Dámaso era un niño de 45 años porque desde los diez, aproximadamente, había dejado de envejecer, no su cuerpo sino su mente. Su vida cambió drásticamente desde que él fuera el único sobreviviente de una tempestad que hizo zozobrar a la lancha de su padre pereciendo éste y tres pescadores más, y de la que Dámaso llegó nadando a la orilla, pero desde allí, nunca más habló, o sea que nadie supo en realidad qué había sucedido en el mar, excepto que los otros no regresaron. Su madre murió poco después y lo dejó solo en el mundo, y Dámaso quedó huérfano y abandonado dependiendo de la bondad de los pobladores que le regalaban la comida, consistente, casi exclusivamente de lo que ellos pescaban y las bondades que de muchas casas le regalaban, incluyendo la ropa y el cobertizo donde dormía.
Desde lejos se podía divisar a Dámaso por su figura de hombros caídos, mirando al piso, solo, deambulando por la playa y sentándose a mirar hacia el mar por horas, a veces todo el día, desde la mañana hasta la noche, y sólo después del crepúsculo, se iba a su cobertizo y se enrollaba en el suelo como un perro, hasta ese otro día que para él no tenían fecha ni hora. Los pescadores, casi tan pobres como él, se encargaban de vigilarlo y de procurarle ropa y comida, porque para Dámaso cada día era igual que el pasado: no se sabía nada. Para él se había acabado el pasado y el futuro, y se había ido a vivir en un mundo donde sólo él estaba. Y así, en esa distancia interna siguió creciendo, pero sin hablar de nada con nadie. Sólo hacía expresiones de aprobaciones o desaprobaciones con su cara, y la gente llegó a la conclusión que el miedo que le había producido el accidente, lo había dejado así: muerto en vida.
Antes del accidente, Dámaso había sido un niño tan normal y vivaracho como los demás. Vivía en un caserío de la isla donde los moradores se contaban en pocas docenas, y por supuesto, todos le conocían. Iba a la escuela por las tardes porque las mañanas eran para acompañar a los mayores a la pesca, a la cual salían casi todos en la madrugada, antes de que despuntara el sol.
Guiándose por las estrellas, ellos tenían ese instinto de saber dónde estaban los bancos de peces que según ellos, les aguardaban como un regalo de la abundancia del mar. Así, los pescadores sabían exactamente dónde estaban los pargos, o los róbalos, los camarones o los pulpos, los cuales buscaban según fuera la temporada, con una exactitud como si hubiera unas señales escritas sobre el agua. Al llegar a un punto, tiraban los anzuelos y las redes y pocos minutos después, empezaban a sacar montones de peces que empezaban a clasificar según creyeran que iba a estar el mercado de la ciudad. Esa era la tarea de Dámaso, quien los iba arreglando de acuerdo al tamaño, devolviendo los pequeños al mar, mientras los hombres relataban historias, cantaban y trabajaban.
Dámaso no los contaba porque decían que traía mala suerte contarlos, porque era tentar a la abundancia con avaricia, y por cada uno que sacaban, decía una oración en silencio, y cuando se disponían a regresar, todos le daban las gracias al mar por el regalo, que les devolvía el saludo con una ola especial que les acariciaba la borda, decían ellos, como quien les daba la mano y les decía, hasta mañana. Todo eso lo sabía ya Dámaso y por eso él pensaba que algún día él tendría su barco y sería tan buen pescador como su padre y cualquiera de los que estaban allí con él, ya que él heredaría el bote de su padre, como él se lo había asegurado muchas veces.
Para que se distrajera por las noches, su padre le había enseñado a hacer pequeños botes de madera. Usaba la madera de los cajones del mercado donde habían traído frutas, y con una navaja la iba moldeando hasta darle la forma al pequeño navío. Le tomó tiempo aprender, incluyendo varias cortadas en las manos, pero eventualmente los logró hacer, modelados, por supuesto, de los lanchones de pesca que usaban los pescadores de la isla. Los pintaba y hasta les ponía nombres inventados, los llenaba de sargazos y conchitas que recogía en la playa, y luego los vendía en el mercado a los forasteros que lo llegaron a conocer por los botecitos que vendía los fines de semana.
Pero después de aquel aciago día, todo cambió. La tormenta había llegado de repente y tomado a todos por sorpresa. Esa madrugada había estado más oscura que de costumbre al punto que algunos habían decidido no salir porque las estrellas con las que se orientaban, apenas se veían. La luna estaba amarilla y sólo se podía ver a instantes reflejándose sobre ráfagas de nubes, y la brisa soplaba mucho más cálida que otras noches. Sótera, la vieja que muchos consultaban porque era médica y vidente, había advertido sobre una tragedia en puertas, pero como eran más los que dudaban de su sanidad mental que los que no, olvidaron el aviso de que las noches cálidas serían más peligrosas que las frías, y que los vientos levantarían olas más altas que las casas. Pero ella hablaba muchas veces sola haciendo predicciones apocalípticas que no se cumplían, y por eso, una más no tendría por qué cumplirse.
Pero el mar se agitó ese día como nunca lo había hecho, y luego de grandes vientos con ráfagas de aguaceros que pusieron al mar gris oscuro, volvió la calma, pero no los hombres. Tres lanchas y nueve pescadores no volvieron esa tarde, excepto por Dámaso que apareció en la playa, mojado y exhausto, pero mudo, para el resto de sus días. ¡Para que no eche el cuento!, dijo Sótera, y eso sí se lo creyó todo el mundo, y nadie nunca le preguntó nada.
Meses después del naufragio y de la muerte de su madre, Dámaso empezó a recobrar la sociabilidad, se le acercó a sus compañeros de juego y empezó a andar con ellos, pero sin pronunciar palabra. Corrían entre los pozos de agua que se hacían en la playa después de la lluvia. Le tiraban piedras al mar. Buscaban entre las rocas a los cangrejos, pero él más nunca quiso montarse en un bote ni bañarse en el mar. Todos siguieron creciendo, pero Dámaso continuaba siendo un niño que buscaba a otros niños para jugar. La gente se dio cuenta que si bien su cuerpo había crecido, su mente se había detenido en el tiempo, tal vez antes del naufragio, tal vez después, tal vez en ninguna parte para olvidarse que se había quedado solo en el mundo, entre el mar, el cielo y la estrechez de la faja de arena de la playa donde caminaba incesantemente viéndose las huellas que dejaban sus pies y cómo venía la ola a borrárselas. Dámaso se había quedado encerrado como una almeja en un mar de él mismo.
Un día, se apareció en el mercado con un barquito, como los que él hacía antes del naufragio, y se lo regaló a un niño. Luego otro día se apareció con otro, y se lo regaló a otro. Y así empezó a hacer barcos y regalarlos, por lo que la gente empezó a regalarle tablas de los cajones que llegaban al mercado. Dámaso se los llevaba para una choza que había construido y donde nadie lo visitaba, porque decían que se había puesto loco. Pero seguía haciendo barcos y regalándolos a todos los que podía.
Un domingo, cuando todo el mundo estaba masticando el silencio de tarde, una gran algarabía infantil interrumpió la inercia de la comunidad y se asomaron a la calle para ver un espectáculo insólito: Dámaso había construido un bote de verdad, pequeño, pero nada diferente de los que usaban los pescadores, y lo venía arrastrando lentamente por la calle, rodeado por todos los niños del pueblo que gritaban y le ayudaban a empujarlo. Lo había hecho con retazos de la madera que había estado reuniendo y lo había hecho en su choza. Seguramente le había tomado años, nadie sabría calcularlo, pero parecía que era tan igual como los otros que estaban en la playa. Los chicos lo celebraban y los grandes, se reían porque lo consideraron como la hazaña del orate que había dejado su mente hundida en el mar.
La gente salió de las casas y se arremolinaron a ver el bote. Lo tocaron y lo miraron por arriba y por debajo, y hasta lo ayudaron a llevarlo a la playa. Dámaso lo empujó hasta la orilla, luego lo fue empujando lentamente en el agua hasta que el bote flotó. La gente se arremolinó y empezó a aplaudirlo, a reírse, a gritar, y algunas mujeres hasta empezaron a llorar. En medio de esa manifestación Dámaso se volteó y los miró a todos, y dando un giro rápido, se montó en el bote, que no se hundió para sorpresa de todos los curiosos. Dámaso los miró desplegando una sonrisa en su cara, algo que muchos nunca habían visto. Le pasó la mano a su creación como si nunca la hubiera tocado, y la acarició con el cariño de quien recibe un regalo. Luego, de la muchedumbre alguien salió con un par de remos y se los entregó, no se sabe si en burla o en serio, pero Dámaso los tomó y le hizo una seña con la mano como diciendo gracias.
Se acomodó en el centro y tomó los remos, los acomodó a los lados, lentamente los hundió en el agua y empezó a remar, y la gente aplaudió. Avanzó un par de metros, y luego otro par, y la gente más aplaudía y más gritaba, y Dámaso siguió remando, y se empezó a alejar, y a alejar de la orilla hasta que la gente se cansó de aplaudir y Dámaso desapareció en el horizonte. Entonces se sentaron en la orilla a esperar a ver qué hacía Dámaso. Pasó una hora, pasaron dos, pasaron más y el sol empezó a ocultarse hasta que salió la luna. Para esa hora ya no quedaba nadie en la playa. Todos se habían ido a sus casas. Esa noche, muy tarde, cuando la hija de Sótera llegó a su casa se fue hasta su madre que yacía postrada en un catre por culpa de sus años y su ceguera, y le preguntó que si sabía lo que le había pasado a Dámaso, y ella sin inmutarse, la miró con los ojos que ya no veían y le dijo, sí, Dámaso está pescando allá lejos, con su padre.
Foto por Enzo861, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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