashley para decirle que sí iría. Ashley se contentó y le prometió que no se aburriría, que habría varias personas y mucha música y tragos. En realidad, eso no le animaba particularmente; más le animaba la curiosidad de ver cómo estaba él, su situación, qué había hecho. Pensó un rato qué le diría y no sabía, al menos todavía,  o si le mentiría sobre su trabajo metido en un sótano.

Luego se preguntó si había hecho lo correcto, y se contestó afirmativamente porque se excusó diciendo que ahora sí tenía la oportunidad para no ir, en caso de que a última hora decidiera lo contrario. Es muy fácil mentir después, se dijo, es más difícil mentir antes, pues las excusas son más fáciles que las mentiras a futuro, y con esa racionalización de sus hechos, puso su mente en el trabajo. Tom se asombró de él mismo y volvió a preguntarse de dónde había sacado valor, o estupidez, para dar esa respuesta. Pero ya estaba dada. De allí en adelante tomaría la situación como determinante, y sin pensar en los resultados, simplemente, iría.

Ese día estaba preparado para no regresar temprano pues se iría casa de Ashley desde el trabajo Pasaría donde los chinos y comería algo rápido para no andar fuera de horario de comida. Luego de salir de donde los chinos, se fue a comprar una botella de ginebra, y tomaría el metro siguiendo las instrucciones de Ashley. Tom calculó que le tomaría algo más de media hora el recorrido del metro: Tomaría la línea 6, se bajaría en la estación de la avenida St. Lawrence y caminaría por la misma avenida hasta el edificio número 1158, apartamento 16 en el cuarto piso. Y así lo hizo. Eran casi las seis cuando llegó.

Estaba oscuro pero más le molestaba el frío que la falta de luz. Tocó el timbre y la puerta automática sonó para que la empujaran. Tomó el ascensor y llegó hasta el apartamento 16. Ashley lo recibió con un fuerte apretón de manos y lo invitó a pasar y a conocer a otras seis personas que estaban allí, unas de pie, otras sentadas, oyendo música, tomando algo, fumando otros en la ventana que estaba semiabierta y que dejaba ver al edificio de al lado que solo enseñaba los apartamentos ocupados.

Tom pasó. La mente se fue rápidamente a la última vez que había visto a Ashley en la universidad, también rodeado de gente, riéndose, hablando, era un individuo que no desperdiciaba la oportunidad para armarse de un centro de atracción en la que se destacaba como el sol entre los planetas.

 Las muchachas y los muchachos lo buscaban por igual, y por eso él también lo había buscado y ambos se llevaron bien, pero sin hacer intimidad. Fueron, simplemente, compañeros de salón, y así quedaron hasta que partieron, y aunque ambos sabían que residían relativamente cerca hasta ese momento, no se habían buscado más. Pero eso, a Tom, no le había quitado el sueño. Todo eso se lo recordó en los segundos que le tomó mirarle las caras a los presentes y detectar con toda la seguridad del mundo que esas caras si tal vez las había visto antes, no las recordaba ahora, y tal vez había una buena razón para ello, concluyó, pero no tan buena como para sacarla de la gaveta donde su mente la había puesto. En fin, siguió después de dar las buenas noches como si hubiera sido a los parientes de un muerto que estaba en velación. Le contestaron algo que no oyó pero que vio cuando alzaron los vasos.

Se aterró de ver a tanta gente que lo miraba. Se refugió en una esquina hasta que vio una puerta y por allí se escabulló a otra habitación donde se encontró una ventana que estaba escasamente abierta para admirar la esplendidez de las luces que destacaban los otros apartamentos que tapaban el horizonte y rodeando al edificio en una muralla de ladrillos. La abrió más. Empezó a pensar que dónde estaría su edificio con respecto a éste. Midió la distancia mentalmente. Pensó en el viaje de regreso. Pensó que cuándo tendría que hablar con Ashley pero él estaba atendiendo a sus invitados. Buscó las estrellas y eran demasiadas. Afuera había silencio. A esa altura apenas se oían los carros abajo. Había silencio. De repente sintió que le hablaron desde atrás y volteó instintivamente.

Era una mujer. ¿Qué miras?, le preguntó ella. ¿Hay algo que ver en esa ventana que ya no hayas visto antes?

Tom no tenía para dónde ir y se quedó atrapado contra la ventana. No tuvo más remedio que responder a la mujer. ¿Sería una de las invitadas?

Su respuesta fue más bien para salvarse que para contestar porque contestó con una pregunta: ¿nos conocimos… pero ciertamente no me puedo recordar…aquí, antes? Mientras buscaba salirse del atolladero donde él mismo se había metido, la desconocida le ayudó a salir diciéndole que no, que era la primera vez que ella venía, que se acababan de ver en la puerta… y con ese machetazo Tom terminó de desmoronarse socialmente. Tuvo que capitular inmediatamente. No había salida.

Sí, tal vez es verdad, disculpa, pero es que estaba totalmente distraído, mirando al derredor…contestó.

¿Distraído o alejado?

Siempre era así. Su mamá le decía que era un distraído. Los maestros también. Siempre estaba distante, inmerso en sí mismo, en un mundo que él se creaba para distraerse de lo que le rodeaba porque se fastidiaba de lo que le rodeaba. Le fastidiaba la rutina de su casa porque como era solo, todo lo envolvía a él. Disfrutaba de la soledad pero a la vez lo hacía el blanco de las atenciones. Era un dilema ambulante. Distante de su padre porque le inspiraba demasiado respeto, o tal vez miedo. No tenía amigos; sólo compañeros del colegio. No tenía ni hermanos ni primos. Por eso era un creador de mundos, de sistemas planetarios completos por los que viajaba con la velocidad de la luz, solo, feliz, porque podía ir donde él quisiera, cuando él quisiera y regresar cuando él quisiera, sin que lo interrumpieran. La mujer lo había interrumpido.

Bueno, dijo Tom tomando una línea de salvación como un náufrago en el océano donde se veía. La verdad es que no socializo mucho, le dijo. Es el trabajo. Tú sabes cómo es la vida aquí, trabajar y trabajar.

Entonces, ¿en qué trabajas tanto?, inquirió la extraña.

En un periódico leyendo y seleccionando las noticias, de todo un poco.

Entonces debes estar muy bien informado, dijo la extraña con una sonrisa.

Sí, dijo Tom con alegría porque ella le transmitió su buen humor. Tal vez por eso vivo en otro mundo lejano a lo que me rodea, porque estoy en una oficina muy pequeña y esa es mi ventana al mundo. No tengo necesidad de salir de allí para saber qué es lo que pasa. Yo sé todo lo que está pasando en el resto del mundo…

¡Perfectamente dicho!, dijo la extraña, y continuó: no tienes muchos amigos, entonces. ¿Es eso lo que quieres decir, o que prefieres estar solo?

¡No!, no, disculpa, no quise dar esa impresión…es que tal vez estoy acostumbrado a estar más solo que rodeado de gente y me pongo…nervioso… a veces. Es mi culpa… no eres tú…

Tom estaba acorralado pero no se sintió mal del todo sino que en cierta forma se había descargado cuando tuvo que quitarse la capa protectora que usaba constantemente contra las intromisiones de la gente. Para probarse a sí mismo que se sentía mejor, aceptó beberse un trago que la mujer le sugirió que buscaran en la cocina. Ambos se fueron a la cocina.

Se sirvieron ginebra con soda y limón. No se atrevió a decir ni que él había traído la botella ni que él no debía ginebra. Simplemente la aceptó y la empezó a saborear. Fría, no tenía mucho sabor, pero le mojaba la garganta que se le había secado por la interpelación.  Se devolvieron a la ventana la cual le ayudaba a Tom a sentir una escapatoria del encierro físico y mental que tenía en la reunión, pero ahora sin mirar al paisaje de ladrillos que estaba más oscurecido. Miraba hacia la sala llena de gente, no porque hubiera mucha sino porque el espacio era muy pequeño y era prácticamente imposible evitarlo. Había música y la gente hablaba sin parar para sobreponerse a la música. Se empezó a sentir mejor al hablar con la chica. Era agradable, tal vez hasta bonita. Le gustaba la conversación.

Corrieron las palabras y los cuentos; los instantes pasaron a minutos y los minutos pasaron a horas y la ginebra se acabó. Cuando Tom miró a su alrededor, como si de repente se hubiera dado cuenta, los demás se habían ido. Buscó a Ashley pero tal vez se había acostado porque no lo vio en ninguna parte. Todo estaba silente. La música se había terminado y él no se había dado cuenta. Había estado tan ausente con la compañera de conversación que todo había pasado sin que ellos notaran que la fiesta se había acabado. Entonces se callaron, se miraron y se rieron como dos niños traviesos porque habían cometido la travesura de haberse percatado de lo que había sucedido. Era de madrugada. Tom se detuvo, miró su reloj y quedó paralizado: ¡las dos de la mañana! Ya se acabaron los trenes, y… ¿ahora qué hago?  Ella se rió tapándose la boca. Era bonita y eso la hizo más femenina. Él también se tapó la boca para reírse. Eran como dos niños traviesos.

La miró fijamente a los ojos verdes que destellaban curiosidad y se volvió a reír. Ella también se rió. Él se tapó la boca para contener la carcajada. Ella le dijo que esperara y se fue adentro del apartamento, se encerró en una habitación y no salió más. Tom la esperó por un rato. Empezó a dar vueltas por el recibo silente y desarreglado, con vasos, servilletas y platos sucios y ceniceros atestados de cigarrillos muertos en todas partes. Las luces estaban todas apagadas, a excepción de una lámpara de mesa. Todo era prácticamente penumbra agradable. Tom se preguntó lo más elemental: ¿qué hacer ahora, allí, a esa hora, qué podía hacer pues nunca creyó que podía llegar hasta ese punto? Ese no era él. No sabía cómo resolver esa situación. De repente, lo turbio de la emoción se le aclaró en la cabeza cuando encendió la luz y se miró en el espejo que había en el recibo. Se vio entero, de pies a cabeza. Estaba solo, con el nudo de la corbata suelto, despeinado, pero con otra compostura, como si no fuera él, es decir, el que había venido, sino otro. No se conocía porque le parecía que no era él, pero le gustaba ese nuevo personaje. Era otro Tom. Había recorrido un buen trecho pero sin darse cuenta. Entonces sintió un impulso que no habría sentido nunca antes en su vida: se pasó las manos por la cara y la sintió caliente. Se sintió palpitar de emoción. En eso oyó la voz de la mujer que lo llamaba.

Tom… dijo ella, pero estaba distante. Luego la oyó con más claridad que le dijo, ya es suficiente por hoy, Tom. Se terminó la visita. Tienes que irte y luego volverás la semana que viene. ¿Te parece bien que hagamos otra cita? Esta vez nos encontraremos en otro sitio. ¿Te parece?

Pero yo quisiera seguir ahora, dijo Tom.

¿Por qué, porque te gusta lo que viste en el espejo?

¿El espejo? Sí, me gustó.

Entonces, por hoy es suficiente. Cuando regreses la próxima semana, veremos otra vez ese espejo. Continuaremos la próxima semana. ¿Vendrás otra vez? Cada vez es más fácil, ¿no es verdad Tom?

Sí, doctora, nuchas gracias, y Tom salió sonriéndose de la consulta. 

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Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.