A Elizabeth en su cumpleaños, 2008

En los tiempos del califa Haroun al-Rashid, cerca de la ciudad de Basora vivía un pescador de esponjas que como era muy pobre, solamente tenía un nombre, Samir. Vivía en una choza que tenía paredes de tierra y techo de juncos secos, amarrados y emplastados con barro, de los que crecían en la desembocadura de los dos grandes ríos, el Tigres y el Eufrates, en la zona que todavía se llama Shat-el Arab, o sea el Río de los Árabes, donde en las orillas pantanosas abundaban los manglares de aguas salobres y olores raros. De allí Samir sacaba los juncos con los que continuamente reparaba su techo que el viento del mar levantaba casi todos los días, y con ellos también había construido un pequeño barco, que ayudado con una vela, lo hacía navegar hasta el golfo mismo para llegar hasta una zona llena de aguas profundas resguardadas por inmensas rocas donde estaban las esponjas que él sacaba para llevarlas a vender al mercado de Basora. Con lo poco que conseguía por las esponjas, lo cambiaba por ciertos alimentos en el mismo mercado y lo llevaba de regreso a su familia. Un mal día, cuando uno de los monzones llegó hasta tierra firme, el viento le llevó totalmente el techo de la casa y le derrumbó una de las paredes, aunque pudo salvar varias cabras con sus crías porque las metió para la casa. El agua se acumuló por varios días en todas partes hasta que salió nuevamente el sol, pero su pequeño bote desapareció totalmente, por lo que tuvo que ir a los lodazales del Río de los Árabes a buscar más juncos para reponer el único medio que le proporcionaba el sustento a toda la familia.

Salió muy temprano y caminó por la tierra empantanada hasta que llegó al río. No todos los manglares habían sobrevivido los vientos y todavía tenían el agua revuelta cuando Samir llegó casi al medio día. Con el sol reflejándose en el agua, empezó a buscar los juncos más gruesos para cortarlos y se metió en el agua hasta la cintura en una zona donde nunca había estado. En el suelo pegajoso podía sentir cómo sus pies se hundían en el fango, pero a la vez pudo sentir que caminaba como sobre piedras redondas, y cuando su curiosidad lo hizo agacharse a recoger una, lo que sacó fue una concha negra alargada que decidió guardar en la bolsa que llevaba agarrada de la cintura. Sacó más, pues supuso que se las podían comer, y con la bolsa llena de conchas y la espalda cargada de juncos, regresó a su casa a la hora de la puesta del sol.

Al siguiente día, su mujer tomó las conchas mientras él se quedaba preparando los juncos para secarlos, y con un cuchillo los fue abriendo uno a uno para extraerles el molusco que allí estaba escondido, pero su sorpresa fue cuando encontró una perla negra, y de un grito llamó a Samir quien corrió a ver el milagro. Convencidos de que había más, empezaron a abrirlas todas y descubrieron que sí había más, y lograron reunir varias docenas de perlas, unas redondas, otras alargadas, otras no tan redondas, y de varios colores, blancas, y no tan blancas con tintes de rosado, y negras como la noche. Luego, surgió la gran pregunta, ¿qué hacer con ellas? La respuesta la consiguió Samir inmediatamente: las vendería en el mercado donde llegaban todas las mercancías del oriente, y también venían los comerciantes de Bagdad y hasta de Siria, donde se vendían sedas y porcelanas de la China, maderas de áloe y árboles de incienso de las costas de Somalia, así como oro del país de Ofir y ámbar gris del mítico país del Punt, esclavos, mujeres, niños y animales que traían de otras tierras, pimienta de Cochín y especias de la India, y por supuesto, perlas de Basora, que pescaban en el mar cercano, salvo que eran solamente blancas.

Samir emprendió su viaje al mercado. Caminó toda la mañana y llegó al medio día. Sin probar bocado se recorrió el mercado hasta que llegó a una tienda donde estaban los vendedores de perlas. Miró con cautela desde el afuera y lo único que recibió fue un grito de advertencia para que se retirara pues no querían mendigos.

No soy mendigo, soy vendedor, dijo Samir al aparente dueño del negocio, quien se acercó y lo miró con tanto recelo que no lo mandó a pasar adelante sino que le preguntó desde adentro que qué vendía, por lo que Samir le entregó la pequeña bolsa con las perlas.

El comerciante las puso en la palma de su mano y cuando las vio abrió los ojos y la boca, tomó una bocanada de aire y le preguntó, ¿dónde las conseguiste?

Me las regaló el mar, le dijo Samir, pero necesito comer, y las perlas no se comen.

En ese momento entró un potentado, sin duda un oficial del palacio y miró las perlas que el comerciante no tuvo tiempo de esconder, y su sentencia fue tan cortante como una cimitarra: me gustaría ver qué tesoro escondes, porque si fuera algo malo, lo hubieras tirado al piso.

Excelencia, le dijo el comerciante haciendo una reverencia y abriéndole el puño para descubrirle su secreto, son tuyas si las quieres, pero el dueño es este vendedor, así que habla con él, pues yo no tengo parte en este negocio.

Bien, le dijo el potentado, entonces sígueme, le dijo a Samir. Y dando media vuelta salió de la tienda, se montó en un palanquín y le hizo señas a Samir para que lo siguiera a pie. En pocos momentos llegaron a una casa muy bella, y el potentado le dijo que entrara y lo siguiera hasta una sala bellamente adornada donde estaban varias personas que voltearon sorprendidas de ver al visitante. El potentado le hizo una seña a Samir para que se acercara, pero hasta cierta distancia, luego se volteó hacia una bella mujer llena de joyas y le hizo una gran reverencia y le entregó la bolsa con las perlas de colores.

La mujer que estaba recostada en un diván sobre unos cojines de colores, sacó las perlas de la bolsa y las puso sobre el mármol blanco del piso. Se quedó silente y luego de un momento preguntó, ¿son perlas de colores?

Sí, mi princesa, dijo el potentado haciendo una reverencia.

¿Y son de este hombre?, dijo la princesa mirando a Samir.

Sí, mi princesa, dijo Samir.

¿Cómo las conseguiste?, volvió a preguntar la princesa.

Me las regaló el mar.

Entonces no son de él, interrumpió el potentado. Luego continuó hablándole a la princesa, ¿Te gustan?

Sí. Siempre las había visto blancas. Son muy bellas, pero ¿por qué son de colores?

Contéstale a Jazmín, la princesa, la hija del Califa, porque tú eres quien sabes por qué son de colores, pues no sabemos si son buenas o malas, y ten cuidado con lo que dices pues podrían ser tus últimas palabras.

Aterrado por la alternativa, Samir se acercó hasta la princesa y le dijo, son buenas, mi princesa, y son de colores porque ellas representan todos los colores de tus hijos, los que están en esta ciudad y en otras ciudades que nuestro amado Califa tiene bajo su mando. Si te gustan, te las regalo, así cuando las veas tú y las vea el Califa, se acordarán que tienen muchos hijos y de muchos colores.

Sí, es cierto, le dijo la princesa, sí me gustan y te doy las gracias. ¿Qué deseas a cambio?

Vuestro agradecimiento será suficiente princesa, por darte felicidad a ti y a mi Califa.

Esa noche cuando Samir regresó a la casa la esposa lo estaba esperando en la puerta y le preguntó al llegar qué traía, convencida que había vendido las perlas y vendría cargado de presentes.

Traigo la vida, le dijo, que me la regaló la princesa.

FIN

Foto por  شرشاوي , CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.