A mis amigos Anayt y Wladimir
Ya estaba entrada la mañana y todavía muchas personas tenían marcada en sus frentes el rastro de la ceniza que les habían impuesto esa mañana. Eso distingue que somos católicos, le dijo don Pascual en su tienda a una señora que entró a comprarle.
Era un gesto para congraciarse con su clientela y que no formaba sino parte de su estrategia de mercadeo para caerle bien a todo el mundo, o al que podía, cuando tenía tiempo, por supuesto, y don Pascual no desperdiciaba la oportunidad para decir algo, gracioso, elegante, jamás hiriente, mucho menos de política, y jamás de religión, aunque él presumía que todo el mundo allí en San Carlos del Rey, ese pueblo que se había negado a morir, inundado por el calor en verano y el fresco en la época de lluvias, todo parecía que estuviera a las puertas de otro mundo pasado porque no había progresado en los últimos cien años, ni nadie creía que podría hacerlo en los próximos cien.
Calles de cemento en el centro, pero las otras de tierra apisonada; casas de adobe con techos de teja para los ricos y de caña brava con techos de palma para los pobres, que por cierto abundaban tanto como los perros realengos que andaban de cacería continua demolidos por el hambre; una Plaza Bolívar que inspiraba más lástima que gestas de glorias pasadas porque su único adorno eran los árboles de mango que había plantado la naturaleza, y un palacio de gobierno que no tenía nada ni de palacio ni de gobierno porque el Gobernador nunca estaba allí sino en su hacienda, a unos 60 kilómetros de San Carlos, al lado de un río, en su casa bajo la sombra de los mangos y rodeado de sus plantaciones de plátano y maíz que vendía en otras ciudades donde se los pagaban mejor que en San Carlos.
La tienda de don Pascual ocupaba el salón del frente de su casa, de quince metros de largo por coho de ancho y con tres puertas para la calle, con un mostrador de madera de punta a punta, con el frente de paneles de vidrio que separaban la mercancía fresca de las moscas: los panes salados y dulces, las roscas y los ponqués; quesos blancos salados cubiertos de pimienta traídos del propio llano adentro; pescado seco de río y carnes saladas, y sobre el mostrador, un peso de dos balanzas de cobre pulido que aguantaba hasta cinco kilos, acompañado de varios frascos de vidrio llenos de caramelos confeccionados localmente por varias señoras del pueblo, decía él, pero que en realidad eran hechos por su propia esposa a quien no le gustaba decir que cocinaba para vender, como lo sabían muy pocas personas, entre ellas el cura confesor, quien le había advertido que eso rayaba en la vanidad, lo cual era un pecado grave, pero que la salvaban sus buenas obras y las oraciones, esa beatitud de ir constantemente a misa todos los domingos y fiestas de guardar, ser miembro de las Damas Misioneras que iban con el padre a casar los amancebados en procesiones públicas que parecían más un ejército de la inquisición liderado por Torquemada que por el padre Narciso, otro español, que al igual que ella y su marido, había venido del mismo pueblo, de Murcia, allá en la Madre Patria, y que convivían todavía con las mismas ideas realistas que mantenían calladas para no ofender a la república donde vivían.
Allí, ese Miércoles de Ceniza del 11 de marzo de 1936, doña Evarista y don Pascual, matrimonio ejemplar según todos decían, recibirían esa noche a cenar al padre Narciso, no tanto como el acto rutinario semanal que hacían los tres a comer fabada y pasarla con vino rojo, sino para celebrar el comienzo de la Cuaresma con una cena, por lo que el menú sería distinto al tradicional, o sea, bolas de calabacín y bacalao horneado con papas, solamente, lo cual sería una prueba de ayuno y abstinencia, de la carne, por los tiempos pasados y los que iban a venir que serían de ayuno y penitencia, por supuesto.
Esa mañana, en la misa de las cinco, don Pascual había sido el único hombre presente, pues los demás brillaban por su ausencia, una casi similar a la que había los domingos y otros actos religiosos en los que los hombres eran la absoluta minoría. Y esto lo hacía notar el cura cuando insistía en que la gente asistiera a los servicios de la Cuaresma, y particularmente a la Semana Santa que llegaría inevitablemente, salvo que se acabara el mundo, concluía apocalípticamente. En silencio, don Pascual y su esposa habían hecho la cola para comulgar y luego para que le impusieran la ceniza, y que le recordaran que como eran de polvo, en polvo se convertirían, y don Pascual volvió, detrás de su mujer, a su puesto en la primera fila. Allí, don Pascual luego dejó escapar su mente y perdió su mirada en el techo de la iglesia, pero no para meditar sino para pensar en el día de trabajo que le esperaba, sacando cuentas y haciendo listas de su inventario, hasta que escuchó que la misa había terminado.
Desde muy temprano, don Pascual recibía la clientela como de costumbre, despachando a diestra y siniestra, conversando con sus clientes, entreteniéndoles con la lengua como una boa que bajea a sus presas: las muchas señoras que compraban cantidades menudas de sal, azúcar, arroz y algunas especias olorosas que él también guardaba en frascos, así como los caramelos. Otras compraban bacalao traído de Portugal pero, como remedios, en dosis medidas en gramos, más por lo caro que por lo preciado. Otras, queso y mermelada de guayaba para el postre. Estamos en cuaresma y hay que comer poco, decía don Pascual, pero era porque sabía que la gente poco tenía para gastar tanto en comida. Los clientes asentían con la cabeza. Y los caramelos de coco con papelón, los guardaba para las ñapas a los muchachos, que esperaban la retribución de don Pascual por ser clientes fijos que iban todos los días a gastar los míseros cuartillos que mandaban a comprar sus madres y que era el anzuelo que él usaba para atraer a los mandaderos.
Don Pascual trabajaba sin perder el ritmo del viejo reloj de pared que estaba a sus espaldas masticando incansablemente los minutos hasta que llegara al anuncio de las campanadas cada cuarto de hora, y mientras tanto casi oía pasar los minutos entre las campanadas que le indicaban acompasadamente los saltos de sus tripas que la comida se acercaba, pero no tanto la del mediodía, que siempre era frugal y sobre el mostrador, sino la de la noche, aunque todavía a media mañana, ni siquiera había recorrido la mitad de lo que faltaba hasta las siete, pero que ya pensaba en el bacalao que su esposa iría a servir en la cena.
Las clientas, aunque venían cargadas del mercado, no podían dejar de pasar por su tienda porque en el mercado no vendían lo que él tenía allí: la suya era una tienda especializada, que aunque lo decía el letrero que tenía pintado en la pared afuera del negocio, pero la realidad era que no había otra que le hiciera la competencia porque él importaba directamente algunas cosas de España, cosa que era totalmente mentira, pues en realidad era de Caracas, donde unos negocios grandes importaban y vendían al mayor. Pero era una mentira piadosa, le había dicho el cura cuando él se lo confesó, además, que la mayoría de la gente ni entendía ni sabía la diferencia, pues poco le compraban esos manjares embutidos, el queso manchego y el vino de Rioja. Pero otros sí, es decir, los mismos curas, que estaban entre sus mejores clientes, así como la superiora del convento y algunos otros españoles locales que degustaban el queso, el vino rojo y los chorizos, dando gracias a Dios y a España, en la persona del Rey, que aunque ya ni siquiera estaba vivo, lo estaba en sus corazones que añoraban lo perdido por aquella España que según ellos, se había vuelto idólatra, complaciente y comunista.
La mañana pasó con lentitud a la tarde. Calurosa y silente, el viento apenas movía las hojas. En las calles se paseaban el polvo y algunos ciclistas. Uno que otro carro o un camión cargado que iba o venía del mercado. Don Pascual armado de un plumero desempolvaba los armarios y los productos, pero no se quejaba. Las lluvias todavía muy lejanas y no se asomaban ni por equivocación en la distancia, pues el verano debía continuar con la Cuaresma, como si fuera la penitencia que se debía pagar por los pecados del carnaval, según recordó esa mañana el padre Narciso, rodeado en el altar de las figuras de los santos que amanecieron vestidos de morado.
Luego de cerrar puntualmente a las seis, don Pascual preparó la botella de vino que se beberían. La tenía acostada, resguardada del calor en un lugar oscuro de la cocina. La sacó como si se tratara de un santo que debe prepararse para la procesión y la limpió, luego la descorchó y para que respirara la sirvió en una jarra de barro para que estuviera fresco. Doña Evarista pasaba a cada rato a darle una vuelta a los panes y al pescado que estaban en el horno.
El reloj de la tienda dio las siete y se escuchó claramente en la casa de familia, como le decía don Pascual a la parte de atrás del negocio donde ellos dos residían, y que se comunicaba con aquél a través de una puerta de dos hojas que siempre permanecía cerrada durante las horas de trabajo, es decir, de seis a seis, pues él almorzaba en el mismo mostrador porque como no tenía empleados, no podía despegarse de éste. Era un esclavo del trabajo, decía ella, pero él decía que era esclavo del deber. Lo único que don Pascual lamentaba era que esa noche no habría fabada porque fabada sin chorizo, no era fabada. Sin embargo, ante el atraso del cura, la conversación entre los esposos se concentró en adivinar por qué éste no había llegado, pues siempre era muy puntual, sobre todo para las comidas. Sería una emergencia, un enfermo, una extremaunción, qué sé yo, y así seguían lanzándose las adivinanzas, todo, cualquier cosa, menos que se le hubiera olvidado comer.
¿Comer? Eso no se le había olvidado nunca, y menos aquí, dijo el marido.
¡Ni a ti!, lo salvó doña Evarista. Y la casa quedó silente.
El marido la volteó a ver como si nunca la hubiera visto y solamente le preguntó, ¿hasta cuándo lo vas a salvar?
¿A salvar…de qué?, contestó ella dejando a un lado la cuchara de madera con la que tenía la intención de bañar al pescado junto con las papas que estaban en su gran tiesto de barro.
De todo, de todos. Todo el mundo sabe que todo lo que recoge aquí se lo manda a sus compañeros curas en España. Aquí no deja nada. No es que me importe mucho, pero la gente lo sabe y no le gusta. La gente lo dice y no le gusta.
¿Y qué tiene eso de malo?
Que las cuatro lochas que se reúne aquí, deben quedarse aquí, y no mandarlas a España. ¡Que allá resuelvan sus problemas!
No pareces español, le retrucó la esposa.
¡Soy español, pero vivo aquí!, le devolvió el marido.
Eso es parte de las obras de caridad; es como las misiones, aclaró doña Evarista con sonido de punto final.
La caridad comienza por la casa, y ésta aquí, dijo don Pascual apuntando al piso, debe tener la mayor parte, y ahora no tiene nada. Todo lo manda para allá, dijo el marido para empatar el duelo verbal.
Mientras la discusión se acaloraba y los minutos pasaban, los esposos se habían desentendido del tiempo, a lo que unos momentos más tarde sonó la puerta pero con un estruendo inusual al que hubiera hecho el cura al llegar a su acostumbrada visita. Don Pascual corrió hacia la puerta.
En la entrada estaba el cura con la cara desencajada, jadeante porque obviamente había venido en una gran carrera, y en palabras entrecortadas por falta de aliento puedo comunicarle a don Pascual su emoción: me acaban de enviar un telegrama de Caracas el mismo arzobispo para decirme que en vista de mi muy efectiva labor de asistencia económica con la que he estado contribuyendo todos estos años, han decidido enviarme a España a encargarme de la labor de administrador de las limosnas que vienen de América, para lo que tengo que regresarme inmediatamente. Hay un barco que sale dentro de tres días y tengo que irme en él. Imagínense, es un premio a mi labor.
Bueno, padre, le dijo don Pascual con la resignación de quedarse sin el amigo, pero eso no le quita que cene con nosotros, aunque sea la última cena, como quien dice.
Bueno, la verdad es que no tengo tiempo, dijo el cura. Pasaré, pero solo unos minutos porque solo os voy a bendecir y a desearos que continuéis siendo felices y fieles servidores de la Iglesia y de la madre patria.
En el recibo, don Pascual y doña Evarista se arrodillaron en el piso mientras el padre les impartía una bendición en latín.
Gracias, les dijo. Huele divino, esto llega hasta la calle, pero tengo que irme. Lo aceptaré como una penitencia el no comer con vosotros, pero tengo muchas cosas que arreglar y dejar todo en orden. El nuevo párroco viene en camino y debe llegar tal vez mañana por la tarde y tengo que dejarle todo arreglado porque me voy mañana antes de que él llegue. Tan pronto llegue a Barcelona os escribiré. Voy a Barcelona, porque allí está la nueva oficina que se va a crear. Además, me viene muy al pelo porque allí se van a celebrar los Juegos Olímpicos este verano, una oportunidad envidiable para ver lo que nunca he visto. Siempre me ha gustado lo nuevo, lo excitante, y ésta será mi gran oportunidad para vivir una nueva vida. ¡Ah Barcelona, las ramblas, España! Solo estuve allí cuando me vine hace como veinte años. Aquí, ya no hay más nada para mí. Y sin dar más explicaciones, dio media vuelta y desapareció en la calle oscura rumbo a la iglesia.
Don Pascual y doña Evarista se fueron hacia la cocina. Se sentaron en silencio. Él sirvió el vino y ella el pescado y los bollos. Hoy es el primer día de la Semana Santa, 11 de marzo, y esta es una comida de Semana Santa, dijo ella explicando lo sobrio el menú, y él dijo, amén. Y continuó: bueno, no podemos ni debemos esperar más y hay que comerse esto antes de que nos volvamos polvo. Lástima que no podemos volver, dijo, acompañado de un suspiro, al menos todavía no. Suerte que tiene la gente. Nosotros seguiremos aquí, solos, aburridos, viviendo, esperando la muerte, porque aquí lo único que es seguro que va a venir es la muerte, no como allá en España, allá sí saben vivir. Nadie sabe dónde está la suerte, concluyó. Y levantaron los vasos para brindar sin saber exactamente por qué.
FIN

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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