Homenaje a los venezolanos exiliados

Felicity era una negra trinitaria que llegó a la costa más oriental de Venezuela en un bote donde traían a otros cuatro pasajeros del mismo color, con el mismo destino y con las mismas esperanzas: conseguir un mundo mejor del que habían dejado en Trinidad, esa isla separada de tierra firme por el mar que Colón había llamado Boca de Dragones quinientos años atrás debido al difícil paso y que ahora se llamaba Golfo de Paria. La travesía era corta pero turbulenta por lo que habían partido a la media noche y habían llegado a tierra firme luego de casi 20 horas de travesía, ya que el encuentro de las aguas en el golfo obligaba a disminuir la velocidad muchas veces porque tenían que sortear no solamente las traicioneras olas y corrientes sino a las lanchas patrulleras venezolanas que si los interceptaban en aguas venezolanas, de linderos indefinidos, arrestaban al capitán, le decomisaban el bote y la mercancía, y devolvían los pasajeros a Trinidad por tratar de ingresar ilegalmente a Venezuela. El dueño del bote, Fidel, le había cobrado ocho dólares a cada pasajero, tres veces el sueldo mensual ofrecido pero casi nunca cobrado por Felicity, porque le descontaban todo lo que rompía porque sus rudas manos no estaban acostumbradas a tratar las vajillas inglesas que la señora Macmillan tenía en su casa para los invitados. Pero como Felicity había decidido desertar de su patria, los había reunido juntado centavos, uno por uno, que le ponía de un lado a su empleadora, por no decir su dueña, la señora a la cual le trabajaba desde que era una niña, haciendo todo lo que ella no quería hacer para mantener a su casa, con sus cuatro hijos y a su esposo, como en una tacita de plata, según su propia definición de cómo debía estar la casa.

Felicity había salido la noche anterior de la casa para llegarse hasta el puerto. Ella estaba acostumbrada a caminar porque su empleadora, la señora Amelia Macmillan, la esposa del señor Winston Macmillan, ingleses de Irlanda del Norte, anglicanos hasta la médula, que no le perdonaba que sus tareas involucraran caminar al mercado así estuviera lloviendo para traer verduras frescas, y por eso ella le decía a Dios, mientras caminaba a veces lloviendo hacia el Salón del Reino, un centro de oración de los Testigos del Señor, un grupo más de descanso que de oración para los fieles y que no estaba muy lejos de su casa, que la perdonara si pensaba mal de su situación cuando ella iba a orar en la iglesia del Pastor Wilfredo Pérez, un trinitario hijo de un pescador venezolano que se había quedado en la isla para redimir a los creyentes que querían llegar al reino de los cielos, y en otros casos, a las tierras venezolanas.

Allá rezaban y sobre todo, cantaban, desahogándose de sus pesares con cánticos, que aunque era religiosos, hablaban de liberación, de un mundo mejor, y de esperanzas tanto en el otro mundo como en este. Y cuando encontró valor de ir a conversar con el Pastor, éste le aseguró que en Venezuela los negros sí vivían mejor que en Trinidad y fue, como ella misma dijo después en su casa de Güiria, que con esa conversación se le habían prendido las lamparitas del juicio, un decir que había aprendido de la sirvienta de origen hindú de al lado de su casa, su única amiga de conversación diaria a través de la cerca, que ella debía irse a Venezuela y buscar allí una nueva vida, y por eso emprendió ese largo camino que culminaba en una travesía, primero caminando hasta la parada y después en autobús hacia donde estaba el bote, y luego en el bote hasta la costa venezolana, y de allí a su futuro, que aunque incierto, si en su destino estaba que le fuera bien, le dijo la vecina, le iría, como también le había asegurado el Pastor, pero tenía que buscarlo, y por eso que ella creía firmemente que ese nuevo destino sería mejor que el que tenía asegurado con la familia Macmillan en Trinidad.

La verdad era que lo único que le dolió era dejar a Felicity fue a los niños, Alfred y Margaret, de cuatro y dos años, que la adoraban porque ella los consentía como si fueran hijos suyos. Desde que se despertaban hasta que se acostaban, ella los mimaba en todo lo que les hacía: les daba la comida en la boca y jugaba con ellos para que comieran. Los bañaba y los vestía con la ropa que les planchada y almidonaba para que salieran a jugar al parque infantil que estaba a dos cuadras de la casa, y aunque la verdad sea dicha, que Felicity también disfrutaba de esa momentánea vacación de menos de una hora diaria que era un alto en sus interminables faenas. Y en la noche, después de la cena, los arreglaba para dormir y les cantaba canciones de la negritud aprendidos su infancia, hasta que la señora Macmillan le prohibió que las cantara y las cambiara por canciones “blancas y cristianas”.

Luego que los acostaba se devolvía a la cocina a terminar con las labores de recoger la cena y arreglar todo para que todo estuviera listo para el desayuno del día siguiente mientras los señores Macmillan oían la BBC que les dictaba con lujo de detalles las noticias de la madre patria y las pautas sobre cómo debían vivir los  ingleses hasta en los más apartados lugares de la Mancomunidad. Al final de la transmisión, se ponían de pie para escuchar al himno antes de irse a acostar. Cuando Felicity terminaba de limpiar la cocina, entonces se iba a acostar.

Felicity había nacido en un suburbio de Elvira, un pueblo cerca de Puerto España hacía unos 20 años que ni siquiera tenía nombre porque estaba constituido por docenas de casas fabricadas con toda clase de materiales, desde bloques de cemento, planchas de madera y láminas de zinc, hasta láminas de diferentes tipos de madera, pedazos de tela que tapaban las ventanas y puertas de diferentes tamaños y colores, todo de dudosa procedencia, ni mejor ni peor que el resto del tugurio. Pero esos fueron sus únicos años felices porque no sabía que el mundo de más allá existía ni que los adultos eran indolentes y hasta malos; allí sobraban niños, latas y piedras para jugar, sapos en los pozos que dejaban los aguaceros y se oían los cantos de los pájaros. Pero todo transcurrió demasiado rápido. A los nueve años la mandaron a trabajar a una casa de los ingleses y de allí en adelante cada vez regresó menos a su casa, sobre todo después que supo que su madre había muerto y que su padre había adquirido una nueva esposa que le prohibió que regresara.

Nunca había llevado la cuenta del tiempo en la casa de los Macmillan porque no sabía ni leer ni escribir, salvo por los números más elementales hasta que una mujer en el mercado le dijo que por qué no iba al servicio dominical del Pastor Pérez. Él habla muy bonito, le dijo, y te va a gustar. Y así sería, pues en ese sitio fue donde ella vio la luz de la salida hacia su salvación, que si bien no era la del cielo, al menos por el momento sería la de la tierra.

La señora Macmillan no se pudo oponer a concederle un par de horas del domingo para que fuera a escuchar la palabra de Dios aunque fuera con un Pastor de dudosa religión, instrucción y procedencia.

Felicity caminó llena de esperanza hasta la iglesia del Pastor. Estaba llena de gente como ella, vecinos que trabajaban en casas circunvecinas y que nunca se habían visto. Todos voltearon a verla cuando entró y le mostraron las blancas dentaduras en señal de bienvenida. Felicity sintió que había entrado en la antesala del cielo.

El Pastor leyó pasajes de la Biblia y se los explicó como ella nunca los había oído. Luego cantaron todos cuando una señora tocó un órgano. Felicity reconoció muchas canciones de su niñez y las cantó calladamente en medio de regocijo y desconcierto. Al final del servicio cuando todos empezaron a irse, Felicity se armó de valor y se le acercó al Pastor para decirle que cómo hacía ella para irse a Venezuela.

Como si hubiera sido la pregunta más natural del mundo, éste le explicó con lujo de detalles, cómo debía hacer el trayecto con mucha seguridad, y con la misma, sacó de su Biblia una tarjeta con la dirección de un conocido suyo garantizado que la ayudaría a atravesar el peligroso mar que la separaba de la tierra firme. A Felicity le brillaron los ojos de alegría y le agradeció infinitamente al Pastor, pero antes de irse, éste le hizo la severa advertencia que tuviera mucho cuidado porque abundaban los encantadores de serpientes que constantemente ofrecían viajes subversivos a Venezuela, pero que terminaban robándoles el pasaje, o peor aún, las hacían esclavas en bares o en otro tipo de contubernios inmorales de donde no salían sino muertas.

Del culto Felicity salió espantada pero feliz y no se fue pensando en los peligros del viaje sino en la recompensa al final de éste, ya que el Pastor se lo comparó a la vida que ellos llevaban en la isla y la salida de ese valle de lágrimas al que él había dedicado su tarea libertadora de rescatar a cada uno de los negros que si bien no eran esclavos, era como si lo fueran.

Allí mismo, mientras Felicity caminaba de regreso a su casa, fue cuando empezó a preparar su viaje, y así, el siguiente domingo en vez de irse al culto, caminó en dirección opuesta hasta la Western Main Road, donde tomó el autobús hasta Chaguaramas, uno de los puntos más próximos a tierra firme, donde se encontraban muchos de los botes que transportaban gente y mercancía por el Golfo de Paria entre Trinidad y Venezuela.

El embarcadero estaba lleno de pescadores y sus botes pesqueros, unos grandes y otros no tan grandes que salían a las aguas más cercanas. Buscó a Fidel, el contacto del Pastor, un mestizo de mediana estatura, marcado por el sol, el agua de mar y el trabajo, de edad indefinida pero robusto, que cuando la vio se le encendieron los ojos amarillos como los de un felino que otea una presa.

¿Tú eres Fidel? Le preguntó la negra.

Para ti soy lo que tú quieras. Hasta un pescado para que me comas o una flor para tu cabeza.

Felicity le recibió el piropo con una sonrisa, pero no le quitó los ojos de encima.

Fidel la miró de arriba abajo sin perderse un solo detalle de los pechos firmes, los dientes de marfil, las caderas anchas y la cabeza llena de rollitos de pelo amarrados con trapos de colores que asemejaban a un sombrero multicolor, sin quitarle la vista desde la cabeza hasta los anchos pies descalzos que no le temían al asfalto y le preguntó por el nombre, a lo que Felicity le dijo su nombre con una voz tan zalamera como un plato de dulce de higos.

El Pastor me dijo que usted me puede llevar a Venezuela…

Por supuesto que la llevo, y si es recomendada del Pastor, le hago un descuento especial, le contestó Fidel, que pasó a detallarle el viaje: saldremos a la medianoche, navegamos todo el día y en la tarde llegamos a Venezuela, así de fácil. Mi bote es este, le dijo enseñándole uno de tantos que estaban amarrados al dilapidado muelle y donde los hombres los cargaban de sacos de cosas que ella no podía saber de qué eran. ¿No has navegado antes, Felicia?

Ni en sueños, le dijo Felicia con picardía y modulada voz.

Conmigo será como ir en un sueño, le dijo Fidel mientras le hacía ondulaciones con la mano desplazándola por el mar de su imaginación hacia ella, lo que la hizo retroceder un par de pasos.

Será, dijo ella.

No tengas miedo Felicia, no me tengas miedo, que yo te llevaré a donde tú quieres ir, y si no me crees, pregúntale al Pastor.

Fidel se adelantó un par de pasos y Felicity no se movió. Los ojos de Fidel miraron de arriba abajo a Felicity. Ella sintió que él le miraba los detalles de su cuerpo. Él sintió que la negra lo desafiaba porque lo había detenido con su mirada. Era un duelo de miradas que ninguno quería perder. Fidel era algo más alto que ella, pero ella sentía que dominaba la situación si no perdía la compostura porque muy adentro sintió que él sería su camino hacia la libertad, entonces tenía que demostrar su fuerza y su determinación. Fidel sería su salvación.

Felicity aumentó la respiración y sus pechos marcaron el ritmo. Acentuó los labios con su saliva que le enseñaban los dientes tan blancos como el marfil encapsulados en la negrura de su cara, juvenil, bella, siempre sonriente, mientras le decía que ella sabía cuánto costaba porque el Pastor se lo había dicho y que iba a reunir para el pasaje, a lo que Fidel le dijo le dijo que no se preocupara, que a ella hasta gratis la llevaba. Pero Felicity en un rápido giro de su mente para salir del encuentro le dijo que le avisaría y que prefería pagar no le fuera a cobrar de más.

Fidel se rió y con una palmada le aceptó la promesa. Aquí estaré esperándote Felicity, le dijo porque con la misma ella le dio la espalda para regresar.

Fidel sin moverse de su puesto le dijo, porque sabía que ella volvería, aquí te espero Felicity, aquí te estaré esperando, tú sabes que sí. Y Felicity no volteó pero él sabía que ella lo había oído y se había ido riéndose. Felicity sin voltear levantó el brazo y sin decirle adiós caminó de regreso a la parada del autobús.

Al domingo siguiente Felicity le relató al Pastor el cuento de la entrevista y cómo Fidel le había descrito el viaje en bote, omitiéndole los detalles personales y su impresión de Fidel, y como si fuera una confesión religiosa el Pastor le prometió que él le guardaría el secreto y el dinero hasta que completara los tres dólares, y luego se los daría a Fidel para asegurarle el pasaje a Güiria, el puerto de destino del barco de Fidel, una lancha de madera llamada “La Flecha de Güiria”, que hacía el recorrido en unas diez horas, dependiendo del viento que aceleraba o detenía el oleaje de la Boca de Dragones, ese punto de embestidas de aguas oceánicas entre el continente y la isla de Trinidad.

Pero todo eso me da mucho miedo, le dijo Felicity al Pastor, a lo que él le dijo que todo cambio daba miedo, pero que podía confiar en Fidel porque él era un hombre bueno a quien él conocía desde pequeño. El Pastor despidió a Felicity diciéndole que orara para que todo saliera bien, y le dio su bendición.

El tiempo empezó a pasar y Felicity a contar los días y los centavos que podía “apartarle” a la señora en el traspapelar del vuelto que le daba al regresar con las verduras y las frutas que compraba a los verduleros que pasaban en carros de mula por la calle o, en otras ocasiones, cuando iban al mercado, donde llevaban a veces a los niños que disfrutaban de estar entre tanta gente de tantos colores: blancos, mestizos, aindiados, orientales, hindúes y negros comiendo carne a la brasa, empanadas de pescado, pasteles salados y dulces, inmensidad de olores de especias y de salsas orientales, trozos de frutas al aire que atraían abejas y moscas por igual, jugos de distintos colores y agua de coco con trozos de pulpa exhibidos en enormes tarros de vidrio con hielo de donde sacaban con un cucharón y vertían en vasos de plástico, de hileras de ropa guindada al sol de todos colores y para todas las tallas, de cerros de zapatos y sandalias de plástico tirados en el piso, todos de un solo color, negro, de sombreros de palma con o sin flores de papel, y de carnes y de aves sacrificadas esa misma madrugada ahora descansando en urnas de vidrio, y de peces durmiendo en camas de hielo que apenas tenían horas de haber llegado del mar, todo al alcance de la vista atónita de los niños Macmillan jamás autorizados a tocar ni comer ni beber nada que no viniera en una lata cerrada, o que dijera “Made in England”. 

Cada domingo Felicity con diligencia le pagaba la cuota al Pastor de lo que conseguía mal puesto en su casa, y éste la guardaba. Ni ella ni él sacaban la cuenta: ella solo confiaba en que la cuenta aumentaba aunque no sabía en cuánto y el viaje se acercaba más. El Pastor solo le entregaba como recibo un soplo de aliento al decirle que cada domingo le faltaban menos días, y que fuera pensando en lo que se iba a llevar, que no podía ser mucho, y no podía llevar mucho equipaje pues en caso de los parara la guardia costera venezolana lo tenían que tirar al mar y decir que andaban paseando, pues si adivinaban que iban a ingresar ilegalmente, la devolverían sin piedad a ella, y a Fidel lo meterían en la cárcel. La admonición le hacía correr un hilo de sudor frío a Felicity por la espalda, pero lo disimulaba con una sonrisa.

Hasta que un domingo varios meses después el Pastor le dijo que ya había completado los tres dólares y que se los entregaría a Fidel esa misma semana, le avisaría el día de la partida para lo cual tendría que irse la noche anterior, pues tendría que dormir en el muelle ya que la salida sería a eso de la media noche para encontrar el mar calmado y el sol a la espalda, y como la travesía no incluía ni comida ni bebida, debía llevarse agua y comida para el viaje de varias horas, pues así llegarían antes del anochecer. El Pastor le dio varias monedas y le dijo que eran para el autobús y que tenía que salir apenas oscureciera porque después no había autobuses, y con eso podía pagar el pasaje hasta donde estaba el bote de Fidel.

Con el corazón que casi le iba a salir por la boca y los ojos de las órbitas, Felicity solo apenas pudo darle las gracias al Pastor y regresar a su casa para esperar a que el Pastor le comunicara la fecha de la salida. Cuando se encerró en su cuarto empezó a armar mentalmente su maleta y a buscar una botella de plástico para llevar agua. No era mucho, pues tampoco tenía mucho, es decir, casi nada. Ni siquiera recuerdos, pensó, porque los buscó y no los encontró: ya ni se acordaba de los detalles de su niñez, ni de cuando había llegado a esa casa, pero ella sabía que era toda su vida, y ahora, finalmente, le habían abierto la puerta de su jaula y podía salir a volar. Ahora sería libre. Y pensando en ese nuevo mundo se durmió tan profundamente que no se despertó hasta que la señora vino hasta su habitación en la mañana y le tocó la puerta.

Un par de domingos más tarde, al terminar el servicio el Pastor la llamó a un rincón y le anunció la fecha: este miércoles será el viaje, dentro de tres días, o sea que sólo pasaría tres días más en esa casa. Felicity se miró las manos y extendió su mano derecha como un abanico y se tocó el pulgar y el índice y contó que le sobraba tres dedos en su calendario. Esa sería su cuenta. Miró al Pastor y le dio las gracias y regresó a su casa con paso apurado, aunque sin saber exactamente por qué.

Al tercer día, Felicity apenas aguantaba los nervios de pensar que esa misma tarde después de la cena, al bajar el sol, se iría. Repasó mentalmente su plan de escape por enésima vez: cuando terminara la cena la señora se iría a su habitación a descansar, y en vez de recoger la mesa, ella saldría con sus tres vestidos envueltos en un pedazo de tela y una botella de plástico para llenarla de agua en el embarcadero. No llevaría comida sino algo muy liviano, pan y bananas, porque sabía que de los nervios no podría comer. Salió al oír las campanadas. Ya estaba casi oscuro en la calle. Apuró el paso entre las casas hasta que llegó hasta la parada del bus y unos 50 minutos más tarde llegó al embarcadero. Buscó a Fidel. No estaba en su bote, y luego de un rato lo encontró bebiendo cerveza en un bar en medio de otros tantos hombres y algunas mujeres que hacían lo mismo. Se le acercó y le dijo, aquí estoy. Fidel la miró, se sonrió, se levantó de la mesa y le ofreció una botella de cerveza fría. Felicity la aceptó, pero al tomar el primer trago se delató que nunca antes había probado algo de ese sabor ni a esa temperatura por lo que casi se ahogó, tosió para luego cerrar los ojos, limpiarse la boca y mirar a Fidel diciéndole, ¿qué es esto?

Cerveza, le dijo Fidel riéndose y adivinando la candidez, y continuó diciéndole, más vale que aprendas a tomarla porque de ahora en adelante vas a tener que tomar mucha cerveza porque allá en Venezuela se toma mucha cerveza porque hace mucho calor.

¿Más que aquí?, preguntó incauta Felicity.

No, igual, le dijo Fidel.

Felicity se encogió de hombros restándole importancia, cerró los ojos y tomó otro trago, esta vez muy despacio para no ahogarse. La saboreó y le dijo, no creo que esté tan mala ahora.

Esa noche, Fidel se la llevó a dormir a su lancha donde estaban dos hombres y dos mujeres, obviamente otros pasajeros. Le preguntó la hora de la salida a Fidel, y él le confirmó que sería a la medianoche. Sin hablar, se acomodó en un rincón haciéndose un espacio entre tantas  cajas y sacos de algunas mercancías. El cielo estaba totalmente estrellado y la luna reflejándose en el mar con una estela hasta el bote. Nunca había algo visto así porque siempre había visto al mar de día. Unos minutos más tarde Fidel dijo a sus pasajeros que eran las doce, hora de salir. Desamarró el bote, encendió los dos motores fuera de borda a marcha mínima, y cuando comenzó a moverse, lanzó un adiós al aire con la mano mientras decía, Trinidad, hasta que vuelva, y alejándose del muelle el bote empezó a navegar hacia el mar, oscuro y desconocido totalmente para Felicity.

El bote enfiló hacia el mar abierto mientras Fidel hacía algunos ajustes al motor para la travesía guiándose por las estrellas. El sonido del motor pronto se hizo monótono salvo por esporádicos brincos que despertaban a Felicity quien se durmió profundamente hasta que el sol comenzó a salir a sus espaldas y el mar se empezaba a ver en tonos de azul. Volteó la cabeza y vio a Fidel sentado en la popa entre los dos motores, y detrás de éste, que Trinidad se iba quedando atrás, y al rato, que solo se dibujaba una franja entre marrón y verde que cada vez se hacía más pequeña hasta que el sol no la dejó ver más. El motor continuaba sin parar en un monótono ronquido, mientras el corazón de Felicity la golpeaba más fuerte que las olas que pegaban incesantemente en la quilla del bote. El mar está sereno, dijo Fidel, y miró sonriente a Felicity. Ella se rió también. Felicity alternaba la mirada entre Fidel y la costa, se ponía la mano en la frente para taparse del sol, pero Fidel sabía que sus miradas se cruzaban porque él se reía, y ella también.

La ruta hacia el oeste continuaba sin variar, salvo que ahora el azul del mar y el azul del cielo a veces se confundían porque no había punto de referencia hacia el horizonte. El calor, el viento y las olas aumentaban igualmente, y el olor del mar parecía distinto y se debía, según dijo Fidel, a que estaban llegando a la Boca de Dragones, ese punto donde se cruzaban las fronteras de Venezuela y Trinidad y donde las aguas del Atlántico penetran hacia el sur por un estrecho paraje entre el continente y la isla, que las olas bambolean a todos los que cruzan ese pasadizo. La “Flecha de Güiria” bajó la velocidad por un rato y se pudieron ver cerca las toninas que viajaban en la misma dirección de los peces voladores que asustaron a Felicity que nunca los había visto de tan cerca, como si fueran pájaros.

Inmediatamente empezaron a ver las islas del estrecho: primero, Monos, en la distancia, pequeña, toda verde, que parecía que estaba flotando en el mar, y un poco más tarde, más lejos a la derecha, Chacachacare. En la distancia pasaban al último vestigio de Trinidad. Todo se veía ahora en tonos de gris contra el azul del cielo y del mar que los arropaba por todos lados. El brillo del sol en el agua cegaba y el calor aumentaba sin detenerse. El mar azul se poblaba de pronto con blancas crestas. Se oían gaviotas en la distancia. La tierra quedaba atrás, el mar quedaba adelante. Eran los dragones del paso que habitaban bajo las aguas. Pronto estarían llegando a aguas venezolanas. La frontera invisible se acercaba.

Un par de horas más tarde, avistaron en la distancia a unos dos kilómetros a la isla de Patos, y Fidel avisó como un capitán a su tripulación mientras apuntaba con su mano, ¡ya estamos en Venezuela! Todos aplaudieron, hasta Felicity, y su corazón latió más rápido que nunca, pero no dejó ver sus lágrimas. En el fondo de su corazón, estaba asustada. Más allá de la isla estaban las nuevas tierras del continente como si los estuviera esperando: las montañas se veían entre azules y verdes, dentadas y largas como el lomo de una iguana, hasta que se hundían en el agua del Atlántico. Las nubes eran ahora blancas y altas. Esa es Paria, esa es mi tierra, dijo Fidel mirando a Felicity, y siguió la travesía a la vez que se acercaban más y más a la firme tierra. 

De pronto el viento aumentó y empezó a llover con ráfagas tibias de agua dulce, lo que fue bienvenido al principio pero no después porque el bote empezó a moverse como un caballo encabritado porque las olas aumentaron de tamaño, y Fidel tuvo que disminuir la velocidad. Les explicó que estaban como a unos 20 kilómetros de Güiria en línea recta, pero que ahora el viaje se alargaría por haber bajado la velocidad y llegarían en la noche y no en la tarde como estaba previsto con las personas que les estaban esperando para llevarlos hacia el interior del país. Los pasajeros no dejaban de mirar a Fidel. No importa, se respondió él mismo, tal vez para infundir ánimo a la tripulación, explicando que no era la primera vez que le había pasado.

Fidel se arrimó más a la costa que permanecía invisible por la cortina de agua que estaba cayendo. Llovió como por media hora y apenas cesó la lluvia, Fidel reinició la velocidad. El mar quedó más calmado y la costa se veía ahora con absoluta claridad: toda verde y el cielo, todo azul con nubes muy altas. ¡Ya pasamos la Boca de Dragones!, casi gritó Fidel a su reanimada tripulación, ahora es directo a Güiria. Fidel miró su reloj y se fijó en la brújula. Vamos bien, dijo, y le sonrió a Felicity y Felicity le sonrió a Fidel.

El sol había pasado por encima de ellos y luego los miró de frente. A ratos la gente tomaba agua y comía frutas. No tiren nada al agua, les advirtió Fidel, que luego los ve la guardia costera venezolana y sabe que acabamos de pasar por aquí, y las lanchas de ellos son más rápidas que esta que está vieja. Dejen todo aquí. Felicity comió bananas y bebió de su agua pero Fidel de pronto se le acercó y le ofreció un pescado frito envuelto en hojas de plátano que ella recibió gustosamente. El ritmo del bote la ayudó a dormirse en el primer momento de descanso que tenía realmente desde la noche anterior. Solo sintió que ya no temía nada. No supo cuánto tiempo pasó hasta que Fidel volvió a interrumpir su sueño: son las cinco, ya estamos muy cerca. Después que pase frente a Güiria, cruzamos a la derecha. Voy a entrar al revés para despistar a las patrulleras, dijo con aplomo. Todos sonrieron.

Una rato más tarde, dijo apuntando hacia tierra firme, ¡pasamos Güiria!, pero nosotros seguimos derecho. Todavía no cruzo, dijo, y siguió mirando al mar, a su reloj, a su brújula y a Felicity. Y ella lo sabía porque no le quitaba los ojos de encima a Fidel.

Tal como lo había anunciado Fidel, cuando el sol estaba casi a ras del mar y cambiando rápidamente sus colores del atardecer, de amarillo encendido a rojo y luego a negro, dio un giro fuerte hacia la derecha y navegó por unos treinta minutos, y luego otro fuerte giro hacia la derecha y explicó: ahora sí voy de frente, y ni la guardia me puede ver. ¡Somos invisibles!, gritó y abriendo los brazos se puso de pie como para atajar al viento en medio de una carcajada. Fidel se tiñó de los colores del crepúsculo, y todos se rieron con él.

Luego, cuando el cielo estaba casi oscuro, Fidel dio un giro y enfiló hacia la costa. La temperatura había bajado considerablemente. Ahora, alumbrándose con la luz de la penumbra el bote llegó a una distancia que se podía medir en pasos de la orilla y desaceleró hasta casi detenerse. Fidel se paró en la proa. Sólo se oían los motores ronroneando como un gato. ¡Silencio absoluto!, ordenó Fidel haciendo un gesto con su mano pero sin voltear. Solo se  oía el viento y las olas en la playa que obviamente estaba muy cerca, hasta que de pronto, desde la playa se encendieron dos golpes de luz, obviamente una señal. Fidel contestó con unos golpes de linterna.

Ajá, dijo Fidel apuntando hacia la orilla, llegamos, ahí están. Todo está bien. Fidel volvió a la popa, apagó los motores y dejó ir al bote con el impulso que traía hasta que encalló suavemente su quilla en la arena. Esta vez encendieron las luces de lo que era obviamente un automóvil que los esperaba.

Desde tierra le gritaron, ¡Fidel!

Fidel respondió, ¡Felipe!

A bajarse todo el mundo, ordenó Fidel, que ya estamos en Venezuela, y los ansiosos pasajeros se levantaron mientras ellos, azarados, ansiosos, cansados, entumecidos, sudados, alegres y asustados pero contentos de estar en su destino, cada quien con sus sueños, con sus esperanzas, cada quien buscando que les amaneciera un nuevo día con una nueva oportunidad, se fueron bajando donde el agua apenas les llegaba más abajo de la rodilla. Fidel les ayudó a bajar a uno por uno. Le daban las gracias y se reían. Fidel les devolvía bendiciones. Caminaron hasta la arena donde estaba Felipe, el inesperado visitante que, según Fidel, los llevaría hasta Güiria, viajando en automóvil por la carretera. Le dijeron adiós con las manos. Fidel les respondió con las suyas. Solo quedaba Felicity a bordo.

Ella se paró frente a Fidel para descender. Cuando ella iba a empezar a hacerlo, Fidel la tomó por el brazo izquierdo y ella no lo esquivó. Él estaba de espaldas a la playa y ella frente a él. Él le podía ver la cara sonriente y los dientes blancos a pesar de la oscuridad. Ella sentía su aliento y ella al de él. Entonces Fidel le sintió el pulso rápido, le miró los ojos más negros que su piel de ébano y le preguntó, ¿quieres irte sola o quieres quedarte conmigo?

¿Contigo, dónde?, le dijo Felicity un tanto desorientada porque no se esperaba esa pregunta.

En mi casa, yo vivo allá en Güiria, le dijo indicándole con un movimiento del mentón. Allá está mi casa y yo quiero que vivas conmigo en esa casa.

¿Y cómo llego yo allá?, preguntó cándidamente Felicity.

Dile a Felipe que te deje casa de mi mamá, él sabe, que yo llegaré más tarde. Ya yo le dije a ella que tú ibas para allá esta noche y ella te está esperando con comida que yo llegaré más tarde. Yo no tengo mujer ni tengo hijos y este es mi trabajo. Yo te enseñaré a hablar español, te daré un techo para vivir y tendremos una familia de nosotros.

¿Y si no voy?, le respondió Felicity sonriendo con picardía sin dejar de mirarle a los ojos amarillos.

Entonces yo dormiré solo esta noche.

Felicity se sonrió. Fidel la tomó por la cintura y la bajó del bote. Ella, para asegurarse, deslizó su mano derecha por el brazo izquierdo de Felipe hasta que le tocó la mano y se la apretó dándole la respuesta. Caminó hasta la playa, y cuando llegó, se volteó y vio al bote con la luz de la luna que se empezaba a alejar en la oscuridad y le hizo señas con el brazo.

FIN

Foto por Wilfredor, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.