Mark Wheeling, ingeniero mecánico de profesión, le dio los últimos toques a una máquina que había estado construyendo en el sótano de su casa y en la cual había invertido los últimos años de su retiro. La había hecho en el sótano porque allí era su lugar de reclusión y diversión, lejos del mundanal ruido, como se decía él mismo, y especialmente el de su esposa, una mujer que si bien había sido su esposa por más de cuatro décadas del matrimonio, en realidad habían vivido más lejos que cerca. Se habían casado siendo muy jóvenes, allá en el pueblo donde ambos se conocían desde la escuela primaria. Al terminar la secundaria, se hicieron novios formalmente pero se separaron: él se fue a la universidad y ella a una escuela de Economía Doméstica, pero al poco tiempo y en vista de que llegó la guerra, él tuvo que enlistarse en el Ejército e hicieron un matrimonio apresurado. Luego de una luna de miel que pasó volando un fin de semana en un hotel de la playa, se despidieron en la estación Victoria. Él se fue en el convoy militar y Clara se quedó esperándolo a que regresara quién sabe cuándo. Por su nivel académico Mark fue ingresado como suboficial de infantería en una división que enviaron, luego de un par de meses de entrenamiento, al frente de África en el cual los ingleses estaban perdiendo todo lo que tenían allí acumulado.

Por los meses siguientes no se comunicaron para nada hasta que empezaron a cruzarse correos que iban y venían leídos y censurados por ese cuerpo de seguridad que tachaba todo aquello que pudiera ser comprometedor y que le pudiera dar al enemigo cualquier información que le fuera útil, desde cosas tan banales como la escasez de alimentos o electricidad, que parecían triviales por la costumbre de vivirlas día a día, por no decir obvias en tiempos de guerra por parte de las esposas, como por parte de los soldados para que no revelaran dónde estaban las tropas y lo que les había sucedido recientemente.

Así empezaron, tanto ellos dos como muchísimas otras parejas que se casaron en esas semanas antes de salir al frente, sus relaciones matrimoniales, con la esperanza de saber que la familia no había sido bombardeada, o los soldados muertos o capturados. Pero la guerra siguió su inexorable curso diabólico, para ella, trabajando durante seis días de la semana en la cocina de un centro médico, donde llegaban soldados heridos y con todo tipo de heridas y traumas, y por tres noches a la semana trabajando varias horas en un hotel del pueblo porque le servían, no solamente para comer mejor que en el hospital, sino para estirar la tarjeta de racionamiento y complementarse el sueldo. Pero al final, después de varios años, la guerra llegó a su fin.

Sin haber tenido ni un solo día de vacación para los dos, Mark y Clara se reunieron en la misma estación Victoria, donde llegó el tren cargado de hombres que en nada se parecía a los que se habían ido: flacos, barbudos, con ojeras, con las manos gruesas de tanto amasar la tierra, con los pies rotos de no poderse quitarse la botas, con el pelo seco de no mojárselo sino con lluvia, con los dientes amarillos de tanto fumar, con el cuerpo y el espíritu cansados, deseosos de caerse en una cama y dormir por el resto de la eternidad, sin levantarse, sin comer porque ya habían perdido el recuerdo de comerse una comida decente, sin soñar porque tenían años que habían dejado de hacerlo, sin deseos de levantarse porque se habían acostumbrado a temerle al día siguiente porque podía ser el último. Mark y Clara se abrazaron, lloraron, y corrieron para su casa, una pequeña casa de apenas dos habitaciones, un recibo-comedor y un baño, que cuando la vio Mark pensó que al menos estaba intacta, porque cerca había un varias destruidas porque un día cayeron unos cohetes alemanes, y luego que comió de todo lo que había, se bañó y se metió en la cama y no salió de ella en dos días seguidos durmiendo hasta que Clara le dijo que le había llegado una carta del Departamento de Guerra y que era mejor que la leyera porque decía “urgente”. 

Después de un momento, Mark volvió a la realidad del mundo y luego de tomar lo más parecido a un té decente, abrió la carta temiendo que le ordenaran que volviera al regimiento lo más pronto posible, algo que le habían advertido que les pasaría a algunos. Para su gran sorpresa, la carta le decía lo contrario, que si hacía una solicitud formal para una beca de estudios, se la podían conceder, algo que él ya había estado solicitando desde hacía un par de meses cuando ya se preparaban para regresar desde el continente, pero él, con todo el alboroto del regreso, se había olvidado. Después de un suculento desayuno de tres huevos fritos, tocino y muchos panecillos con mermelada de naranja que la misma Clara había confeccionado, Mark se fue hasta la oficina donde podía hacer los trámites para la solicitud de continuación de sus estudios de ingeniería y le prometieron que obtendría la respuesta antes de que comenzara el semestre ese septiembre.

En los meses subsiguientes, Mark se dedicó a arreglar una serie de desperfectos menores que tenía la casa, a poner al día el jardín de hortalizas y el corral de un par de vacas que les proveía de leche, y el resto del tiempo se lo dedicó a visitar las casas de varias viudas de guerra que necesitaban servicios similares con lo que logró complementar el sueldo de su esposa que continuó trabajando en el hospital y el hotel. En julio llegó la aprobación y en septiembre continuó en el tercer semestre de ingeniería. No está de más decir que Mark tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder poner a su cabeza en regla y acostumbrarse de nuevo al ritmo y reglamentación estudiantiles, luego de superar el trauma que era el alumno más viejo del salón, y si no le era, así se sentía Ese mismo mes, Clara le dio la noticia de su embarazo, el cual culminaría al siguiente año con el primer varón de la familia. Todo parecía que empezaba a volver a lo que la guerra había interrumpido.

Con los esfuerzos de Clara y la pensión del Ejército, más la beca estudiantil, la familia subsistió sin mayores problemas los años siguientes cuando llegaron dos varones más, y luego de casi cuatro años, finalmente Mark se graduó de ingeniero, lo que prometía un gran cambio en la vida que tendría la familia, lo cual fue totalmente cierto.

Le ofrecieron tres trabajos, ninguno en Inglaterra, donde todavía la economía estaba lejos de recuperarse, pero al menos en una compañía inglesa en Arabia Saudita, donde comenzaban grandes explotaciones de petróleo y varios países estaban ávidos de construir refinerías, tendidos de tuberías, puertos con muelles para grandes buques, aeropuertos, carreteras y ciudades enteras con toda suerte de edificaciones, desde casas, hoteles, edificios, iglesias, locales comerciales y hasta cementerio, para el ejército, esta vez de ingenieros y trabajadores de todos los niveles, nacionalidades y especialidades que iban a llegar a donde solamente había arena y sol, porque hasta el agua tenían de traerla desde muchos kilómetros de distancia. En síntesis, allá no había absolutamente nada, excepto el dinero y los planes para empezar a armar un país industrial donde solo había camellos y arena por todas partes.

Los sueldos quintuplicaban lo que pagarían en Inglaterra y el continente europeo, por lo que la decisión estaba tomada antes de terminar de leer la carta de oferta. Nada podía ser mejor que eso, pues un año de trabajo significaba cinco de trabajo en el país, que aunque había ganado la guerra, más parecía que la había perdido, carcomido por el desempleo, la inflación y las pugnas políticas. Pero había un solo gran detalle: no se podía llevar a la familia; tenía que irse solo porque allí no había comodidades de ninguna especie. Pero no importaba, porque ahora Clara y los niños se podían mudar a una casa grande, cómoda, y ella no tendría que trabajar y los niños podrían ir a una escuela privada, y él vendría cada cuatro meses, decía el contrato. ¿Qué más podía pedir? Sarna para rascarse, le dijo Clara riéndose. Mark se fue tres semanas después y para distraerse se llevó muchos libros, entre ellos el de Lawrence de Arabia, imaginándose que se encontraría un mundo como el de Lawrence donde él sería el gran héroe inglés en las inmensas soledades del Levante.

La guerra esta vez era contra la naturaleza porque ese era uno de los sitios más inhóspitos del mundo y lo único que lo ayudaba era que él ya sabía cómo era el desierto. El trabajo era mucho más arduo de lo que decía el manual de instrucciones y operaciones en el Medio Oriente, porque no explicaban lo que era vivir en el desierto sin haber sido un beduino criado allí, con cuarenta y tantos grados a la sombra, donde había sombra, tomando agua caliente y durmiendo en tiendas de campaña enrollados como un tabaco para soportar el miedo a los escorpiones. Lo único que animaba a Mark era el cheque que le depositaban cada dos semanas en su cuenta del Banco de Londres.

Para Mark los meses y los años pasaron sin acostumbrarse pero con la satisfacción de ir armando un imperio industrial que le aseguraba un futuro económico a él, el cual, con el tiempo y la costumbre lo fue haciendo cada vez más suyo por lo que seguía renovando el contrato incesantemente. Al poco tiempo, la situación había mejorado en todo sentido: las residencias, las instalaciones, las carreteras y su cargo, donde empezó a ascender en la escalera laboral, cada vez con mejor sueldo y prestigio, con grandes bonificaciones a fin de año, pero siempre solo, pues se contentaba con ir a visitar a su familia varias veces al año por una semana, o para variar, encontrarse en algún lugar cercano, como España, Italia o Grecia.

Su vida de alto gerente lo había llevado a un día laboral que terminaba a las cuatro de la tarde para continuar con una apretada agenda en el club social donde estaban los ejecutivos por un lado, los empleados por otro, y los hombres sauditas en la distancia donde no hubiera alcohol. Era como estar en un club inglés para ricos, jugando cricket, o polo, o barajas, bacará, o bingo, comiendo todos los días en un elegante restaurante, asistiendo a cenas de lujo los viernes, barbacoas al aire libre los sábados y cine los domingos, además de no tener la interferencia fastidiosa de su esposa y de sus hijos sino la obligación de cerciorarse que el cheque mensual se lo depositaran a Clara en la cuenta de Londres, a donde se había mudado con los hijos a vivir en un apartamento cómodo, amplio, con una vista en la distancia del Támesis y la torre de la catedral de San Pablo, y se había acostumbrado a frecuentar a Harrods y los restaurantes con sus amigas mientras los chicos iban a la universidad en Oxford. A Clara le mandaba dinero, y a los chicos les enviaba regalos, dinero, o un carro, según hubieran obtenido buenas notas. Ellos se lo agradecían en una postal, que en realidad la escribía Clara.

Así se les fue pasando la vida mes a mes y año a año hasta que a Mark le llegó el día del retiro. Le hicieron una gran fiesta, las secretarias lo lloraron, le regalaron un diploma y un Rolex de oro y un pasaje en avión en primera clase, pero sin que hubiera asistido un solo miembro de su familia. Lo único que pudo hacer fue llevarles el número de la revista de la compañía donde salían algunas fotos de él con el grupo de gerentes. Se fue a su casa en el campo y se dedicó a descansar, algo que como él no sabía hacer, tuvo que disponerse a inventar toda clase de pasatiempos y recorrer el país que él mismo no conocía, no solo por el paso de los años sino porque nunca lo había visitado. En una de sus visitas, fue a Oxford y visitando a un anticuario se encontró un legajo de planos para construir la misma máquina del tiempo que había hecho Wells, otro inglés como él, y que había leído en uno de sus muchos momentos de soledad en Arabia.

La idea no era tan desquiciada como le hubiera sonado a cualquier persona que no fuera él, aunque para estar seguro, no se la dijo a nadie, ni a Clara ni a otras visitas que venían ocasionalmente. Mantenía en secreto los planos que había conseguido donde el mismo dueño no sabía ni qué eran, y que él compró por unas míseras media docena de libras. No dijo nada cuando los vio, pero el corazón le palpitó como un caballo desbocado cuando leyó de lo que se trataba, y como si se hubiera robado el Santo Grial delante de todo el mundo en pleno mediodía, salió de la tienda con el legajo de papeles debajo de su sobretodo.

Inmediatamente empezó a estudiar los planos, y luego de haberse convencido que era posible construir la máquina, repasó los detalles técnicos y empezó a comprar el material necesario, de lo cual Clara ni se enteró porque nunca estaba en la casa, para su propia satisfacción porque ella no se había convertido sino en un estorbo para él, interrumpiéndolo para ponerlo al día con chismes de sus amigas, pero que al él ni le interesaban porque no las conocía, o información de los hijos, que ya se habían ido de la casa hacía años, ni de amigos que ya no tenía, porque los que tuvo, estarían retirados en otro sitio, o se habían muerto, de modo que lo que él necesitaba era la seguridad de su soledad en el sótano, y allí la tenía.

Le tomó varios meses reunir el material y un par de años armar la máquina: un sinfín de cables, interruptores, tubos y bombillas que hacían un bloque impenetrable más alto que él mismo, en el centro de todo esto colocó un sillón donde él se sentaría, y frente a éste, los comandos que destacaban una pequeña pantalla con la fecha y una palanca para accionarla, hacia adelante, o hacia atrás. Un cable largo la enchufaba a la casa. Así, al fin se declaró a sí mismo que la había terminado. No destapó una botella de champaña porque no tenía con quién brindar, pero tampoco perdió tiempo en sentarse en la poltrona. Se acomodó y miró a la pequeña pantalla que tenía al frente. Con la mano sudada y casi temblorosa de la emoción, la puso sobre la palanca y le dio un leve  empujón hasta que hizo un leve clic que encendió la pantalla, varias luces y empezó a generar un ruido bajo, sordo y constante que la hizo vibrar pero sin moverse. Al cabo de un par de segundos, la pantalla se iluminó y mostró la fecha del día y la hora: 17 de octubre de 1990, a las 9 y 10 a.m., hora de Londres, por supuesto, y aún con mucho más miedo que antes, empujó levemente la palanca hacia atrás lo que hizo que la fecha en la pantalla retrocediera acordemente.

El sótano se empezó a poner borroso y todo parecía desvanecerse a su alrededor. No sabía cuál sonaba más fuerte, si su corazón o la máquina. Accionó más la palanca, con lo que la fecha se aceleró al punto que no se podía leer porque giraba con mayor celeridad, y con el corazón que ya lo sentía salirse por la boca, Mark desaceleró la palanca y con ello las vueltas del contador de la fecha hasta que veía que ésta se acercaba hacia los años 40, luego retrocedió más lentamente hacia los 30, hasta que la detuvo en 1937. Todo se detuvo a su alrededor, se hizo más claro y vio que todo había cambiado.

El sótano era completamente distinto. Lo que él tenía en el sótano, ya no estaba allí sino otras cosas. Estaba atestado de muebles viejos y arrumados, llenos de polvo y telarañas. Apagó la máquina y cesó el ruido de ésta. Entonces pensó en bajarse, pero le dio miedo de quedarse atascado en esa fecha, y la volvió a encender y empezó el viaje de regreso, donde veía que el sótano se volvía a poner borroso, hasta que llegó al mismo día cuando él había salido, y la apagó. La emoción, el asombro y la magnificencia se apoderaron de él. Se puso las manos en la cara para sentir las lágrimas que le corrían por el rostro. Brincó sobre el piso para sentirse que estaba en su casa. Tocó las cosas para saber que eran reales. El corazón latía enfurecido, subió corriendo hacia el primer piso y luego al segundo, y cuando encontró la casa vacía, se regresó al bar y se sirvió un escocés, se sentó y se lo tomó, hasta que varias horas más tarde, cuando llegó Clara, lo encontró dormido, pero no lo quiso despertar, sino que subió a su habitación y se acostó.

A la mañana siguiente temprano, después que Clara salió en su periplo desconocido, Mark volvió a su máquina. Aprovechando que no tenía interrupciones, empezó a hacerle una serie de ajustes para emprender su segundo viaje, el cual sería, esta vez, más ajustado en el tiempo. Calculó mejor la fecha y llegó a un punto cuando él estaba ausente en el Medio Oriente.  Armado de valor y curiosidad, salió de la casa, tomó el tren y se fue hasta donde estaba su antigua residencia y al llegar allá vio a los niños en el jardín, jugando, y se les acercó y sin decirle que era su padre, se ofreció jugar con ellos. Les dijo que era un vecino. Estuvieron un poco recelosos al principio pero luego pudo hablar con ellos. La madre estaba en el trabajo y él sabía que no regresaría sino hasta caída la tarde, como en efecto sucedió, pero Mark se retiró antes de que ella llegara. Solo la vio en la distancia: estaba joven todavía, se veía bien aunque cansada porque venía de trabajar todo el día. Mark regresó en tren y llegó al sótano, todo con el mismo silencio con el que había salido. Clara no estaba en la casa.

Los viajes continuaron incesantemente porque se convirtieron no solo en un pasatiempo divertido en el cual Mark podía ver pasar los cambios de la familia y el país: el tren donde viajaba, los modelos de los autos, el tráfico, la moda de la ropa, las noticias. A veces entraba a los cafés para comer pastelillos con té, y luego pedía una docena variada para llevársela a los niños, que con el pasar del tiempo también fueron cambiando, hasta que se fueron a Londres, entonces tuvo que arreglar el nuevo horario y destino. Era demandante el ajetreo pero valía la pena ir a verles. No lo podía hacer todos los días, porque tenía que escaparse de las intromisiones de Clara que le preguntaba que dónde estaba porque no lo había encontrado en la casa.

El mayor contratiempo lo tuvo cuando los chicos se fueron a la universidad y no pudo irlos a visitar porque se fueron a Oxford, y no le quedó más remedio que esperar que llegaran de vacaciones. En otra ocasión, cuando Clara se cayó por la escalera y tuvo que ser intervenida en el hospital, la fue a visitar a la habitación pero ella estaba distraída y no lo reconoció. De todos modos, no la hubiera podido hablar porque se habría asustado si lo veía. Con los chicos no era tanto el problema porque ellos apenas se acordaban de él, pero con Clara era distinto. Para Mark, estas visitas eran importantes, sensacionales, mejor dicho, porque lo dejaban ver lo que él no había podido ver en tantos años que estuvo ausente. Desgraciadamente, también pudo ver cómo podía pasar de un momento de felicidad con su familia a uno de soledad; de uno de juventud, a uno de vejez; de uno de haber tenido oportunidades de estar con su familia, de disfrutarla, a uno de no poder retroceder. ¿Retroceder? ¿Quedarse allá?, pensó por un instante cuando regresó un día muy tarde, cuando ya estaba oscuro y subió a la casa y vio las luces apagadas, todo apagado, porque Clara no había vuelto todavía.

La esperó hasta el día siguiente. Primero la había esperado en el recibo, luego se fue a acostar. Amaneció y siguió esperando. Se hizo el desayuno. Terminó la mañana y no supo qué más hacer, ni a quién preguntar porque no hablaba con nadie, ni había vecinos cerca, hasta que decidió hablar con la policía y de allá le dijeron que el día anterior habían llevado al hospital a una señora con esa descripción al hospital. Se fue al hospital y allá le dijeron que Clara había sufrido un infarto y había muerto. Que habían tratado de informarles a los familiares y nadie contestó el teléfono. No sabían nada de nadie hasta ese momento.

Sobrecogido, por decir lo menos, Mark se preparó para los funerales en ausencia de los hijos que no pudieron venir por estar demasiado lejos, en América, en el Lejano Oriente, en fin, lo dejarían para después. Entonces Mark se fue a sentar solo en el recibo en su casa y empezó a pensar en la posibilidad de viajar hacia cualquier día del pasado para encontrarse con Clara. ¿Sería pecado contradecir a la naturaleza? Pero si era posible hacerlo, no podría ser malo, se dijo. La respuesta simple y honesta lo convenció que podía y debía hacer el viaje. Tendría tantas cosas qué decirle, podríamos hablar, podría escoger cuántos días podríamos hablar, podríamos irnos hasta que éramos jóvenes y los niños estaban pequeños. ¿Sería una contradicción con su religión, de tantas otras cosas que ya habían sucedido? Volveríamos a vivir, una y otra vez, una y otra vez, se decía. Podríamos repetir, deshacer los malos momentos y hacerlos buenos, devolvernos y cambiar tantos instantes, ocasiones, hechos, y no cesaríamos de ser felices, de tener una vida perfecta, sin altibajos, sin distancias, sin nada que nos separara, como fue al principio, antes de la guerra, cuando éramos dos jóvenes enamorados, sí, tal vez irnos hasta atrás, muy atrás en el tiempo, y volver a empezar. ¡No había tiempo que perder!, se dijo en voz alta. Y tomando impulso, se quitó el reloj y bajó al sótano, se detuvo frente a la máquina, se montó en ella y activó la palanca. Le puso 3 de septiembre de 1938, cuatro meses antes de casarse, porque ese era el día cuando él le había pedido a Clara que se casaran. Se acordaba como si fuera el día de ayer.

Estaba lluvioso en la mañana y luego aclaró un sol esplendoroso, y él le dijo, ves, es una buena señal, que todo estará lleno de luz en nuestro matrimonio, que brillará siempre, y ella se rió como una niña que va a ir al cine, y cerró los ojos para sentir que la máquina empezaba a sonar y luego a moverse, como si temblara aunque sin moverse, y el sintió que se movía en el tiempo. Era una sensación rara, pero ya no se asustaba, ya sabía cómo era, por eso se dejó ir. Lo animó la idea que iría a buscar a Clara, que iría a rehacer todo, y aunque tendría que haber momentos desagradables, él ya sabría cómo enfrentarlos. Y los hijos, los tendría a la distancia de sus ojos, y los acostaría todas las noches, y los llevaría a la escuela, porque todo sería como debe ser, y todo eso lo sentía como en un sueño del que no se quería despertar, todo girando a su alrededor, sin oír más nada sino a su corazón que latía y latía, lo oía dentro de su cabeza, como un tambor acompasado, rítmico mientras él seguía soñando y soñando y soñando.

Al siguiente día, muy temprano cuando lo fueron a despertar en su habitación, Mark estaba profundamente dormido en su cama. Lo llamaron, pero no respondió. Varias veces. Llamen a un médico, dijo alguien, y cuando éste vino, dijo que estaba muerto. Muy posiblemente había muerto durante el sueño, dijo el galeno, y por su expresión, no había sido una muerte traumática sino todo lo contrario. Tenía una expresión de placidez. No se enteró que su esposa había muerto, dijo una enfermera del hogar de ancianos. Nunca lo supo porque nadie se lo quiso decir. ¿Para qué?, dijo otra enfermera, si nunca lo hubiera entendido. Se la pasaba diciendo que había salido, que había ido a visitar a su familia. Según él, nunca estuvo aquí. No lo culpo, dijo, ¿quién quiere estar aquí?, y dio media vuelta y salió de la habitación.

FIN

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Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.