En la región de Uttar Pradesh, al norte de India, en el punto donde hacen confluencia los ríos Yamuna  y Ganges, se les une el Sarasvati, el río místico, donde cada doce años se celebra el alineamiento planetario y se dan cita los peregrinos que van a la ciudad de Allahabad para la festividad del Kumb Melá, donde los devotos se bañan para darse el chapuzón sagrado que les limpiará el alma y les preparará para seguir hacia otras vidas. Una de cada diez personas en la India irá hasta las orillas de la confluencia de los tres ríos para este festival entre enero y marzo, mientras todavía está el clima fresco y todo estará lleno de paz y tranquilidad.

Los devotos llegan por cientos de miles, a diario, en sus autos, en tren, autobús, caminando, descalzos o calzados, con escasamente lo que pueden cargar en sus manos porque el mayor peso lo llevan en el corazón, buscando lavarse en el agua que les limpiará su destino, sin más nada en qué pensar ni de qué preocuparse por esos días. Muchos llevan a sus hijos, a sus padres, a sus familiares, porque para esperar ir dentro de una docena de años, muchos no saben si tendrán la oportunidad de ir.

Las carreteras quedan atestadas de vehículos y caminantes. Los trenes llegan copados y todos se bajan al unísono llenándose la estación de un murmullo de las voces que hablan sin gritarse. No se empujan; todos caminan porque todos saben que van a llegar. Solo los interrumpe el sonido del altavoz que da indicaciones y de pronto, el pito del tren que se regresa también lleno. Ni siquiera se oyen las pisadas porque ni las sandalias ni los pies hacen ruido. El río humano se va incorporando a los terraplenes dispuestos en la gran explanada que les albergará en tiendas que apenas son soportadas por palos para darle una forma a la estructura que se convertirá en su hogar durante la estadía. La gente llega extenuada y se tumba en el piso. Es la mayor congregación de gente en el mundo, de muchos países, sitios y todas las edades.

La leyenda dice que los dioses y los demonios se pelearon por un pote de néctar que contenía la inmortalidad, pero el Señor Visnú, disfrazado, lo arrebató y se lo llevó a Garuda, el dios alado, detrás de quien se fueron los demonios a tratar de robárselo, y en esa pelea, unas gotas cayeron al suelo donde está la confluencia de los ríos. Allí es donde el Kumb Melá se celebra cada doce años y donde la gente puede obtener su buen karma, es decir, la causalidad que existe entre la intención y la acción de un individuo y su futuro. Las buenas intenciones conducirán a un buen karma, y lo opuesto, conducirán a uno malo.

Allí en las explanadas se ubican millones de personas, atestadas en grupos que suman multitudes que se mueven como un río humano, de cuerpos color de la tierra, de ropas de todos los colores, de todas las edades: desde niños cargados por sus madres, hasta ancianos que son ayudados a caminar en una sola dirección, hacia el agua, como las tortugas recién nacidas que intuyen que su salvación está en el agua.

Hay ventas de comida, de amuletos, de estampas de oraciones con fotos de las deidades, de joyas reales y falsas, de anillos de cuernos de animales para ciertas enfermedades, de remedios líquidos y pomadas, de monos amarrados por la cintura que enseñan un papel con un mensaje de felicidad: buen destino; larga vida; familia numerosa. Policías y militares que patrullan. Altavoces que llaman a un familiar perdido. Gritos de niños descalzos que juegan con piedras y palos. Perros y gatos hambrientos. Ciegos y mancos que alargan sus brazos y sus esperanzas. Sol abrasante y viento frío. Olores de curry  que el viento dispersa para que los hambrientos los atrapen. Voces, muchas voces, voces por doquier. Un desfile de personas tocando flautas y timbales que danzan frente a los elefantes con cabezas pintadas de blanco y adornados con guirnaldas de flores. Ropas de colores. Gente descalza. Gente con sandalias. 

De entre los grupos en el área de las tiendas cerca del río, de pronto irrumpen docenas de hombres, agitando los brazos, en silencio y brincando casi al unísono como una comparsa de figuras fantasmales porque el cuerpo oscuro lo llevaban cubierto de ceniza, moviéndose con un ritmo que no se oye pero que se siente como si tuviera la musicalidad de una procesión de espíritus terrenales, que aunque sin santo, sí tienen destino: el río. Tienen, en su mayoría, el pelo envuelto de sus propias trenzas pegadas por el tiempo como si fuera un gran turbante, barbas milenarias que les caen hasta sus barrigas. Collares de flores y collares de piedras. Algunos, un taparrabo, otros nada, y de pronto, en la medida que se acercan al agua, empiezan  a gritar elevando los brazos y llevando su frenesí hasta ahogarlo tragando el agua del río que siempre tiene del mismo color de la gente. La muchedumbre desde la orilla los mira tal vez con envidia de ver a los hombres ejemplos de vidas ascéticas llenar sus almas del karma que les llevará a su inmortalidad.

El río no se detiene. La gente, sí. La gente se inclina a beber agua igual que los leopardos en la selva tropical. Otros hunden recipientes para llevársela a su casa. Otros se  meten al río y se dan chapuzones untándose el agua mágica por todo el cuerpo. Todos oran. Todos hablan. Todos se ríen. Todos están felices. Todos hacen abluciones.

Otros santones caminan envueltos en togas color azafrán y se resaltan en la muchedumbre. Todos caminan juntos como si fuera un pelotón militar, aunque sin llevar el paso sino su fe en el destino. Muchos llevaban flores en sus manos y al cruzar el puente, las tiran al río que está lleno de devotos en ambas orillas.

Entre los grupos humanos, divididos en trece grandes sectores dependiendo del origen de los visitantes, hay infinidad de altares donde en muchos de ellos se ven santones en posiciones yoga, esas contorsiones que habían aprendido con la fuerza de la meditación que les había apartado del mundo terrenal. Sus caras blanqueadas, con las frentes pintadas de blanco o amarillo y una ancha faja vertical roja desde el entrecejo hasta el pelo, apenas con un taparrabo, los santones son vagamundos renunciantes a los bienes y placeres mundanos para encontrar la liberación. Unos, contorsionados sobre el piso. Otros, contorsionados guindando de un árbol como un murciélago. O caminando en cuatro extremidades entrelazadas entre sí como un cuadrúpedo. Otros fumando las yerbas que les transportan a otros planos mentales. Allí están a la mirada, fe y alcance de los peregrinos que se les acercan a buscar sus bendiciones, con una reverencia o con un leve toque al sagrado cuerpo, para recibir a cambio un buen pensamiento.

Cuando cae la noche, las procesiones no terminan porque los devotos se quedan despiertos en sus refugios, haciendo su comida, cuidando a los niños, a la familia. Otros se van al río a depositar sus peticiones en barcos de papel con ofrendas florales y una vela, que lanzan al agua que los llevan río abajo como si fuera una escuadra de lamentos y peticiones que apenas se refleja en la oscuridad del agua. Mientras tanto, de otras muchedumbres se oye en la lejanía un cántico unísono que dice así:

Oh Madre Ganges, Benditos sean los que te rezan. Tu llama es como la Luna. Tus aguas son puras. Es libre quien está bajo tu protección. Tú eres mi verdadera madre, Tú eres mi verdadero padre, Tú eres mi familia, Tú eres mi amigo. 

Con el pasar del tiempo las voces van callando y solo quedan en el confín de la falta de luz el sonido de la música de las cítaras y los timbales, apenas perceptibles. Finalmente, los peregrinos se callan rendidos por el cansancio del día y duermen en preparación para el siguiente día que les reparará más expectativas de una vida mejor en este mundo y en el otro que regresarán.

Ese otro día, a primera hora de la mañana, Indira escuchó por el altoparlante que tenía que pasar por el puesto de policía No. 12, con relación a su hijo. El cuerpo se le heló pero el corazón lo sintió caliente porque no le paró de brincar. Invocó a Visnú, el que sostiene la vida. Despertó a su esposo que dormía a su lado y le dijo que se levantara, que tenían noticias de su hijo. Eso es que lo encontraron, le dijo ella, entre sollozos, apúrate, y ambos salieron de su tienda.

Al llegar a la estación, apenas vieron al niño sentado sobre un escritorio, ambos padres se abalanzaron sobre él y tomándolo por la cintura ella lo apretó contra su pecho y le dijo a su esposo: viste, que el corazón me lo dijo porque anoche lo soñé. Este lugar es verdaderamente milagroso. Soy feliz. Los dioses me han premiado y la prueba es que mi karma fue encontrarlo hoy aquí, así como el día en que vino a mí. Ahora viviré más para que él viva.

El esposo firmó unos papeles y ambos salieron del despacho con el hijo que habían dado por perdido el día anterior entre la muchedumbre. Los tres apresuraron el paso hacia el río.

Foto por Kumbh Mela · Allahabad, CC BY 2.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.