Al fijar la vista en el montón de papeles que tenía al alcance de su mano no pudo sino pensar en el montón de tiempo que tendría que emplear para terminarlo: revisar todos los recibos de los cheques de gerencia que se habían emitido en dólares durante la semana para compararlos con las copias que venían de otro departamento, porque esas dos cuentas tenían que cuadrar perfectamente. Esa era una de tantas operaciones que el banco hacía para poder cerrar la semana, es decir, después que el banco hubiera terminado su servicio al público a las 5 de la tarde del viernes, que para ese departamento de operaciones internacionales en particular, eso significaba un par de horas más, si todo salía bien, y si no, hasta que todo cuadrara, así fuera hasta las doce de la noche.
El gerente del departamento les rezaba el mantra de que si no cuadraba en un determinado tiempo, se debía a incompetencia y con la misma mano que les batía al hablarle al grupo, les enseñaba la puerta de la salida.
Él sólo deseó que no fuera el último en terminar para que los compañeros no lo responsabilizaran que se habían tenido que quedar por culpa suya. Ya había sucedido, y no importaba que a él le hubieran llegado tarde las copias, porque el dicho no se equivoca: que la cuerda revienta por lo más delgado, y esa era la posición que él tenía, la más delgada.
Respiró profundamente cuando el gerente del departamento salió de la habitación y esto le restituyó el ritmo cardíaco. Se resignó y volvió a mirar el montón de papeles. Los recibos llegaron puntualmente después de las cinco. Ahora solo tenía que empezar a trabajar para que rindiera el tiempo. Ni siquiera quiso contar cuántos recibos había en el montón. No había necesidad, sólo que eran muchos. Muchísimos. Demasiados.
Armó dos montones, los ordenó de acuerdo a la fecha y constató que todos estaban allí. Luego tomó el de más arriba. Le revisó los seriales y comparó las cantidades con la copia que le habían enviado del pago del cheque. Accionó a la sumadora. Todo estaba correcto. Puso su media firma y la hora en una esquina del recibo, y continuó. Tomó el segundo y repitió la operación. Era fácil, pero es que como debía haber por lo menos unos doscientos cheques, y si al final la sumatoria de los cheques no cuadraba con la que tenía el otro departamento, había un error, y como no se sabía dónde estaba, había que revisar ambas cuentas desde el principio.
No quería ni pensar en esa opción. Leyó el tercero saltando la vista de un papel al otro para corroborar las cifras hasta que terminó con la operación. Tomó el cuarto, repitió el ritual, y así fue continuando haciendo saltos con los ojos del papel al reloj y de éste a la máquina sumadora que tenía en el escritorio. Las cinco y veintidós minutos. Tomó otro recibo. Lo constató. Miró al reloj: las cinco y veintiocho. Tomó otro recibo y lo comenzó a leer cuando el jefe inmediato se le acercó por un costado y en voz baja le dijo que suspendiera el trabajo porque iban a suspender la revisión de los cheques. ¿Suspender la revisión?, saltó Juan porque creía que no había oído bien. ¿Qué pasa?
Nada. Han dado la orden que se suspenda este conteo de modo que te puedes ir a tu casa. Que todo se continuará el lunes, así que hasta luego, le explicó el jefe, dándole una suave palmada en el hombro.
Lo único que pensó es que estaba de suerte y mejor se iba antes de que cambiaran de parecer. Sabía que tendría que hacer ese recuento el lunes, pero no importaba. El lunes regresaría con nuevos aires, pero por ahora, estaba agotado y lo que quería era salir de allí antes de que hubiera una contraorden o una reflexión de esa insólita oferta. Tomó su saco que estaba colgado sobre el espaldar de su silla y sin ponérselo ni pensarlo dos veces salió disparado hacia la calle.
Flanqueó a otros que trabajaban en escritorios sin levantar la cabeza, contando dinero, doblando papeles y metiéndolos en sobres de manila. Había un grupo de la limpieza que venían barriendo y recogiendo papeleras que vaciaban en grandes bolsas para la basura. Nadie miraba a nadie porque nadie quería perder tiempo en eso.
Siguió caminando mientras oía los golpes de las engrapadoras como si fueran disparos que salían de las trincheras de la derecha contestadas por metrallas de máquinas de escribir a su izquierda; gente que no hablaba, cabezas que no se levantaban, camisas arremangadas hasta los codos, mujeres con lápices clavados en el cabello, bocas descoloridas, anteojos rodados sobre la nariz. Nadie lo volteó a ver. Atravesó varias puertas hasta que llegó al área de las taquillas donde se atendía al público y vio que sacaban sacos grises llevándolos en carretillas por el piso, obviamente llenos de dinero, para ser guardados a las bóvedas que estaban en el sótano, un par de pisos más abajo a donde se bajaba por un ascensor donde estaba el corazón del banco, esa inmensa habitación protegida por una puerta metálica redonda de dos metros de diámetro, medio de ancho y medio metro de grosor, que necesitaba un motor eléctrico para moverla y tres personas con tres combinaciones distintas para abrirla porque allí estaba todo lo que el banco era: sus caudales, en monedas, billetes y papeles de valores y seguridad en varias monedas de diferentes países, documentos, joyas de clientes, barras de oro del gobierno, y quién sabe cuántas cosas más.
Cuando llegó a la puerta lateral por donde salían los empleados, los policías que ya le conocían le abrieron la puerta, firmó y le dejaron salir. Apenas estuvo en la calle sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. Podía ver que el resto del mundo era más liviano y lo primero que hizo fue buscar la caja de cigarrillos en su saco. Esa era su señal de la liberación, como si hubiera izado su bandera desde el capitolio porque su guerra semanal se había acabado.
Sacó la caja un tanto arrugada al igual que los escasos cigarrillos que aún quedaban en ella. Sacó uno y lo estiró suavemente de punta a punta. Lo olió y se lo puso en sus labios recién mojados de su saliva. Lo encendió y lo aspiró hasta que sintió que el humo le llegaba hasta los pulmones y cuando se sintió revitalizado, lo expulsó lentamente dejando una estela azul que se la llevó el viento y empezó a caminar hacia la parada del autobús que lo llevaría a su casa. Ese momento era su señal que estaba del lado afuera del banco. Estaba liberado y podía fumar, porque allá adentro no lo podía hacer. Allí residía su sentimiento de liberación, pues hasta lo veía cuando éste se desplazaba en el aire buscando libertad.
Apenas se acercó a la parada pudo ver lo que él ya sabía que estaría allí: la cola de unas cincuenta personas que esperaban al colectivo. Pero no le importó porque la satisfacción de su liberación superaba con creces el trauma de la cola y del viaje en autobús: hombres con el saco sobre el brazo, mujeres cargadas de bolsas del mercado que obviamente las llevaban a sus casas, mujeres con niños encabritados a los que dominaban agarrados por un brazo. Mujeres con niños tan pequeños que tenían que sostenerlos cargados. Personas de todas las edades. Muchachos que regresaban de sus escuelas arrastrando a sus bultos escolares. Un viejo ciego con gafas negras y un bastón para sentir repetidamente el suelo descubriendo su camino. Mujeres jóvenes y bonitas pero desarregladas al final de la jornada. Hombres de todas las edades, obreros, oficinistas, empleados medios, empleados altos con el saco sobre el brazo y las mangas arremangadas, cansados. Muchos mirando a su reloj; otros preguntando la hora a cada rato, hasta que alguien avistó al colectivo color marrón que cruzó la calle y se dirigió exactamente hacia el sitio indicado en el poste: Ruta 16.
Una vez que se bajaron algunos, el chofer abrió la puerta de adelante para dejar entrar a los futuros viajeros. Los hombres entregaban dinero; las mujeres lo llevaban en sus carteras. La gente quería entrar rápido porque no sabían cuándo se llenaría el vehículo. El viejo ciego se movía con la cola porque sentía que le empujaban el cuerpo. En realidad, todo el mundo sentía que la cola les movía a todos como un enorme ciempiés reptando por la acera hasta el autobús.
Él fue de los últimos que dejaron entrar en el colectivo, lo que le hizo bajar la ansiedad; muchos otros quedaron afuera. Muchos los llamados y pocos los escogidos, pensó. Pagó al chofer, y como le tocó la cola de los parados entre las dos hileras de asientos, no se movió mucho. Solo puedo agarrarse de un espaldar. Quedó muy cerca del conductor quien de un tirón arrancó empujando a todos los parados, primero hacia atrás, y luego hacia adelante en una coreografía involuntaria hasta que volvieron a su horizontalidad sosteniéndose casi todos como murciélagos guindados de los tubos metálicos que corrían a lo largo del techo. Acto seguido, empezaron el recorrido.
Al ruido de monotonía del motor que les aseguraba que se movían en el tráfico se interrumpía con el ruido de los cambios de los engranajes de la caja de velocidades que el chofer hacía constantemente, manifestando el exceso de peso que llevaba el viejo colectivo. Iban varias docenas de personas, con toda seguridad excediendo lo que decía el cartel que estaba a la derecha de la cabeza del chofer: capacidad máxima: 40 sentados y 25 parados.
Los cambios de las velocidades no duraban mucho tiempo porque a cada rato había un frenazo inesperado que hacía tronar a todo el esqueleto metálico al compás de rítmicos saltos así como el bamboleo de los parados, lo que forzaba a tener que empezar desde el principio todo el recorrido de las velocidades. A estos frenazos el chofer los acompañaba con improperios de bajo tenor responsabilizando a la impericia de otros choferes, el mal estado de las vías y al exceso de vehículos en las estrechas calles, que él hacía en voz alta y que le servían, sobre todo a la audiencia masculina, para aceptar o rechazar sus explicaciones con comentarios y opiniones, también en voz alta, como si se tratara de los aficionados de un juego de fútbol o una sesión del Congreso entre gobierno y oposición, degenerándose a veces hasta llegar a los insultos personales entre ambos bandos, en pro y en contra de las opiniones del chofer, o hasta del gobierno, haciendo caso omiso del otro letrero que estaba al lado del chofer: Prohibido fumar y hablar con el conductor.
Pero la calistenia verbal servía como un escape emocional para aguantar los rigores del viaje entre chistes, opiniones, explicaciones e insultos, pues los pasajeros sentían que la paciencia se acababa con rapidez, no tanto por lo largo del recorrido sino por el propio cansancio que traían los pasajeros. A esa hora de la tarde, ya entrándose la noche anunciada por el encendido del alumbrado público, los anuncios comerciales y las luces de los otros vehículos, los nervios ya adelgazados por el trabajo desafiaban al hambre y al desespero de salirse del encierro que se sentía en toda aquella inmensa lata de sardinas humanas donde la respiración se había dificultado por el aumento de la tensión y los olores de la ropa empapada de sudor a lo que solo podía añadirse un último sufrimiento como la posibilidad de la total descomposición del vehículo, un choque, o un torrencial aguacero. Pero cuando nadie quería pensar en eso, sucedió la alternativa: un torrencial aguacero, el menor de los males.
Primero se oyeron las gotas como martillazos dispersos sobre el metal del techo, luego el destape del chaparrón como si hubieran abierto un grifo inmenso en el firmamento, con truenos y relámpagos y gritos femeninos seguidos por lamentos infantiles, las risas nerviosas y los improperios que saltaban a lo largo de las galerías desde todos los rincones para culpar, desde la Divina Providencia hasta el gobierno, la línea de autobuses y la condición social y económica de los obreros que tenían que viajar en colectivo mientras los ricos lo hacían en carro. Así, en la medida que la lluvia aumentaba en intensidad, el coro popular aumentaba las culpabilidades, por lo que al río del agua en las calles se unió el ruido del motor del viejo autobús, mientras los pasajeros convertidos en hinchas de su colectivo se dedicaron a apoyar a su equipo de ellos mismos, y por supuesto, a su chofer que ahora era el delantero del equipo: el otro equipo eran los otros autos, los motorizados, ciclistas y los transeúntes que eran bañados de agua sucia, lo que rápidamente transformó el ánimo de la multitud en el espectáculo de un circo romano al convertir la resignación del encierro en euforia plebeya que clamaba desde su cávea al traslaparse las emociones reprimidas en aceptaciones o rechazos al aplaudir o chiflar al conductor para incitarlo a acelerar la marcha y cobrar nuevas víctimas. Toda una catarsis colectiva.
Pero como nada es perfecto y no todo dura para siempre, tuvieron que cerrar las ventanas, que como los barcos en medio de un temporal cerraban sus escotillas para no hacer agua, haciendo que el calor subiera inmediatamente la temperatura del ambiente y de las personas que traspiraban sus perfumes ya rancios confundidos con cuerpos sudados del día de combate. Así, el mientras el encierro dilataba al clima, las risas de los chistes disminuyeron por exclamaciones de indignación contra lo que parecía el último castigo del día, sin embargo, el viejo armatoste metálico seguía su recorrido e iba dejando a sus pasajeros en sus paradas, aliviando a los pasajeros como una compensación de casual misericordia pues cada vez que abría las puertas, entraba una renovadora bocanada de aire.
Al final, después de lo que parecía un camino hacia nunca terminar, el empleado del banco llegó al final de su viaje en autobús. Sin pensarlo, se bajó en medio de la lluvia que ya había disminuido un poco y apuró el paso chapoteando entre los pozos que le mojaron desde los zapatos hasta las rodillas hasta que llegó a la seguridad de su casa. Abrió la puerta y sintió el olor de la comida. La jornada había llegado a su final. La semana había terminado. Miró instintivamente al reloj y no pudo evitar recordar lo que le esperaba en su escritorio la próxima semana, hasta que se le ocurrió preguntarse que por qué sería que le habían dicho que se fuera sin concluir el trabajo y entonces, se le enfrió la espalda cuando lo peor le cruzó la mente: ¿sería que me despidieron?

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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