Los expertos dijeron que ese día había más de un cuarto de millón de personas que habían venido a ver y oír al santón predicador que capturaba más multitudes que el mismo Gandhi, y eso se repetía todos los días. ¿Cómo podían saber los expertos cuánta gente había, preguntó el periodista a uno de los organizadores del evento, cómo podían calcular eso? Muy fácil, le contestó el guía que vestía una túnica blanca y nada en los pies. Nosotros sabemos cuánta gente cabe en ese recinto, le dijo indicando con el dedo hacia donde solo se podían ver los brazos alzados de la muchedumbre que zumbaba como un abejorro unísono y gigante. Nosotros lo hemos calculado midiendo cuánto espacio ocupa una persona adulta, lo que quiere decir, si queremos ser realistas y exactos, que no podemos contar a los niños sino calcularlos estadísticamente, no por espacio ocupado sino porque muchos están cargados por sus madres y zambullidos en sus regados debajo del sari, y sabemos con bastante certeza cuánta gente hay allí, y luego, cuánta no hay allí, desbordados alrededor, perdidos entre los predios alrededores, allá entre los árboles y los edificios, decía apuntando en distintas direcciones y afilando sus facciones como si los intentara contar en su mente y sabemos que ahí pueden estar otras 50.000 personas, y déjeme decirle, dijo saltando el tono de su voz a otro decibel, que si yo viniera a oírle hablar, sería una cosa muy distinta que si viniera a verle con mis propios ojos, ya que allá en la lejanía se está mejor que aquí, dijo acercando su índice a la gran multitud, porque allá hay sombra en algunas partes, y hay agua, y más espacio que en este mar humano donde muchas veces la gente no puede ni siquiera sentarse porque no hay espacio y hasta sería muy peligroso porque, creo, dijo excusándose, que no hay mucho aire cerca del suelo.
El periodista no podía alcanzar con su vista al final del sitio y menos a sus alrededores, y él lo sabía porque había sobrevolado en helicóptero varias veces a la vastedad del anfiteatro, si se le pudiera llamar a eso que otros llamaban un lugar de paz y oración, un ashram para acercarse a Dios. Para convencerse de lo que veía se dijo, es una iglesia gigante, mucho más grande que la plaza de San Pedro, por lo tanto debe haber mucho más gente aquí que allá porque es un cálculo muy sencillo. Es más, la gente no se va nunca de aquí porque cada vez quiere acercarse más al escenario para lograr ver al santón para mirarlo aunque sea una vez en la vida, ya que una vez es suficiente para que quede estampado en el corazón por el resto de la vida, le había dicho una creyente que venía en el mismo tren con él desde Calcuta, como con cinco mil personas más, donde tenían que permanecer, o sentados o parados, pero nunca en movimiento dentro del vagón, por espacio de cuatro días, apertrechados de agua y comida como los habitantes que resisten un sitio, con temperaturas desde horriblemente calientes hasta horriblemente frías, según las estaciones, para los que viajaban desde regiones tropicales hasta la punta de los dedos de los pies de los montes Himalaya.
El periodista se había enterado del santón hacía varios años allá en Londres cuando al entrar a un restaurante hindú buscando un lugar barato, no tuvo más remedio que ver durante los 30 minutos de su almuerzo, a una transmisión del santón que llamaba a la unión por la paz del mundo.
La transmisión en vivo y en directo desde quién sabe dónde en India, la hacía en su idioma natal, pero tenía subtítulos en inglés. Era todo un espectáculo de luces, flores, cohetes, música, elefantes adornados con guirnaldas y con más colores que una bandera, halados o conducidos por muchas personas que tiraban de cuerdas hechas de flores mientras los dóciles paquidermos caminaban al mismo ritmo de la música como si ellos también entendieran que eran parte de la ceremonia, seguidos por otros santones obviamente de menor rango envueltos en túnicas blancas, por un grupo de viejos desnudos y teñidos de ceniza que sostenían algo en sus manos, tal vez ofrendas o recuerdos, de músicos y danzarines, de ascetas y encantadores de serpientes que las exhibían enzarzadas en sus cuerpos como si estuvieran en troncos oscuros, delgados y secos, y finalmente una multitud organizada desorganizadamente que no perdía el paso porque nadie se detenía y ni se podía saber cuántos eran, pero eran miles seguidos por miles que se agolpaban de orilla a orilla de la calle que estaba flanqueada por ventas de frutas abiertas y cerradas, vegetales de todos los colores y tamaños, plantas, frascos con bebidas de colores, animales enjaulados o amarrados, que casi no dejaban ver a los negocios establecidos que tenían sus puertas abiertas, porque nunca las cerraban, que colgaban su mercancía de las paredes, y desde donde se asomaban más personas que juntaban sus manos, hombres, mujeres y niños, que estaban en edificios desde donde se asomaba más gente desde los balcones, unos a mirar, otros a lanzar flores, otros a saludar, y se podían ver también muchos monos que corrían por los techos, quién sabe si admirados por la interminable procesión de todo lo que había producido la creación de esa tierra tan maravillosa que corre entre dos océanos y las montañas más altas del mundo y las playas más bajas del mundo, desde la nieve hasta las candentes arenas, todo eso hizo maravillar al periodista quien pensó que debía ir a ver a ese hombre que hablaba de paz mundial y que atraía más gente que todos los políticos de Europa puestos juntos un día al año para hablar de paz.
Convencer a los administradores del periódico no fue difícil porque los ingleses viven con parte de su mente en la India deseando ir aunque sea una vez en la vida, y así autorizaron el viaje por dos semanas hasta donde estaba el santón.
El periodista reunió sus cámaras y sus grabadoras y partió en un viaje que desde que salió de Londres le anticipó lo que vendría como una especie de entrenamiento en la tercera clase del avión que llevaba un exceso de pasajeros y olores que él nunca había tan detalladamente, hasta que estuvo encerrado por muchas horas hasta que su nariz se acostumbró y su cuerpo se impregnó cuando su compañera de viaje, una señora que compartía a su derecha, lo impregnó de pachulí para que aprendiera a discernir los aromas que le esperaban. Y no se equivocó.
Cuando pasó la inmigración, muy cortésmente la empleada de la inmigración adivinó con solo verle las credenciales que venía a ver al santón, y con toda la naturalidad del mundo le preguntó si era periodista, y luego que qué había hecho en su vida anterior, a lo que el londinense le dijo cortésmente que no se recordaba pero que estaba seguro que cuando viera al santón, se acordaría, y la empleada con una gran sonrisa le estampó el pasaporte y le dijo, bienvenido al presente y al pasado para que pueda ir al futuro.
Luego que el guía le explicara cuánta gente había allí esa mañana, le preguntó cuándo vería al santón, a lo que el guía rápidamente le aclaró que no lo vería sino que lo oiría solamente.
¿Cómo, saltó el periodista, no va a hablar hoy?
Sin inmutarse, el guía le dijo que no, que sólo oiría su voz.
Pero yo quería hablarle y hasta tomarle fotos, entrevistarlo…
No, eso no se va a poder hacer hoy.
¿Entonces eso quiere decir que tendré que volver?
Usted puede volver todas las veces que quiera. Mucha gente que está aquí hoy ha venido muchas veces antes y seguirá viniendo.
Sí, entiendo, pero es que yo tengo que regresar a Londres en menos de un par de semanas…
No se preocupe, que sí lo va a oír y ver.
Entiendo, ¿pero cuándo?
Pues ya, si usted quiere. Sígame.
Y se fueron hasta una oficina muy amplia y con aire acondicionado que tenía desplegado el título de relaciones públicas. Allí el guía le habló a un hombre que inmediatamente se fue hacia adentro y regresó en un par de minutos con un disco duro y varias fotos de todos los tamaños, no solo del santón sino del sitio en general, con la muchedumbre, del santón orando en un salón privado, rodeado de velas y ofrendas, y en los encuentros públicos que hacía regularmente, según se podía leer en el anverso de las fotos.
Pero todo eso me lo habrían podido enviar por correo…
Es cierto, pero usted nunca lo solicitó. Nosotros enviamos millones a todos los millones que los solicitan.
¿Pero si él no va a salir, a qué viene esta gente entonces?
A oírlo.
¿En grabaciones?
Sí. Y lo ven en esas fotos.
El periodista estaba desconcertado.
Entonces, ¿lo podré ver alguna vez?
No creo, fue la seca respuesta llena de sinceridad.
¿No dará audiencias?
Tal vez usted no me entiende. Él no está con nosotros porque él ascendió a otro plano, y desde alá nos sigue guiando con sus enseñanzas, y si lo quieren ver lo pueden ver en sus fotos, en sus figuras, y en sus mentes. Él está allí, así como están sus santos cristianos.
¡No lo creo!
No lo cree porque no lo quiere creer, le dijo el guía al periodista que jugaba con su cámara y manipulaba a su grabadora.
No, no, disculpe, no me refería a que no creyera en lo que me acaba de decir sino en que hubiera venido hasta acá para nada…
No fue para nada porque puede que él le dé una señal desde donde está.
De pronto se oyó un murmullo sordo en la multitud que se volteó hacia el cielo y empezaron a señalar con el dedo hacia el sol esplendoroso del mediodía entre las nubes que se movían rápidas como en ráfagas. Va a llover, dijo el guía, pronto va a llover. Allá está él, dijo indicando hacia el cielo, moviendo el dedo en distintas direcciones, está allá, y allá, y allá, y pronto se dejará ver, fíjese…
Unos minutos más tarde, unas nubes taparon levemente al sol y una llovizna rápida cayó solo para mojar la ropa y el suelo, y una vez que se levantó el vapor, la gente aplaudió agradecida. La temperatura había bajado lo suficiente para seguir aguantando la resistencia y el cansancio de los que tenían fe. La tierra estaba humedecida y las plantas y los animales también estaban agradecidos. Los peregrinos bajaron los brazos. Are, Aré, se oyó decir al rumor que venía como en olas y regresaba a la multitud. La voz del santón inundó a la multitud y la gente se sentó en el suelo a oírlo.
¿Lo vio?, preguntó el guía.
Sí, dijo el fotógrafo. Miró a su guía, se sonrió, juntó sus manos y le dio las gracias.
¡Gracias a usted por haber venido!, le respondió el guía.
Foto por Adam Jones, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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