De lo último que Amalia se acordaba era de las dos explosiones que había oído antes de ella quedarse desmayada al lado de su abuelita. Las grandísimas fauces del lobo hambriento que las acechaba sobre la cama, caminando lentamente hacia ellas, babeándose, relamiéndose, con los ojos centellantes, llenos de furia, encendidos, y brotados como dos tizones, con las patas de adelante desplegando sus garras como guadañas, extendidas con toda la intención del mundo de clavárselas en la cara, en el cuerpo, en la cabeza, rugiendo como un león, erguido como un tigre, peludo como un oso, todo ese espectáculo dantesco que había petrificado a la abuela e incapacitado a Amalia para gritar, todo fue cercenado en un par de segundos después de las dos explosiones que fue lo último que ella oyó hasta que se despertó, quién sabe cuánto tiempo después en quién sabe dónde, tan lejos, tan distante y tan distinto que lo primero que hizo fue creer que no estaba en este mundo. Entonces, aún petrificada y sin fuerzas para nada, miró hacia sus pies, pues los podía ver con solo erguir un par de centímetros a la cabeza, y vio los pies, y se vio toda cubierta con una sábana muy blanca, miró al techo y lo vio todo blanco, miró las paredes y las vio  todas blancas, con una tenue iluminación que no se sabía de donde venía,  y entonces no le quedó más remedio que concluir que había muerto y que tal vez, sí, tal vez, se la había comido el lobo y luego, que había llegado al cielo, y si no, al menos no en el infierno, entonces, para romper aquel silencio en el que solo oía su respiración dio un gran grito para pedir auxilio que retumbó en las cuatro paredes y que hizo que la puerta de abriera y entrara una mujer vestida de blanco que le preguntó, ¿cómo estás?

A lo que podía necesitar una obvia respuesta Amalia le contestó con otra pregunta a la mujer vestida de blanco que se había llegado hasta su lado como una centella y seguía mirándola como un objeto raro, ¿qué es esto, dónde estoy?

La mujer vestida de blanco desde la cabeza hasta los pies le tomó el brazo izquierdo y con mucho cuidado se lo llevó hacia ella al tiempo que le apretaba la muñeca, miraba al reloj y le decía que era la enfermera de turno y que ella estaba en el hospital, en plena recuperación de lo que debió haber sido el susto de su vida.

¿Susto?, volvió a interrumpir Amalia a la recién identificada dama de blanco. ¿Cuál susto?

Bueno, trató de corregir la enfermera pero cuando iba a empezar a hablar entró un señor mayor con un estetoscopio terciado por los hombros como si fuera una estola que la miró con sorpresa y alegría y concluyó, como si fuera un descubrimiento, que ya se había despertado y que parecía estar muy alerta, a lo que Amalia volvió a preguntar a cualquiera de los presentes que dónde estaba ella y por qué.

La enfermera miró al doctor y le advirtió inmediatamente que la paciente estaba despistada y no parecía acordarse de por qué había sido ingresada al hospital, a lo que el doctor, restándole importancia solamente le dijo que eso era normal, pues cualquiera después de lo que ella había pasado prefería olvidar el incidente.

Amalia trató de incorporarse para tener una mejor visión de los visitantes y para enfrentar la situación, la cual era para ella todavía, todo un misterio, pero sintió un agudo dolor en el brazo derecho que se lo dejó inmovilizado. Por un instante el inesperado dolor le hizo perder la atención en los visitantes, pero enseguida la curiosidad o la desesperación la hizo recordar el propósito de su pregunta: quería saber qué estaba haciendo en un hospital.

Pasaste un gran susto porque cuando estabas en casa de tu abuela ustedes fueron atacadas por un lobo enfurecido, pero con la grandísima suerte que un cazador que había venido siguiendo a la fiera, se dio cuenta que había entrado en la casa y supuso lo peor. Entró en la casa sigilosamente y se dirigió a la habitación donde oyó los gruñidos del lobo y los gritos de Amalia y su abuela que se habían metido en la cama, y llegó en el preciso momento cuando la bestia se aprestaba a lanzarse sobre sus víctimas, y descargó dos tiros sobre el animal, aniquilándolo instantáneamente, y como te desmayaste, te trajimos para acá. Y eso es todo, dijo el galeno sin perder la compostura.

¿Me trajeron o nos trajeron?, interrumpió Amalia, porque aparte de que no recuerdo nada de ese cuento que parece una película de terror, no me han dicho qué le pasó a la abuela, dijo Amalia con aire de incredulidad.

¿No recuerdas lo que pasó?, preguntó el médico que se acercó a Amalia hasta mirarse ambos las caras a muy corta distancia.

¡No!, respondió Amalia, sin espabilar. Y continuó sin detenerse: ¿y por qué tengo esto puesto en el brazo?, dijo mirándose al brazo derecho clavado por una inyectadora  que colgaba de una botella con un líquido que le llegaba hasta la vena a través de una sonda.

Es un suero para alimentarte porque pasaste dos días inconsciente, le dijo el médico con precisión quirúrgica. Estuviste dos días dormida y recién ahora te has despertado. No comiste nada y necesitabas descansar y alimentarte, y vemos que ahora estás bien, bueno, aunque hayas olvidado lo del lobo.

Tal vez es mejor olvidarlo pues debe haber sido muy feo, dijo la enfermera.

Tal vez pero es necesario que lo recuerdes, corrigió el doctor. Hay ciertas cosas que no debemos olvidar, así sean desagradables.

¿Y dónde ocurrió todo eso, si me lo pueden decir para ayudarme a recordar?

En casa de tu abuelita, dijo el doctor en tono complaciente.

¿Abuelita?, ¿cuál abuelita?, volvió a preguntar Amalia en una demostración de total desconcierto.

De tu abuelita, de la casa de tu abuelita, de la mamá de tu mamá, por supuesto, ¿o tampoco te acuerdas de tu abuelita?, le dijo el doctor acercándose a Amalia.

Bueno, sí, pero de hace muchísimo tiempo cuando la iba a visitar a su casa…

¡Exacto!, dijo el doctor apuntándola como premio por haber descubierto una pista hacia el origen de los males.

Amalia solamente le despreció la observación con una mueca. El galeno continuó: ¿Y a qué ibas a visitarla, Amalia?

Mi mamá me mandaba a llevarle cosas, recados, comida, dulces… decía Amalia retorciéndose por la incomodidad de su brazo cada vez que intentaba incorporarse en la cama haciéndola que se devolviera a su postura original.

¿Y a qué fuiste la última vez, si puedes recordar?

Bueno, sí, dijo Amalia alargando su respuesta, de eso hace tanto tiempo que no me acuerdo a qué fui allá…

Piensa, Amalia, piensa, le dijo el doctor moviendo los dedos como si tocara un arpa, porque debemos llegar hasta ese momento…

Bueno… ha debido a ser a que le llevara algo de comida… como siempre…

¡Ajá!, ¿Y qué rumbo tomaste…?

El de siempre, salía de mi casa y cortaba camino por el parque que parecía un bosque… pero yo me sabía ese camino de memoria y no me podía perder y solo tardaba…

La interrumpió el médico: sí, sí, el bosque, pero en el bosque te encontraste con quién…

¿Con quién?, preguntó Amalia a su interrogador. No me acuerdo de que hubiera hablado con alguien…usted sabe…hace tanto tiempo…muchas veces me encontraba con personas, pero seguía de largo…

Tienes que hacer un gran empeño en recordar, Amalia, le dijo el doctor acompañado de la enfermera que repitió como un eco, sí, Amalia, tienes que recordar…

Es que no me acuerdo que haya hablado con nadie, que le haya dicho algo a alguien…es que no vi a nadie… 

Bueno, Amalia, piensa entonces, que si te hubieras visto con alguien y esa… digamos, persona, te hubiera preguntado que hacia dónde ibas sola por el bosque, ¿qué le hubieras contestado?, le preguntó el doctor.

Pues posiblemente nada porque no hablo con extraños. Mi mamá siempre me ha dicho que no hable con extraños.

Bueno, dijo el doctor, esta vez sobándose las manos. Suponte que le hubieras contestado, ¿qué le habrías dicho a esa persona…?

¡Pues le repito que nada! Al contrario, hubiera apurado el paso, ¿o es que quiere que invente una respuesta?

No, no, no, de ninguna manera… pues estamos buscando la verdad, le dijo el doctor que se metió el índice derecho en cuello de la camisa y se lo rodó hasta donde tenía el nudo de la corbata como si quisiera que le entrara más aire, y con la otra mano se pasó el pañuelo por la frente la cual no escondía que la tenía llena de sudor. Tomó una bocanada de aire y controlando la alteración que empezaba a mostrar en su cara que se había empezado en poner roja, le dijo, Amalia, es solamente una suposición, es algo que tienes que imaginarte, que pensar en que pudo suponer, que si hubiera sucedido, que… cuando Amalia le interrumpió su rosario de explicaciones para desbaratárselas con una sola pregunta: ¿por qué?

¡Porque tienes que curarte!, le dijo el doctor subiendo el tono de su voz para luego bajarla y preguntarle, ¿te sientes bien?

No, me duele el estómago, pero debe ser de no comer, dijo Amalia, ya que ese líquido alimentará pero no llena. Deseo comer algo. En vez de preguntas, ¿por qué no me dan comida?

El doctor se volteó a la enfermera que parecía una espectadora de un juego de tenis mirando cómo la pelota de preguntas y respuestas rebotaba entre ambos jugadores y sin mediar palabras le dijo en tono de pocos amigos que buscara comida inmediatamente porque la paciente tenía hambre. La enfermera salió del cuarto como un rayo.

Empecemos otra vez, Amalia, le dijo diligentemente el doctor, por el camino que iba a la casa de tu abuelita donde ibas a llevarle comida y te encontraste con un personaje, bueno, llamémosle personaje, que te preguntó que hacia dónde te dirigías y entonces tú le dijiste que a casa de tu abuelita, que vivía sola en el medio del bosque y que le ibas a llevar comida…

¿Sola en el medio del bosque?, doctor, dígame, ¿cuál bosque si mi abuelita vivía en un edificio, en el cuarto piso?

No, dijo el doctor, estás evadiendo la realidad de que tu abuelita estaba sola en su casa y esperaba la comida que le llevabas en una cesta para que ella comiera cuando te encontraste con un lobo, casi gritó el doctor moviendo las manos.

¿Qué?, dijo Amalia sobresaltándose de la cama a donde tuvo que devolverse inmediatamente porque el brazo derecho quedó aprisionado a la sonda. Pero continuó: ¿qué clase de cuento es éste que ahora aparece un lobo?

Bueno, dijo el doctor, ésa es la versión que yo sé, que cuando el lobo supo que en la casa iban a estar tú y tu abuela solas, él podría ir hasta allá y atacarlas…

¿Atacarnos, para qué, o por qué, pues si el lobo se había parado a conversar conmigo en el bosque, por qué no me atacó entonces, si estaba sola, a ver dígamelo?

El doctor se quedó momentáneamente desarmado con la pregunta dándole vueltas a la cabeza para encontrar una salida y entonces no tuvo más remedio que apelar a la versión original que según él, decía que el lobo había ido más tarde a la casa a atacarlas, tanto a la abuelita como a Amalia, y así se lo recitó, al pie de la letra.

Nunca había oído semejante cuento, por no decir disparate. Pero continúe, porque si usted sabe el final, entonces dígamelo.

Pero es que tienes que recordarlo porque si no, no te curas, le aseguró el doctor.

¿Pero es estoy enferma?

Bueno, sí.

¿De qué?

De amnesia.

¿Amnesia de qué, por qué?

Porque sufriste un shock tan grande que te has olvidado del incidente. Has borrado lo que no quieres recordar porque es penoso, te duele que el lobo las atacara, que te salvaste de milagro porque entró el cazador y mató al lobo en el último instante cuando ya les iba a brincar encima, y que del gran susto que ambas pasaron, tú perdiste el conocimiento y no has querido recobrar el sentido de la realidad. Ahora estás en lo que se llama clínicamente, negación, y eso es malo, porque así sea un episodio negativo, tienes que enfrentarlo como parte de tu vida. ¿Entiendes ahora?

Lo que yo estoy empezando a entender es que usted está loco, porque nadie puede creer en lobos que asaltan a niñas que van por el bosque y le hablan para preguntarles que a dónde van con esa cesta, y lo demás, esa parte horrorosamente inventada del cuento del lobo atacándonos para comernos, no sé a quién se le puede haber ocurrido sino a una mente enferma. Yo creo que este hospital es un asilo de lunáticos y lo mejor es irme de aquí, y mientras más antes, mejor, o me voy a poner loca.

No te puedes ir de aquí hasta que no estés bien, y si no colaboras con tu condición no vas a poder irte, además eres menor de edad y no te puedes ir sin el consentimiento de tus padres y ellos no vienen sino hasta más tarde, sentenció el doctor.

En su desesperación, Amalia se dejó caer en la cama, atada legalmente a ella hasta que no aparecieran sus padres y la sacaran de ese tormento del cual ella no entendía ni una palabra, pues todo más que un cuento disparatado le parecía una pesadilla digna de un manicomio donde estaba recluida. Entonces, lo único que pudo hacer fue esperar hasta que llegara la enfermera para pedirle que llamara sus padres, a lo que la enfermera le prometió que lo haría.

Esa noche, temprano, se aparecieron los padres de Amalia en la habitación y le dijeron que se la llevarían de regreso a la casa. El regocijo de Amalia fue enorme, y tan pronto recogió sus enseres, se dispuso a partir con ellos. Camino a la salida su padre le dijo que tenía que pasar por la recepción porque el doctor tendría que firmar la orden de salida. En efecto, casi al llegar a la puerta, allí estaba un médico que saludó a los tres y le preguntó a Amalia cómo se sentía.

Perfectamente, doctor. Nunca me sentí mejor, le respondió. Amalia estaba sonriente de saber que pronto estaría en su casa y allí volvería a la normalidad de su vida, de sus amigos, de los estudios, de la televisión. Hacía mucho tiempo que había salido de su casa. No se acordaba cuánto, pero eso no importaba porque ahora volvía a ella. Era su casa y no había otro sitio en el mundo mejor que ése. No le gustaba para nada el hospital y mucho menos doctores como el que la había venido a interrogar sobre el cuento de la abuelita y el lobo. Pobre loco, se dijo, mejor ni le digo nada a nadie porque no me lo van a creer. Y caminó lentamente hasta el carro, se montó en el asiento de atrás y partieron rumbo a la casa. Al rato, a medio camino, la mamá se volteó y le dijo que su abuelita había llamado ayer y le había dado todos los detalles del incidente hasta que llegó el cazador, y con todo ese jaleo ella se había olvidado en su casa a su capa roja. 

 

FIN

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.